Himmelfahrstrasse,“La calle del cielo”, era el nombre que los nazis dieron a la avenida que iba de la estación ferroviaria de Sobibar a las cámaras de gas. Los judíos condenados a muerte debían recorrerla desnudos.
El Holocausto, la llamada solución final de Hitler, terminó con la vida de dos tercios de la población judía –unos seis millones de personas entre hombres, mujeres, ancianos y niños–. La responsabilidad no fue sólo de los alemanes implicados; los polacos, los rumanos y los ucranianos, entre otros, también persiguieron judíos. Algunos países fueron testigos pasivos y otros más impidieron el escape de las víctimas como, por ejemplo, Inglaterra, que forzó a volver a Alemania a barcos con gente que huía a Palestina. Por último, los Departamentos de Estado y de Guerra de Estados Unidos, obstaculizaron el rescate de judíos europeos, impidieron su inmigración y se negaron a bombardear las cámaras de gas de Auschwitz y las vías de tren que llegaban a los campos de concentración.
Para Robert Nozick, el Holocausto es un acontecimiento tan aplastante que aun no logramos captar su plena significación. Se trata, en sus propias palabras, de un evento similar a la Caída tal como la entiende el cristianismo tradicional, un evento que altera radicalmente la situación y el rango de la humanidad. Por el Holocausto la humanidad ha caído, por el Holocausto la especie humana ha perdido su dignidad. Si la humanidad entera fuera aniquilada a causa de un desastre natural o de una guerra atómica, nos dice Nozick, una tragedia tan grande, después del Holocausto y al margen del sufrimiento individual, no sería una tragedia especial. No es que la especie humana merezca ser destruida, es que sencillamente ya no merece no serlo. Aunque no todos somos responsables por lo que hicieron quienes tomaron parte en la solución final, todos estamos manchados. En última instancia, ¿quién puede negar la violencia que nos habita? ¿Quién está seguro de poder dominarla bajo cualquier circunstancia para no causar daño a otros? Más aun si, como nos enseña Dostoievski en el Sueño de un hombre ridículo, el germen del mal capaz de destruir un mundo entero puede estar oculto en una simple mala broma de doble sentido. Himmelfahrstrasse.
En el cuadro de Leon Golub titulado “White Squad II”,1 un hombre apunta un revolver a la cabeza de otro. En “Interrogation III” una mujer ha sido violada después de un interrogatorio, nadie en la escena parece estar alarmado. En “Interrogation IV” un hombre es torturado mientras sus verdugos parecen estar pasándola bien; uno de ellos, incluso, sonríe al espectador como si posara para una foto al igual que el mercenario en “Mercenaries V”. La violencia, la agresión, la hostilidad racial o sexual y la tortura son temas habituales en la serie de pinturas que Golub realizó en los años ochenta. Trabajadas en grandes formatos, estas telas nos cautivan por el poder de sus imágenes y por la técnica en perfecta consonancia con el tema. Golub aplicaba numerosas capas de pintura a cada figura para después, con la ayuda de un solvente, comenzar a rasparlas con un cuchillo de modo que quedaran expuestos fragmentos de las capas anteriores o la tela misma impregnada de pigmento. El resultado es sobrecogedor, la calidad de la piel de los personajes de Golub revela un proceso paralelo de erosión espiritual y descomposición del alma. El sistema de trabajo, arduo y violento en sí mismo, pareciera querer ser una expiación del mal que se descubre en cada cuadro. Las pinturas de Golub nos recuerdan que el mal es, en primer lugar, lo que hace daño, y que el sufrimiento es el más grave mal. Muchos de los torturadores alemanes eran buenos padres de familia. Al ser enjuiciados, se mostraban sorprendidos e indignados ante las acusaciones del tribunal.
La mayoría se defendía diciendo que sólo habían cumplido órdenes, que sólo habían hecho bien su trabajo. Por lo general, la maldad nace del egoísmo. Difícilmente se hace el mal por el mal mismo o por el placer de hacerlo, el agente que actúa mal lo hace, en primer lugar, buscando su propio bien.
La pintura de Golub puede entenderse como un espejo ante el cual descubrimos la medida de nuestro egoísmo que es siempre banal.
Debemos responder de un modo significativo al Holocausto, al misterio del mal, nos dice Robert Nozick, si bien aun no sabemos cuál pueda ser esta respuesta. Para Leon Golub se trataba de pintar.
