Algo sé de las cosas.
No se me han revelado las claves de la muerte
ni converso con ángeles o estatuas,
pero entiendo que al agua de los charcos
y al reflejo de un rostro en esas aguas
no se les llame de la misma forma,
pues no han de mitigar la misma sed.
Las ramas del naranjo
son manecillas de un reloj de frutos.
Aunque, a decir verdad, todo lo ignoro
tratándose de charcos y reflejos.
El tiempo es lo que pasa por delante
sin verme de reojo, sin frenar:
por delante del agua y de las piedras.
Yo apenas averiguo qué hay debajo,
qué hay detrás, qué hay adentro.
Algo sé de las cosas, como he dicho:
sé que van a perderse,
como las llaves y el pasado.
El reloj, como un árbol de minutos,
deja caer los más redondos
y conserva los tenues e inasibles.
Después de todo, el ángel y la estatua
conversan entre sí, miran al cielo
y pronostican, por su cuenta,
lluvias o tolvaneras o bonanzas.
La pelea del siglo
Oye, no te molestes, calavera.
Conmigo no te apures.
Yo te alcanzo en un rato,
sin trampas ni acarreos.
Nada más dame chance
de aprender un idioma,
de guisar un arroz al menos admisible,
de pagarme un seguro
y cobrarlo en moneda fraccionaria
para insultarte de otro modo,
con palabras mal dichas y frases macarrónicas,
con sintaxis de idiota o de turista,
para engordar delante de tu hambre,
para soñar –fracciones de segundo–
que te compro y te mancho y te soborno.
Romance de frontera
Tengo que decidirme,
tras un almuerzo de conejo,
entre dos tardes enemigas:
una de zorros, otra de lechugas
apenas mordisqueadas en los bordes.
La ballena y el témpano,
expertos en la sal,
merodean por las olas al ritmo de la siesta.
En los jardines callejeros
llueve, al anochecer, polvo de pájaros.
Van quedándose mudos los relojes del puerto.
Sólo yo he visto la primera estrella.
Puedo volver al monte
o empezar, en tinieblas, a buscarte
a la orilla de un mar que huele a sueño.
Poemas
de Luis Vicente de Aguinaga
Pronóstico del tiempo
Algo sé de las cosas.
No se me han revelado las claves de la muerte
ni converso con ángeles o estatuas,
pero entiendo que al agua de los charcos
y al reflejo de un rostro en esas aguas
no se les llame de la misma forma,
pues no han de mitigar la misma sed.
Las ramas del naranjo
son manecillas de un reloj de frutos.
Aunque, a decir verdad, todo lo ignoro
tratándose de charcos y reflejos.
El tiempo es lo que pasa por delante
sin verme de reojo, sin frenar:
por delante del agua y de las piedras.
Yo apenas averiguo qué hay debajo,
qué hay detrás, qué hay adentro.
Algo sé de las cosas, como he dicho:
sé que van a perderse,
como las llaves y el pasado.
El reloj, como un árbol de minutos,
deja caer los más redondos
y conserva los tenues e inasibles.
Después de todo, el ángel y la estatua
conversan entre sí, miran al cielo
y pronostican, por su cuenta,
lluvias o tolvaneras o bonanzas.
La pelea del siglo
Oye, no te molestes, calavera.
Conmigo no te apures.
Yo te alcanzo en un rato,
sin trampas ni acarreos.
Nada más dame chance
de aprender un idioma,
de guisar un arroz al menos admisible,
de pagarme un seguro
y cobrarlo en moneda fraccionaria
para insultarte de otro modo,
con palabras mal dichas y frases macarrónicas,
con sintaxis de idiota o de turista,
para engordar delante de tu hambre,
para soñar –fracciones de segundo–
que te compro y te mancho y te soborno.
Romance de frontera
Tengo que decidirme,
tras un almuerzo de conejo,
entre dos tardes enemigas:
una de zorros, otra de lechugas
apenas mordisqueadas en los bordes.
La ballena y el témpano,
expertos en la sal,
merodean por las olas al ritmo de la siesta.
En los jardines callejeros
llueve, al anochecer, polvo de pájaros.
Van quedándose mudos los relojes del puerto.
Sólo yo he visto la primera estrella.
Puedo volver al monte
o empezar, en tinieblas, a buscarte
a la orilla de un mar que huele a sueño.