Por Fausto Zerón-Medina Conversación con Bernardo Domínguez y Javier Sicilia
La exposición pública de los actos de pederastia y de encubrimiento que ha habido en la institución clerical y la larga tradición de poder y de complicidades que la Iglesia y el Estado han tenido en sus aparentes disputas sitúa esta conversación en la que el historiador Fausto Zerón-Medina hace un duro y detallado recuento de algunas de ellas. Su crítica, incisiva y sincera, coloca a los católicos frente a la disyuntiva de presionar para que la institución clerical vuelva a sus fuentes evangélicas o de mirarse frente al Evangelio y vivir desde allí, en medio de un Estado laico, cuyas pretensiones de poder han sido semejantes a las de la institución clerical, formas alternas de la Iglesia primitiva.
Bernardo Domínguez: Fausto, aunque todo parece haber entrado en la calma mediática, ¿cómo has visto la actual crisis de la Iglesia provocada por la exhibición de los casos de pederastia y los ataques a Benedicto XVI?
Fausto Zerón-Medina: Me parece que su carácter de crisis surge, entre otros, de dos elementos: el primero es que la Iglesia decidió encubrir este problema, sin resolverlo, sin ir más allá, sin cuestionarse a fondo su origen, sin encarar el tema de la sexualidad humana; el otro es la difusión que recibió el tema y que derivó en un escándalo mediático –por lo sensible del asunto y lo fácil que es obtener provecho de tales conductas explotando el morbo–.
Desde un principio, Roma se hizo cargo del asunto con el propósito de evitar el escándalo mediante el ocultamiento, la coacción moral sobre las víctimas, el reparto de indemnizaciones, la colusión con el poder público, los cambios de residencia de los clérigos inculpados, en síntesis, por medio del encubrimiento. Cuando cada uno de los obispos actuó así lo hizo en perfecta comunión y obediencia a la Santa Sede. Sin embargo, una vez que el asunto, a través de los medios, se convirtió en un escándalo mundial, Roma se vio obligada –en un acto que parece más de ejercicio de poder que de solicitud pastoral– a invocar sus fundamentos para inculparse e inculpar a los obispos que simplemente actuaron bajo las normas y los lineamientos que habían recibido. La carta a los católicos de Irlanda, por ejemplo, parece apostar más al capital de una fidelidad inquebrantable que a la posibilidad de contrición y conversión. ¿De qué se arrepiente más la Iglesia?: ¿de que se hayan cometido los actos que le imputan o de no haber reaccionado antes espontáneamente?
Javier Sicilia: ¿No te parece que reduces a una manipulación táctica lo que es una auténtica actitud de humildad por parte del Papa y, junto con él, de la Iglesia?
Fausto Zerón-Medina: Tal vez a la luz de la fe sea posible encontrar eso en la carta a los católicos de Irlanda. Pero desde mi perspectiva de no creyente me cuesta trabajo escuchar en ella un eco de lo que, según el Nuevo Testamento, definía a las comunidades cristianas: el desprendimiento, la unión en un mismo espíritu, en un solo corazón y en una sola alma, el amor entre sus miembros, la posesión común de los bienes materiales y su reparto de acuerdo con las necesidades de cada cual, la oración constante, la sencillez, la alegría, etc. En otras palabras, no encuentro un eco de ese espíritu evangélico que los hacía gozar de la simpatía de todos. Siempre que ahí se llega a mencionar el poder es para asociarlo con los milagros y prodigios. Lo que veo en el Papa y su colectividad católica es un uso político del poder que puede despertar la sospecha de una simulación oportuna y redituable.
