Heinrich Böll (1873-1914) es un escritor incómodo. A los cristianos les puede parecer un poco impúdico y heterodoxo, acaso, o demasiado crítico y mordaz, cosa que fascinará a los lectores que ya pasaron de Dios y no encuentran en el árbol caído del cristianismo sino oportunidad para hacer de él una buena hoguera. Una lectura así de la obra de Böll sería, sin embargo, superficial y frívola.
El autor que en esta ocasión nos ocupa es uno de esos que los críticos y los autores de contraportadas suelen tildar de “polémico”. Y lo es. Asociados a su novela Opiniones de un payaso, que da título a esta columna, podremos encontrar con frecuencia los adjetivos “irónico” y “conmovedor”. Y, en efecto, entre otras cosas, se trata de una novela irónica y conmovedora.
Contemos, para empezar, la historia. Todo empieza con el regreso de Hans Schnier, payaso de veintisiete años, a su casa en Bonn. Marie lo ha dejado. Su carrera está en franca picada. No tiene a quien acudir, ni dinero. Böll nos cuenta toda la vida del payaso en primera persona, fragmentariamente, con el pretexto de las llamadas telefónicas que hace y los encuentros que casualmente tiene. Sobre el presente se empalma un pasado doloroso y, aún, demasiado presente con el ritmo caprichoso y la aparente arbitrariedad de los recuerdos.
Hans vuelve, por eso, una y otra vez sobre el estribillo: “Marie se marchó”, y así va hilando la historia de su vida. Es decir, casi toda la historia de su vida con Marie, a quien ama única y tozudamente.
Marie, es católica. Él, agnóstico. Ella lo dejó por otro católico. Con el tiempo se le había vuelto insoportable la vergüenza de vivir en pecado con un señor, es decir, amándolo, pero sin el vínculo sagrado del matrimonio sacramental. La presión que sobre ella ejercen sus buenos y probos amigos católicos para que regrese al seno de la madre Iglesia la vence y termina por atender antes que a su corazón su “deber moral”, angustiada por las sutilezas que llama “metafísicas”, pero que no son sino rúbricas clericales.
Se suele decir que en esta novela Böll hace una “mordaz crítica a la sociedad consumista”. Pero me temo que hay bastante más que eso. Encuentro una discusión del hombre con su destino y sus alternativas: la vida como preparación para la muerte o la vida como evasión de la muerte.
Allí es donde está el payaso: un tipo que se ha rendido a la asunción de la condición simultáneamente cómica y dramática de la existencia, eso que los griegos llamaban Aneer spoudogeloios: un hombre grave-feliz, que ríe a sabiendas de que la vida humana es un drama.
Hans es un payaso que conoce la felicidad porque ha amado hondamente a Marie, y ella lo ha amado a su vez. Desde que lo abandonó, sin embargo, las cosas le han salido mal, porque sólo quiere una: a su amada, a Marie. Cuando el cristianismo parece estar convencido de la poligamia del hombre (y por eso insiste tanto en argumentar a favor de la monogamia), el payaso, fiel a su corazón, demuestra su monogamia hasta extremos patéticos: el sufrimiento, el fracaso de su brillante carrera de artista. También da ejemplo de fidelidad a sí mismo: no puede sino atender lo que su corazón manda, lo que lo conduce nuevamente a situaciones absurdas, capaces de desesperar al más frívolo. ¡Pero todo es tan digno de risa!
Ésta es, al menos, la lectura obvia. Y, leída así, se trata de una novela formidable en representar esa estampa cómica del drama. Pero se me ocurre otra lectura a partir de arquetipos. Pongamos que Marie es la Iglesia, y Hans, nuestro payaso, el mundo. No sería exagerado pensar entonces que se trata de una novela sobre el matrimonio. En efecto, la recurrencia de Böll en tratar el tema da pie a pensar en ello sin temor a sobreinterpretar.
Por otro lado, es un lugar común la reflexión teológica en torno a la Iglesia y su condición esponsal respecto del mundo. Así las cosas, la Iglesia sería una pudorosa chica católica que se enamoró de un tipo algo así como maniacodepresivo, agnóstico y posmoderno, y se fue a vivir con él. Pero, eventualmente, la chica, comida de escrúpulos, termina por encerrarse sobre sí misma a causa del prurito de la pureza (¡oh, sutilezas morales del cristianismo!) y abandona al joven mundo que, a la sazón, es un payaso triste.
Así leída, esta novela es un diálogo del cristianismo con el mundo contemporáneo (maniacodepresivo, agnóstico, posmoderno)… pero por una vez desde la perspectiva de este último. Leída así, a muchos cristianos podría sorprender la humanidad de la posmodernidad transgresora que condenan.
“Opiniones de un payaso” de Heinrich Böll
Por Juan Manuel Escamilla
La alegría y la gravedad son hermanas.
