Con estas palabras: “La Compañía de Jesús no tiene culpa, no es responsable de la opresión y la miseria que padece el pueblo salvadoreño”, Ignacio Ellacuría respondío a un cuestionamiento hecho en una llamada proveniente del programa de la televisión española La Clave, de la cadena estatal TVE –entonces única–, la noche del 20 de diciembre de 1985, en Madrid.
La respuesta del jesuita la motivó una pregunta formulada en el sentido de que la Compañía de Jesús en El Salvador era la responsable directa de la guerra y la violencia que padecía ese país centroamericano. Ellacuría, después de expresar de manera categórica que la violencia y la guerra en el Salvador eran el producto de la miseria y la injusticia que sufría la mayoría de los salvadoreños, explicó que en la Universidad Centroamericana Simeón Cañas (UCA), el marxismo no es la filosofía que se enseña, y que él, meses antes, había servido como mediador entre el FMLN y el gobierno, para la liberación de la hija del entonces presidente de El Salvador, el democristiano José Napoleón Duarte, que fue secuestrada por la insurgencia.
Ignacio Ellacuría, con otros cinco miembros de su orden religiosa y dos personas a su servicio, fue asesinado la madrugada del 16 de noviembre de 1989 en San Salvador, por los “Escuadrones de la Muerte”, grupo paramilitar organizado por la extrema derecha salvadoreña, entonces en el poder a través de su partido ARENA, y que es la responsable de tantas muertes de dirigentes campesinos, sindicalistas y religiosos, entre los que se cuenta el arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980.
Me confieso deudor de Ellacuría y de su Filosofía de la realidad histórica, en algunos puntos que he reflexionado y desarrollado en filosofía del derecho; concretamente cuando hablo del iusnaturalismohistórico. Los temas centrales del iusnaturalismo, tales como el bien común, la justicia y los derechos humanos, tienen una larga trayectoria filosófica. Sin embargo, con razón se pregunta Ellacuría, refiriéndose al bien común y a los derechos humanos –y nosotros podríamos ampliar la pregunta sobre la justicia–: “¿Por qué estos temas tan graves en un correcto planteamiento de la ética personal y de la ética política han tenido tan poca incidencia en la configuración ética de la persona y de la sociedad? ¿Por qué, al contrario, han servido y están sirviendo para una tan permanente negación real del bien común y de los derechos humanos? ¿Cómo se debería orientar el enfoque de este problema para que realmente propiciara un efectivo bien común y un ejercicio actual de los derechos humanos?1
El mismo Ellacuría nos ofrece esta respuesta: el problema de estos temas es “su carácter formal y su interpretación en la línea de la abstracción idealista […] De lo cual resulta que no se tiene claro cuál debe ser en cada situación histórica el contenido del bien común, ni se tiene determinado cual es el camino para conseguirlo”.2 En otras palabras, falta su historización. Y esto acarrea que se acepte lo establecido como justo y como realización del bien común. Y es que el iusnaturalismo afronta el gran peligro de su ahistorización, es decir, de reducirse a conceptos bonitos, pero vacíos de contenidos reales.
Creemos que para aceptar la validez de los postulados iusnaturalistas, es necesario historizar los derechos humanos, la justicia y el bien común. Pues si el Derecho y el Estado se dan en la historia, son reales, la justicia, el bien común y la vigencia de los derechos humanos deben ser también históricos, reales. Si esto no es así, me atrevería a decir que el iusnaturalismo es ineficaz, por su incapacidad de hacer históricos sus postulados. Y una doctrina sin realidad es mera ideología, no incide mayormente en las relaciones reales entre los seres humanos.
Ellacuría nos dice en qué consiste esa historización, que no es otra cosa que “bien ver cómo se está realizando en una circunstancia dada lo que se afirma abstractamente como un ‘deber ser’ del bien común o de los derechos humanos…”, en síntesis: “la historización consiste entonces, en probar como se da en una realidad histórica determinada lo que formalmente se presenta como bien común y como derechos humanos, y en mostrar cuáles son los mecanismos por los que se impide o se favorece la realización efectiva del bien común.”3
En el trabajo al que nos venimos refiriendo, Ellacuría hace una hermosa exposición acerca del bien común y lo entrelaza con los derechos humanos. Recurre a la filosofía clásica sobre el tema del bien común, a Aristóteles y, dentro de la tradición cristiana, a Santo Tomás de Aquino que establece la prioridad del bien común sobre los bienes particulares. Pero al buscar su historización, le da al concepto de bien común un dinamismo que lo saca de su abstracción o idealismo. A la justicia y al bien común, es necesario pensarlos desde la realidad que nos ofrece el mal común de las mayorías, la negación sistemática a la vigencia de sus derechos y la injusticia que padecen.
