Antes de regresar al D. F. Brigitte y Oteka tuvieron la siguiente correspondencia:
Queridísimo Oteka:
Permíteme hacer una crítica a tu planteamiento estético. Supongamos un filme bello. Según tu estética, es bello porque transparenta el bien y la verdad que hay en él… Resulta que el supuesto filme es aburrido, lento, sin creatividad en sus visualizaciones, pues todo el tiempo se dirige a la cámara un “padrecito” de sotana, con voz gangosa, que no para de hablar. Eso sí, no hay duda, todo lo que dice es bueno y verdadero. Pero ni siquiera el camarógrafo ha sabido enfocarlo y la iluminación es excesiva, el rostro del sacerdote se ve pálido y descolorido, y sus lentes reflejan todas las lámparas que cuelgan de la tramoya. ¿Podemos, en tal caso, hablar de un filme bello?
Yo más bien pienso que ese concepto tuyo de belleza, que es como un cristal transparente cuya única función es dejar ver a través de él el bien y la verdad, es insuficiente. Propongo que ese cristal transparente sea, mejor, una especie de filtro –o cualidad– que además de transparentar el bien y la verdad, los presente en forma bella. Siendo así, lo que tendríamos que respondernos es: ¿qué es una forma bella?.
Te quiere, tu Brigitte.
Mi querida Brigitte:
¿Te gustaría que te respondiera que tú, Brigitte, eres una forma bella? Dime que eres más que eso, ¿no es así? Déjame intentar una respuesta:
Cuando en el libro del Génesis aparece el símbolo de la desnudez de los seres que habitaban el jardín del Edén, significa que eran seres transparentes, que teniendo cuerpos, por cierto bellísimos, éstos no eran obstáculos para que se manifestara su bien y verdad espiritual.
De lo anterior no debe inferirse que la belleza sea lo corporal, y el binomio de bien-verdad sea lo espiritual. Para comprender este símbolo con mayor claridad, sigamos revisando el Génesis.
Ellos eran felices en comunión con Dios. Todo lo podían hacer, salvo comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Cuando por fin lo hicieron –y nos estamos saltando toda una serie de enseñanzas intermedias–, se percataron de su desnudez. Pero no fueron capaces de ver la belleza de sus cuerpos, sino que su desnudez los avergonzó. Tan es así que, en vez de seguir transparentándose desnudos, optaron por cubrirse.
¿Qué significa esto?
Quiere decir que renunciaron a los parámetros de su Creador, a su Verdad y a sus Valores. Eligieron sus propios parámetros, sus propios juicios sobre lo bueno y lo malo. Y, conscientes de su desobediencia, de su apartamiento de Dios, atrofiada su voluntad y capacidad de discernir, vieron el mal donde no lo había: en sus cuerpos desnudos; y no donde sí lo había: en el Tentador y Progenitor de la mentira, y en el fin y el objeto de su seducción.
Sabemos que, en el lenguaje del Evangelio, cuerpo y carne no significan lo mismo. Pero hay quienes siguen confundiendo los términos. Cuerpo, alma y espíritu son creaciones sagradas de Dios. La carnalidad, en cambio, es una perversión del hombre que actúa al margen o en contra de Dios, tentado por el Maligno. Cuando el Génesis narra que Adán y Eva comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal, quiere decir que perdieron su transparencia de seres espirituales y se volvieron carnales, lo cual abarca su actitud y conducta integrales, y no sólo su aspecto físico.
¿Y todo esto cómo se relaciona con la estética de la belleza?
Para poder saber dónde está presente el bien y la verdad, no basta la ciencia ni el juicio de la razón pura o la razón práctica. Es necesaria la voluntad y la capacidad de discernimiento. El hombre carnal tiene atrofiadas esas capacidades.
El don del hombre espiritual, que perdieron nuestros antepasados del jardín del Edén, Jesús lo rescata para nosotros. Al despojarnos de nuestro hombre viejo y revestirnos del nuevo, según lo explican Jesús y los apóstoles, gracias a la fe y al Espíritu que nos asisten, llegamos a ser capaces de discernir.
La Metafílmica entonces ¿se basa en una estética en la que sólo pueden participar los hombres y mujeres pneumáticos o espirituales?
Sólo es posible lograr la plena participación a este nivel. No obstante, se trata de una estética dirigida a que todos puedan integrarse; no está reservada a una élite de iniciados, y mucho menos es una práctica esotérica, gnóstica u ocultista… Todos estamos invitados a aprender y a gozar del esplendor de su Verdad, Bien y Belleza.
