Lucian Freud, la pintura como carne

Por Pedro Bonnin

Lucian Freud: “Quiero que la pintura funcione como carne. Mi propia idea del retrato nace de la insatisfacción con los retratos que se parecen a la gente. Quisiera que mis retratos sean de la gente, no como la gente. Que no tengan el aire del modelo, sino que sean el modelo. En lo que a mí respecta, la pintura es la persona.  Quiero que el cuadro funcione tal y como la carne funciona.”

¿Es esto posible?:
a) Sí.
b) No.
c) Sólo en el país de las maravillas.
d) Ninguna de las anteriores.

Cuando dos miradas, dos pares de ojos, se intersectan y se encuentran, se da una superposición de aquel que mira con aquel que es mirado. La filosofía cartesiana, que postula el “yo pienso” como principio y que se mueve dentro de la dualidad entre el mismo y el otro, es incapaz de tomar esta superposición en cuenta porque para ella ya sea que yo, sujeto, dirija mi mirada sobre el otro individuo y lo convierta en objeto o el otro individuo dirija la suya sobre mí y entonces él se convierta en sujeto y yo en objeto, sólo existe un cogito a la vez. Lo que el pensamiento atrapado en la dualidad cartesiana no puede entender es que el cruce de dos miradas sobrepasa la antinomia anterior. En su lugar tenemos el ajuste de un individuo en el otro o, como dice Merleau-Ponty: “Dos miradas, una en la otra”.

Como explica Jacques Taminaux: para Merleau-Ponty, pensar no significa alejarse de lo percibido sino concederle el estatus de fundamento. Al cuestionar la herencia platónica que Descartes reformula para dar forma al proyecto científico de la mathesis moderna, Merleau-Ponty opone a la distinción pensamiento-extensión una serie de superposiciones y entrelazamientos que la anulan. Contra la forma tradicional de pensar que entiende al sujeto que percibe como un espectador que, además de la capacidad para ver tiene la capacidad no relacionada para moverse, Merleau-Ponty muestra que ver, es en principio ser capaz de acercarse a lo visto, de moverse a su alrededor de tal forma que el mapa de lo visible se sobreponga al mapa de mis movimientos. Este entrelazamiento de visión y movimiento acaba con la oposición entre contemplación y acción y va de la mano con el entrelazamiento entre visión y visibilidad que a su vez termina con la oposición entre actividad y pasividad al reconocer que ser capaz de ver y de moverse es al mismo tiempo ser parte integral del paisaje, es decir, ser a la vez visible. Así, paradójicamente resulta lo mismo decir que “al ser visible y móvil, mi cuerpo debe ser contado entre las cosas, es una de ellas” y –sólo en aparente contradicción–, “al ser capaz de visión y movimiento, las cosas se mantienen en un círculo alrededor de mi cuerpo, se encuentran incrustadas en su carne y completan su definición, el mundo está hecho de la misma materia que el cuerpo”. De este modo nos topamos con la imposibilidad de separar el ser que mira de la entidad vista. La reflexividad que aparece en el corazón de la percepción es la de una carne atrapada en ramificaciones carnales en el momento preciso en que la carne toma conciencia de sí. La interioridad no precede al arreglo material del cuerpo humano, porque entonces nos topamos con el modelo de un espíritu que entra en un autómata, pero tampoco es el resultado de este arreglo, porque tampoco es un efecto secundario de la disposición de las partes del cuerpo. La interioridad está entretejida con la realidad de la existencia carnal. Se trata de un entrelazamiento del que ninguna teoría mecánica del cuerpo puede dar cuenta.

La idea central en la meditación de Merleau-Ponty en torno a la pintura es precisamente que el problema de la pintura tiene que ver con estas superposiciones que definen al pensamiento en sus términos. Las dimensiones de lo visible son inseparables del individuo que mira, de los ecos que provoca en su cuerpo, ya que es justamente en el cuerpo donde esas dimensiones se recuperan. Precisamente son esos ecos los que cada pintura vuelve aparentes. Se trata del equivalente interno, de la fórmula carnal que la presencia de las cosas despierta en nosotros. El pintor es aquel que expresa en sus telas el esquema, el icono o la esencia carnal de una entre las múltiples relaciones de superposición que el reino sensible y nuestro cuerpo tejen juntos. La pintura no es así un doble ficticio de la realidad, es, en cambio, la manifestación del inconfundible esquema de la vida de las cosas en nuestros cuerpos.

Lucian Freud: “Quiero que la pintura funcione como carne…”
¿Es esto posible?
a) Sí.

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