Apostar por la impureza

Por Rafael Jiménez Cataño

En la primera entrega de esta columna no expliqué las razones del título. La que mantuve en Ixtus, “La bendición de Babel”, quería expresar la idea de que la pluralidad es una riqueza. El título de esta nueva columna aspira a sugerir sustancialmente lo mismo. Lo había pensado para otro proyecto editorial que por desgracia no progresó, y antes de decidirme por este título había considerado otro, acorde con los temas lingüísticos que habría abordado con frecuencia: “purismo light”. Una fórmula paradójica –pues a quienes solemos llamar puristas levantarían las cejas ante el uso de una palabra en inglés– encargada de recordar que la lucha por la pureza consiste en defender la esencia de las cosas, su integridad, y que eso no se logra destruyendo otras cosas. Y no sólo otras: la misma cosa que nos interesa; sucede a veces que cuando buscamos depurarla a cualquier precio, se nos esfuma, como el osito lavador que se queda sin terrón de azúcar por querer enjuagarlo.

Estoy convencido de que la validez de un elogio de la impureza se garantiza con la capacidad de tejer también un elogio de la pureza. De lo contrario, nada nos asegura que no sea la enésima provocación gratuita.

La noción de pureza es relativa. En ocasiones la cuestión se reduce a orden: es una impureza lo que no está en su lugar. Y entonces, naturalmente, la pregunta es: ¿qué determina cuál es su lugar? Lo que es basura para uno, para otro es sustento. No me refiero al drama actual de los pepenadores, afectados por la separación de residuos, pues allí la basura sigue siendo basura, aunque traducible en ingresos. Me refiero a las ocasiones en las que lo que uno tira, es algo útil o incluso vital para otro.

A veces hay que preguntarse qué contamina qué. En el siglo XIII abundaba una lógica que se podría decir estaba contaminada por la metafísica, cuando algunos pensarían que la única contaminación posible va en sentido contrario. Una lógica no contaminada por la metafísica no es inmediatamente lo que se suele llamar “lógica pura”. Con esta expresión se denomina la lógica formal, la que es cálculo. Yo, en lo que tengo de profesor de lógica, me precio de ser un lógico bastante impuro.

Es claro que, a despecho de declaraciones provocativas, percibimos la pureza como un valor, la apreciamos. Una de las pesadillas colectivas de nuestro tiempo es la contaminación. Esta aprensión universal probaría por sí sola nuestra valoración positiva de lo puro, pero dado que se presta a un uso demagógico, prefiero tomar alguna otra vía.

Conocemos, por ejemplo, la importancia de encontrar una esencia. O de preservarla: una mirada pura, un concepto puro, un elemento puro, una especie pura, la naturaleza pura; la pureza del corazón, de la mirada, del aire… lo contrario, si lo queremos valorar positivamente, con frecuencia no lo llamamos impuro sino mixto, compuesto, mestizo, variado, entreverado.

La expresión latina omnia munda mundis (todo es puro para el puro)1 es una fórmula de la relatividad de la pureza y, especularmente, de la impureza: dependen de un criterio.

La relatividad de la pureza significa, entre otras cosas, que a veces no sabemos a ciencia cierta en qué consiste la forma pura de lo que buscamos. Hemos depurado los gases de escape de los motores, pero todo parece indicar que el aparato respiratorio se defendía mejor de los humos negros que de los polvos sutiles. Aumentan los casos de asma, como aumentan las alergias al mismo tiempo que crece la higiene y nos lavamos las manos con mayor frecuencia. Hay impurezas vitales. Con H2O puro no podríamos sobrevivir. (La pregunta es: ¿es eso lo que llamamos agua?) Los órganos tubulares tienen un registro llamado “ripieno” que consiste en hacer sonar varios tubos con la misma nota, pero con ligerísimas variantes, un poco desafinados, se podría decir, y eso da un efecto de masa sonora del que carecerían si concordaran perfectamente.

Purismos y puritanismos suelen ser nefastos, y en todas las generaciones florecen formas nuevas. En la historia de Harry Potter los seguidores del Señor Oscuro se caracterizan por combatir el mestizaje. La noche de los mayas es una película que propugnaba la pureza racial (de los mayas, obviamente), pero la música que Silvestre Revueltas escribió para ella es a todas luces mestiza, revuelta. Jean Guitton escribió un libro sobre el aspecto inquietante de la búsqueda de la pureza (L’impur, 1991), y después de él hizo otro tanto Bernard-Hénri Lévy (La pureté dangerouse, 1994). Recientemente apareció un estudio de cristología con un subtítulo por demás sugestivo: Encarnación y humanidad de Dios. Figuras de una eternidad impura.2 Dice el autor que estamos tan acostumbrados a repetir que “el Verbo se hizo carne”, que “ningún estupor nos visita al profesar el más venerable de los misterios”,3 siendo que se trata de una mezcolanza escalofriante que –añado yo– en buena parte explica la existencia del Islam. El enfoque del libro –escribe quien lo introduce, con especial referencia al subtítulo–, es “exposición mistagógica inteligente y gesto que significa la salvación en medio de lo impuro aceptado y transformado”.4

Notas
1 Viene de la Carta de Pablo a Tito, 1,15.
2 Giuseppe Mazza, Incarnazione e umanità di Dio. Figure di un’eternità impura, San Paolo, Cinisello Balsamo, 2008.
3 Ibid., p. 11.
4 Elmar Salman, “Un Dio puro che si sporcherebbe le mani”, prefacio a Mazza, op. cit., p. 9.

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