Huellas

Por Tomás Calvillo

José Antonio Álvarez Lima –a quien conocí por el poeta Javier Sicilia que me dijo: “Vas a entenderte muy bien con él”– ha vivido con tal intensidad que sólo el mar, en estos años, es capaz de sosegarlo. Cuando fue gobernador de Tlaxcala me descubrió una de las raíces más valiosas de México: la tradición comunitaria, sabia y muchas veces obcecada, de un pueblo que construyó la nación en su diáspora hacia el norte árido y rico en oro y plata. Un pueblo de familias astutas que, a través de batallas y continuas y renovadas alianzas, lleva en la sangre la política como el arte de negociar sin perder.

Su visión afirmaba que a partir de la historia de la conquista, los tlaxcaltecas fueron los edificadores de nuestro país; llevaron a los desiertos la agricultura y sus talentos arquitectónicos, y, sobre todo, su destreza para lograr acuerdos con los grupos más aguerridos que defendían un extenso territorio y se resistían a participar en un orden ajeno a sus horizontes nómadas.

En el corazón de su ciudad capital, Álvarez Lima admiraba –debe seguir haciéndolo– el imponente techo de madera esculpido de doradas estrellas de la catedral de Nuestra Señora de la Asunción, metáfora arquitectónica de una embarcación del siglo XVI; aventura mayúscula de un puñado de peninsulares cargado de ambición y creencias milenaristas y de un sentimiento mudéjar en sus paisajes.

Su búsqueda de esa memoria colectiva lo llevó a impulsar la construcción de un nuevo y digno edificio para el Archivo Histórico de su estado.

En la ceremonia inaugural habló uno de los últimos hombres de letras vivo (así era esa generación), José Luis Martínez, quien falleció a principios de este milenio. Su presencia apuntaba a no olvidar el otro rostro de la historia de México: su origen hispánico. Qué mejor ciudad para hacerlo que Tlaxcala, cuyos habitantes conservan sus nombres originales que se remontan a sus antiguas alianzas.

En el mismo sentido que José Luis Martínez, archivos, historias, letras, política y poesía llevaron a Manuel Calvillo Alonso, mi padre, muerto a fines de 2009 –de quien José Luis Martínez escribió en referencia a sus primeros poemas: “[…] como si hubiera vivido en él la historia de la poesía y el tiempo madurara en sus palabras”–, guardó silencio como poeta para elegir esa otra veta de nuestro pasado: la historia de la insurgencia, la que dio origen a la independencia de México. En ese pasado, Calvillo Alonso reconocía la revolución ideológica y política que hizo posible el nacimiento del Estado nacional mexicano y los de América del Sur.

Estudioso de la obligada ruptura con la metrópoli monárquica y del registro y apuesta por una continuidad de lazos entre los dos continentes, selectiva e inspirada en la familiaridad liberal que alumbró en 1812 las cortes de Cádiz, Manuel Calvillo ahondó con emoción en ese circuito de pensamiento político que iba del Río de la Plata a la Ciudad de México y que alcanzaba todo el territorio de la Nueva España, una Nueva España que no sólo mudó de nombre, sino que compartió con todo ese territorio ideas comunes en redes de conspiradores –algunos de ellos exiliados ya entre Madrid y Londres, entre la Iglesia y el Estado que se vislumbraba–. Esos conspiradores en un continente sin fronteras aún visibles, y en una época tan privilegiada como irrepetible, compartían un mismo discurso de ruptura con el viejo dominio imperial que terminó por incendiar definitivamente las naves y separar al continente del viejo orden.

Esa dinámica dimensión que no volvería a repetirse, esa experiencia de unidad en el pensamiento y en los proyectos políticos de los latinoamericanos, atrajo a Manuel al grado de absorberlo años en el estudio y comprensión de los hechos de 1810 y 1821.

Sus interrogantes fueron generacionales, literarias, filosóficas, históricas y culturales: compartía con su generación una preocupación central: el sentido de la historia de México, su destino, su mañana incierto. Su obra mayor fue La República Federal Mexicana: gestación y nacimiento. Terminada en marzo de 1974, en Coyoacán, en la Ciudad de México, esa obra le permitió responder a su manera (la de la inteligencia) las preguntas que su generación se planteó. En el fondo dialogaba y polemizaba con una obra anterior, El liberalismo en mexicano, de Jesús Reyes Heroles, el veracruzano con quien, en su primera juventud y en su ciudad natal, San Luis Potosí, compartió años de amistad.

Cuando terminó el libro se sintió en paz consigo mismo. Aunque no le gustaba mostrarlo y poco le importaba ya la crítica, estaba orgulloso de lo que escribió. Eso me explica la libertad que se tomó en la nota previa que le sirvió de prólogo. En las dos últimas líneas escribió: “La serena amistad de Rosario Castellanos nos acompañó en días de inquietud al redactar este ensayo. Nuestra gratitud no puede expresarse.”

¿Quién iba a entender algo tan personal, tan lleno de una afectividad que no solía mostrar? Es que estaba tan seguro de sí, tan satisfecho con esa obra, que no podía dejar de agradecer. Rosario Castellanos era entonces la embajadora de México en Israel y como la buena embajadora que fue había protegido durante la guerra de 1973 –conocida como la guerra del Yom Kipur– a uno de los hijos de Manuel, un preparatoriano mexicano que vivía en el kibutz Hanita asentado en la frontera con Líbano.

Recuerdo a Rosario Castellanos invitándome, a petición de mi padre, a regresar con ella a México en diciembre de 1973. Le respondí que se lo agradecía pero que no podía aceptar, que me quedaba en esa frontera de guerra.

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