Algunos medios de comunicación ligaban a Ellacuría y a sus compañeros jesuitas asesinados con la Teología de la Liberación. Evidentemente que sí la aceptaban; sin embargo, por el desprestigio de que ha sido objeto este pensamiento teológico por parte de aquellos que monopolizan los bienes y el poder, ligar a los jesuitas con ese movimiento teológico tenía la evidente intención de justificar su eliminación. Ellacuría toma el tema de la Teología de la Liberación y hace puntualizaciones muy importantes diciendo: “Con lo escrito puede bastar para plantear el problema y para situar algunas cuestiones fundamentales en la perspectiva debida. Lo importante en definitiva es salvar la plenitud del mensaje revelador y liberador de Dios en Jesucristo y de lograr su plena eficacia en la historia, con la convicción de que cuanto mejor se desarrolle el primer empeño más eficaz será el segundo; pero también con la convicción de que es necesaria la praxis, la realización histórica del reino de Dios para alcanzar teórica, vivencial y eficazmente la plenitud de ese mensaje.”4
No, ni la Compañía de Jesús ni Ignacio Ellacuría eran culpables de la opresión y la injusticia, las verdaderas causantes de la guerra en El Salvador.
Pero denunciar ese pecado del mal común y la violación sistemática de los derechos humanos, y anunciar el reino de Dios como justicia a los pobres tiene, en un lugar tan conflictivo, graves y lógicas consecuencias: la calumnia y el asesinato al profeta.
Notas:
1 “Derechos humanos en una sociedad dividida”, en Christus, núm. 527, México, octubre de 1979, p. 44.
2 Idem.
3 Ibid, pp. 45 y 46.
4 Diakonia, núm. 46, Managua, junio de 1988, p. 166.
Ignacio Ellacuría, a 20 años de su martirio
Por José Antonio de la Torre Rangel
Con estas palabras: “La Compañía de Jesús no tiene culpa, no es responsable de la opresión y la miseria que padece el pueblo salvadoreño”, Ignacio Ellacuría respondío a un cuestionamiento hecho en una llamada proveniente del programa de la televisión española La Clave, de la cadena estatal TVE –entonces única–, la noche del 20 de diciembre de 1985, en Madrid.
La respuesta del jesuita la motivó una pregunta formulada en el sentido de que la Compañía de Jesús en El Salvador era la responsable directa de la guerra y la violencia que padecía ese país centroamericano. Ellacuría, después de expresar de manera categórica que la violencia y la guerra en el Salvador eran el producto de la miseria y la injusticia que sufría la mayoría de los salvadoreños, explicó que en la Universidad Centroamericana Simeón Cañas (UCA), el marxismo no es la filosofía que se enseña, y que él, meses antes, había servido como mediador entre el FMLN y el gobierno, para la liberación de la hija del entonces presidente de El Salvador, el democristiano José Napoleón Duarte, que fue secuestrada por la insurgencia.
Ignacio Ellacuría, con otros cinco miembros de su orden religiosa y dos personas a su servicio, fue asesinado la madrugada del 16 de noviembre de 1989 en San Salvador, por los “Escuadrones de la Muerte”, grupo paramilitar organizado por la extrema derecha salvadoreña, entonces en el poder a través de su partido ARENA, y que es la responsable de tantas muertes de dirigentes campesinos, sindicalistas y religiosos, entre los que se cuenta el arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980.
