Hay belleza que no es bonita, belleza con mugre y costras. Hay belleza que escurre, chorrea y deja manchas que fueron rojas, frescas, brillantes, pero pasan las horas, pasan los siglos y se secan las manchas, se hacen cafés y, aunque dejan marca en la carne, se las lleva un trapo con detergente y cloro.
No tendría por qué haber habido belleza en esta tierra de sombras. El aire pudo haberse hecho veneno. El suelo pudo haberse abierto para tragarnos. Pero no. En cambio hubo belleza y nos visita, como el sol que viene de lo alto para iluminar las tinieblas.
Estábamos en Santa Cruz Meyehualco. Todo es nuevo en Santa Cruz. Las banquetas de cemento, las casas de uno y dos pisos de ladrillo o tabicón, las cortinas de acero y los barrotes salvavidas de las tienditas misceláneas no tienen ni 20 años. Sin embargo, todo parece muy viejo, pero no antiguo, no augusto, sólo más viejo, quebradizo, decolorado.
En Santa Cruz no tendría por qué haber habido belleza. Las calzadas Ermita-Iztapalapa e Ignacio Zaragoza confluyen en la autopista México-Puebla, como ríos que conservaran el cuerpo pero a los que se les hubiera muerto el alma de río. Se oye algo continuo como cuando corre el agua, pero es algo menos lo que está corriendo. Hay un zumbido pero no de abejas, un ronroneo pero no de gatos. No hay silencio ni hay sonido.
En una esquina había una base de peseros, con el rastro de colillas, cáscaras, gargajos y pipí que dejan los choferes mientras ríen, hablan, descansan de cobrar, manejar y perseguirse. En la otra, los autobuses foráneos hacen parada en una como estación. Los camiones, aerodinámicos como balas expansivas, brillantes como barniz alquidálico, parecen nuevos, pero lo viejo de Meyehualco se les trepa por el hule de las llantas y los carcome y parece que se secaran y podrían desintegrarse con un ventarrón.
Estábamos haciendo bisne con Paco, que manda sobre el Enrique y el Bugs y otros tres o cuatro barrenderos más, unos “eventuales”, otros “voluntarios”, y sobre el Gordo, que aparte de gordo es tuerto y el lugar donde debió haber tenido un ojo está fruncido y morado. La herida comienza cerca del labio y le acaba sobre la ceja. Es una línea estrecha que se ensancha en un chipote que parece entre quemadura y moretón.
El Gordo, aparte de gordo, es fuerte, así que a él le toca la parte más pesada de la chamba que es comprar y vender botellas de PET . Paco lleva las cuentas en su libreta. Habla con los clientes por celular. Usa una faja para no herniarse pero ya es, sobre todo, de la categoría de hombres que trabaja con teléfono y calculadora. Los eventuales y los voluntarios escogen, empacan, arrastran. Pero el Gordo es el que carga.
Para todos empezó el día a la hora de la oscuridad. A las seis de la mañana los barrenderos cogen sus carritos anaranjados y sus escobas de vara. Se ponen a barrer las calles y a recoger la basura casa por casa. A las doce están de vuelta en la covacha de donde salieron despacio y regresaron despacito. Los barrenderos caminan tanto que nunca corren. Como a la una de la tarde empiezan con la otra chamba: separar y vender todo lo que puede separarse y venderse de la basura. Todos hacen sus dos chambas. Pero el Gordo carga.
Entre el kleenex para sonarse los mocos al despertar y la cáscara de plátano de la cena, cada habitante de Santa Cruz Meyehualco tira un kilogramo de basura por día. De ese kilo, la mitad es materia orgánica. La otra mitad, una lata vacía de chiles, el envase de la coca del mediodía, la caja de cartón y el unicel en que venía la tele nueva, es materia inorgánica. Menos la caja y el unicel, esa basura se echa toda junta temprano en la mañana, y cabe muy bien en la bolsa que recogen los barrenderos en sus carritos anaranjados.
