La encarnación de lo no encarnable

Por Patricia Gutiérrez-Otero

Hacia el final de su vida, en la entrevista que concedió a David Cayley y que póstumamente se publicó bajo el título de un poema de Paul Celan: The Rivers North of the Future, Iván Illich reveló las fuentes espirituales de las que provenía su crítica a la modernidad. Una de ellas era su visión de la encarnación. En el presente texto, Patricia Gutiérrez-Otero, teóloga y subdirectora de la que fue la revista Ixtus, espíritu y cultura, nos revela algunas de las claves de interpretación de ese misterio cuya corrupción ha engendrado la desencarnación de la sociedad tecnógena en la que vivimos.

La encarnación del Verbo es uno de los principios centrales de una de las grandes religiones históricas. El cristianismo fue comprendiendo lentamente esta paradoja, casi un oxímoron: lo Altísimo, el Totalmente Otro, el Infinito tomó forma en una carne (sarx, en griego), en la carne de un hombre. La carne no es el cuerpo (soma, en griego), es la parte más material del cuerpo, es lo que nos hace frágiles y nos somete al paso del tiempo. Es lo que duele, se lastima y sangra, se enferma, envejece, muere; lo que será comida de gusanos. La carne es lo contrario de la divinidad en casi todas las grandes religiones orientales. La carne es también lo que nos hace semejantes a nuestros hermanos, los animales; es la parte sensitiva que capta el mundo alrededor, y en gran medida es aquello con lo que entramos en contacto con los otros y lo que nos hace estar en un lugar, y no en todos al mismo tiempo.

Si el judaísmo estableció la presencia  continua de Dios en la historia de cada hombre y de la humanidad entera, el cristianismo dio un paso más: anunció, como lo dijo Pablo de Tarso, lo que era escándalo para los judíos y locura para los gentiles: Dios en Jesús tomó carne y murió en una cruz. Asimismo, el Credo de los Apóstoles, la más antigua confesión de fe común del cristianismo lo afirmó con fuerza: “Creo en la resurrección de la carne”, de la sarx, en griego, no del soma, cuerpo, concepto más abstracto. A finales del siglo I, la Primera carta de Juan tomaba ya posición contra afirmaciones contrarias, marcadas por el neoplatonismo; para Juan la señal para saber si algo venía del Espíritu de Dios era que: “cualquier espíritu que confiesa que Jesucristo vino en la carne es de Dios, y cualquier espíritu que divide a Jesús, no es de Dios, es el espíritu del anticristo” (I Jn 4, 2-3). Afirmación que en el Credo de Nicea-Constantinopla se retoma al afirmar lo que decidió el Concilio de Calcedonia: que Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre. Afirmación a la que algunas Iglesias orientales hasta la fecha no se han adherido, prefiriendo ver en Jesús sólo a un Dios sin encarnación real, sólo aparente, lo que hoy podríamos llamar una imagen virtual.

Aquí nos encontramos en las antípodas del platonismo y de las religiones orientales en los que prima el dualismo; platonismo y neoplatonismo que no dejaron de influenciar fuertemente al cristianismo primitivo.

La carne del ser humano plantea un serio problema a la razón razonante. El cuerpo carnal es un límite para el alcance y el deseo del espíritu. La carne tiene necesidades, apegos, límites de todo tipo; el mismo aspecto psicológico está ligado a la carne. El espíritu es pura apertura y, en algunos seres, se siente limitado por la carne: la carne es capacidad de memoria, capacidad de pensamiento, relaciones neuronales, traumas psíquicos.

Platón planteó que el ser humano es el resultado de una caída desde el mundo de las ideas del que algunas cayeron al mundo de la materia. Caída quiere decir pérdida. La parte material del ser humano, su carne, es negativa, la prisión del espíritu, aquello de lo que éste debe liberarse para regresar al mundo de las ideas. Lo importante era entonces regresar al mundo ideal. A diferencia del mundo judío en el que Dios creó todo el mundo material, y en él al hombre y a la mujer, exclamando que todo era “bueno” (Gén. 1), la explicación platónica de la creación del mundo material es negativa. Conjugar en el pensamiento dualista lo limitado de la carne y la materia y el deseo de la inteligencia y el espíritu de abarcar el todo y liberarse de los límites que los enjaulan, siempre ha sido un tema difícil. La carne es un límite que el espíritu sufre. Basta pensar en el cansancio del cuerpo que nos impide seguir trabajando, en las fallas de la memoria, en la enfermedad, en el límite del lenguaje que no nos permite decir lo que queremos…

Esto mismo se refleja en las grandes religiones orientales como el hinduismo y el budismo. Todo es maya, pura ilusión. El ser humano está atrapado en la materia, de la que se liberará a través de sucesivas reencarnaciones en las que cumplirá su karma. En principio se reintegrará en el gran todo, como una gota en el océano. Sus diversos pasos por la tierra son sólo un modo de reintegrarse al lugar de dónde salió. La carne es una especie de vehículo para avanzar en la reintegración.

