La anhelada conversión de la Iglesia

Por Carlos Mendoza-Álvarez, OP

La crisis por la que atraviesa el mundo y la Iglesia, ha obligado a muchos creyentes a enfrentarse a ella desde una relectura del Evangelio y del Concilio Vaticano II. A partir de esta perspectiva, el teólogo dominico Carlos Mendoza-Álvarez encara el problema, analiza y critica el giro dado por la Iglesia con Juan Pablo II y Benedicto XVI en busca de la fundación de una neocristiandad. Con ello nos enfrenta a la necesidad de una profunda conversión de la Iglesia y de su clerecía en los tiempos que corren. Entre los libros de Mendoza-Álvarez cabe destacar Deus liberans y el Dios otro. Un acercamiento a lo sagrado en el mundo posmoderno.

Hoy la Iglesia no sólo se encuentra sumida en una crisis de credibilidad en las sociedades democráticas, sino que experimenta también una grave dificultad para ser signo eficaz del sentido salvífico para un cada vez mayor número de creyentes. Se requiere, en sentido teológico, de una urgente interpelación de conversión evangélica que le permita volver al manantial de su experiencia más significativa que le viene del Dios vivo, a saber: el amor que dignifica y redime. Porque si bien la Iglesia está llamada a ser, unida a Cristo Jesús, su cabeza, mysterion de la presencia de Dios en el corazón de la humanidad, su presencia en la historia está inexorablemente marcada por las contradicciones de la finitud humana, incluido el pecado del mundo y de sus propios miembros.

La Iglesia no existe fuera de los claroscuros en los que los creyentes de cada época viven, cuidan de la tierra, practican la justicia, piensan, deciden, se equivocan, crean, aman, odian, perdonan y celebran la presencia amorosa del Dios vivo en medio de la violencia humana. Y como su realidad divina en tanto obra de Dios no puede expresarse sino en la lógica de la encarnación del Logos divino –que asume todo lo humano para poder deificarlo– la Iglesia está llamada a vivir siempre a la escucha de lo divino en y a través de lo humano. En su historia bimilenaria, la Iglesia comenzó a existir como comunidad escatológica que anunciaba el fin del mundo corrupto y el advenimiento de los tiempos nuevos, a contracorriente de la Sinagoga, primero, y, luego, del Imperio romano, hasta que luego de unos siglos llegó a asimilarse a él en una extraña simbiosis. La difícil cristiandad que se construyó como una grande y hermosa catedral durante más de mil años, dando cobijo a algunas de las más bellas obras de Occidente, también abrió heridas de muerte y provocó gran exclusión y sufrimiento. Así nos lo recuerda la trágica historia de 1492, año de la expulsión de los judíos por los reyes católicos, de la caída de Granada como último bastión musulmán en la península ibérica y de la llegada de Colón a Guanahaní; todo eso llevado a cabo, entre otras motivaciones, también en nombre de Cristo para afirmar a unos y negar a otros.

Pero la catedral comenzó a resquebrajarse con la incipiente modernidad en los albores del siglo XVI. Las grietas que debilitaron la nave fueron muchas. La lectura de la Biblia por el vulgo en sus propias lenguas promovida por Lutero, Calvino y Erasmo fue una de las primeras fisuras en aparecer. El papel del individuo y su conciencia como lugar primordial del encuentro con Dios, en las espiritualidades del discernimiento y la introspección, tanto en el mundo católico como en el reformado, abrieron aun más la fisura. La fuerza de la comprobación empírica como fuente principal de conocimiento, junto al reduccionismo de lo real que más tarde ésta trajo consigo, cimbró las fundaciones. El protagonismo del intelectual como libre pensador y disidente de las formas religiosas y políticas de control del pensamiento, ya fuesen eclesiásticas o civiles, se fortaleció ante sus ruinas.

La Ilustración significó un golpe mortal para el sistema de la cristiandad porque emancipó al individuo de toda tutela exterior y lo puso de cara al abismo de su propia razón y libertad. Para bien y para mal, el mundo occidental no podría ya volver la mirada a un pasado que se hizo añicos. En esa aventura de la libertad moderna, la emancipación fue ganando terreno gracias a la experiencia propia de cada individuo en su carácter irrepetible e inefable: la invención del cuerpo y la sexualidad como aventuras de la libertad; la práctica y concepción de la justicia y del Estado como pactos y alianzas para mantener a raya la violencia congénita de los individuos, negociando y creando instituciones a fin de gobernar la cosa pública; el cultivo de la ciencia empírica como máximo criterio de verdad, lo que resultó ser la base del prodigioso y a la vez depredador avance de la tecnología y, finalmente, la exploración de las pulsiones que subyacen al deseo y a la religión como lugar de la inmanencia donde puede abrirse paso la nada o quizá la trascendencia.