Por cierto, Brigitte, respecto al ejemplo de tu supuesto filme bello, le faltó una parte a mi respuesta. Evidentemente, por lo que describes de ese supuesto filme, no se trata de uno bello, aunque digas que transparenta todo lo bueno y verdadero dicho por el “padrecito”. El problema de tu ejemplo es que ese supuesto filme, con todos sus desa-tinos y calamidades, no posee la cualidad de la transparencia. En vez de transparentar, lo que hace es opacar o, cuando menos, filtrar lo bueno y verdadero que expresa el conductor. Por lo tanto, creo que mi definición sigue siendo correcta. Te la repito: “La belleza es el valor o cualidad esencial de los seres y las cosas capaces de transparentar –sensible y/o inteligiblemente– el bien y la verdad que hay en ellos”.
El filme de tu ejemplo no tiene la cualidad esencial de transparentar el bien y la verdad. Por el contrario, sus defectos lo hacen capaz de distorsionar, opacar o distraer… ¿De acuerdo?
Jesucristo, siendo la Belleza mayúscula, solía no dar testimonio de sí mismo. Por ello, y en virtud de lo antes dicho, podríamos afirmar que, así como la belleza no tiene la misión de dar testimonio de sí misma, sino de transparentar el bien y la verdad de su ser, los profetas de la Metafílmica no tienen por misión dar testimonio de su propia luz, sino de la Luz que transparentan.
En nuestra estética, los temas de la Luz y la Transparencia están íntimamente relacionados. Aquel que obra mal no puede transparentar el bien y la verdad en sus obras y, por tanto, éstas no pueden ser bellas. Veamos lo que Jesús reveló: “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más a las tinieblas que a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.” (Jn. 3, 19-21).
En esta interpretación nuestra del prólogo de san Juan: “Y la Belleza se hizo carne [...]” –es decir, que asumió la naturaleza humana–, encontramos la clave para comprender el asunto de la forma.
Desde un punto de vista antiguo, debido a la confusión lamentable que había entre el cuerpo y la carne, la forma podía equivaler al cuerpo y, el fondo, al espíritu. En consecuencia, lo que percibía el hombre de modo sensible, resultaba inferior a lo que captaba de modo inteligible.
Esa fue, por ejemplo, la herencia que el platonismo y el neoplatonismo introdujeron en el pensamiento cristiano, pues la belleza ideal desplazaba en importancia y significación a la belleza real y concreta. Y esto, hasta la fecha sigue causando graves confusiones.
En la Metafílmica no encontramos la belleza sensible inferior a la inteligible. Ambas son valores sagrados, porque nos religan con la suma Belleza. El ser humano es cuerpo, alma y espíritu. Y no sólo resucitará lo espiritual, sino también el cuerpo glorioso. La Palabra nos dice que veremos a Dios, no sólo nos será inteligible. Y nos deslumbrará su Luz y Transparencia. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5 8).
Entonces, ¿cuál es la Belleza que se ve, si nuestra definición dice que la belleza es una cualidad transparente? Entendamos que sólo Dios es esa Belleza que se ve, porque transparenta al sumo Bien y a la suma Verdad.
Y si la belleza se transparenta, ¿qué sentido tiene reinvindicar la belleza sensible? Hagamos mayor claridad. La belleza en sí, con minúscula, no se ve, porque es un valor, una cualidad que permite al ser –o a la cosa– transparentar el bien y la verdad que hay en él. He ahí por qué resulta vital reivindicar la belleza sensible, porque viendo al ser bello podemos gozar del bien y de la verdad. Pero la Belleza, con mayúscula, que se ve, sólo es Dios, porque únicamente en Él coincide el Valor con el Ser. “Jesús les habló otra vez diciendo: yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12).
Parafraseando la cita anterior, con amor y respeto, podríamos decir que Jesús es la Belleza del mundo, que quien viva y crea en Él no caminará en el horror del mal y la mentira, sino que encontrará la Belleza de la Vida eterna.
Y tan es así que ¡la Belleza salva!
Me alegrará darte la bienvenida la próxima semana. Te quiere:
Oteka
Disolvencia a:
La cámara de la Metafílmica continuará su viaje… cuando la conspiración la cargue con otro rollo.
Notas
1 Javier Ortiz Tirado Kelly (Oteka), es creativo y estratega en comunicación, mercadotecnia y alta administración; escritor, productor y director de cine; javierotk@yahoo.com.mx/ www.oteka.com.mx.
