El sábado 30 de abril de 2011, el filósofo y psicólogo político Ashis Nandy, de la Universidad de -Delhi, habló con jóvenas y jóvenes reunidos en la Casona de Cuernavaca. Su tema: la mutación de la violencia en la época moderna. Nandy apunta que, según expertos militares, en la Primera Guerra Mundial, 60 por ciento de los disparos de los combatientes de ambos lados se hicieron al aire. El hombre sano se resiste a matar a su semejante.

Actualmente, en las escuelas militares, los combatientes reciben un entrenamiento especial para aprender, no sólo a disparar al blanco, sino a matar, es decir a vencer su renuencia natural a la violencia homicida. Pero otra mutación, más importante, afectó la violencia. Nandy recuerda a un piloto que en una conversación con Tagore le quería convencer de “la belleza de los bombardeos aéreos”, consistente, según él, en que quien mata no ve a sus víctimas y no conoce su rostro ni su nombre. La modernidad ha introducido una distancia sin precedente entre el que asesina y el asesinado. Esta distancia ha permitido burocratizar el homicidio, volverlo anónimo y masivo. Adolf -Eichmann, quien mandó burocráticamente a millones de personas a la muerte, nunca atentó personalmente contra la vida de una sola de sus víctimas, de tal suerte que sus jueces, en Jerusalén, tuvieron dificultades en inculparlo de homicidio en los términos del código legal hebreo: Eichmann no había hecho otra cosa que llenar y firmar papeles. Hannah Arendt, quien reportó para el New Yorker el juicio de -Eichmann en Jerusalén, en 1961, habló de la banalidad del mal.1 Burocratizada, la violencia se hace “normal”, casi invisible, mero entramado de la ejecución administrativa de sentencias de muerte, de hechos estadísticos y de pretendidos daños colaterales.

En la semana que pasó en México, nos confía Ashis Nandy, no hubo una sola reunión que no fuera dominada por el tema de la violencia en México. Recalcó que, a pesar de los 40 mil muertos registrados desde el inicio de la llamada “guerra de Calderón”, caen mucho menos ciudadanos diariamente en México que en países como Irak, Afganistán o Pakistán. Gran parte de la indignación que provoca la violencia en México está causada por la crueldad indecible de los asesinos. Contrariamente a la “belleza de los bombardeos” de la que un piloto hablaba a Tagore, la violencia que padecemos desde hace unos años no es “violencia a distancia”, sino “violencia de proximidad”, cometida por hombres especialmente entrenados para deshacerse de toda empatía y piedad humana. Se supone que esta violencia está ordenada por las cúpulas de oscuras organizaciones que, uno quisiera pensar, no tienen nexo alguno con las instituciones del Estado; pues, de lo contrario, habría que preguntarse si el brote de violencia espectacularmente cruel que padecemos no tiene la función disimulada de preparar a los ciudadanos para formas menos visibles pero más arraigadas de violencia: la violencia a distancia de la que el Estado tendría el monopolio, usada para limpiar territorios de sus habitantes legítimos, negar derechos adquiridos en luchas sociales y aniquilar protestas y resistencias locales. Más de 70 por ciento de los homicidios en el mundo, concluye Nandy, son perpetrados por Estados que matan a sus ciudadanos por el bien mayor de sus “Naciones”.

I

En sus conferencias en el Colegio de Francia, Michel Foucault no dejaba de exhortar a sus auditorios a “pensar lo impensable”. Hay momentos, añadía, en los que si queremos seguir pensando, debemos pensar lo impensable. Pensar lo impensable implica romper las seguridades mentales engendradas por el discurso del orden. Estamos en tal momento. El orden del discurso, con las formas de verdad y de poder que solía fomentar, se está derrumbando: no sólo pierde credibilidad y legitimidad, sino que deja rápidamente de referirse a la realidad en la que la mayoría de los ciudadanos estamos inmersos. El “orden del discurso” propio de todas las democracias liberales y las repúblicas populares justifica la violencia y la reivindica como monopolio del Estado. Idealmente, dentro de esta lógica, si el Estado, en aras de la eficiencia, emulara a las organizaciones criminales, perdería su legitimidad. ¿No es precisamente lo que está ocurriendo en este momento? Las autoproclamadas élites están perdiendo la seguridad intelectual y la buena conciencia que el discurso del orden proporcionaba a los que pretendían ejercer el poder y proclamar la verdad desde arriba. Mientras, abajo, se disuelven los reflejos mínimos de obediencia necesarios para asegurar la gobernabilidad. No es sólo ineptitud arriba y mala voluntad abajo. Es que, viniendo de quien venga, la extrema violencia pone al desnudo la ilegitimidad fundamental de toda violencia. Fundada en la violencia de Estado, la oposición entre gobernantes y gobernados, entre administradores y administrados, entre los que saben y los que deben ser instruidos, entre los que tienen el monopolio de la fuerza y los que la padecen está perdiendo todo significado. La verdad ya no tiene dueño, ni el poder lugar legítimo. La ignorancia de lo que viene y, más, de lo que se debe hacer, se ha vuelto endémica. Si el Estado emula a las organizaciones criminales, ¿cómo puede seguir legitimando su violencia? No queda más que reconciliar la ética con la política, lo que de Hobbes a Marx y a Max Weber es la cuadratura del círculo del pensamiento político occidental. Al respecto, la exigencia zapatista de inventar una política ética es una luz en la neblina que,2 como un faro, indica la dirección general de una ruta navegable.

