El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor.
León Bloy
Y fíjense si sé Yo lo insidiosa que es mi gracia y cómo sabe revolverse y jugar (es hasta más astuta que una mujer),/ pues todo lo que ella hace jugando con el hombre es dar vueltas y más vueltas/ para salvar al hombre e impedirle pecar.
Charles Péguy
Dios tiene la culpa cuando blasfemar es la única forma de creer en Él y salvarse, una tarea odiosa e inevitable. Ante el dolor no se ve cómo puede creerse en Dios. Si Dios existe, ¿por qué el dolor? ¿Y por qué ese creador tan poco digno de crédito, puso en nuestro pecho la enfermiza necesidad del amor, haciéndolo, sin su intervención, imposible?
Un prejuicio del laicismo ilustrado lo formuló Feuerbach al sugerir que no es el hombre criatura divina, sino Dios criatura del hombre, una suerte de proyección hiperbólica de las carencias humanas: el consuelo hechizo al alcance de la hondura de su fractura fundamental. Según esto, “creyente” es sinónimo de “fanático” y ambos términos se refieren a cierta especie de histéricos incapaces de enfrentar la vida y la muerte sin el respaldo de un cuento de hadas. Pero, ¿y si el cristianismo no fuera una evasión y creer en Dios implicara correr el riesgo de amar, de sufrir?
Hasta la mitad, el libro El fin de la aventura, del espía y escritor inglésGraham Greene (1904-1991), cuentauna historia convencional, en aparienciamuy sencilla. Todo ocurre enun Londres aturdido por los bombardeosde la segunda guerra mundial endonde un escritor mediocre, MauriceBendrix, tiene una aventura con SarahMiles, la esposa de su amigo Henry,un funcionario con una carreramás o menos lustrosa. Los celos, lairritabilidad y la suspicacia de Bendrixvan minando la relación hasta que ellase marcha y concluye la aventura.
Dos años después del rompimiento,el odio y el amor de Bendrix no hancedido un punto y, celoso aún, haceseguir a Sarah por un detective, el buenazode Parkis –contrapunto cómicode la historia, que la hace, en contraste,aún más deprimente.
La de Sarah y Bendrix es una relaciónenfermiza de catálogo: inestable,pasional, explosiva. Dos soledades intentandopor todos los medios eludir eldesierto interior: “¡Nos sentimos a vecestan felices! Y, sin embargo, nunca hemossido más desgraciados. Es como siestuviéramos trabajando juntos en lamisma estatua, cada uno tallando el sufrimientodel otro”.
Esta clase de descripciones, dolorosamente sinceras y flemáticas, inglesamente puntuales, pueblan la novela. El ambiente sórdido, depresivo, que la domina, descansa sobre ellas. Llena de confesiones domésticas incómodas, de acciones ramplonas y ordinarias, El finde la aventura hace un catálogo de las pequeñas trampas que nos tendemos para dominar, de nuestras mezquindades mediocres, de las mil y una estratagemas ordinarias, no heroicas, de las que está llena nuestra vida, que ni exaltan lo humano ni dan otro afeite al mito inmaculado del amor. Terrenos baldíos de Dios. Escenas tan sórdidas como ir al baño.
Todos estos detalles consiguen que el retrato anímico de los personajes, que surgen frente a nosotros por obra de la acción, sea de una proximidad sorprendente. Se tiene la sensación de que somos descritos en este o aquel trazo de un personaje, de que allí, el hombre contemporáneo –el buen burgués que lleva a cabo sus pequeños proyectos– aparece con sus modestas alegrías, sus amorcillos y sus mediocres paseos.
Sin embargo, en algún punto de la novela hay un giro inesperado –con el que Greene hace gala de su dominio del género policíaco–, que hace que toda la historia exija ser reinterpretada. En la conclusión abrupta del amorío está involucrado, como sospechara Bendrix, un tercer amante –aún más celoso que él–, uno del que no se podría sospechar, porque es increíble su existencia: Dios.