Cortometraje de La Belleza es gratis 8
Por Javier OTK 1
Antes de regresar al D. F. Brigitte y Oteka tuvieron la siguiente correspondencia:
Queridísimo Oteka:
Permíteme hacer una crítica a tu planteamiento estético. Supongamos un filme bello. Según tu estética, es bello porque transparenta el bien y la verdad que hay en él… Resulta que el supuesto filme es aburrido, lento, sin creatividad en sus visualizaciones, pues todo el tiempo se dirige a la cámara un “padrecito” de sotana, con voz gangosa, que no para de hablar. Eso sí, no hay duda, todo lo que dice es bueno y verdadero. Pero ni siquiera el camarógrafo ha sabido enfocarlo y la iluminación es excesiva, el rostro del sacerdote se ve pálido y descolorido, y sus lentes reflejan todas las lámparas que cuelgan de la tramoya. ¿Podemos, en tal caso, hablar de un filme bello?
Yo más bien pienso que ese concepto tuyo de belleza, que es como un cristal transparente cuya única función es dejar ver a través de él el bien y la verdad, es insuficiente. Propongo que ese cristal transparente sea, mejor, una especie de filtro –o cualidad– que además de transparentar el bien y la verdad, los presente en forma bella. Siendo así, lo que tendríamos que respondernos es: ¿qué es una forma bella?.
Te quiere, tu Brigitte.
Mi querida Brigitte:
¿Te gustaría que te respondiera que tú, Brigitte, eres una forma bella? Dime que eres más que eso, ¿no es así? Déjame intentar una respuesta:
Cuando en el libro del Génesis aparece el símbolo de la desnudez de los seres que habitaban el jardín del Edén, significa que eran seres transparentes, que teniendo cuerpos, por cierto bellísimos, éstos no eran obstáculos para que se manifestara su bien y verdad espiritual.
De lo anterior no debe inferirse que la belleza sea lo corporal, y el binomio de bien-verdad sea lo espiritual. Para comprender este símbolo con mayor claridad, sigamos revisando el Génesis.
Ellos eran felices en comunión con Dios. Todo lo podían hacer, salvo comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Cuando por fin lo hicieron –y nos estamos saltando toda una serie de enseñanzas intermedias–, se percataron de su desnudez. Pero no fueron capaces de ver la belleza de sus cuerpos, sino que su desnudez los avergonzó. Tan es así que, en vez de seguir transparentándose desnudos, optaron por cubrirse.
¿Qué significa esto?
Quiere decir que renunciaron a los parámetros de su Creador, a su Verdad y a sus Valores. Eligieron sus propios parámetros, sus propios juicios sobre lo bueno y lo malo. Y, conscientes de su desobediencia, de su apartamiento de Dios, atrofiada su voluntad y capacidad de discernir, vieron el mal donde no lo había: en sus cuerpos desnudos; y no donde sí lo había: en el Tentador y Progenitor de la mentira, y en el fin y el objeto de su seducción.
Sabemos que, en el lenguaje del Evangelio, cuerpo y carne no significan lo mismo. Pero hay quienes siguen confundiendo los términos. Cuerpo, alma y espíritu son creaciones sagradas de Dios. La carnalidad, en cambio, es una perversión del hombre que actúa al margen o en contra de Dios, tentado por el Maligno. Cuando el Génesis narra que Adán y Eva comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal, quiere decir que perdieron su transparencia de seres espirituales y se volvieron carnales, lo cual abarca su actitud y conducta integrales, y no sólo su aspecto físico.
¿Y todo esto cómo se relaciona con la estética de la belleza?
Para poder saber dónde está presente el bien y la verdad, no basta la ciencia ni el juicio de la razón pura o la razón práctica. Es necesaria la voluntad y la capacidad de discernimiento. El hombre carnal tiene atrofiadas esas capacidades.
El don del hombre espiritual, que perdieron nuestros antepasados del jardín del Edén, Jesús lo rescata para nosotros. Al despojarnos de nuestro hombre viejo y revestirnos del nuevo, según lo explican Jesús y los apóstoles, gracias a la fe y al Espíritu que nos asisten, llegamos a ser capaces de discernir.
La Metafílmica entonces ¿se basa en una estética en la que sólo pueden participar los hombres y mujeres pneumáticos o espirituales?
Sólo es posible lograr la plena participación a este nivel. No obstante, se trata de una estética dirigida a que todos puedan integrarse; no está reservada a una élite de iniciados, y mucho menos es una práctica esotérica, gnóstica u ocultista… Todos estamos invitados a aprender y a gozar del esplendor de su Verdad, Bien y Belleza.