Bernardo Domínguez: Tal vez, como autoridad máxima de la Iglesia, el Papa tendría que haber tomado ciertas medidas claras, cosa que no hizo ni ha hecho, como purgar los seminarios y establecer reglas para asegurarse de que los que están allí tengan una verdadera vocación y suspender a quienes tengan inclinaciones pederastas. No se trata de suspender a los homosexuales, que pueden ser espléndidos sacerdotes, sino a pederastas que existen tanto en la homosexualidad como en la heterosexualidad. Pudo incluso, como un anuncio de esas medidas, haber sancionado casos ejemplares. No ha sido así. Sin embargo, Fausto, a pesar de esto y de los reproches que le hacemos al Papa; a pesar de sus flaquezas y del mal manejo del asunto que ha hecho el Vaticano; a pesar de que los otros poderes –llámense medios de comunicación, Estados, etc.–, proclives a desvirtuar la institución clerical han hecho una enorme campaña, el Papa aún hoy en día sigue ejerciendo un poder inmenso y mundial y su prestigio en el grueso de la gente sigue incólume.
Fausto Zerón-Medina: Eso no importa, porque lo que quiero señalar es que la Iglesia institucional es sólo poder. Si la feligresía la apoya o no, le tiene sin cuidado, siempre y cuando pueda mantener o recomponer ese poder. Dietrich Bonhoeffer afirmó que la Iglesia era, toda ella, ideología. Y desde allí, como los otros poderes, hace campaña; desde allí también, en el asunto de los casos de pederastia, indemnizó o protegió a los infractores que ella misma consideraba que actuaban mal. Se trató de una protección de orden ideológico. Bonhoeffer llega al extremo de afirmar que tal como está constituida la Iglesia, no tiene otra manera de actuar y no puede sino traicionar lo que dice custodiar.
Javier Sicilia: ¿Qué tendría que hacer el Papa para recobrar su dignidad espiritual?
Fausto Zerón-Medina: Actuar con humildad total. Si él cree que es el Vicario de Cristo, si cree en los títulos que lleva, entre ellos el de Siervo de los siervos de Dios, debe actuar como tal, como el Cristo; refugiarse en él, como lo aconsejaba ese gran teólogo que fue Dietrich Bonhoeffer; quien remitía a los cristianos a las revelaciones de “El siervo sufriente” de Isaías que, según la tradición de la Iglesia, prefiguran a Cristo. Ese podría ser el Papa, y no un líder político. En este sentido, el propio Bonhoeffer –en una de las cartas que escribió en la prisión, poco antes de que Hitler lo ejecutara por sus vínculos con la fallida conspiración contra él– hace un diagnóstico muy certero de ella. Aunque se refería a la Iglesia luterana, su argumento puede extenderse muy bien a la Iglesia católica: “Nuestra Iglesia, que durante todos estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, como si ésta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora como portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres. Cada intento de dotar a la Iglesia prematuramente de un poder organizador acrecentado no logrará sino demorar su conversión y purificación”. Esas palabras son en más de un sentido certeras y proféticas.
Javier Sicilia: Estoy absolutamente de acuerdo. Bonhoeffer es un hombre al que las Iglesias deberían volver a leer –un profeta y un santo–. Sin embargo, Fausto, me gustaría hablar un poco en favor de esa Iglesia que a lo largo de los siglos se ha corrompido.
No es posible negar que el cristianismo ha sido la historia de Occidente y, por ello mismo, hasta la llegada de la laicidad, también la historia de la Iglesia. Esa Iglesia, en su afán de cristianizar al mundo, custodió, a pesar de sus horribles defectos como cosa social, una espiritualidad y una fe sin las cuales no habría habido vida espiritual; custodió igualmente, a partir de ella, una moral.
Con la emergencia de la crítica racionalista del siglo XVII, el surgimiento de las ideas ilustradas y el triunfo de la revolución francesa, de la laicidad y del racionalismo, la Iglesia fue desplazada. Sin embargo, a pesar de su molestia y de la tensión que la relación con el laicismo y el Estado laico le causaban, sabía que ese mismo Estado, que había heredado su poder, protegía su propia moral en asuntos como el matrimonio, el aborto, la homosexualidad –no en vano el Estado moderno nació de sus entrañas–. Sin embargo, en menos de 50 años –es decir, el tiempo que más o menos transcurrió del Vaticano II al final del pontificado de Juan Pablo II– ese Estado no sólo dejó de ser garante de esa moral, sino que ha despenalizado el aborto, aceptado los matrimonios homosexuales y su derecho a adoptar. Frente a eso, la Iglesia institucional, que había aprendido a convivir de mala gana con ese Estado, lo ha condenado de una forma tan fuerte como en el periodo en el que se separó de ella. En esa lucha se destapó, como una forma de la revancha de la laicidad, el problema de los curas pederastas y los encubrimientos.