A los precios de mercado de los materiales reciclables, cada mañana se tira un peso. Si diariamente cada habitante de Santa Cruz tuviera una hora libre para llevar a vender su basura al changarro de los fierros viejos, en un año juntaría como $350. No vale la pena. Pero Meyehualco es grande. Las bolsas de basura que salen de las casas, de kilito en kilito, de pesito en pesito, suman cantidades fuertes de dinero. La basura de una cuadra vale $15; la de una manzana, $150; la de una colonia, $1 500; 20 las 200 toneladas del pueblo de Santa Cruz Meyehualco, $30 mil por día.
Ése es el dinero tirado que tres o cuatro barrenderos recogen en partes, cuando escogen, empacan, arrastran basura, mientras Paco habla con los clientes por celular y lleva las cuentas en su libreta. Pero en una tierra de sombras, el Gordo es el que carga, porque aparte de gordo es fuerte.
Estábamos comprando botellas de plástico. Con ayuda de los eventuales y los voluntarios, vaciábamos 30 barzinas o supersacos en el remolque o jaula. Arrastrábamos las barzinas, las alzábamos hasta lo alto de la jaula y, con un jalón de la cintura y el torso, les dábamos vuelta para vaciarlas dentro del remolque. Nos ensordecía el estruendo de botellas contra botellas contra la lámina de acero del piso de la jaula. Nos teníamos que gritar para darnos instrucciones, como si trabajáramos debajo de una cascada que hubiera dejado de ser cascada.
Para cargar un remolque se necesitan seis hombres: dos que pesan y arrastran las barzinas, dos que las enganchan y levantan, dos que las suben hasta una altura de cinco metros y las vacían. Los cables de electricidad también corren a cinco metros, así que los que están subiendo los supersacos tienen que ver hacia los lados, no vayan a electrocutarse.
Agachados para esquivar los cables, estos dos hacen equilibrio escurridos de yogur de fresa, trazas de sosa cáustica y detergente para trastes, restos de recaudo de sopa y las inmundicias líquidas que salen de nuestros cuerpos y casas. Se avientan sobre las barzinas, para aplastar las botellas y hacer espacio para 50 o 60 pesos más. Están batidos hasta el pecho de un lodo picante de olor dulzón.
Abajo, los que enganchan tienen que alzar las barzinas por encima de sus cabezas. Con los brazos levantados las separan; cada una de las barzinas, que están a un metro de la pared del remolque, pesa entre 40 y 60 kilos.
Estábamos comprando botella en Santa Cruz Meyehualco. Sonaba un zumbido pero no de abejas, un ronrroneo pero no de gatos y sonaba una cascada que ya no era más cascada. Arrastrábamos, cargábamos, volteábamos. Nadie se dio cuenta de que el Gordo faltaba.
No fue de pronto, sino como el amanecer que va triunfando poco a poquito por la ventana. Al principio, cuando amanece, nos imaginamos entre sueños que llega el sol a vencer sobre las tinieblas. Aunque ganó la oscuridad, nuestra mente, medio dormida, fantasea que la victoria habría podido ser del día. Pero luego el cielo deja de ser negro y se pone casi blanco. Por último, se transforma en una certeza de color azul brillante. Son las siete y veinte de la mañana. Es verdad. Es de día. Es la victoria.
No fue de pronto, sino como cuando amanece. Mientras nos ensordecía el estruendo de botellas contra botellas, mientras nos teníamos que gritar instrucciones y sonaba un zumbido pero no de abejas, un ronrroneo pero no de gatos, comenzó la música. Al principio parecía una alucinación. Parecía que nuestros oídos se tapaban los ojos para no ver la realidad. Parecía que, escondidos debajo de las sábanas, se inventaba un día imaginario, como si los cláxones de la calzada Ignacio Zaragoza fueran la oscuridad y fueran tinieblas los motores de la Ermita-Iztapalapa.
