En una carta de 1923 dirigida a la condesa Margot Sizzo-Notis-Crouy, Rilke escribió: “Quien en alguna ocasión no da su pleno consentimiento, su pleno y gozoso consentimiento, a los espantos de la vida, jamás puede tomar posesión de la inexpresable abundancia y poder de nuestra existencia; sólo puede caminar en el linde, y un día, cuando se emita el juicio, no habrá estado vivo ni muerto”. Para Rilke, espanto y júbilo son dos rostros de una misma cabeza divina “que se presenta de éste o de aquél modo, según nuestra distancia de él o el estado mental en que lo percibimos.” Dejar ver esta identidad es, de hecho, según el propio Rilke, el verdadero propósito de las Elegías deDuino y los Sonetos a Orfeo.
La obra de Francis Bacon, sin lugar a dudas, se inscribe bajo el signo de estos “espantos de la vida”. El mismo Bacon lo confirma: “La gente piensa que en mis pinturas presto siempre particular atención al sufrimiento y al lado bestial de la vida; yo no lo veo así en absoluto. El solo hecho de nacer es una cosa feroz, la simple existencia, desde el comienzo hasta la muerte, lo es. No es que yo quiera enfatizar este lado de las cosas –aunque supongo que cuando uno trata de trabajar tan cerca de su sistema nervioso como sea posible esto es lo que resulta automáticamente– la vida, en realidad, está llena de sufrimiento y desesperación”. En Bacon el sufrimiento no es sólo físico y la desesperación que lo acompaña nace, en realidad, de la falta de sentido de la vida moderna. Se trata de los síntomas de un vacío existencial que nos produce angustia. Precisamente, una vez pasado el choque estético con su carga de asombro, el sentimiento del que somos presa frente a la pintura de Francis Bacon es la angustia.
A diferencia del miedo, que es siempre miedo de algo más o menos específico que existe en el mundo (una persona, una enfermedad, la guerra, etc.), la angustia, como nos enseña Heidegger, no es miedo de nada específico sino más bien un estado de terror en el que aquello que se teme no es nada concreto que pueda ser señalado o descrito. La angustia vuelve extrañas las cosas que conforman el mundo ordinario, las relaciones y los sentimientos que nos conectan con nuestro ambiente cotidiano se desvanecen, el universo al que estábamos acostumbrados se aleja y se vuelve ajeno del mismo modo en que en los cuadros de Bacon las figuras, que todavía alcanzamos a reconocer como personas, están en proceso de transformarse en algo desconocido y aterrador. De esta manera, la angustia nos revela la “nada”. Una nada que no es la de un vacío físico sino, más bien, la de un vacío de significado o de sentido. Heidegger relaciona la angustia con el sentimiento de extrañeza, la palabra alemana que traduce “extraño” es unheimlich, que literalmente quiere decir “no-estar-en-casa”. En el estado de angustia, lo que habitualmente parece natural y evidente deja de serlo. La única cosa que queda es el puro “estar-ahí” de todo, el hecho desconcertante de la indiferente existencia del mundo. Según Heidegger, el encuentro con la “nada” nos confronta con la alternativa entre elegir una existencia auténtica o volver al tipo de vida donde la mayor parte de las cosas se deciden por otros o por circunstancias de naturaleza impersonal. La angustia revela nuestra libertad fundamental. Presos de la angustia nos convertimos en extraños para nosotros mismos, nuestras identidades ordinarias se disuelven y nuestras vidas diarias se vuelven tan extrañas como el mundo a nuestro alrededor. Así, dejamos de ser esta o aquella persona para convertirnos en seres indefinidos cuya única característica es el estar-ahí. Se trata, para Heidegger, de nuestro más fundamental modo de existir. Al enfrentar la nada que revela la angustia desaparecen los roles y máscaras que nos aprisionan en la vida diaria y se nos presenta la oportunidad de optar por un nuevo comienzo, de escoger nuestra vida con una determinación consciente a la que no teníamos acceso atrapados como estábamos en la rutina de la vida cotidiana. La capacidad de concebir el mundo de manera diferente, de tomar distancia y mirarlo de manera totalmente nueva es una capacidad exclusivamente humana que nos permite apartarnos del instinto de rebaño, de los dictados anónimos de lo que supuestamente “debemos ser”, para dejar de vivir como sonámbulos e individualizar nuestra existencia al tomar nuestras propias decisiones personales. Sólo así, en camino hacia un existir auténtico, el espantoso dios de Rilke y de Bacon puede mostrarnos, aunque sea brevemente, su rostro de júbilo.
