En Conspiratio decidimos celebrar el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución meditando sobre uno de los conceptos clave de la teoría política moderna. Más allá de una perspectiva sobre la historia nacional, quisimos asumir una posición reflexiva sobre el concepto que, en ambos acontecimientos históricos, refiere directamente a lo que ocurrió. En México, los años de 1810 y 1910 marcaron el inicio de las revueltas populares más extendidas de nuestra historia, revueltas que adquirieron el carácter de revolución cuando se comprometieron en la instauración de un nuevo régimen. Tiempos pasados, es cierto, pero ¿también presentes? Si se vive o revive lo que se conmemora ¿qué posibilidades de una revolución hay en un México que vuelve la mirada a sus orígenes?
Llegamos a estas fechas, como lo dice Javier Sicilia, en “estado de revolución”. El parteaguas histórico que nos ha tocado vivir está marcado por crisis profundas y de todo tipo: graves turbulencias económicas, guerras entre el gobierno y el crimen organizado, destrucción de la vida del campo y degradación del medio ambiente, movilizaciones sociales crecientes, aumento del despojo, de la miseria, de las fuerzas represivas y de la criminalización de las protestas, abundantes crímenes sin castigo y persecución del inocente. Sin embargo, una cosa es el estado de revolución y otra muy distinta la revolución en sí. ¿Se puede pensar todavía en la revolución como algo para el presente? Las condiciones actuales nos obligan a pensar en un cambio profundo y nos llevan a desear que lo intolerable termine ya. En estas circunstancias, ¿se puede apelar todavía a la revolución? En su crítica al régimen de Hugo Chávez en Venezuela, el historiador Enrique Krauze sostiene que su error fundamental consiste en enarbolar un proyecto político sobre la base de un concepto que ha quedado históricamente superado: el de “revolución”. Sin embargo, no sólo en Venezuela, sino en diversas regiones de América Latina, y a pesar de las fuerzas conservadoras de Estados Unidos, dicha noción ha tomado vuelo. Por ello, el debate en México es más pertinente que nunca. La revolución como concepto, como aspiración de un pueblo, sigue viva. ¿Pero será que quien la proclama o la invoca equivoca el camino? ¿Será que se engañan quienes apuestan todavía a la revolución que viene? Nuestro propósito es el de responder precisamente a estas preguntas.
Creemos que este es un debate en el que deben participar múltiples voces. En Conspiratio hemos decido darle lugar a algunas de ellas. Lo que presentamos ahora es el resultado de profundas meditaciones dirigidas a rescatar, de un modo nuevo, la “revolución”. Hemos encontrado autores que no se espantan ante esta palabra, que están dispuestos a abordarla en todas sus implicaciones, y que tampoco reproducen estereotipos que el devenir histórico de las últimas décadas ha desfondado por completo. Creemos que si fuéramos capaces de reformular una idea de revolución no necesariamente anclada en la violencia, si fuéramos capaces de pensar en un nuevo concepto de revolución política para nuestro tiempo, seguramente podríamos ofrecer algo útil para quienes se sienten atrapados por estructuras tiránicas. Tal vez podremos proponer una salida para quienes han perdido toda esperanza en este mundo o en este orden (lo que en ciertas circunstancias es lo mismo), para quienes las instituciones sociales se han encargado de cancelar todos los horizontes personales y humanos. A veces las ideas son útiles porque se convierten en un motivo para seguir luchando cada día, a veces son útiles también porque nos congregan y nos convocan a partir el pan con nuestros hermanos. ¿Será que la idea de revolución puede todavía convocar y convocarnos a la hermandad?
Editorial
En Conspiratio decidimos celebrar el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución meditando sobre uno de los conceptos clave de la teoría política moderna. Más allá de una perspectiva sobre la historia nacional, quisimos asumir una posición reflexiva sobre el concepto que, en ambos acontecimientos históricos, refiere directamente a lo que ocurrió. En México, los años de 1810 y 1910 marcaron el inicio de las revueltas populares más extendidas de nuestra historia, revueltas que adquirieron el carácter de revolución cuando se comprometieron en la instauración de un nuevo régimen. Tiempos pasados, es cierto, pero ¿también presentes? Si se vive o revive lo que se conmemora ¿qué posibilidades de una revolución hay en un México que vuelve la mirada a sus orígenes?
Llegamos a estas fechas, como lo dice Javier Sicilia, en “estado de revolución”. El parteaguas histórico que nos ha tocado vivir está marcado por crisis profundas y de todo tipo: graves turbulencias económicas, guerras entre el gobierno y el crimen organizado, destrucción de la vida del campo y degradación del medio ambiente, movilizaciones sociales crecientes, aumento del despojo, de la miseria, de las fuerzas represivas y de la criminalización de las protestas, abundantes crímenes sin castigo y persecución del inocente. Sin embargo, una cosa es el estado de revolución y otra muy distinta la revolución en sí. ¿Se puede pensar todavía en la revolución como algo para el presente? Las condiciones actuales nos obligan a pensar en un cambio profundo y nos llevan a desear que lo intolerable termine ya. En estas circunstancias, ¿se puede apelar todavía a la revolución? En su crítica al régimen de Hugo Chávez en Venezuela, el historiador Enrique Krauze sostiene que su error fundamental consiste en enarbolar un proyecto político sobre la base de un concepto que ha quedado históricamente superado: el de “revolución”. Sin embargo, no sólo en Venezuela, sino en diversas regiones de América Latina, y a pesar de las fuerzas conservadoras de Estados Unidos, dicha noción ha tomado vuelo. Por ello, el debate en México es más pertinente que nunca. La revolución como concepto, como aspiración de un pueblo, sigue viva. ¿Pero será que quien la proclama o la invoca equivoca el camino? ¿Será que se engañan quienes apuestan todavía a la revolución que viene? Nuestro propósito es el de responder precisamente a estas preguntas.
Creemos que este es un debate en el que deben participar múltiples voces. En Conspiratio hemos decido darle lugar a algunas de ellas. Lo que presentamos ahora es el resultado de profundas meditaciones dirigidas a rescatar, de un modo nuevo, la “revolución”. Hemos encontrado autores que no se espantan ante esta palabra, que están dispuestos a abordarla en todas sus implicaciones, y que tampoco reproducen estereotipos que el devenir histórico de las últimas décadas ha desfondado por completo. Creemos que si fuéramos capaces de reformular una idea de revolución no necesariamente anclada en la violencia, si fuéramos capaces de pensar en un nuevo concepto de revolución política para nuestro tiempo, seguramente podríamos ofrecer algo útil para quienes se sienten atrapados por estructuras tiránicas. Tal vez podremos proponer una salida para quienes han perdido toda esperanza en este mundo o en este orden (lo que en ciertas circunstancias es lo mismo), para quienes las instituciones sociales se han encargado de cancelar todos los horizontes personales y humanos. A veces las ideas son útiles porque se convierten en un motivo para seguir luchando cada día, a veces son útiles también porque nos congregan y nos convocan a partir el pan con nuestros hermanos. ¿Será que la idea de revolución puede todavía convocar y convocarnos a la hermandad?