La necesaria reforma de la Iglesia

El balance del enfrentamiento de la Iglesia católica con las sociedades emancipadas –por ejemplo, el episodio interno a la propia comunidad eclesial llamado crisis modernista que tuvo lugar a fines del siglo XIX– fue desolador. La Iglesia católica perdió como interlocutores, primero, a los intelectuales; luego, a los obreros. Más tarde, en el siglo XX, también perdió a las mujeres, a los jóvenes y a las minorías sexuales. Ya entrado el nuevo milenio, está perdiendo a los pueblos indios, a lo migrantes y a los laicos que comienzan a moverse hacia nuevas formas de pertenencia eclesial y de práctica de la fe en pequeñas comunidades de mutuo apoyo, de oración contemplativa y de compromiso social desde la vida teologal reapropiada, más allá de la mediación tradicional y del control institucional.

Entre los laicos y el magisterio de la Iglesia hay también una distancia que en cuestiones morales (sexualidad, justicia, bioética) se ahonda con la crisis de credibilidad por los casos de pederastia clerical. Quizá lo que más cala hoy en el espíritu de muchos es la incapacidad de la jerarquía católica para hacer frente, con sensibilidad e inteligencia, a esta dramática situación que afecta, primero, a las víctimas que exigen resarcimiento del daño; luego, a los responsables que han de ser juzgados por tribunales civiles y, en su caso, eclesiásticos; y, finalmente, a la Iglesia en su calidad de testigo de la vida evangélica.

Por eso conviene ahora recordar aquello que el teólogo dominico francés, Christian Duquoc,1 planteó hace ya una década al proponer una eclesiología que asuma críticamente y en perspectiva teologal los tres disfuncionamientos principales de la Iglesia católica contemporánea, a saber: su relación con el cuerpo, el trabajo y el poder.

La primera relación se refiere a la grave cuestión que tiene pendiente la Iglesia de asumir el cuerpo en el marco de la realización integral de la persona: como el lugar primordial de expresión de la bendición creadora de Dios y del destino de deificación al que está llamado cada ser humano en relación con los otros miembros de la comunidad humana. Cuerpo que está indisolublemente ligado a la sexualidad como capacidad amorosa de encuentro interpersonal por medio del erotismo, la genitalidad y el amor de donación. Cuerpo que se expresa en la construcción de múltiples expresiones de identidad sexual, todas y cada una llamadas a la maduración de la persona en el encuentro interpersonal, por el cultivo del respeto a la diferencia y concretándose en compromisos por la vida de aquella gran ternura que la humanidad espera. Cuerpo que es, en su sentido más lacerante, vínculo con el otro que tiene hambre y muere.

La segunda relación designa el ámbito del trabajo humano con sus exigencias de deberes y derechos para todos. Lugar donde las comunidades humanas establecen vínculos de transformación de la tierra para recibir de ella un ethos o morada habitable. Lugar donde la justicia laboral es una tarea pendiente para la sociedad de mercado, pero también para la Iglesia. En este ámbito juega un papel crucial la enseñanza social del magisterio de los obispos, con su crítica a los sistemas de capitalismo neoliberal o de Estado que afianzan su poder en la era de la globalización del mercado. Pero esta dimensión se refiere también al grave problema de la administración transparente y justa de los bienes de la Iglesia en cada parroquia, diócesis, congregación y orden religiosa, conferencias episcopales y dicasterios de la curia romana. Este conjunto de temas configuran una cuestión prioritaria para la agenda de la conversión de la Iglesia del siglo XXI. Si la Iglesia quiere ser creíble para los ciudadanos de las sociedades democráticas liberales ha de volver al Evangelio para transfigurar con su testimonio de justicia y caridad sus procesos y estructuras de distribución de bienes materiales y espirituales.