Comenzó la música como si la música fuera el sol que nos visita. Los que estábamos haciendo bisne dejamos de arrastrar, voltear y cargar. Los que pesan, los que enganchan, los que trabajan con calculadora y celular volteamos a ver qué es lo que pasaba, como si volteáramos a ver la verdad y el día.
Lo que vimos fue al Gordo, que aparte de gordo es grande, sentado en cuclillas en la covacha donde los barrenderos guardan sus carritos. Entre los kleenex para sonarse los mocos al despertar, entre la cáscara del plátano de la cena, el Gordo había encontrado una flauta dulce. Se encontró una flauta y se puso a tocar.
No era mucho lo que el Gordo sabía. Eran los primeros compases de Pompay circunstancia de Elgar. El Gordo tocaba una y otra vez las mismas notas y la misma melodía. Sentado en una pila de bolsas de polipropileno, estaba absorto haciendo música con la flauta, una y otra vez, una y otra y otra vez, hasta que se hizo un silencio en Santa Cruz, brilló la música y el día llegó a triunfar.
Era Santa Cruz. No tendría por qué haber habido belleza. El Paco fue el primero que se burló, porque Paco es el que manda pero no sabe tocar. “Órales, pinche Gordo. Tocas rebién la flauta. Aquí tengo otra pa’que te pongas a tocar.”
Los eventuales y los voluntarios también se pusieron a hacer pedazos la música, como si los hombres estuviéramos tan hechos a la noche que, por terror, aplastáramos la luz del día, la luz bebecita recién nacida. Al Gordo, que aparte de gordo, que aparte de tuerto, es tímido, le dio vergüenza saber tocar. Dejó la flauta. Volvió a cargar.
Volvió el zumbido que no es de abejas, el ronrroneo que no es de gatos, el mugido de las aguas que no lo son más. En Santa Cruz no hay silencio ni hay sonido. Pero hay belleza que no es bonita, que escurre y chorrea sangre y agua por el costado, cuando entrega el Espíritu al instante de morir.
Tierra de sombras
Por Mauricio Sanders
Hay belleza que no es bonita, belleza con mugre y costras. Hay belleza que escurre, chorrea y deja manchas que fueron rojas, frescas, brillantes, pero pasan las horas, pasan los siglos y se secan las manchas, se hacen cafés y, aunque dejan marca en la carne, se las lleva un trapo con detergente y cloro.
No tendría por qué haber habido belleza en esta tierra de sombras. El aire pudo haberse hecho veneno. El suelo pudo haberse abierto para tragarnos. Pero no. En cambio hubo belleza y nos visita, como el sol que viene de lo alto para iluminar las tinieblas.
Estábamos en Santa Cruz Meyehualco. Todo es nuevo en Santa Cruz. Las banquetas de cemento, las casas de uno y dos pisos de ladrillo o tabicón, las cortinas de acero y los barrotes salvavidas de las tienditas misceláneas no tienen ni 20 años. Sin embargo, todo parece muy viejo, pero no antiguo, no augusto, sólo más viejo, quebradizo, decolorado.
En Santa Cruz no tendría por qué haber habido belleza. Las calzadas Ermita-Iztapalapa e Ignacio Zaragoza confluyen en la autopista México-Puebla, como ríos que conservaran el cuerpo pero a los que se les hubiera muerto el alma de río. Se oye algo continuo como cuando corre el agua, pero es algo menos lo que está corriendo. Hay un zumbido pero no de abejas, un ronroneo pero no de gatos. No hay silencio ni hay sonido.
En una esquina había una base de peseros, con el rastro de colillas, cáscaras, gargajos y pipí que dejan los choferes mientras ríen, hablan, descansan de cobrar, manejar y perseguirse. En la otra, los autobuses foráneos hacen parada en una como estación. Los camiones, aerodinámicos como balas expansivas, brillantes como barniz alquidálico, parecen nuevos, pero lo viejo de Meyehualco se les trepa por el hule de las llantas y los carcome y parece que se secaran y podrían desintegrarse con un ventarrón.
