La reciente despenalización del aborto y la aprobación del matrimonio de parejas homosexuales y su derecho a adoptar, han sido factores que han inquietado y disgustado a sectores religiosos, en especial a la Iglesia católica. Ante la crisis de credibilidad por la que ésta atraviesa tras la divulgación pública de los actos pederastas de algunos de sus miembros, su voz como autoridad moral se ha puesto en entredicho. Acusaciones y descalificaciones vienen y van de un lado a otro. Somos testigos, una vez más, de una confrontación entre el Estado y la Iglesia. El debate es cada vez más intenso, más agresivo y, por desgracia, con una tonalidad tan burda como trasnochada. Pareciera como si, a pesar del tiempo y de los cambios sociopolíticos y culturales que se han dado en el mundo entero, la polémica en México se reeditara en los mismos términos en los que se dio en el siglo XIX y a comienzos del XX. Todo indica que los políticos, los jerarcas y hasta algunos intelectuales viven mentalmente en una época que ya no es la nuestra: disputan en un terreno político y religioso que nos resulta ajeno y, por lo tanto, nada tienen que decirle al mexicano, sea creyente o laico, que no sea transmitirles su ancestral lucha intestina por el poder que tanto daño ha hecho.
Más allá de este anquilosamiento, vivimos, como lo ha señalado Jürgen Habermas, una era “post-secular” en la que el laicismo no puede ya mirar a la religión como su enemiga y viceversa, una era en que la razón y la fe, mirándose en el espejo del pasado, deben buscar un nuevo derrotero de sentido.
Bajo esta realidad, Conspiratio ha decidido abordar los asuntos de la religión y el espacio público, y la correlación de fuerzas entre el Estado y la Iglesia para preguntarse, con un sentido profundamente crítico ante las dos estructuras de poder ideológico, ¿cuál es el papel que la Iglesia, de cara al Evangelio, debe jugar en medio de un mundo que, al decir del teólogo Dietrich Bonhoeffer, llegó a su mayoría de edad, es decir, a no necesitar ya de la hipótesis de Dios para responder por la vida? ¿Es el Estado verdaderamente garante de la libertad del hombre o, en realidad, es una institución cuya estructura religiosa ejerce, bajo la máscara de las libertades, un poder mucho más brutal que el de la misma Iglesia en el orden de la administración de las vidas de los ciudadanos? ¿Es posible, en medio de la pluralidad del mundo, vivir la fe como una apertura a la convivencia de los hombres con sus diferencias específicas? ¿Qué se espera del Estado y de la Iglesia en la conformación de un mundo cada vez más laico y cada vez más plural y diverso en sus creencias? ¿Cómo hacer que fe y razón se hagan presentes más allá de los marcos ideológicos en los que a lo largo de los siglos se han expresado, y evitar que las libertades conquistadas se descarrilen de nuevo bajo el peso de la disputa y la violencia?
Las respuestas que el lector encontrará aquí intentan desplazar la controversia al sitio que hoy le corresponde y tratan de repensar lo que el Evangelio –que quiérase o no y para bien o para mal es la piedra fundacional de Occidente– tiene que decirle al hombre de hoy, que se encuentra sumido en el sinsentido de las disputas por el poder.
Creemos que el Evangelio, en su revelación de la libertad del amor, es una negación de cualquier poder, de cualquier riqueza, de cualquier intento por someter a los hombres a criterios utilitarios, sean los de la Iglesia o los del Estado. Dicho texto, a diferencia de lo que piensa la Iglesia, no es un conjunto de normas que administran la vida del prójimo para su bien, sino un ir, como lo revela la parábola de “El buen samaritano”, al encuentro de alguien más allá de los marcos legales y en una y pura y simple gratuidad.
Editorial
La reciente despenalización del aborto y la aprobación del matrimonio de parejas homosexuales y su derecho a adoptar, han sido factores que han inquietado y disgustado a sectores religiosos, en especial a la Iglesia católica. Ante la crisis de credibilidad por la que ésta atraviesa tras la divulgación pública de los actos pederastas de algunos de sus miembros, su voz como autoridad moral se ha puesto en entredicho. Acusaciones y descalificaciones vienen y van de un lado a otro. Somos testigos, una vez más, de una confrontación entre el Estado y la Iglesia. El debate es cada vez más intenso, más agresivo y, por desgracia, con una tonalidad tan burda como trasnochada. Pareciera como si, a pesar del tiempo y de los cambios sociopolíticos y culturales que se han dado en el mundo entero, la polémica en México se reeditara en los mismos términos en los que se dio en el siglo XIX y a comienzos del XX. Todo indica que los políticos, los jerarcas y hasta algunos intelectuales viven mentalmente en una época que ya no es la nuestra: disputan en un terreno político y religioso que nos resulta ajeno y, por lo tanto, nada tienen que decirle al mexicano, sea creyente o laico, que no sea transmitirles su ancestral lucha intestina por el poder que tanto daño ha hecho.
Más allá de este anquilosamiento, vivimos, como lo ha señalado Jürgen Habermas, una era “post-secular” en la que el laicismo no puede ya mirar a la religión como su enemiga y viceversa, una era en que la razón y la fe, mirándose en el espejo del pasado, deben buscar un nuevo derrotero de sentido.
Bajo esta realidad, Conspiratio ha decidido abordar los asuntos de la religión y el espacio público, y la correlación de fuerzas entre el Estado y la Iglesia para preguntarse, con un sentido profundamente crítico ante las dos estructuras de poder ideológico, ¿cuál es el papel que la Iglesia, de cara al Evangelio, debe jugar en medio de un mundo que, al decir del teólogo Dietrich Bonhoeffer, llegó a su mayoría de edad, es decir, a no necesitar ya de la hipótesis de Dios para responder por la vida? ¿Es el Estado verdaderamente garante de la libertad del hombre o, en realidad, es una institución cuya estructura religiosa ejerce, bajo la máscara de las libertades, un poder mucho más brutal que el de la misma Iglesia en el orden de la administración de las vidas de los ciudadanos? ¿Es posible, en medio de la pluralidad del mundo, vivir la fe como una apertura a la convivencia de los hombres con sus diferencias específicas? ¿Qué se espera del Estado y de la Iglesia en la conformación de un mundo cada vez más laico y cada vez más plural y diverso en sus creencias? ¿Cómo hacer que fe y razón se hagan presentes más allá de los marcos ideológicos en los que a lo largo de los siglos se han expresado, y evitar que las libertades conquistadas se descarrilen de nuevo bajo el peso de la disputa y la violencia?
Las respuestas que el lector encontrará aquí intentan desplazar la controversia al sitio que hoy le corresponde y tratan de repensar lo que el Evangelio –que quiérase o no y para bien o para mal es la piedra fundacional de Occidente– tiene que decirle al hombre de hoy, que se encuentra sumido en el sinsentido de las disputas por el poder.
Creemos que el Evangelio, en su revelación de la libertad del amor, es una negación de cualquier poder, de cualquier riqueza, de cualquier intento por someter a los hombres a criterios utilitarios, sean los de la Iglesia o los del Estado. Dicho texto, a diferencia de lo que piensa la Iglesia, no es un conjunto de normas que administran la vida del prójimo para su bien, sino un ir, como lo revela la parábola de “El buen samaritano”, al encuentro de alguien más allá de los marcos legales y en una y pura y simple gratuidad.