Finalmente, la relación con el poder implica para la Iglesia la urgencia de no seguir en complicidad con los poderosos de este mundo renunciando a la riqueza, al contubernio y a la complicidad con quienes velan por perpetuar sus intereses de clan, de clase, de sistema patriarcal y de mercado. Hay que releer el poder desde el no poder del Crucificado que vive. “Para ello es preciso también promover la gestación de procesos eclesiales de participación que asuman los ministerios ordenados y laicales en su rica diversidad. Supone asimismo la promoción en su vida interna de estructuras de gobierno colegiadas como expresión de la koinonía2 de la fe, que reconozcan los derechos de todo bautizado como miembro del pueblo de Dios a ejercer los tres oficios que manan de su condición de hijo de Dios: la profecía como renuncia y denuncia de los poderes de este mundo y anuncio del poder de Dios; su ciudadanía espiritual como miembro de la Civitas Dei (“Ciudad de Dios”) donde todas las creaturas tienen cabida en la mesa común del Reinado de Dios; y su sacerdocio bautismal consagrando lo mundano a Dios por la práctica de la caritas en tanto amor de donación.

Y como resultado de todo ello, viviendo esa reforma del poder desde abajo, es decir, desde los pobres y excluidos en las iglesias locales. Esta dimensión exige una reforma de la curia romana y su relación con las iglesias particulares. Tal vuelta a los orígenes es un imperativo para que la Iglesia sea fiel a la eclesiología de los patriarcados primitivos –koinonía de koinonías propia del primer milenio del cristianismo, como lo subrayaba hace unas décadas, con rigor crítico y conocimiento de fuentes, el eclesiólogo Jean Marie Tillard.3

En suma, se trata de la superación de los modelos kyriarcal o de señorío patriarcal, de toma de decisiones y de gobierno en la Iglesia, que contradicen el espíritu y la letra tanto del Evangelio como de su recepción moderna hecha por el Concilio Vaticano II y su eclesiología de Pueblo de Dios.

Al fin y al cabo, no hay que olvidar que la credibilidad de la Iglesia se ha jugado, en cada época de su historia bimilenaria, en su fidelidad al Reino de Dios en el corazón de los procesos de humanización, donde las personas y las naciones edifican la Oikía o casa común que, como humanidad en relación con las demás creaturas del planeta, recibimos como don y tarea. Si la Iglesia del siglo XXI asume esta agenda, podrá seguir anunciando a las sociedades posmodernas, con credibilidad y pertinencia, la Buena Noticia de la salvación que se ha cumplido plenamente en Jesús, Mesías e Hijo de Dios.

El significado de la crisis de un modelo de vida religiosa y de la Iglesia de la neocristiandad

La actual crisis mediática de la Iglesia –en especial de su jerarquía clerical– con motivo de los casos de pederastia confesa en los países bastiones del catolicismo moderno (Austria, Bélgica, Estados Unidos, España, Irlanda y México) revela una problemática más profunda a nuestro parecer: la crisis de un modelo de neocristiandad que se gestó desde el papado de Juan Pablo II y que se consolidó con el Papa Benedicto XVI.

En efecto, la crítica al Concilio Vaticano II comenzó a hacerse sentir en los círculos eclesiásticos desde los años ochenta del siglo pasado. Entonces ganó terreno una lectura “revisionista” de varios temas conciliares de primer orden asumidos creativamente por los Padres Conciliares primero y por la Iglesia en América Latina después. Baste recordar como ejemplos la eclesiología del pueblo de Dios transformada en eclesiología de comunión; la opción por los pobres convertida en opción preferencial por los pobres, volviendo el corazón a la negociación con los poderosos; la lectura popular de la Biblia convertida en lectio divina a la usanza antigua pero olvidando la Palabra encarnada; finalmente, la vida religiosa profética que fue duramente desacreditada y debilitada en América Latina.

El emblema más visible de vida religiosa de la neocristiandad fue, por escasas seis décadas, la congregación de la Legión de Cristo, aunque no fue el único proyecto en curso de esa naturaleza. Nuevas fundaciones compartieron el mismo perfil de intentar recuperar el protagonismo eclesial en la vida pública a través de la evangelización de las élites. Es más, también apareció este proceso de repliegue a la tradición como fidelidad a la letra dentro de las antiguas órdenes religiosas y las congregaciones modernas. Otros movimientos de vida religiosa y de laicos del mismo perfil fueron ampliamente promovidos en esa misma época por el papado.