Estábamos haciendo bisne con Paco, que manda sobre el Enrique y el Bugs y otros tres o cuatro barrenderos más, unos “eventuales”, otros “voluntarios”, y sobre el Gordo, que aparte de gordo es tuerto y el lugar donde debió haber tenido un ojo está fruncido y morado. La herida comienza cerca del labio y le acaba sobre la ceja. Es una línea estrecha que se ensancha en un chipote que parece entre quemadura y moretón.
El Gordo, aparte de gordo, es fuerte, así que a él le toca la parte más pesada de la chamba que es comprar y vender botellas de PET . Paco lleva las cuentas en su libreta. Habla con los clientes por celular. Usa una faja para no herniarse pero ya es, sobre todo, de la categoría de hombres que trabaja con teléfono y calculadora. Los eventuales y los voluntarios escogen, empacan, arrastran. Pero el Gordo es el que carga.
Para todos empezó el día a la hora de la oscuridad. A las seis de la mañana los barrenderos cogen sus carritos anaranjados y sus escobas de vara. Se ponen a barrer las calles y a recoger la basura casa por casa. A las doce están de vuelta en la covacha de donde salieron despacio y regresaron despacito. Los barrenderos caminan tanto que nunca corren. Como a la una de la tarde empiezan con la otra chamba: separar y vender todo lo que puede separarse y venderse de la basura. Todos hacen sus dos chambas. Pero el Gordo carga.
Entre el kleenex para sonarse los mocos al despertar y la cáscara de plátano de la cena, cada habitante de Santa Cruz Meyehualco tira un kilogramo de basura por día. De ese kilo, la mitad es materia orgánica. La otra mitad, una lata vacía de chiles, el envase de la coca del mediodía, la caja de cartón y el unicel en que venía la tele nueva, es materia inorgánica. Menos la caja y el unicel, esa basura se echa toda junta temprano en la mañana, y cabe muy bien en la bolsa que recogen los barrenderos en sus carritos anaranjados.
A los precios de mercado de los materiales reciclables, cada mañana se tira un peso. Si diariamente cada habitante de Santa Cruz tuviera una hora libre para llevar a vender su basura al changarro de los fierros viejos, en un año juntaría como $350. No vale la pena. Pero Meyehualco es grande. Las bolsas de basura que salen de las casas, de kilito en kilito, de pesito en pesito, suman cantidades fuertes de dinero. La basura de una cuadra vale $15; la de una manzana, $150; la de una colonia, $1 500; 20 las 200 toneladas del pueblo de Santa Cruz Meyehualco, $30 mil por día.
Ése es el dinero tirado que tres o cuatro barrenderos recogen en partes, cuando escogen, empacan, arrastran basura, mientras Paco habla con los clientes por celular y lleva las cuentas en su libreta. Pero en una tierra de sombras, el Gordo es el que carga, porque aparte de gordo es fuerte.
Estábamos comprando botellas de plástico. Con ayuda de los eventuales y los voluntarios, vaciábamos 30 barzinas o supersacos en el remolque o jaula. Arrastrábamos las barzinas, las alzábamos hasta lo alto de la jaula y, con un jalón de la cintura y el torso, les dábamos vuelta para vaciarlas dentro del remolque. Nos ensordecía el estruendo de botellas contra botellas contra la lámina de acero del piso de la jaula. Nos teníamos que gritar para darnos instrucciones, como si trabajáramos debajo de una cascada que hubiera dejado de ser cascada.
Para cargar un remolque se necesitan seis hombres: dos que pesan y arrastran las barzinas, dos que las enganchan y levantan, dos que las suben hasta una altura de cinco metros y las vacían. Los cables de electricidad también corren a cinco metros, así que los que están subiendo los supersacos tienen que ver hacia los lados, no vayan a electrocutarse.