Platón
Heinrich Böll (1873-1914) es un escritor incómodo. A los cristianos les puede parecer un poco impúdico y heterodoxo, acaso, o demasiado crítico y mordaz, cosa que fascinará a los lectores que ya pasaron de Dios y no encuentran en el árbol caído del cristianismo sino oportunidad para hacer de él una buena hoguera. Una lectura así de la obra de Böll sería, sin embargo, superficial y frívola.
El autor que en esta ocasión nos ocupa es uno de esos que los críticos y los autores de contraportadas suelen tildar de “polémico”. Y lo es. Asociados a su novela Opiniones de un payaso, que da título a esta columna, podremos encontrar con frecuencia los adjetivos “irónico” y “conmovedor”. Y, en efecto, entre otras cosas, se trata de una novela irónica y conmovedora.
Contemos, para empezar, la historia. Todo empieza con el regreso de Hans Schnier, payaso de veintisiete años, a su casa en Bonn. Marie lo ha dejado. Su carrera está en franca picada. No tiene a quien acudir, ni dinero. Böll nos cuenta toda la vida del payaso en primera persona, fragmentariamente, con el pretexto de las llamadas telefónicas que hace y los encuentros que casualmente tiene. Sobre el presente se empalma un pasado doloroso y, aún, demasiado presente con el ritmo caprichoso y la aparente arbitrariedad de los recuerdos.
Hans vuelve, por eso, una y otra vez sobre el estribillo: “Marie se marchó”, y así va hilando la historia de su vida. Es decir, casi toda la historia de su vida con Marie, a quien ama única y tozudamente.
Marie, es católica. Él, agnóstico. Ella lo dejó por otro católico. Con el tiempo se le había vuelto insoportable la vergüenza de vivir en pecado con un señor, es decir, amándolo, pero sin el vínculo sagrado del matrimonio sacramental. La presión que sobre ella ejercen sus buenos y probos amigos católicos para que regrese al seno de la madre Iglesia la vence y termina por atender antes que a su corazón su “deber moral”, angustiada por las sutilezas que llama “metafísicas”, pero que no son sino rúbricas clericales.
Se suele decir que en esta novela Böll hace una “mordaz crítica a la sociedad consumista”. Pero me temo que hay bastante más que eso. Encuentro una discusión del hombre con su destino y sus alternativas: la vida como preparación para la muerte o la vida como evasión de la muerte.
Allí es donde está el payaso: un tipo que se ha rendido a la asunción de la condición simultáneamente cómica y dramática de la existencia, eso que los griegos llamaban Aneer spoudogeloios: un hombre grave-feliz, que ríe a sabiendas de que la vida humana es un drama.
Hans es un payaso que conoce la felicidad porque ha amado hondamente a Marie, y ella lo ha amado a su vez. Desde que lo abandonó, sin embargo, las cosas le han salido mal, porque sólo quiere una: a su amada, a Marie. Cuando el cristianismo parece estar convencido de la poligamia del hombre (y por eso insiste tanto en argumentar a favor de la monogamia), el payaso, fiel a su corazón, demuestra su monogamia hasta extremos patéticos: el sufrimiento, el fracaso de su brillante carrera de artista. También da ejemplo de fidelidad a sí mismo: no puede sino atender lo que su corazón manda, lo que lo conduce nuevamente a situaciones absurdas, capaces de desesperar al más frívolo. ¡Pero todo es tan digno de risa!
Ésta es, al menos, la lectura obvia. Y, leída así, se trata de una novela formidable en representar esa estampa cómica del drama. Pero se me ocurre otra lectura a partir de arquetipos. Pongamos que Marie es la Iglesia, y Hans, nuestro payaso, el mundo. No sería exagerado pensar entonces que se trata de una novela sobre el matrimonio. En efecto, la recurrencia de Böll en tratar el tema da pie a pensar en ello sin temor a sobreinterpretar.
Por otro lado, es un lugar común la reflexión teológica en torno a la Iglesia y su condición esponsal respecto del mundo. Así las cosas, la Iglesia sería una pudorosa chica católica que se enamoró de un tipo algo así como maniacodepresivo, agnóstico y posmoderno, y se fue a vivir con él. Pero, eventualmente, la chica, comida de escrúpulos, termina por encerrarse sobre sí misma a causa del prurito de la pureza (¡oh, sutilezas morales del cristianismo!) y abandona al joven mundo que, a la sazón, es un payaso triste.
Así leída, esta novela es un diálogo del cristianismo con el mundo contemporáneo (maniacodepresivo, agnóstico, posmoderno)… pero por una vez desde la perspectiva de este último. Leída así, a muchos cristianos podría sorprender la humanidad de la posmodernidad transgresora que condenan.