Como magia, como una tela que se extiende ante nuestros ojos, en nuestra visión interna, los medios de comunicación tejen nuestra cómoda felicidad. Sentados en el sillón o ante la televisión, con alguna revista de “farándula” o un periódico (serio o amarillista) en las manos, creamos y usamos ese concepto que Martin Heidegger llamó “el útil”: discurso, conglomerado de ideas, esquema mental que nos permite funcionar en el mundo de las representaciones. Nuestro mundo. “El útil” nos aleja del “ser”, en tanto este último está en relación con la “verdad”, pues la esencia de ese esquema mental, “el útil”, se basa en las habladurías, en lo no auténtico, en la publicidad, en la imagen del mundo creada por los medios de comunicación. Por lo mismo, “el útil” es nuestra máquina para transitar por este mundo, para entenderlo de manera que no nos dinamite los sesos. Nos permite trabajar, casarnos, tener hijos, sin pensar con profundidad. Somos como los demás en el mundo común.

“El útil” es un automóvil poderoso, con aire acondicionado, en el que cruzamos el desierto sin darnos cuenta de que es el desierto. ¿Qué pasaría si salimos de su interior a las arenas calcinadas?, ¿si pisamos el infierno solar donde no hay un discurso encantador que nos convenza de que las dunas son coca colas y las piedras quesos gruyeres?

Este estar perdido en la publicidad y en el mundo de la imagen es la forma más cotidiana de vivir lo que ­Heidegger llamó la “caída”, que consiste en el hablar repetitivo, en una incapacidad innata de conectarnos con el ser, con la verdad, en la avidez constante de novedades y la ambigüedad de la vida cotidiana, ambigüedad que nos permite funcionar y hasta ser exitosos al adaptarnos a la uniformidad.

Digamos que “el útil” es el automóvil, “la caída” el constante viaje en él y el “ser” es el desierto, nos rodea, es muy próximo, pero para encontrarlo realmente habría que salir a buscarlo. Sin embargo, no inquirimos por la verdad, nos perdemos en la maraña de miles de estímulos externos que impiden una mirada hacia nuestro interior. La verdad se oculta, physis kriptesthai philei (la naturaleza ama esconderse). El ser escamotea todas sus definiciones. El mundo está velado por el telón de las representaciones.

En la filosofía de Heidegger se señala que hay un momento en que “el útil” se avería y el mundo despunta. El automóvil estalla y para seguir avanzando hay que atravesar el desierto.

Ni uno solo de nosotros ha podido sustraerse al “útil”. También yo vivía en el mundo del “útil”. Lo que me permitía funcionar sin enloquecer al no tener que abrir los ojos a una realidad tan atroz. ¿Y cómo construimos “el útil” en la actualidad? Lo construimos a través de los medios de comunicación que convierten el horror en espectáculo. Al hacerlo espectáculo lo hacen digerible, cotidiano, amigable, “lo de siempre”. Nos acostumbramos a los titulares: “Ya van 40 mil muertos”. “Hoy, 100 ejecutados más”, y entra a la economía. Se gana dinero comentando esto. Analizándolo. Es materia vendible. Ocupa, entonces, el mismo lugar que las papas en nuestra alacena mental. Convivimos con el horror ya sin darnos cuenta que es el horror. Y algo peor. El afán de vender trae la mofa: “Quedaron como tamales a la plancha”, “los hicieron carnitas con cuchillo de taquero”. La sacralidad de la vida y la muerte están totalmente perdidas. Pero no nos damos cuenta mientras todo esto se encuentre integrado al esquema gnoseológico del “útil”.

El hechizo generado por el “útil” no es para siempre. En la filosofía heideggeriana el “precursar la muerte” lo rompe, lo avería. ¿Qué es esto? ¿Qué significa “precursar la muerte”? En el pensamiento de Heidegger no es tener conciencia de que moriremos, es cursar la muerte, vivirla de manera previa al suceso. Anticiparnos a nuestro final en el tiempo. Es saber de nuestra finitud aquí y ahora. No se trata de aceptar que somos mortales, se trata de vivir a través de la angustia una precursión de la muerte. Saber que ésta es, en el tiempo, la imposibilidad de cualquier posibilidad.

Creo que yo y miles, millones, hemos “precursado la muerte”, nuestra propia muerte, en el asesinato de Juan Francisco Sicilia. Ahora sabemos que no es cuestión de un encabezado impactante en la prensa, de una imagen violenta en la televisión. Nos puede suceder a cada uno de nosotros. En cualquier esquina, en cualquier bar, en la puerta de la iglesia, junto a nuestra madre, o bebiendo un café, nos pueden ejecutar, aunque nunca en nuestra vida nos hayamos metido en algo ilegal.