Agachados para esquivar los cables, estos dos hacen equilibrio escurridos de yogur de fresa, trazas de sosa cáustica y detergente para trastes, restos de recaudo de sopa y las inmundicias líquidas que salen de nuestros cuerpos y casas. Se avientan sobre las barzinas, para aplastar las botellas y hacer espacio para 50 o 60 pesos más. Están batidos hasta el pecho de un lodo picante de olor dulzón.
Abajo, los que enganchan tienen que alzar las barzinas por encima de sus cabezas. Con los brazos levantados las separan; cada una de las barzinas, que están a un metro de la pared del remolque, pesa entre 40 y 60 kilos.
Estábamos comprando botella en Santa Cruz Meyehualco. Sonaba un zumbido pero no de abejas, un ronrroneo pero no de gatos y sonaba una cascada que ya no era más cascada. Arrastrábamos, cargábamos, volteábamos. Nadie se dio cuenta de que el Gordo faltaba.
No fue de pronto, sino como el amanecer que va triunfando poco a poquito por la ventana. Al principio, cuando amanece, nos imaginamos entre sueños que llega el sol a vencer sobre las tinieblas. Aunque ganó la oscuridad, nuestra mente, medio dormida, fantasea que la victoria habría podido ser del día. Pero luego el cielo deja de ser negro y se pone casi blanco. Por último, se transforma en una certeza de color azul brillante. Son las siete y veinte de la mañana. Es verdad. Es de día. Es la victoria.
No fue de pronto, sino como cuando amanece. Mientras nos ensordecía el estruendo de botellas contra botellas, mientras nos teníamos que gritar instrucciones y sonaba un zumbido pero no de abejas, un ronrroneo pero no de gatos, comenzó la música. Al principio parecía una alucinación. Parecía que nuestros oídos se tapaban los ojos para no ver la realidad. Parecía que, escondidos debajo de las sábanas, se inventaba un día imaginario, como si los cláxones de la calzada Ignacio Zaragoza fueran la oscuridad y fueran tinieblas los motores de la Ermita-Iztapalapa.
Comenzó la música como si la música fuera el sol que nos visita. Los que estábamos haciendo bisne dejamos de arrastrar, voltear y cargar. Los que pesan, los que enganchan, los que trabajan con calculadora y celular volteamos a ver qué es lo que pasaba, como si volteáramos a ver la verdad y el día.
Lo que vimos fue al Gordo, que aparte de gordo es grande, sentado en cuclillas en la covacha donde los barrenderos guardan sus carritos. Entre los kleenex para sonarse los mocos al despertar, entre la cáscara del plátano de la cena, el Gordo había encontrado una flauta dulce. Se encontró una flauta y se puso a tocar.
No era mucho lo que el Gordo sabía. Eran los primeros compases de Pompa y circunstancia de Elgar. El Gordo tocaba una y otra vez las mismas notas y la misma melodía. Sentado en una pila de bolsas de polipropileno, estaba absorto haciendo música con la flauta, una y otra vez, una y otra y otra vez, hasta que se hizo un silencio en Santa Cruz, brilló la música y el día llegó a triunfar.
Era Santa Cruz. No tendría por qué haber habido belleza. El Paco fue el primero que se burló, porque Paco es el que manda pero no sabe tocar. “Órales, pinche Gordo. Tocas rebién la flauta. Aquí tengo otra pa’que te pongas a tocar.”
Los eventuales y los voluntarios también se pusieron a hacer pedazos la música, como si los hombres estuviéramos tan hechos a la noche que, por terror, aplastáramos la luz del día, la luz bebecita recién nacida. Al Gordo, que aparte de gordo, que aparte de tuerto, es tímido, le dio vergüenza saber tocar. Dejó la flauta. Volvió a cargar.
Volvió el zumbido que no es de abejas, el ronrroneo que no es de gatos, el mugido de las aguas que no lo son más. En Santa Cruz no hay silencio ni hay sonido. Pero hay belleza que no es bonita, que escurre y chorrea sangre y agua por el costado, cuando entrega el Espíritu al instante de morir.