Esa Iglesia, que ha defendido la más alta norma en cuestiones morales, que ha custodiado a lo largo de siglos el Evangelio, que ha hecho posible la fe y cuya clerecía, a pesar de alejarse cada vez más de las necesidades espirituales del pueblo, es respetada por los fieles,
sufre, con ello, un tremendo revés. Independientemente de la fe del pueblo, ¿qué sucederá con esa Iglesia y lo que custodiaba y ha sido fundamental para la vida espiritual de Occidente?
Fausto Zerón-Medina: Tal vez entre loscreyentes quepa siemprela esperanza teologalde que Dios les dé en algún momento los bienes que les ha prometido–me refiero auna reforma de la Iglesia que la conviertaen comunidades como las primitivascristianas, en lugar del cuerpo clericaltriunfalista, asfixiante, corrupto y negociador del poder–. Sin embargo, para mí, esa posibilidad se encuentra sólo en el inventario de nuestras utopías.
El tiempo del Evangelio está situado en un momento histórico. Lo que la Iglesia hizo con él a partir de Constantino, es decir, cuando tomó rango imperial, fue interpretarlo ideológicamente –hubo otras interpretaciones que no prosperaron– y, desde esa interpretación, pretendió leer la Historia como una historia de la salvación. Si el Estado, como has dicho en otros momentos y lo sugiere tu pregunta, es, en su poder y su estructura, una copia suya y, como copia, custodió parte de su moral, la Iglesia también copió otras formas del paganismo, en particular las del imperio romano. No obstante, el Evangelio, tal y como apareció, continúa estando allí para que el que quiera vivirlo lo viva. Su mensaje nada tiene que ver con el boato de la Iglesia.
Bernardo Domínguez: ¿Cómo ves esa historia de la Iglesia en México?
Fausto Zerón-Medina: La llegada de la Iglesia a América fue consecuencia del Vicariato Apostólico de la Corona, o sea, del Patronato que el Papa le concedió a los reyes, como fruto de un acuerdo entre poderes. El Papa concedió privilegios y facultades especiales a los reyes de España y Portugal para que llevaran a cabo la evangelización y el establecimiento de la Iglesia en el continente. Desde siempre los poderes se han acoplado a lo largo de la historia de diferentes maneras y con distintos actores. Es un juego que, como todo juego de poder, implica una desconexión entre el soberano y el pueblo. Siempre ha sido así. Los poderes sobreviven acoplándose entre sí.
Esto me hace recordar algo que acabo de leer: que cuando la Independencia se hizo en México, tenía la palanca y el punto de apoyo en el mismo lugar. Es decir, dos curas párrocos hicieron la Independencia y su jerarquía la condenó. Esto, me parece, refleja un divorcio entre la religiosidad del pueblo, que es una respuesta personal, es decir, un diálogo directo con Dios que se expresa de manera ritual, mediante testimonios directos y concretos, y el discurso de la alta clerecía. La jerarquía no sólo se distancia cada vez más de las necesidades espirituales del pueblo, sino que, para retomar la historia antigua de Israel, mantiene el velo del templo corrido, un velo detrás del cual ya no hay Arca de la Alianza.
Javier Sicilia: ¿Crees que la historia puede enseñarle algo a esa Iglesia; puede esa historia contribuir a que se purifique?
Fausto Zerón-Medina: A la visión de una historia maestra, prefiero aplicarle una mirada de escepticismo. Tal vez fue Charles de Montalembert quien, desde la perspectiva misma del cristianismo, expresa lo que quiero decir: “Para juzgar el pasado habría que vivirlo y para condenarlo no habría que deberle nada”.
