De tíos postizos y otras instituciones educativas

Por Eduardo Garza Cuéllar

A mi tío Roberto Treviño, agradecido.

A Minerva, Bernardo y Jorge, resignado.

En la raíz de los conflictos educativos, de cuya intensidad Oaxaca y Morelos fueron sólo un botón de muestra, se esconde siempre el cuestionamiento sobre el sujeto de la educación.

¿Quién debe educarnos?

El Estado se concibe como garante del derecho a la educación. La Iglesia se ha proclamado “madre y maestra” de los pueblos.1 Se habla de la familia como primera instancia educadora. Los maestros, sus sindicatos, las escuelas privadas y públicas, las secretarías de educación y las universidades reclaman políticamente reconocimiento como agentes de la educación.

En este debate –histórico, amorcillado– todos nos proclamamos herederos legítimos del escritorio de Vasconcelos, pero a muy pocos se nos ocurre voltear a ver al educando; preguntar, por ejemplo, a alguien indiscutiblemente educado, a quien debe su educación.

¿Quién nos educa realmente?

Escuchar a los educandos se antoja como un ejercicio urgente de sentido común del que pudieran derivarse no pocas sorpresas. No sólo el que la educación fuera un proceso a tal grado complejo y serio que no aceptara el monopolio de una sola institución. También el descubrimiento de nuevas instancias educativas de sorprendente eficacia: de esas que, en el mejor de los casos, el aparato educativo oficial agrupa dentro del rubro de la “educación informal”.

La calle, las exposiciones, los amigos, los padrinos, los libros y sus autores, las ferias, los grupos de pares, sus locuras, los cafés, los grupos scouts, los coros, sus conciertos, las conferencias, hasta las mascotas y las tardes libres serían reconocidas como educadores. Reconoceríamos que, en no pocos casos, hicieron por nosotros mucho más que la Secretaría de Educación Pública.

Quienes somos padres, sin abdicar de nuestra responsabilidad como educadores, reconocemos tarde o temprano lo mucho que no podemos enseñar a nuestros hijos, no por el hecho de ser malos educadores, sino precisamente ¡por el de ser sus padres!

En la medida en que reconocemos nuestros alcances y el riesgo de extralimitarlos podemos también reconocer y agradecer la necesaria intervención de la comunidad en la educación de nuestros hijos.

En este contexto –intuido genialmente por el México tradicional, por su lenguaje, por sus costumbres– se enmarca la luminosa figura del tío postizo, prácticamente perdida en la Ciudad de México, aunque vigente en muchas otras.

Esta figura encierra una muy honda sabiduría generacional. Un “tío”, salvo en España, no pertenece a nuestra generación. Ni siquiera los adultos que se esfuerzan ridículamente por parecer nuestros pares (“háblenme de ‘tú’ muchachos, yo también fui a la prepa”), comparten con nosotros una vocación generacional.

Marcar esa diferencia en el lenguaje es más que significativo en materia de educación. Cualquier adulto que, sin ser mi padre, gana mi confianza puede ofrecer a mi desarrollo elementos que quizá nadie más pueda ofrecer. Quien traiciona dicha confianza daña gravísimamente mi relación con el mundo.

En Hogares Providencia, la institución que el padre Chinchachoma creó para niños de la calle en la Ciudad de México y que tiene como misión restituirles la infancia, fueron los mismos niños quienes sugirieron llamar “tíos” y “tías” a los adultos encargados de su cuidado en cada casa.

La Compañía de Jesús, siempre conspicua, solicitaba a los jóvenes jesuitas que habían terminado sus estudios de filosofía, participar por un periodo determinado en la vida de sus colegios, antes de ingresar al teologado.

Estos jóvenes, todavía rebosantes de idealismo, los denominados “maestrillos”, tenían la vocación natural de elevar la moral de los colegios. Se convertían en personajes entrañables para los alumnos y eran, de paso, promotores natos de nuevas vocaciones.

Ambos –los tíos de Hogares y los maestrillos jesuitas– constituyen el equivalente de los jefes scouts y de algunos profesores de música o de karate. Todos ellos “tíos” que, como en todos los procesos educativos genuinos, terminan, al educar, siendo educados.

La condición de ser tío tiene una segunda implicación. Cuando nos dejamos decir tío por quien no es jurídicamente sobrino nuestro, adoptamos a un educando. Asumimos implícitamente que todos los adultos somos educadores de todos los niños. Alimentamos entonces una visión social de la educación que, entre otras cosas, reta al modelo del individualismo posesivo, ese que se retroalimenta perversamente con el pobre modelo de familia extraído del sueño americano.

Presas inconscientes de dicho “sueño”, en nuestro afán por “dar a nuestros hijos lo que no tuvimos”, nos olvidamos de preservar para ellos lo que sí tuvimos: comunidades, vecindad, capital social, vínculos, confianza, tíos postizos y relaciones significativas, de las que tanto educan.

Reconocer que nuestra familia es más grande de lo que parece, redimensiona nuestro horizonte vital, nuestra vocación y, por supuesto, nuestro compromiso con la educación.

Cuando un niño aprende a relacionarse con adultos que no forman parte de su núcleo familiar inmediato (cuando al menos no todos los adultos son sus enemigos potenciales), aprende gradualmente a confiar en el mundo y a interactuar sanamente con el sistema social.

La supresión de esa comunicación intergeneracional puede robar a la agenda educativa aprendizajes fundamentales. Fomentarla –Ortega dixit– alimenta no sólo la educación, sino el propio dinamismo de la historia.

Notas
1 Mater et magistra es una carta encíclica del Papa Juan XXIII promulgada el 15 de mayo de 1961.

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