Por cierto, Brigitte, respecto al ejemplo de tu supuesto filme bello, le faltó una parte a mi respuesta. Evidentemente, por lo que describes de ese supuesto filme, no se trata de uno bello, aunque digas que transparenta todo lo bueno y verdadero dicho por el “padrecito”. El problema de tu ejemplo es que ese supuesto filme, con todos sus desa-tinos y calamidades, no posee la cualidad de la transparencia. En vez de transparentar, lo que hace es opacar o, cuando menos, filtrar lo bueno y verdadero que expresa el conductor. Por lo tanto, creo que mi definición sigue siendo correcta. Te la repito: “La belleza es el valor o cualidad esencial de los seres y las cosas capaces de transparentar –sensible y/o inteligiblemente– el bien y la verdad que hay en ellos”.
El filme de tu ejemplo no tiene la cualidad esencial de transparentar el bien y la verdad. Por el contrario, sus defectos lo hacen capaz de distorsionar, opacar o distraer… ¿De acuerdo?
Jesucristo, siendo la Belleza mayúscula, solía no dar testimonio de sí mismo. Por ello, y en virtud de lo antes dicho, podríamos afirmar que, así como la belleza no tiene la misión de dar testimonio de sí misma, sino de transparentar el bien y la verdad de su ser, los profetas de la Metafílmica no tienen por misión dar testimonio de su propia luz, sino de la Luz que transparentan.
En nuestra estética, los temas de la Luz y la Transparencia están íntimamente relacionados. Aquel que obra mal no puede transparentar el bien y la verdad en sus obras y, por tanto, éstas no pueden ser bellas. Veamos lo que Jesús reveló: “Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más a las tinieblas que a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.” (Jn. 3, 19-21).
En esta interpretación nuestra del prólogo de san Juan: “Y la Belleza se hizo carne [...]” –es decir, que asumió la naturaleza humana–, encontramos la clave para comprender el asunto de la forma.
Desde un punto de vista antiguo, debido a la confusión lamentable que había entre el cuerpo y la carne, la forma podía equivaler al cuerpo y, el fondo, al espíritu. En consecuencia, lo que percibía el hombre de modo sensible, resultaba inferior a lo que captaba de modo inteligible.
Esa fue, por ejemplo, la herencia que el platonismo y el neoplatonismo introdujeron en el pensamiento cristiano, pues la belleza ideal desplazaba en importancia y significación a la belleza real y concreta. Y esto, hasta la fecha sigue causando graves confusiones.
En la Metafílmica no encontramos la belleza sensible inferior a la inteligible. Ambas son valores sagrados, porque nos religan con la suma Belleza. El ser humano es cuerpo, alma y espíritu. Y no sólo resucitará lo espiritual, sino también el cuerpo glorioso. La Palabra nos dice que veremos a Dios, no sólo nos será inteligible. Y nos deslumbrará su Luz y Transparencia. “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt. 5 8).
Entonces, ¿cuál es la Belleza que se ve, si nuestra definición dice que la belleza es una cualidad transparente? Entendamos que sólo Dios es esa Belleza que se ve, porque transparenta al sumo Bien y a la suma Verdad.
Y si la belleza se transparenta, ¿qué sentido tiene reinvindicar la belleza sensible? Hagamos mayor claridad. La belleza en sí, con minúscula, no se ve, porque es un valor, una cualidad que permite al ser –o a la cosa– transparentar el bien y la verdad que hay en él. He ahí por qué resulta vital reivindicar la belleza sensible, porque viendo al ser bello podemos gozar del bien y de la verdad. Pero la Belleza, con mayúscula, que se ve, sólo es Dios, porque únicamente en Él coincide el Valor con el Ser. “Jesús les habló otra vez diciendo: yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8, 12).
Parafraseando la cita anterior, con amor y respeto, podríamos decir que Jesús es la Belleza del mundo, que quien viva y crea en Él no caminará en el horror del mal y la mentira, sino que encontrará la Belleza de la Vida eterna.
Y tan es así que ¡la Belleza salva!
Me alegrará darte la bienvenida la próxima semana. Te quiere:
Oteka
Disolvencia a:
La cámara de la Metafílmica continuará su viaje… cuando la conspiración la cargue con otro rollo.
Notas
1 Javier Ortiz Tirado Kelly (Oteka), es creativo y estratega en comunicación, mercadotecnia y alta administración; escritor, productor y director de cine; javierotk@yahoo.com.mx/ www.oteka.com.mx.