Cuando Iván Illich habla de la desencarnación lo hace en el marco del pensamiento cristiano: el mundo material no es un lugar de caída, es una parte de lo divino. No hay que olvidar que así como las diversas artes pueden abrir espacios de pensamiento con sus intuiciones poéticas, asimismo las religiones lo hacen: sus intuiciones espirituales permiten pensar, dan a pensar. Un ejemplo evidente de esto, aunque esté ya sobrepasado, es la hipótesis del big-bang, que parte de la narración de la creación exnihilo. Del mismo modo, la encarnación de lo no encarnable da a pensar, permite pensar lo que verdaderamente es el ser humano y rompe marcos conceptuales rígidos, algo que a la razón formada en Occidente duele y daña, pues está acostumbrada al pensamiento claro y dicotómico.

De alguna manera paradójica –el cristianismo es eminentemente paradójico–, el Occidente que se formó en los dos últimos milenios de la mano del cristianismo, es el que permitió también el surgimiento de la técnica que cumple en gran medida el sueño de la razón: liberarse del mundo carnal que lo limita. Es el sueño que ya se presentaba en la Biblia con la narración de Adán y Eva, con la narración de la torre de Babel.

La técnica contemporánea permite romper el aquí y el ahora al que nos ligaba el cuerpo. Illich se refiere a la “pérdida del mundo y de la carne”, para hablar de esta recolocación. Con la técnica vamos hacia una pérdida del uso de los sentidos, hacia una pérdida del lugar, del hic y nunc, del aquí y ahora y, finalmente, hacia una pérdida de la libertad. Las nuevas y potentes técnicas –desde las informáticas hasta las reproductivas, pasando por la criogénesis y todo lo que busca evitar el último límite, la muerte– permiten entrar en una “pseudoliberación”. Illich lo vio y lo lamentó. Lamentó la pérdida de la libertad que da la carne. Contrariamente a los pensamientos anticarnales, Illich sabe que la grandeza del hombre está en su encarnación. La entrada en los sistemas, la entrada en las nuevas técnicas, hacen perder pie y libertad al hombre concreto. La nueva torre de Babel es tan falsa como la antigua.

Evidentemente, esta “libertad carnal” no se percibe tan fácilmente, es algo que entra dentro de cierta visión del hombre y el mundo. Sin embargo, debo narrar una anécdota personal. Mientras pensaba en este breve texto, estuvo conmigo un sobrino de 23 años, adicto al internet, los juegos y al Youtube. Mi computadora estuvo ocupada todo el día por él, por Luis Enrique. Sin embargo, en una plática me dijo: “Me quiero ir de mi casa porque mis padres están haciendo con mi hermanito –de 12 años– lo que hicieron conmigo. Por eso, cuando salgo, le pongo una clave a la compu, para que él no pueda entrar, para que no se le vuelva un vicio, como lo es para mí, para que salga y juegue con otros niños.”

La pérdida de los sentidos empezó con un pensamiento racional, pero limitado, no simbólico: la tierra gira alrededor del sol porque aunque veas que el sol sale y se esconde, no es como lo ves. No es así. Es como lo determina la ciencia. Lo que ves, decían, no es real: lo real es lo que la ciencia descubre. Y no dejaban de tener razón al decir eso, pero destruyeron el entramado simbólico que es tan necesario para el hombre y, con su visión, destruyeron lo que es propio del ser humano: su estar aquí y ahora. Su ser simplemente humanos. Seres imperfectos, finitos con esperanza en la divinidad. Seres que en la carne nos jugamos nuestro fin eterno. Seres limitados, en cuya limitación está su posibilidad de redención. Seres libres, al fin y al cabo. El amor también se juega en una historia de elecciones y no elecciones. No es algo ideal. Es algo tan concreto como un tú y un yo, fuera de normatividades y de ideales. Es una cuestión de encarnación. Idealismo o concretud. Esa es la elección. Un ideal técnicamente cada vez más realizable o una realidad compleja.  

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