“Hágase tu voluntad”

Por Patricia Gutiérrez-Otero

A José María Sbert.

Mientras escribo esta columna, la laptop me avisa que hoy es cumpleaños de un queridísimo amigo, José María Sbert. El programa que me lo recuerda no sabe que ya falleció. Paradójicamente, yo habría olvidado su cumpleaños, como en general el de todos, no por falta de amor, sino por falta de memoria numérica: el sistema, no lo olvidó. Quizá no he eliminado a José María de la base de los recordatorios de aniversarios, porque no quiero saberlo ya muerto, porque de alguna manera sigue vivo. Sin embargo, si digo que es paradójico es porque una máquina muy compleja me trae a la memoria el recuerdo de un ser que, por otra parte, en la línea de Iván Illich, su gran amigo, era un gran crítico de las perversiones prometeicas de la tecnología. De hecho, el título de su columna en la –también– desaparecida revista Ixtus, era el nombre del hermano gemelo opuesto a Prometeo, Epimeteo: el que ve hacia atrás. Le apasionaba la ciencia ficción, pues en ella veía las promesas aterradoras de Prometeo en una civilización que ha usado los poderes inmensos de la razón para dominar la naturaleza hasta en cuestiones que antes se consideraban pertenecientes a lo sagrado, por ejemplo, todas las “promesas” que nos hace la biotecnología y la genética. Para la razón científica ya no hay ámbito sagrado, intocable, todo puede dominarse. En el judaísmo, lo sagrado era aquello que estaba separado de lo profano por su cercanía con lo divino: la vida, la muerte, la sexualidad, el nacimiento, la sangre, etcétera. Lo único que aún se pone como un límite a la capacidad de transformación de la tecnología son las decisiones éticas que el ser humano se quiera y pueda dar. Pero, es difícil poner límites cuando tienes ya el poder en las manos. Los límites “deberían” ponerse antes, pero, ojo, no he dicho quién debería ponerlos, porque si dijera que es el Estado caeríamos en totalitarismos temibles. No hay alguien que cumpla esa función, salvo cada uno de nosotros, como lo hicieron algunos respetables científicos que no aceptaron seguir con la elaboración de la bomba nuclear previendo las desgracias que acarrearía; sabían que otros harían lo que ellos no hicieron, pero prefirieron no hacerlo ellos.

Desgraciadamente no somos una civilización sabia, sino ávida de poder, como lo vio con lucidez Nietzsche. En cuanto la razón moderna se separó del mundo mucho más amplio de la inteligencia, quedó amputada y se volvió monstruosa. Porque la inteligencia es una facultad mucho más sutil, más amplia, más profunda, más sintiente e intuitiva, incluso más afectiva que la razón razonante (como la llamó Blondel, y que yo, más banalmente, llamaría la parte de “computadora” que existe en el hombre cuando se la aísla del resto, no sólo de la inteligencia, sino del cuerpo). Totalidad de la inteligencia que ciertas filosofías contemporáneas rescatan, por ejemplo, al hablar de la razón cordial, como lo hace la filósofa española Adela Cortina. Somos como niños a los que se les enseña a disparar, sin hacerles entender si disparar a otra persona es bueno o no. Y no es que la humanidad haya dejado de crecer éticamente. Estamos en uno de los siglos, junto al XX, donde más se trabaja por la defensa de derechos de los hombres: existe Amnistía Internacional, Médicos sin Fronteras, Greenpeace, y tantas pequeñas organizaciones que defienden la dignidad del ser humano y su planeta. Pero, de forma global, el crecimiento exponencial de las diversas ciencias y tecnologías, no ha ido de la mano de una madurez que lleve al control de sí mismo o, como se diría en el lenguaje tomista: no ha conducido a establecer prioridad en la elección de los bienes, privilegiando los más altos, los que más nos construyen como personas. Por el contrario, acompañando al desarrollo científico-tecnológico se desarrolló una ideología económica que empuja a la satisfacción de los impulsos más básicos, una economía que vive del desenfreno de los apetitos. La crisis que emergió en 2009 podría hacernos optar por otro modelo de vida, pero parece que ya estamos enrielados, y no tenemos ni la imaginación ni la voluntad de cambiar el rumbo. Al menos no en el nivel de los líderes estatales y empresariales. Sólo nos queda hacerlo a nivel personal. Pero aún ahí, muchos nos sentimos incapaces de salir de lo mismo y abrirnos a otras maneras de vivir en el mundo.

Para el judeocristianismo, el Señor –así le llaman–, le dio al hombre la capacidad de dominar el mundo, lo hizo a su imagen y semejanza: un ser de relación, y así le dio inteligencia; pero el ser humano la desvío al tergiversar las cosas y conocer el bien y el mal impulsado por sus apetitos sensuales (“el fruto se veía apetecible”) y su desconfianza (“Dios miente”). La inteligencia se ligó con estas dos realidades: desconfianza y apetito. De ahí que, las palabras que el rabino Jesús enseñó a sus discípulos: “Hágase tu voluntad”, nos cuesten tanto. Nuestro apetito quiere ser satisfecho inmediata y completamente. Tememos que la voluntad de Dios nos haga mal, pues puede engañarnos: no creemos que lo que pasa, si Dios lo permite al doblegarse ante nuestra libertad, puede resultar en un bien.

En este momento de la historia, enredados en la madeja que hemos construido con nuestras potentes capacidades prometeicas, sólo nos queda decir: “Hágase tu voluntad”, y hacer lo que podamos dentro de nuestros límites humanos, reconociendo que la cizaña crece junto con las espigas y que no dejamos de ser unos “servidores inútiles” (doulos oukon).

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