Es también el momento en que las evidencias que todavía ayer permanecían ocultas pueden volver a resplandecer. La primera de ellas, la más elemental, es que el pueblo y sólo él es soberano. Esa evidencia debe ser la base de todos los pactos y consensos entre el “arriba” y el “abajo”, ya que ningún constitucionalista la puede negar sin desacreditarse, y abre al pueblo, otrora “gobernado”, espacios de libertad que le pertenecen legítimamente desde la redacción de la constitución. Si hay tareas que los recientes acontecimientos han transformado en emergencias, son estas: reafirmar, arriba, que la soberanía no es un monopolio de arriba, y recobrar esta soberanía abajo. Osar este gesto de necesaria y digna restitución es abrir un nuevo horizonte político. Es querer que se manifiesten formas de interlocución inéditas, aún impensables ayer.

Sin embargo, los cascarones vacíos de un orden difunto no se dispersarán como arena en el viento. Su inmensa inercia los hace sobrevivir a todo lo que les dio legitimidad. Hoy son solemnes monumentos a la irrealidad cuyas capas de certezas muertas nos aplastan muy realmente. Sus ruinas siguen siendo el escenario en el que los ciudadanos, soberanos sin siempre saberlo, desempeñan sus quehaceres políticos, económicos e intelectuales. Tanto en la esfera privada como en el dominio público, el actuar ciudadano queda confinado entre simulacros. La vida cívica se reduce a un show en que los ciudadanos juegan a hacer política eligiendo gobernantes desprovistos de todo proyecto político que no sea el desmantelamiento de aquello que aún pudiera ser genuinamente político. Si este show sólo fuese la celebración ritual de realidades muertas, diría, como un muy amigo mío, que tarde o temprano “enterraremos al muerto”. Pero no comparto su optimismo. Los tiestos de poderes difuntos pueden agregarse a poderes hasta ahora heterogéneos y, recombinados, adquirir una virulencia nueva. Eso ocurrió por ejemplo en Rusia donde, después del derrumbe de la urss, vestigios de los poderes estatales rotos se fusionaron con varias formas de delincuencia para crear nuevas redes simultáneamente políticas, económicas y criminales. En México, al fragmentarse aún más esos poderes, los vestigios de los que fueron nuestro Estado semi-benefactor y nuestra “democracia dirigida” podrían agregarse y recombinarse cada vez más indisociablemente con elementos de realidades otrora ajenas a la política: formas estructurales de fraude, los esquemas Ponzi de las nuevas finanzas, el crimen y la estafa. Como lo apunta un magistrado francés del que volveré a hablar, cuando el fraude se vuelve estructural es imposible distinguir el crimen y su represión y cada ciudadano inserto en la nueva realidad se comporta como un estafador de sí mismo. Ninguna de esas circunstancias es específicamente mexicana, pero tampoco escapa México a ninguna de ellas.

II

Mi tesis es que el impasse al que ha conducido la “guerra al crimen organizado” resulta ante todo de un intento desesperado por mantener el principio de legitimidad de la violencia de Estado. Hoy, tres falacias impiden pensar lo que aún no se ha pensado y con ello trascender el discurso del orden.

1.Existe un territorio de fronteras nítidamente trazadas llamado “La” Delincuencia (o “El”Crimen) cuyo antónimo, igual de bien definido, se llamaría “La” Ley. Cada ciudadano tiene la opción moral de pisar el territorio del Crimen o de quedarse en aquello de La Ley.

Falso: Hoy los límites entre los territorios del crimen y los territorios de la ley se mezclan tan íntimamente como el mundo acuático y el mundo terrestre en esas zonas de interpenetración mutua que son las orillas de ríos, lagos y mares con sus lagunas, humedales y manglares.

2.Tanto el territorio de La Delincuencia como el de La Ley están ordenados según principios de organización radicalmente diferentes: el primero según las reglas del orden criminal; el segundo según las leyes “morales” del Estado de Derecho.