Me confieso deudor de Ellacuría y de su Filosofía de la realidad histórica, en algunos puntos que he reflexionado y desarrollado en filosofía del derecho; concretamente cuando hablo del iusnaturalismo histórico. Los temas centrales del iusnaturalismo, tales como el bien común, la justicia y los derechos humanos, tienen una larga trayectoria filosófica. Sin embargo, con razón se pregunta Ellacuría, refiriéndose al bien común y a los derechos humanos –y nosotros podríamos ampliar la pregunta sobre la justicia–: “¿Por qué estos temas tan graves en un correcto planteamiento de la ética personal y de la ética política han tenido tan poca incidencia en la configuración ética de la persona y de la sociedad? ¿Por qué, al contrario, han servido y están sirviendo para una tan permanente negación real del bien común y de los derechos humanos? ¿Cómo se debería orientar el enfoque de este problema para que realmente propiciara un efectivo bien común y un ejercicio actual de los derechos humanos?1
El mismo Ellacuría nos ofrece esta respuesta: el problema de estos temas es “su carácter formal y su interpretación en la línea de la abstracción idealista […] De lo cual resulta que no se tiene claro cuál debe ser en cada situación histórica el contenido del bien común, ni se tiene determinado cual es el camino para conseguirlo”.2 En otras palabras, falta su historización. Y esto acarrea que se acepte lo establecido como justo y como realización del bien común. Y es que el iusnaturalismo afronta el gran peligro de su ahistorización, es decir, de reducirse a conceptos bonitos, pero vacíos de contenidos reales.
Creemos que para aceptar la validez de los postulados iusnaturalistas, es necesario historizar los derechos humanos, la justicia y el bien común. Pues si el Derecho y el Estado se dan en la historia, son reales, la justicia, el bien común y la vigencia de los derechos humanos deben ser también históricos, reales. Si esto no es así, me atrevería a decir que el iusnaturalismo es ineficaz, por su incapacidad de hacer históricos sus postulados. Y una doctrina sin realidad es mera ideología, no incide mayormente en las relaciones reales entre los seres humanos.
Ellacuría nos dice en qué consiste esa historización, que no es otra cosa que “bien ver cómo se está realizando en una circunstancia dada lo que se afirma abstractamente como un ‘deber ser’ del bien común o de los derechos humanos…”, en síntesis: “la historización consiste entonces, en probar como se da en una realidad histórica determinada lo que formalmente se presenta como bien común y como derechos humanos, y en mostrar cuáles son los mecanismos por los que se impide o se favorece la realización efectiva del bien común.”3
En el trabajo al que nos venimos refiriendo, Ellacuría hace una hermosa exposición acerca del bien común y lo entrelaza con los derechos humanos. Recurre a la filosofía clásica sobre el tema del bien común, a Aristóteles y, dentro de la tradición cristiana, a Santo Tomás de Aquino que establece la prioridad del bien común sobre los bienes particulares. Pero al buscar su historización, le da al concepto de bien común un dinamismo que lo saca de su abstracción o idealismo. A la justicia y al bien común, es necesario pensarlos desde la realidad que nos ofrece el mal común de las mayorías, la negación sistemática a la vigencia de sus derechos y la injusticia que padecen.
Algunos medios de comunicación ligaban a Ellacuría y a sus compañeros jesuitas asesinados con la Teología de la Liberación. Evidentemente que sí la aceptaban; sin embargo, por el desprestigio de que ha sido objeto este pensamiento teológico por parte de aquellos que monopolizan los bienes y el poder, ligar a los jesuitas con ese movimiento teológico tenía la evidente intención de justificar su eliminación. Ellacuría toma el tema de la Teología de la Liberación y hace puntualizaciones muy importantes diciendo: “Con lo escrito puede bastar para plantear el problema y para situar algunas cuestiones fundamentales en la perspectiva debida. Lo importante en definitiva es salvar la plenitud del mensaje revelador y liberador de Dios en Jesucristo y de lograr su plena eficacia en la historia, con la convicción de que cuanto mejor se desarrolle el primer empeño más eficaz será el segundo; pero también con la convicción de que es necesaria la praxis, la realización histórica del reino de Dios para alcanzar teórica, vivencial y eficazmente la plenitud de ese mensaje.”4
No, ni la Compañía de Jesús ni Ignacio Ellacuría eran culpables de la opresión y la injusticia, las verdaderas causantes de la guerra en El Salvador.
Pero denunciar ese pecado del mal común y la violación sistemática de los derechos humanos, y anunciar el reino de Dios como justicia a los pobres tiene, en un lugar tan conflictivo, graves y lógicas consecuencias: la calumnia y el asesinato al profeta.
Notas:
1 “Derechos humanos en una sociedad dividida”, en Christus, núm. 527, México, octubre de 1979, p. 44.
2 Idem.
3 Ibid, pp. 45 y 46.
4 Diakonia, núm. 46, Managua, junio de 1988, p. 166.