El “útil” se averió, una vez rasgada su aterciopelada envoltura el mundo despuntó, se reveló. El “útil” ya no nos permitirá funcionar tranquilamente en la realidad infernal que antes veíamos como espectáculo. La violencia ya no es variedad de circo, es constitutiva de la verdad. “El útil” ya no es. Terminó nuestra comodidad. Hemos vivido, y vivimos, la angustia de nuestra propia muerte. Y con ello estamos de cara a lo abierto, a la posibilidad de variar la situación. De hacer algo. El “precursar la muerte” nos devolvió a nuestra infinita posibilidad.

¿Cómo los medios llegaron a ser una realidad que escamotea la verdad? Habría que entender al proceso de la representación en su esencia, el cual nubla la verdad originaria, en tanto verdad que no es generada por nosotros mismos. Oblitera los signos del exterior y nos condena a hechizarnos con el canto (que nos da tranquilidad) emitido por nosotros mismos. Representamos. Representar significó en el sistema heideggeriano situar algo ante sí a partir de sí mismo y asegurar como tal el elemento situado de este modo. Es decir, extraemos algo de nosotros, lo ponemos delante, lo magnificamos, lo extendemos en la televisión, en internet, en lo que sea, y creemos que es verdad.

Siempre hubo representaciones, símbolos, pero ahora son una nube que nubla el sol. El mundo ya no es el que vivió Heidegger, mucho menos el de los ilustrados, o el de la época de santo Tomás de Aquino. A partir de estas circunstancias sería pertinente que echáramos un vistazo al “sí mismo” que emite las representaciones. Este sí mismo es, quizá, “adicto” por esencia. No sólo por el creciente consumo de drogas ilegales (de las que Estados Unidos tiene 20 millones de compradores), sino por la búsqueda de mecanismos que potencien, por otras vías, lo que las drogas hacen de manera directa. Somos adictos, sobre todo, a las emociones fuertes, que en otro tiempo fueron categorizadas como “el mundo de la carne”. Para ello vivimos. Compramos prótesis. Mejores senos. Mejor figura. Mejor rostro. Prótesis, incluso, de memoria, en internet. Prótesis de sentimientos: los chat eróticos. Sustancias para el cuerpo. Anabólicos. Energizantes. Todo. Todo lo necesario para llevar la carne a un extremo de emociones. Cada vez placeres más fuertes. Y por, ende, dolores más agudos, para poder retornar al “gozo” sin saturación. El intercambio continuo de placeres y dolores a una velocidad que nunca imaginó el ser humano, hace que nuestro cuerpo derrame constantemente sustancias que nos potencian. Las células están ávidas de esa gigantesca cantidad de adrenalina (y quién sabe cuántas sustancias más) que nuestra naturaleza derrama cuando vive experiencias límites. Y amamos esa economía íntima del cuerpo que nos ha transformado en drogadictos de nosotros mismos. ¿Se está viviendo un cambio ontológico de la naturaleza humana? ¿Ya no seremos más lo que fuimos? Funcionar con drogas significa un cambio biológico, y, por lo mismo, inédito en la historia de la humanidad. ¿Quién aguantaría el brutal ritmo de la modernidad sin ser un adicto? ¿Alguien? Y no se trata sólo de la cocaína o la marihuana, sino de los fármacos, de los alimentos alterados, o, simplemente, de una inmersión en las emociones extremas que cambian para siempre nuestra economía corporal. Todo enfocado a la creación de una corteza que limita el tempestuoso choque con el desierto que nos rodea, pero que también impide tornar la mirada hacia nuestro interior.

Mientras crece nuestra esfera externa, adicta, disminuye nuestra capacidad de búsqueda en el misterio del ser. Reducidos a almacén de datos, receptáculo de internet, perdemos el sabor del aislamiento y la reflexión solitaria.

Ese es el “sí mismo” actual que se sitúa a “sí mismo” ante “sí” y se contempla, como Narciso, pensando que es la realidad. Y que, para no morir de horror, transformó el infierno en retablo de títeres, donde todo es digerible y en donde se puede funcionar ignorando el holocausto exterior.

Tristemente el asesinato de Juan Sicilia nos obligó a “precursar nuestra propia muerte”. Ojalá el movimiento por la paz y la no violencia, encabezado por Javier Sicilia, no sea transformado en un show por los medios de comunicación. No sucederá si nos consideramos “deudores”. El ser humano es, sobre todo, deudor de sí mismo. Se debe a sí mismo su propio ser, y lo podemos construir de mejor manera si estamos dispuestos a no dejarnos hechizar por nuestro propio canto de sirenas que nos dice que todo está muy bien.

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