Falso: Los respectivos principios de organización de ambos dominios son cada vez más difíciles de distinguir. En ambos, por ejemplo, el fraude y el engaño se han vuelto principios de gestión valorados por su eficiencia fuera de toda consideración moral.

3.Aun disminuido en sus atribuciones, el Estado sigue garantizando el orden legal en sus territorios.

Falso: El Estado o lo que queda de él, ya no garantiza el respeto de la ley formal, concebida como escudo de los ciudadanos, sino que se ha vuelto objetivamente promotor de la fusión económicamente eficiente de lo criminal y de lo legal.

Estas ideas, quizá excesivamente contrastadas, me fueron sugeridas por las obras de Jean de Maillard. Para este magistrado francés, querer distinguir claramente y en cada detalle del orden social “realmente existente” lo ilegal de lo legal es tan infantil como representar la silueta verde de un árbol sobre el cielo azul pretendiendo que la frontera entre el follaje y el cielo es un simple círculo. En realidad, esta frontera no se deja capturar por ninguna línea geométrica simple. Entre más se la considera, más se alarga, pareciéndose cada vez más a un complejísimo encaje con enclaves azules en el territorio verde y protuberancias verdes en el azul. Los matemáticos llaman “patológicas” a aquellas curvas cuya longitud no se puede determinar porque crece con la precisión o la cercanía de cada observación. Con el tiempo, tocan tantos puntos de las superficies que las dividen uniéndolas que ya no se pueden considerar puras líneas, pero tampoco son verdaderas superficies, razón por la cual los matemáticos atribuyen a tales curvas patológicas una dimensión fractal –ni 1, ni 2, sino, por ejemplo, 1.6 dimensiones–, llamándolas simplemente fractales. La fascinación estética que los fractales ejercen sobre ciertas personas se debe a que cada uno de sus detalles reproduce la forma de su conjunto, una propiedad que los matemáticos llaman autosimilitud. Otra de sus características es que, en la medida en que se encarnan en objetos reales, no pueden subsistir por sí mismos, sino que necesitan parasitar un flujo constante, por ejemplo los flujos de dinero sobrevalorado por la prohibición en el caso del tráfico de droga o –lo que da lugar a las mismas actitudes predatorias– los recursos públicos destinados a su persecución en el caso de las instituciones –centros terapéuticos, cárceles, policía y ejércitos– que prosperan de ellos. Los alumnos del profesor Ilya Progogine dirían que los fractales “realmente existentes” son estructuras disipativas, es decir organismos que construyen su orden interior a costa de la depredación de su entorno social.

En su libro L’Avenir du crime,3 Jean de Maillard quiere estudiar la evolución de las formas criminales como la expresión de un nuevo tipo de modelo social al que llama el modelo fractal en analogía con “esas figuras geométricas en las que cada detalle reproduce la forma del conjunto en varias escalas”. Según él, “el fractal se ha vuelto el modelo de organización hacia el cual, con la proliferación de las redes y el declive de los Estados, derivan nuestras sociedades contemporáneas”. En el mismo libro leemos: “Entre los síntomas que señalan la emergencia de una nueva sociedad global, el crimen es uno de los que mejor pueden hacernos entender lo que será”. Traduzco: si interpolamos las tendencias actuales, la sociedad global estará cada vez más fraccionada en organismos sociales fractales, es decir semejantes a esas plantas llamadas saprófitas que se alimentan de la descomposición del huésped que matan lentamente o de su entorno. La organización criminal es el modelo de esos parásitos sociales, pero las organizaciones estatales destinadas a perseguirlas imitan cada vez más este modelo.

Habiendo leído esas breves citas, uno no se asombra de que Maillard asocie la proliferación de los fractales sociales crimino-legales o legalmente delictivos con el inicio de la globalización, la cual, al abolir progresivamente tanto los umbrales naturales como los límites artificiales y las fronteras, transformó el mundo en un vasto espacio indiferenciado en el que las nociones de escala, de justa medida y de proporción están perdiendo su sentido. La globalización abrió en el tejido social brechas en las que redes y organizaciones “fractales”, en el sentido de -Maillard, pudieron proliferar casi mecánicamente con toda impunidad. Esos fractales sociales colonizan las franjas que unen más que separan medios tradicionalmente heterogéneos, como la ciudad y el campo, o la economía clásica y las finanzas modernas, y, por supuesto, La Delincuencia y La Ley, demostrando frecuentemente una capacidad de invención que –como, desde su cárcel de São Paulo, ironiza Marcos Camacho “Marcola”, líder de la banda de las cárceles– ridiculiza todo intento legal de controlarlas. Estas organizaciones inventan nuevas realidades antes que existan conceptos para describirlas y, por supuesto, leyes para regularlas. Aprovechan cada zona de desregulación y abundan en todos los intersticios con la flexibilidad que les proporciona su habilidad de hacerse, según las circunstancias, grandes o pequeñas. Sus formas de organización son tan eficientes que tanto agencias económicas como partidos e instituciones políticas se inspiran en ellas.