Concebida la Legión como una de las hijas predilectas de esta recuperación de la cristiandad, su carisma quedó profundamente afectado porque “la conducta del padre Marcial Maciel Degollado ha causado serias consecuencias en la vida y en la estructura de la Legión, hasta el punto de hacer necesario un camino de profunda revisión”, según el decir del reciente comunicado de prensa de la Santa Sede.4 ¿Se trata solamente de un caso de corrupción moral en la Iglesia? ¿Qué significa esta infeliz circunstancia para la urgente conversión de toda la Iglesia? A nuestro parecer es importante poner sobre la mesa algunos criterios teológicos para responder a estas interrogantes. Primero, es necesario afirmar que no se trata de la extinción de la Iglesia sino de un modelo de Iglesia que se tambalea. Tampoco se trata de buscar un nuevo chivo expiatorio que haga ilusoriamente inocentes a todos los que lo señalan, culpando a uno solo en la falsa unanimidad del contagio mimético.

A los creyentes nos resulta necesario comprender el sentido de esta crisis desde la perspectiva del Evangelio. Para ello conviene señalar que la estructura de estas fundaciones supone con frecuencia una visión de la persona humana sometida a una autoridad clerical incuestionable, anulada en su ser como persona, a la que se controla en sus encuentros con familia, amigos y sobre todo con personas del sexo opuesto. A pesar de su buena voluntad, muchas de las personas que ingresaron a esos movimientos y congregaciones están marcadas por un serio conflicto con su cuerpo, sometidas al poder de una mentalidad y estructura militar de obediencia ciega, movida por una fuerte dosis de obsesión por la eficacia y de culto al fundador. Además, los criterios de selección vocacional y de seguimiento en la Legión de Cristo y demás obras similares están marcados por un perfil psicológico especial que combina la capacidad de liderazgo de los candidatos con la necesidad de referentes morales inamovibles, por su fisonomía de clase pudiente y racista, así como por su eficiencia probada para hacer alianzas con ricos empresarios, políticos influyentes y jerarcas encumbrados, de manera que sus obras educativas y pastorales “ganen para Cristo lo mejor de la sociedad”, es decir, sus élites de poder, dinero e influencia.

Sin embargo, el mayor problema radica en que este modelo de neocristiandad ha contado con el aval del papado y de varios cardenales de la curia romana, de obispos en diversas partes del mundo y de empresarios católicos de alto impacto en sus respectivos países. La rigidez moral y la mentalidad autoritaria que predicaba Marcial Maciel, por ejemplo, además de ser inseparable de su perfil patológico personal, convenía a muchos actores interesados en mantener el status quo de una moral de virtudes públicas y vicios privados. El Evangelio domesticado resultaba ser la mejor ideología para justificar las críticas al mundo moderno de emancipación y secularización que campeaba por todo Occidente, contaminando con sus “antivalores” a los católicos y pervirtiendo a las jóvenes generaciones con la dictadura del culto al placer y a lo efímero. Era preciso evitar el supuesto relativismo moral al que nos conducía el mundo moderno.

Se trata, por tanto, de la crisis de un modelo de vida religiosa asociada a un modelo de Iglesia que quiso imponerse como correctivo a los supuestos excesos que siguieron a la apertura al mundo proclamada y vivida por el Concilio Vaticano II. Esta crisis, sin embargo, es la ocasión propicia para recuperar la letra y el espíritu conciliar, en fidelidad a Cristo y a su Evangelio, tal como ha sido vivido y proclamado como amor de donación incondicional por cristianos cabales, en diferentes momentos de la historia. Pero esta vuelta a las fuentes es preciso hacerla en el marco de la gran tradición de la Iglesia y a la escucha del mundo contemporáneo donde Dios sigue a la obra en sus justos e inocentes, con la finalidad de abrir nuevos derroteros para los cristianos en un nuevo milenio, más allá de estériles añoranzas por una cristiandad agotada.

Nuevas perspectivas para la vida religiosa desde América Latina

Queda por saber qué derroteros tomará esta crisis: si dará paso a una profunda y verdadera conversión evangélica de todos los miembros de la Iglesia, o bien, si fortalecerá la estructura patriarcal que se anquilosará cada vez más hasta perder credibilidad y pertinencia en la interlocución con las sociedades posmodernas.

