Hay actitudes y comportamientos que pueden ser parte de una moda. Hoy, por ejemplo, es de buen gusto ser ambientalista. Afiliarse a Greenpeace y usar playeras verdes nos posiciona frente a los demás como ciudadanos “conscientes”, limpios y decentes. Pero las modas son relativamente inofensivas si en eso se quedan. El problema viene cuando una moda, una práctica social “de buen gusto” la toma el poder público para justificar con ella la imposición de criterios totalizadores. En este sentido, no es lo mismo el ejercicio de una sociedad que cuida de su ambiente, que el imperio de la fuerza utilizada por el Estado o las potencias trasnacionales so pretexto de causas ecologistas.
Para diciembre de 2010 se espera en México la realización de la decimosexta cumbre de la ONU sobre cambio climático. Para muchos, lo que se juega en esa cumbre es la última oportunidad que tiene la humanidad para salvar al planeta de los graves efectos que se prevén por el aumento de la temperatura global. En casi todas las convocatorias a las cumbres de este tipo se emplea la imagen de la Tierra como una frágil esfera azul, a veces incluso cubierta con una máscara de gas. Esa imagen refleja la pretensión de sus organizadores. Es lógico pensar que en una “cumbre” se buscan soluciones desde arriba. Pero la imagen es todavía más arrogante si tomamos en cuenta que con ella se pretende una visión total y absoluta de la Tierra.
Si la destrucción del mundo está ocurriendo bajo nuestros pies, no tenemos por qué distraernos en acudir a las “cumbres” para “salvar al planeta”. La destrucción del medio ambiente es sólo la manifestación más evidente de una actividad productiva y comercial que ha perdido todo sentido de la moderación.
En La convivencialidad Iván Illich nos alerta sobre el hecho de que la profunda amenaza que entraña para la población mundial el desarrollo industrial avanzado tiene múltiples rostros. El primero de ellos, ciertamente, es el de la degradación del medio ambiente. Pero a ella se agregan otros, como el aumento de las brechas sociales entre ricos y pobres, el monopolio radical que la industria ejerce sobre la autonomía de la acción, la sobreprogramación que amenaza la creatividad y atenta contra el derecho del hombre a la palabra, es decir, a la política. Para escapar de tales amenazas se debe buscar un “equilibrio múltiple”, no sólo en la relación hombre-naturaleza sino también, y sobre todo, en la relación hombre-hombre. La crisis ecológica se trata superficialmente si no va acompañada de un análisis de los factores sociales de la producción.
“Si se imponen dispositivos anticontaminantes –advierte Illich– no se logra más que aumentar el costo unitario de producción. Ciertamente se conserva un poco de aire respirable para la colectividad, puesto que menos gente puede darse el lujo de conducir un automóvil, dormir en una casa climatizada o tomar el avión para ir de pesca, pero en lugar de degradar el medio físico, se acentúan las brechas sociales. La estructura de las fuerzas de producción amenaza a las relaciones sociales más directamente que al funcionamiento biológico.”1
“En realidad –sigue más adelante– es concebible la formación de una élite organizada que alabe la ortodoxia del anticrecimiento. Esta élite quizás se esté formando. Pero un coro semejante, con el anticrecimiento como único programa, es el antídoto industrial a la imaginación revolucionaria. Al incitar a la población a aceptar una limitación de la producción industrial, sin poner en cuestión la estructura de base de la sociedad industrial, obligadamente se daría más poder a los burócratas que optimizan el crecimiento, y uno mismo se convertiría en rehén.”2
Los intereses ecologistas pueden incluso volverse fácilmente contrarios a los de los más pobres de entre los pueblos. En México, por ejemplo, la pretendida defensa de la reserva de la biósfera de los montes azules, en Chiapas, ha implicado el destierro de múltiples comunidades indígenas y la destrucción de sus casas y sus bienes. Al concentrarse exclusivamente en uno sólo de los efectos del crecimiento industrial, los “ecologistas” atentan contra el equilibrio múltiple que se requiere para restablecer el ambiente propicio para vivir humanamente sobre esta Tierra.
Separar los pies de la tierra y volar hacia las “cumbres” es perseguir un espejismo. Para los pueblos indígenas de México ser un hombre verdadero tiene que ver con la cualidad de estar bien enraizado. Neltiliztli en nahuatl, término que se traduce por “verdad”, deriva del mismo radical que tla-nélhuatl: raíz.3 Sólo desde la firmeza de vivir en el suelo podemos acceder a la sabiduría del vivir juntos en medio de un ambiente que es limitado.
Notas 1 Iván Illich, La convivencialidad, en Obras reunidas I, México, FCE, 2006, p. 418.
2 Ibid., pp. 477-478.
3 Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos, FCE, México, 1995, p. 124.