Este panorama es aterrador. En el mundo a la vez global y fractal descrito por Jean de Maillard, los organismos parasitarios que se reproducen similares a sí mismos, de las más pequeñas a las más grandes escalas, están acabando con todas las distinciones tradicionales, los límites y umbrales sin los cuales no hay ética. Hacen despenalizar técnicas fraudulentas y, con ello, hacen de la depredación y del pillaje simples técnicas de gestión y, de las nuevas herramientas financieras, instrumentos de despojo de cuello blanco. La verdadera diferencia entre la economía del crimen y la economía legal sólo es una diferencia de intensidad. En las zonas calientes de choque frontal con lo que queda de legalidad, el espectáculo del homicidio se vuelve cotidiano y, en las zonas tibias, donde no encuentra resistencia, el fraude de baja intensidad se vuelve instrumento de gestión como los otros.

III

Autocrítica: Si del título del libro de Jean de Maillard (El futuro del crimen) yo dedujera que éste nos revela una evolución histórica ineluctable, estaría profundamente abatido frente a la ausencia de opciones y alternativas. Lo confieso: estuve a punto de pensar que la fractalización del mundo global bajo la forma de la criminalización estructural de la sociedad es irremediable y que lo que padecemos en México en 2011 es sólo una prefiguración de lo peor por venir. Pero había olvidado algo. En la práctica, la proliferación de las redes criminales y legalmente delictuosas siempre tiene un momento ético de encuentro o confrontación cara a cara. Alguien convence o conmina a otro a entrar a la nueva realidad crimino-legal, lo que siempre es un momento de posible resistencia, por lo que aún bajo amenaza de muerte siempre existe la libertad de decir “no” al crimen abiertamente ilegal o revestido de una espuria legalidad. De hecho, la concertación, es decir la palabra en su aspecto más existencial, es el principal baluarte contra la crimino-legalidad. Los lugares de concertación, tanto los que existen como los que hay que abrir, son el antídoto a la depredación fractal de la sociedad. Llevada a colación en un foro de amigos elocuentes y valientes, la legitimidad de cualquier modelo de organización que combine el fraude y el crimen con la legalidad se esfuma y causa risas. Pero hoy, la puesta a la vista pública de cuerpos torturados fomenta un terror que amenaza con matar el sentido del humor. No olvidemos que, en el núcleo duro de las organizaciones criminales en proceso de legalización, la amenaza de muerte es el cemento de las lealtades elementales.

Contra ello no tenemos más que el Verbo, la palabra. Me parece que la tarea debe ser el invento de nuevos foros políticos a una escala compatible con el encuentro cara a cara, como lo recalca Roberto Ochoa en un magnífico libro;4una escala apropiada a la reinvención de la paz de la gente en sus múltiples formas locales, como lo explica Iván Illich en un texto publicado en este número.

1 Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Lumen, Barcelona, 1999 [1963]. Contrariamente a los sobrevivientes de los campos que veían en Eichmann a un hombre diabólico, Arendt lo definió como “terroríficamente normal”. Los nazis solían eliminar de los comandos de la muerte a los sádicos y a aquellos que gozaban del sufrimiento de otros. Querían operadores fríos y absolutamente leales, imbuidos por el sentido de una “misión histórica”. Eichmann no sabía más que repetir a sus jueces frases de Himmler como: “Sabemos muy bien que lo que de ustedes esperamos es algo sobrehumano; esperamos que sean sobrehumanamente inhumanos”. El “sentido de esta misión histórica” implicaba eliminar toda piedad frente al sufrimiento humano.

2 Ver en Rebeldía, año 8, núm. 77, los autores involucrados en el Intercambio epistolar sobre ética y política iniciado por el subcomandante Marcos: Luis Villoro “Una lección y una esperanza”, pp. 41-42; Carlos Aguirre Rojas, “La guerra, la política y la ética. Reflexiones sobre una carta”, pp. 43-50; Raúl Zibechi, “La ética necesita un lugar otro para echar raíces y florecer”, pp. 51-57; Gustavo Esteva, “Cuestión de entereza”, pp. 58-65; Sergio Rodríguez Lascano, “La clase política y la guerra”, pp. 66-72, México, 2011.

3 Jean de Maillard, L’Avenir du crime, París, Flammarion, 1997.

4 Roberto Ochoa, Muerte al LeviatánPrincipios para una política desde la gente, Jus, México, 2009.

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