Nuestro padre san Daniel de Gabriel Miró

Por Juan Manuel Escamilla

¡Ay, sensualidad, y cómo nos
traspasas de anhelos de infinito!

Gabriel Miró

La obra de Gabriel Miró es tan hermosa como inútil. El ocio terco de su prosa revela al orfebre que va hilvanando brinquiños y diamantes con la paciencia infinita del hombre de oficio. Se solaza en la sensualidad de las palabras. Sereno siempre, no le preocupa demorarse. Desgranando descripciones seduce a los lectores capaces de admirar tanta belleza bajo una prosa cuyo precio: lo inútil, confronta a nuestro siglo ávido de satisfacciones inmediatas envueltas en dosis manejables.

Quien lee a Miró adopta, por fuerza, la perspectiva de Adán al enfrentar el mundo: la sorpresa. Frente a las páginas mironianas el lector se siente como Adán que, ante la Creación sólo pronunciada por Dios, nombra por vez primera el mundo para traerlo a la existencia activa.

Su acerada prosa –exiliada de la narrativa fácil– dibuja, a través mil trazos precisos, estampas que pacientemente hilvana. Es un escritor necio, empecinado en crear belleza, en describir el mundo más hermoso de lo que es, ¡y vaya si es hermoso!

De Miró puede decirse que es un escritor consciente de la gravedad de su labor: concluir la creación, hallar esa palabra que haga resplandecer la hermosura de la Creación. Así se entretiene en descripciones aderezadas con regionalismos y arcaísmos. No como quien quiere mostrar su erudición u ostentar su lirismo, sino a la manera del pintor que busca en su paleta el color y el tono que mejor recreen el paisaje que, en el lienzo, será irreconocible del modelo: la mirada genial que arranca al mundo su inverosímil belleza. La obra de Miró rezuma sensualidad, sus imágenes son una presencia casi táctil. No es extraño, por ello, que diga de sí mismo: “Los críticos han desvirtuado mi trabajo. Dicen que escribo con dificultad; pero no es eso: creo con dificultad. Yo necesito ver las cosas antes de escribirlas; necesito levantarlas, tocarlas”.

Pero dejemos los elogios a la prosa de Miró –el lector sabrá hacerlos mejor– y digamos algunas palabras sobre su novela Nuestro padre san Daniel, primer panel del díptico, que concluye con El obispo leproso. En ella, Gabriel Miró recrea la Orihuela de su infancia y la España de su tiempo convocando a la vida a Oleza, cuyas calles provincianas va pintando con olores y ambientes que evocan calles olvidadas en la memoria, árboles vistos en la infancia y verdores de otros campos en días más felices.

Se trata de una “novela de capellanes y devotos”, como advierte el subtítulo, que bien podría ser también “novela sensual y anticlerical”. Por extraño que pueda parecernos hoy, Nuestro padre san Daniel y El obispo leproso fueron en su momento vistas con escándalo. Se dijo de Miró que era inmoral, ateo y pornográfico –y casi escuchamos el mismo juicio de boca de algunos personajes de la novela sobre el propio autor–. Pero Miró, haciéndose eco de Valle-Inclán, pudo haber dicho que la España tradicional en la que vivió era “fea, católica y sentimental”. De hecho lo dice al presentarnos en su novela un fanatismo inculto y una fe mágica hacia el patrono san Daniel, hacedor de milagros absurdos para almas escrupulosas, como las del padre Bellod, rector de Oleza: ascético hasta lo inhumano, pronto al regaño y el juicio, y la de su camarilla de adeptos. La ironía de Miró, fina y sutil, es implacable con estos personajes.

En el polo opuesto, que crea la tensión de la novela, hay también una serie de personajes profundamente sensibles, entre los que entrevemos a Miró con sus angustias y placeres, a don Magín y al obispo, a Paulina, a don Daniel y a doña Corazón.

La novela discute la España de su tiempo, a la vez que retrata con mucha fidelidad la provincia levantina. La España de Miró se debate entre los tradicionalistas a ultranza, ultramontanos facciosos del carlismo, y el progreso técnico que significaba la apertura a Europa. Una España deprimida frente a la pérdida de las últimas posesiones en ultramar, con una estabilidad política tirante y en constante pugna entre la conservación de una fe barroca y la Ilustración.

En esta pugna provinciana, el lector no sólo hallará incoada la guerra civil que años después desgarraría a España, sino también, por refracción, algo del rostro de México: el parecido de Oleza con ciertas prácticas de nuestra fe es casi evidente.

One Comment

  1. Vivi Gonzalez
    Posted July 14, 2010 at 12:20 | Permalink

    Despues de leer tu resena me veo en la necesidad de buscar palabras inteligentes para adular tu forma de escribir, tu elocuencia, y el exito que encuentro en tu trabajo, sin embargo, mi verdadero motivo es acercarme a ti y recordarte que te quiero mucho y que sigo saboreandome la ultima charla, el desayuno y tu hospitalidad …Besos
    Tia Vivi

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *

*
*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Spam Protection by WP-SpamFree