Contra el ambientalismo de elite
Por Roberto Ochoa
Hay actitudes y comportamientos que pueden ser parte de una moda. Hoy, por ejemplo, es de buen gusto ser ambientalista. Afiliarse a Greenpeace y usar playeras verdes nos posiciona frente a los demás como ciudadanos “conscientes”, limpios y decentes. Pero las modas son relativamente inofensivas si en eso se quedan. El problema viene cuando una moda, una práctica social “de buen gusto” la toma el poder público para justificar con ella la imposición de criterios totalizadores. En este sentido, no es lo mismo el ejercicio de una sociedad que cuida de su ambiente, que el imperio de la fuerza utilizada por el Estado o las potencias trasnacionales so pretexto de causas ecologistas.
Para diciembre de 2010 se espera en México la realización de la decimosexta cumbre de la ONU sobre cambio climático. Para muchos, lo que se juega en esa cumbre es la última oportunidad que tiene la humanidad para salvar al planeta de los graves efectos que se prevén por el aumento de la temperatura global. En casi todas las convocatorias a las cumbres de este tipo se emplea la imagen de la Tierra como una frágil esfera azul, a veces incluso cubierta con una máscara de gas. Esa imagen refleja la pretensión de sus organizadores. Es lógico pensar que en una “cumbre” se buscan soluciones desde arriba. Pero la imagen es todavía más arrogante si tomamos en cuenta que con ella se pretende una visión total y absoluta de la Tierra.
Si la destrucción del mundo está ocurriendo bajo nuestros pies, no tenemos por qué distraernos en acudir a las “cumbres” para “salvar al planeta”. La destrucción del medio ambiente es sólo la manifestación más evidente de una actividad productiva y comercial que ha perdido todo sentido de la moderación.
En La convivencialidad Iván Illich nos alerta sobre el hecho de que la profunda amenaza que entraña para la población mundial el desarrollo industrial avanzado tiene múltiples rostros. El primero de ellos, ciertamente, es el de la degradación del medio ambiente. Pero a ella se agregan otros, como el aumento de las brechas sociales entre ricos y pobres, el monopolio radical que la industria ejerce sobre la autonomía de la acción, la sobreprogramación que amenaza la creatividad y atenta contra el derecho del hombre a la palabra, es decir, a la política. Para escapar de tales amenazas se debe buscar un “equilibrio múltiple”, no sólo en la relación hombre-naturaleza sino también, y sobre todo, en la relación hombre-hombre. La crisis ecológica se trata superficialmente si no va acompañada de un análisis de los factores sociales de la producción.
“Si se imponen dispositivos anticontaminantes –advierte Illich– no se logra más que aumentar el costo unitario de producción. Ciertamente se conserva un poco de aire respirable para la colectividad, puesto que menos gente puede darse el lujo de conducir un automóvil, dormir en una casa climatizada o tomar el avión para ir de pesca, pero en lugar de degradar el medio físico, se acentúan las brechas sociales. La estructura de las fuerzas de producción amenaza a las relaciones sociales más directamente que al funcionamiento biológico.”1
“En realidad –sigue más adelante– es concebible la formación de una élite organizada que alabe la ortodoxia del anticrecimiento. Esta élite quizás se esté formando. Pero un coro semejante, con el anticrecimiento como único programa, es el antídoto industrial a la imaginación revolucionaria. Al incitar a la población a aceptar una limitación de la producción industrial, sin poner en cuestión la estructura de base de la sociedad industrial, obligadamente se daría más poder a los burócratas que optimizan el crecimiento, y uno mismo se convertiría en rehén.”2
Los intereses ecologistas pueden incluso volverse fácilmente contrarios a los de los más pobres de entre los pueblos. En México, por ejemplo, la pretendida defensa de la reserva de la biósfera de los montes azules, en Chiapas, ha implicado el destierro de múltiples comunidades indígenas y la destrucción de sus casas y sus bienes. Al concentrarse exclusivamente en uno sólo de los efectos del crecimiento industrial, los “ecologistas” atentan contra el equilibrio múltiple que se requiere para restablecer el ambiente propicio para vivir humanamente sobre esta Tierra.
Separar los pies de la tierra y volar hacia las “cumbres” es perseguir un espejismo. Para los pueblos indígenas de México ser un hombre verdadero tiene que ver con la cualidad de estar bien enraizado. Neltiliztli en nahuatl, término que se traduce por “verdad”, deriva del mismo radical que tla-nélhuatl: raíz.3 Sólo desde la firmeza de vivir en el suelo podemos acceder a la sabiduría del vivir juntos en medio de un ambiente que es limitado.
Notas
1 Iván Illich, La convivencialidad, en Obras reunidas I, México, FCE, 2006, p. 418.
2 Ibid., pp. 477-478.
3 Miguel León-Portilla, Los antiguos mexicanos, FCE, México, 1995, p. 124.