Bacon Angst
Por Pedro Bonnin
En una carta de 1923 dirigida a la condesa Margot Sizzo-Notis-Crouy, Rilke escribió: “Quien en alguna ocasión no da su pleno consentimiento, su pleno y gozoso consentimiento, a los espantos de la vida, jamás puede tomar posesión de la inexpresable abundancia y poder de nuestra existencia; sólo puede caminar en el linde, y un día, cuando se emita el juicio, no habrá estado vivo ni muerto”. Para Rilke, espanto y júbilo son dos rostros de una misma cabeza divina “que se presenta de éste o de aquél modo, según nuestra distancia de él o el estado mental en que lo percibimos.” Dejar ver esta identidad es, de hecho, según el propio Rilke, el verdadero propósito de las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo.
La obra de Francis Bacon, sin lugar a dudas, se inscribe bajo el signo de estos “espantos de la vida”. El mismo Bacon lo confirma: “La gente piensa que en mis pinturas presto siempre particular atención al sufrimiento y al lado bestial de la vida; yo no lo veo así en absoluto. El solo hecho de nacer es una cosa feroz, la simple existencia, desde el comienzo hasta la muerte, lo es. No es que yo quiera enfatizar este lado de las cosas –aunque supongo que cuando uno trata de trabajar tan cerca de su sistema nervioso como sea posible esto es lo que resulta automáticamente– la vida, en realidad, está llena de sufrimiento y desesperación”. En Bacon el sufrimiento no es sólo físico y la desesperación que lo acompaña nace, en realidad, de la falta de sentido de la vida moderna. Se trata de los síntomas de un vacío existencial que nos produce angustia. Precisamente, una vez pasado el choque estético con su carga de asombro, el sentimiento del que somos presa frente a la pintura de Francis Bacon es la angustia.
A diferencia del miedo, que es siempre miedo de algo más o menos específico que existe en el mundo (una persona, una enfermedad, la guerra, etc.), la angustia, como nos enseña Heidegger, no es miedo de nada específico sino más bien un estado de terror en el que aquello que se teme no es nada concreto que pueda ser señalado o descrito. La angustia vuelve extrañas las cosas que conforman el mundo ordinario, las relaciones y los sentimientos que nos conectan con nuestro ambiente cotidiano se desvanecen, el universo al que estábamos acostumbrados se aleja y se vuelve ajeno del mismo modo en que en los cuadros de Bacon las figuras, que todavía alcanzamos a reconocer como personas, están en proceso de transformarse en algo desconocido y aterrador. De esta manera, la angustia nos revela la “nada”. Una nada que no es la de un vacío físico sino, más bien, la de un vacío de significado o de sentido. Heidegger relaciona la angustia con el sentimiento de extrañeza, la palabra alemana que traduce “extraño” es unheimlich, que literalmente quiere decir “no-estar-en-casa”. En el estado de angustia, lo que habitualmente parece natural y evidente deja de serlo. La única cosa que queda es el puro “estar-ahí” de todo, el hecho desconcertante de la indiferente existencia del mundo. Según Heidegger, el encuentro con la “nada” nos confronta con la alternativa entre elegir una existencia auténtica o volver al tipo de vida donde la mayor parte de las cosas se deciden por otros o por circunstancias de naturaleza impersonal. La angustia revela nuestra libertad fundamental. Presos de la angustia nos convertimos en extraños para nosotros mismos, nuestras identidades ordinarias se disuelven y nuestras vidas diarias se vuelven tan extrañas como el mundo a nuestro alrededor. Así, dejamos de ser esta o aquella persona para convertirnos en seres indefinidos cuya única característica es el estar-ahí. Se trata, para Heidegger, de nuestro más fundamental modo de existir. Al enfrentar la nada que revela la angustia desaparecen los roles y máscaras que nos aprisionan en la vida diaria y se nos presenta la oportunidad de optar por un nuevo comienzo, de escoger nuestra vida con una determinación consciente a la que no teníamos acceso atrapados como estábamos en la rutina de la vida cotidiana. La capacidad de concebir el mundo de manera diferente, de tomar distancia y mirarlo de manera totalmente nueva es una capacidad exclusivamente humana que nos permite apartarnos del instinto de rebaño, de los dictados anónimos de lo que supuestamente “debemos ser”, para dejar de vivir como sonámbulos e individualizar nuestra existencia al tomar nuestras propias decisiones personales. Sólo así, en camino hacia un existir auténtico, el espantoso dios de Rilke y de Bacon puede mostrarnos, aunque sea brevemente, su rostro de júbilo.