Tener acento

Por Francisco Prieto

El invierno pasado escuchaba y veía el telediario en Televisión Española. Contemplaba Madrid cubierta por la nieve y a los autos que, a causa de ella, no podían moverse en las carreteras. ¡Madrid en estado de sitio! Ni las tropas napoleónicas ni los ejércitos de Franco la habían inmovilizado de tal manera. Es la naturaleza, pensaba, que parece vengarse; su respuesta a la violencia que se ha ejercido sobre ella. No nos adecuamos a ella para transformarla, sino que la hemos violado una y otra vez. Veía y escuchaba también las críticas de los funcionarios del gobierno de la ciudad a los funcionarios del gobierno nacional y de éstos a aquéllos. De pronto, apareció en pantalla la Ministra del Medio Ambiente que se defendía y, luego, a un político de la oposición que la atacaba burlándose de su acento, menospreciándola, procurando estigmatizarla por su acento.

La ministra es andaluza y no lo oculta: habla de prisa, no pronuncia, se come la “ese”. Al recordar la anécdota, me viene a la mente Zamacois, quien defendía el acento por ser el equipaje invisible que nos acompaña cuando salimos de viaje; el país que viaja con nosotros. Por eso, el poeta provenzal decía que no podía sino compadecer a quienes no tenían acento, o a quienes lo habían perdido.

En España y en Francia, sin embargo, hablar con acento estaba prohibido. Se hablaba en andaluz sólo en películas “folklóricas”, pero si un actor o una actriz andaluces actuaban en un filme realista, tenían que hacerlo a la castellana. He visto alguna película con el torero Paco Camino, sevillano que hablaba como tal, doblado por un actor con un impecable acento vallisoletano. Y lo mismo sucedía en la democrática y republicana Francia. En Italia otro tanto, al fin que el cine primero y la televisión después impusieron la lengua toscana a todas las demás, pero no sólo la lengua sino la acentuación de la misma.

Recuerdo que cuando fui alumno en la Universidad de París, estudiantes y maestros se burlaban de Pierre Fouché –quien era rector y continuaba con sus cátedras de filología y de fonética– porque su “ere” seguía siendo la de un hombre del Pirineo y sus nasales eran apenas sugeridas. Caso raro el de Fouché porque los hombres y las mujeres del Mediodía iban, a lo largo de sus vidas, renunciando a esa manifestación del alma que es el acento. Ives Montand, marsellés, hablaba como un hombre de la Francia hegemónica; lo mismo Danielle Darrieux, la excepcional y bellísima actriz de Burdeos… Y ni se diga de los cantantes; Trénet, Bécaud y Brassens se camuflaron ligeramente como para no ser confundidos con Tino Rossi, ese francés de Córcega que, para muchos, era y no era francés, por más que el Emperador dijera… Sin embargo, él también, para no parecer exótico, movido por un extraño complejo, disfrazaba su acento y regañaba a sus hermanas que no sólo no lo habían perdido sino que a la primera de cambio se soltaban a hablar la lengua corsa. Existe un afán de unificación, de anulación de la diferencia, como han procurado las academias aliadas a las gramáticas. Se me ocurre que Lebrija fue, sin quererlo, el primer inquisidor de la lengua castellana.

Volviendo al programa del invierno pasado, recuerdo que, después de las burlas del diputado a la Ministra del Medio Ambiente, apareció en pantalla un andaluz que no hablaba como andaluz, pero que se enojaba porque habían menospreciado por su acento a la Ministra: “Me sé orgulloso –dijo– de ser andaluz a pesar de que mi habla no lo anuncia”. Qué afán inconsciente de globalizarse, de homogeneizarse que ha atacado, incluso, a personas radicalmente particulares. Y viene a mi mente un filólogo alemán, doctorado en lenguas romances, que me confesó que la “ere” de los franceses era similar a la de los españoles. Los francos y los normandos, pienso, han de haber sido los primeros planificadores, igualadores, enemigos acérrimos de la diferencia.

No sé para los demás, pero para mí el habla exhibe el alma. De niño, apegado a mis abuelos por propia elección, fui impermeable al habla de los cubanos; era una rebelión contra unas cadencias que me impedían ser natural. Sentía que a mí me iba el castellano del altiplano: duro, seco, con su música “imperial” y cortante. Y así pasaron años para que se hicieran en mí, de modo natural, las cadencias que exigía mi espíritu y que traducían mis emociones: un habla que no es mexicana ni tampoco, en rigor, castellana ni mucho menos, aunque algo, cubana, pero que es la mía. Pasaron años para que al encontrar el habla encontrara mi alma, para que me hallara a mí mismo, para descansar y agonizar en mi lengua.

Sí: ceux qui n’ont pas d’accent, je ne puis que les plaindre… (“a quienes no tienen acento sólo puedo compadecerlos…”).

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