Simulación y complicidad
Por Fausto Zerón-Medina
Conversación con Bernardo Domínguez y Javier Sicilia
La exposición pública de los actos de pederastia y de encubrimiento que ha habido en la institución clerical y la larga tradición de poder y de complicidades que la Iglesia y el Estado han tenido en sus aparentes disputas sitúa esta conversación en la que el historiador Fausto Zerón-Medina hace un duro y detallado recuento de algunas de ellas. Su crítica, incisiva y sincera, coloca a los católicos frente a la disyuntiva de presionar para que la institución clerical vuelva a sus fuentes evangélicas o de mirarse frente al Evangelio y vivir desde allí, en medio de un Estado laico, cuyas pretensiones de poder han sido semejantes a las de la institución clerical, formas alternas de la Iglesia primitiva.
Bernardo Domínguez: Fausto, aunque todo parece haber entrado en la calma mediática, ¿cómo has visto la actual crisis de la Iglesia provocada por la exhibición de los casos de pederastia y los ataques a Benedicto XVI?
Fausto Zerón-Medina: Me parece que su carácter de crisis surge, entre otros, de dos elementos: el primero es que la Iglesia decidió encubrir este problema, sin resolverlo, sin ir más allá, sin cuestionarse a fondo su origen, sin encarar el tema de la sexualidad humana; el otro es la difusión que recibió el tema y que derivó en un escándalo mediático –por lo sensible del asunto y lo fácil que es obtener provecho de tales conductas explotando el morbo–.
Desde un principio, Roma se hizo cargo del asunto con el propósito de evitar el escándalo mediante el ocultamiento, la coacción moral sobre las víctimas, el reparto de indemnizaciones, la colusión con el poder público, los cambios de residencia de los clérigos inculpados, en síntesis, por medio del encubrimiento. Cuando cada uno de los obispos actuó así lo hizo en perfecta comunión y obediencia a la Santa Sede. Sin embargo, una vez que el asunto, a través de los medios, se convirtió en un escándalo mundial, Roma se vio obligada –en un acto que parece más de ejercicio de poder que de solicitud pastoral– a invocar sus fundamentos para inculparse e inculpar a los obispos que simplemente actuaron bajo las normas y los lineamientos que habían recibido. La carta a los católicos de Irlanda, por ejemplo, parece apostar más al capital de una fidelidad inquebrantable que a la posibilidad de contrición y conversión. ¿De qué se arrepiente más la Iglesia?: ¿de que se hayan cometido los actos que le imputan o de no haber reaccionado antes espontáneamente?
Javier Sicilia: ¿No te parece que reduces a una manipulación táctica lo que es una auténtica actitud de humildad por parte del Papa y, junto con él, de la Iglesia?
Fausto Zerón-Medina: Tal vez a la luz de la fe sea posible encontrar eso en la carta a los católicos de Irlanda. Pero desde mi perspectiva de no creyente me cuesta trabajo escuchar en ella un eco de lo que, según el Nuevo Testamento, definía a las comunidades cristianas: el desprendimiento, la unión en un mismo espíritu, en un solo corazón y en una sola alma, el amor entre sus miembros, la posesión común de los bienes materiales y su reparto de acuerdo con las necesidades de cada cual, la oración constante, la sencillez, la alegría, etc. En otras palabras, no encuentro un eco de ese espíritu evangélico que los hacía gozar de la simpatía de todos. Siempre que ahí se llega a mencionar el poder es para asociarlo con los milagros y prodigios. Lo que veo en el Papa y su colectividad católica es un uso político del poder que puede despertar la sospecha de una simulación oportuna y redituable.
Bernardo Domínguez: Tal vez, como autoridad máxima de la Iglesia, el Papa tendría que haber tomado ciertas medidas claras, cosa que no hizo ni ha hecho, como purgar los seminarios y establecer reglas para asegurarse de que los que están allí tengan una verdadera vocación y suspender a quienes tengan inclinaciones pederastas. No se trata de suspender a los homosexuales, que pueden ser espléndidos sacerdotes, sino a pederastas que existen tanto en la homosexualidad como en la heterosexualidad. Pudo incluso, como un anuncio de esas medidas, haber sancionado casos ejemplares. No ha sido así. Sin embargo, Fausto, a pesar de esto y de los reproches que le hacemos al Papa; a pesar de sus flaquezas y del mal manejo del asunto que ha hecho el Vaticano; a pesar de que los otros poderes –llámense medios de comunicación, Estados, etc.–, proclives a desvirtuar la institución clerical han hecho una enorme campaña, el Papa aún hoy en día sigue ejerciendo un poder inmenso y mundial y su prestigio en el grueso de la gente sigue incólume.