Golub y el espejo del mal
Por Pedro Bonnin
Para Esteban Martorus
Himmelfahrstrasse,“La calle del cielo”, era el nombre que los nazis dieron a la avenida que iba de la estación ferroviaria de Sobibar a las cámaras de gas. Los judíos condenados a muerte debían recorrerla desnudos.
El Holocausto, la llamada solución final de Hitler, terminó con la vida de dos tercios de la población judía –unos seis millones de personas entre hombres, mujeres, ancianos y niños–. La responsabilidad no fue sólo de los alemanes implicados; los polacos, los rumanos y los ucranianos, entre otros, también persiguieron judíos. Algunos países fueron testigos pasivos y otros más impidieron el escape de las víctimas como, por ejemplo, Inglaterra, que forzó a volver a Alemania a barcos con gente que huía a Palestina. Por último, los Departamentos de Estado y de Guerra de Estados Unidos, obstaculizaron el rescate de judíos europeos, impidieron su inmigración y se negaron a bombardear las cámaras de gas de Auschwitz y las vías de tren que llegaban a los campos de concentración.
Para Robert Nozick, el Holocausto es un acontecimiento tan aplastante que aun no logramos captar su plena significación. Se trata, en sus propias palabras, de un evento similar a la Caída tal como la entiende el cristianismo tradicional, un evento que altera radicalmente la situación y el rango de la humanidad. Por el Holocausto la humanidad ha caído, por el Holocausto la especie humana ha perdido su dignidad. Si la humanidad entera fuera aniquilada a causa de un desastre natural o de una guerra atómica, nos dice Nozick, una tragedia tan grande, después del Holocausto y al margen del sufrimiento individual, no sería una tragedia especial. No es que la especie humana merezca ser destruida, es que sencillamente ya no merece no serlo. Aunque no todos somos responsables por lo que hicieron quienes tomaron parte en la solución final, todos estamos manchados. En última instancia, ¿quién puede negar la violencia que nos habita? ¿Quién está seguro de poder dominarla bajo cualquier circunstancia para no causar daño a otros? Más aun si, como nos enseña Dostoievski en el Sueño de un hombre ridículo, el germen del mal capaz de destruir un mundo entero puede estar oculto en una simple mala broma de doble sentido. Himmelfahrstrasse.
En el cuadro de Leon Golub titulado “White Squad II”,1 un hombre apunta un revolver a la cabeza de otro. En “Interrogation III” una mujer ha sido violada después de un interrogatorio, nadie en la escena parece estar alarmado. En “Interrogation IV” un hombre es torturado mientras sus verdugos parecen estar pasándola bien; uno de ellos, incluso, sonríe al espectador como si posara para una foto al igual que el mercenario en “Mercenaries V”. La violencia, la agresión, la hostilidad racial o sexual y la tortura son temas habituales en la serie de pinturas que Golub realizó en los años ochenta. Trabajadas en grandes formatos, estas telas nos cautivan por el poder de sus imágenes y por la técnica en perfecta consonancia con el tema. Golub aplicaba numerosas capas de pintura a cada figura para después, con la ayuda de un solvente, comenzar a rasparlas con un cuchillo de modo que quedaran expuestos fragmentos de las capas anteriores o la tela misma impregnada de pigmento. El resultado es sobrecogedor, la calidad de la piel de los personajes de Golub revela un proceso paralelo de erosión espiritual y descomposición del alma. El sistema de trabajo, arduo y violento en sí mismo, pareciera querer ser una expiación del mal que se descubre en cada cuadro. Las pinturas de Golub nos recuerdan que el mal es, en primer lugar, lo que hace daño, y que el sufrimiento es el más grave mal. Muchos de los torturadores alemanes eran buenos padres de familia. Al ser enjuiciados, se mostraban sorprendidos e indignados ante las acusaciones del tribunal.
La mayoría se defendía diciendo que sólo habían cumplido órdenes, que sólo habían hecho bien su trabajo. Por lo general, la maldad nace del egoísmo. Difícilmente se hace el mal por el mal mismo o por el placer de hacerlo, el agente que actúa mal lo hace, en primer lugar, buscando su propio bien.
La pintura de Golub puede entenderse como un espejo ante el cual descubrimos la medida de nuestro egoísmo que es siempre banal.
Debemos responder de un modo significativo al Holocausto, al misterio del mal, nos dice Robert Nozick, si bien aun no sabemos cuál pueda ser esta respuesta. Para Leon Golub se trataba de pintar.
Notas:
1 Ésta y otras obras de Leon Golub pueden verse en: http://www.artnet.com/awc/leon-golub.html