Tal vez, sin embargo, esta crisis nos permita discernir y asumir una diferenciada pertenencia a la fe católica, reconociendo por fin los procesos irreversibles de inculturación del Evangelio en estos tiempos de la aldea global que muchos católicos del mundo –en sus iglesias locales, en sus órdenes y congregaciones religiosas, en sus comunidades laicales– viven silenciosa y apasionadamente como anuncio testimonial de la Palabra hecha carne para vida del mundo.

En efecto, la vida religiosa ha sido múltiple y variada en sus carismas, su evolución histórica y sus compromisos colectivos. El Congreso Internacional de la Vida Consagrada –organizado en Roma por la Unión de Superiores Generales en noviembre de 2004– fue un momento significativo para tomar el pulso a la manera como religiosas y religiosos experimentan, conciben y abren perspectivas para la interpretación de sus carismas en el contexto de la globalización. Si bien se puede constatar en sus memorias la tensión entre diversos modelos de Iglesia, aparece como rasgo común el deseo de ser una presencia amorosa de Dios en medio de los conflictos de este mundo.

Por su parte, la Conferencia Latinoamericana de Religiosos, desde hace una década al menos y reponiéndose de una dura intervención de la curia vaticana, se ha dado a la tarea de favorecer un nuevo florecimiento de la vida religiosa a partir de los ejes de la profecía y la mística, indisolublemente unidas en la radicalidad de la vida teologal. La relectura de los carismas de órdenes y congregaciones en el contexto de un mundo marcado por la pobreza y la exclusión crecientes, así como por la conciencia de la legítima pluralidad cultural, ha hecho que la vida religiosa busque resignificar la radicalidad de su consagración, en términos de compasión bíblica, ensanchando sus entrañas a todas las exclusiones del mundo globalizado.  En este sentido podemos considerar un pasaje del Mensaje de la más reciente asamblea de superioras y superiores religiosos de México: “9. El drama que atraviesa nuestro mundo y que se expresa en un sinnúmero de muertes cotidianas generadas por la pobreza y el hambre, por la violencia y la exclusión, por el ansia de poder y de dinero, por la corrupción y la impunidad, por la inseguridad y la pérdida del valor de la vida humana, nos ha llevado a reconocer nuestras inercias, miedos y pasividades. Somos conscientes de que, como vida religiosa, con nuestra apatía, corremos el riesgo de ser cómplices del programa de muerte de los poderosos. 10. En medio de la crisis generalizada, reconocemos que la esperanza brilla en los gestos inéditos de solidaridad ante el sufrimiento que parece desbordar la capacidad humana; en la creciente conciencia de ciudadanía y participación responsables; en el despertar de la juventud, las mujeres y las/los indígenas como sujetos y colectivos que se organizan para decir-haciendo la salvación con voces nuevas; en las personas mayores que con su sabiduría nos ayudan a tejer la historia; en laicas y laicos que asumen mayor protagonismo en la vida de la Iglesia; en muchos otros gestos y signos que, a causa de las crisis, brillan como oportunidad para la transformación de las estructuras injustas y como condición de posibilidad para la transfiguración de los corazones tibios y miedosos. Creemos y confesamos que nuestro mundo, y Dios desde él, quiere mujeres y hombres comprometidos místicamente en la búsqueda de la vida y dispuestas/os a vivir la profecía”.5

Notas

1 Cf. Christian Duquoc, Creo en la Iglesia. Precariedad institucional y Reino de Dios, Sal Terrae, Santander, 2001, p. 289.

2 La koinonía es un concepto teológico que alude a la comunión eclesial que se genera entre los miembros de la Iglesia y Dios, revelado en Jesucristo y actuante en la historia mediante el Espíritu Santo [N. del E.].

3 Cf. Jean-Marie Tillard, Iglesia de iglesias. Eclesiología de comunión, Sígueme, Salamanca, 2003, p. 360.

4 Cf. Comunicado de la Santa Sede sobre la visita apostólica a la congregación de los Legionarios de Cristo (1 de mayo, 2010), n. 2. url: http://www.vatican.va/resources/resources_comunicato-legionari-cristo-2010_sp.html [fecha de consulta: 7 de mayo, 2010].

5 cirm. “De la compasión que nos ensancha el corazón a una vida religiosa transfigurada por la profecía”, mensaje de la XLV Asamblea Nacional de la CIRM. Morelia, Mich., 30 de abril a 2 de mayo, 2010. URL: http://www.cirm.org.mx/download/mensajefinal.pdf [fecha de consulta: 6 de mayo, 2010].

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