Fausto Zerón-Medina: Eso no importa, porque lo que quiero señalar es que la Iglesia institucional es sólo poder. Si la feligresía la apoya o no, le tiene sin cuidado, siempre y cuando pueda mantener o recomponer ese poder. Dietrich Bonhoeffer afirmó que la Iglesia era, toda ella, ideología. Y desde allí, como los otros poderes, hace campaña; desde allí también, en el asunto de los casos de pederastia, indemnizó o protegió a los infractores que ella misma consideraba que actuaban mal. Se trató de una protección de orden ideológico. Bonhoeffer llega al extremo de afirmar que tal como está constituida la Iglesia, no tiene otra manera de actuar y no puede sino traicionar lo que dice custodiar.
Javier Sicilia: ¿Qué tendría que hacer el Papa para recobrar su dignidad espiritual?
Fausto Zerón-Medina: Actuar con humildad total. Si él cree que es el Vicario de Cristo, si cree en los títulos que lleva, entre ellos el de Siervo de los siervos de Dios, debe actuar como tal, como el Cristo; refugiarse en él, como lo aconsejaba ese gran teólogo que fue Dietrich Bonhoeffer; quien remitía a los cristianos a las revelaciones de “El siervo sufriente” de Isaías que, según la tradición de la Iglesia, prefiguran a Cristo. Ese podría ser el Papa, y no un líder político. En este sentido, el propio Bonhoeffer –en una de las cartas que escribió en la prisión, poco antes de que Hitler lo ejecutara por sus vínculos con la fallida conspiración contra él– hace un diagnóstico muy certero de ella. Aunque se refería a la Iglesia luterana, su argumento puede extenderse muy bien a la Iglesia católica: “Nuestra Iglesia, que durante todos estos años sólo ha luchado por su propia subsistencia, como si ésta fuera una finalidad absoluta, es incapaz de erigirse ahora como portadora de la Palabra que ha de reconciliar y redimir a los hombres y al mundo. Por esta razón, las palabras antiguas han de marchitarse y enmudecer, y nuestra existencia de cristianos sólo tendrá, en la actualidad, dos aspectos: orar y hacer justicia entre los hombres. Cada intento de dotar a la Iglesia prematuramente de un poder organizador acrecentado no logrará sino demorar su conversión y purificación”. Esas palabras son en más de un sentido certeras y proféticas.
Javier Sicilia: Estoy absolutamente de acuerdo. Bonhoeffer es un hombre al que las Iglesias deberían volver a leer –un profeta y un santo–. Sin embargo, Fausto, me gustaría hablar un poco en favor de esa Iglesia que a lo largo de los siglos se ha corrompido.
No es posible negar que el cristianismo ha sido la historia de Occidente y, por ello mismo, hasta la llegada de la laicidad, también la historia de la Iglesia. Esa Iglesia, en su afán de cristianizar al mundo, custodió, a pesar de sus horribles defectos como cosa social, una espiritualidad y una fe sin las cuales no habría habido vida espiritual; custodió igualmente, a partir de ella, una moral.
Con la emergencia de la crítica racionalista del siglo XVII, el surgimiento de las ideas ilustradas y el triunfo de la revolución francesa, de la laicidad y del racionalismo, la Iglesia fue desplazada. Sin embargo, a pesar de su molestia y de la tensión que la relación con el laicismo y el Estado laico le causaban, sabía que ese mismo Estado, que había heredado su poder, protegía su propia moral en asuntos como el matrimonio, el aborto, la homosexualidad –no en vano el Estado moderno nació de sus entrañas–. Sin embargo, en menos de 50 años –es decir, el tiempo que más o menos transcurrió del Vaticano II al final del pontificado de Juan Pablo II– ese Estado no sólo dejó de ser garante de esa moral, sino que ha despenalizado el aborto, aceptado los matrimonios homosexuales y su derecho a adoptar. Frente a eso, la Iglesia institucional, que había aprendido a convivir de mala gana con ese Estado, lo ha condenado de una forma tan fuerte como en el periodo en el que se separó de ella. En esa lucha se destapó, como una forma de la revancha de la laicidad, el problema de los curas pederastas y los encubrimientos.
Esa Iglesia, que ha defendido la más alta norma en cuestiones morales, que ha custodiado a lo largo de siglos el Evangelio, que ha hecho posible la fe y cuya clerecía, a pesar de alejarse cada vez más de las necesidades espirituales del pueblo, es respetada por los fieles,
sufre, con ello, un tremendo revés. Independientemente de la fe del pueblo, ¿qué sucederá con esa Iglesia y lo que custodiaba y ha sido fundamental para la vida espiritual de Occidente?
Fausto Zerón-Medina: Tal vez entre los creyentes quepa siempre la esperanza teologal de que Dios les dé en algún momento los bienes que les ha prometido –me refiero a una reforma de la Iglesia que la convierta en comunidades como las primitivas cristianas, en lugar del cuerpo clerical triunfalista, asfixiante, corrupto y negociador del poder–. Sin embargo, para mí, esa posibilidad se encuentra sólo en el inventario de nuestras utopías.
El tiempo del Evangelio está situado en un momento histórico. Lo que la Iglesia hizo con él a partir de Constantino, es decir, cuando tomó rango imperial, fue interpretarlo ideológicamente –hubo otras interpretaciones que no prosperaron– y, desde esa interpretación, pretendió leer la Historia como una historia de la salvación. Si el Estado, como has dicho en otros momentos y lo sugiere tu pregunta, es, en su poder y su estructura, una copia suya y, como copia, custodió parte de su moral, la Iglesia también copió otras formas del paganismo, en particular las del imperio romano. No obstante, el Evangelio, tal y como apareció, continúa estando allí para que el que quiera vivirlo lo viva. Su mensaje nada tiene que ver con el boato de la Iglesia.
Bernardo Domínguez: ¿Cómo ves esa historia de la Iglesia en México?
Fausto Zerón-Medina: La llegada de la Iglesia a América fue consecuencia del Vicariato Apostólico de la Corona, o sea, del Patronato que el Papa le concedió a los reyes, como fruto de un acuerdo entre poderes. El Papa concedió privilegios y facultades especiales a los reyes de España y Portugal para que llevaran a cabo la evangelización y el establecimiento de la Iglesia en el continente. Desde siempre los poderes se han acoplado a lo largo de la historia de diferentes maneras y con distintos actores. Es un juego que, como todo juego de poder, implica una desconexión entre el soberano y el pueblo. Siempre ha sido así. Los poderes sobreviven acoplándose entre sí.
Esto me hace recordar algo que acabo de leer: que cuando la Independencia se hizo en México, tenía la palanca y el punto de apoyo en el mismo lugar. Es decir, dos curas párrocos hicieron la Independencia y su jerarquía la condenó. Esto, me parece, refleja un divorcio entre la religiosidad del pueblo, que es una respuesta personal, es decir, un diálogo directo con Dios que se expresa de manera ritual, mediante testimonios directos y concretos, y el discurso de la alta clerecía. La jerarquía no sólo se distancia cada vez más de las necesidades espirituales del pueblo, sino que, para retomar la historia antigua de Israel, mantiene el velo del templo corrido, un velo detrás del cual ya no hay Arca de la Alianza.
Javier Sicilia: ¿Crees que la historia puede enseñarle algo a esa Iglesia; puede esa historia contribuir a que se purifique?
Fausto Zerón-Medina: A la visión de una historia maestra, prefiero aplicarle una mirada de escepticismo. Tal vez fue Charles de Montalembert quien, desde la perspectiva misma del cristianismo, expresa lo que quiero decir: “Para juzgar el pasado habría que vivirlo y para condenarlo no habría que deberle nada”.