Greene consigue narrar, para explicar su entrada en la narración, el milagro más inverosímil que habita la Literatura, el de la gracia que cambia todo el curso de la historia (como otro, hace tiempo, cambió el de la Historia). Con ello, Greene no sólo encuentra en el drama de la fe el pretexto para escribir sus mejores novelas, sino que reconoce que la gracia de la santidad, a estas alturas de la Historia, sólo puede surgir de lo ordinario, de las vidas comunes y grises de los hombres. Así, el verdadero tema de esta novela es el carácter insidioso de la gracia, que Greene presenta como un perro enconado que atrapa a su presa entre los dientes y no le da tregua. Lo mismo que Bendrix, Dios resulta un amante celoso, incapaz de ceder la posesión exclusiva de su amada a quien orilla, a regañadientes y casi a su pesar, a amarlo.
Bajo esa óptica, Greene captura muy bien el carácter ambiguo de la bendición divina: los elegidos son, a la vez y por virtud de su elección, malditos. La santidad no es envidiable. ¿O alguien quiere el lugar de Abraham al costo del sacrificio del propio hijo? Todo aquel que responde a la gracia o se abre a su llamado lo pierde todo para recuperarlo transformado por la vía del sufrimiento. Sarah salva a Bendrix de morir en un bombardeo que destruye el departamento en donde han hecho el amor, con el costo de dejarlo de ver, es decir, de perderlo. Su renuncia, que la abre al amor divino, es también la aceptación de una existencia desértica. De ahí su grito tan humano, su reclamo: “Necesito a Maurice. Necesito el amor humano corriente y corrompido”, y la profundidad de su aceptación: “[…] nada quedó cuando terminamos que no fueras Tú. Para uno y otro”.
Si Dios persigue insidiosamente a Sarah, a Bendrix y, a final de cuentas, al marido, es porque quiere salvarlos. La lucha, como lo muestra la novela, es terrible, una lucha semejante a la de Jacobo con el ángel, una lucha en la que –porque en ella se juega el misterio del amor– ganar es siempre perder. En el amor, y al precio de la salvación o de la condena eterna, nadie se libra de apostar.
“El fin de la aventura” de Graham Greene
Por Juan Manuel Escamilla
El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor.
León Bloy
Y fíjense si sé Yo lo insidiosa que es mi gracia y cómo sabe revolverse y jugar (es hasta más astuta que una mujer),/ pues todo lo que ella hace jugando con el hombre es dar vueltas y más vueltas/ para salvar al hombre e impedirle pecar.
Charles Péguy
Dios tiene la culpa cuando blasfemar es la única forma de creer en Él y salvarse, una tarea odiosa e inevitable. Ante el dolor no se ve cómo puede creerse en Dios. Si Dios existe, ¿por qué el dolor? ¿Y por qué ese creador tan poco digno de crédito, puso en nuestro pecho la enfermiza necesidad del amor, haciéndolo, sin su intervención, imposible?
Un prejuicio del laicismo ilustrado lo formuló Feuerbach al sugerir que no es el hombre criatura divina, sino Dios criatura del hombre, una suerte de proyección hiperbólica de las carencias humanas: el consuelo hechizo al alcance de la hondura de su fractura fundamental. Según esto, “creyente” es sinónimo de “fanático” y ambos términos se refieren a cierta especie de histéricos incapaces de enfrentar la vida y la muerte sin el respaldo de un cuento de hadas. Pero, ¿y si el cristianismo no fuera una evasión y creer en Dios implicara correr el riesgo de amar, de sufrir?
Hasta la mitad, el libro El fin de la aventura, del espía y escritor inglés Graham Greene (1904-1991), cuenta una historia convencional, en apariencia muy sencilla. Todo ocurre en un Londres aturdido por los bombardeos de la segunda guerra mundial en donde un escritor mediocre, Maurice Bendrix, tiene una aventura con Sarah Miles, la esposa de su amigo Henry, un funcionario con una carrera más o menos lustrosa. Los celos, la irritabilidad y la suspicacia de Bendrix van minando la relación hasta que ella se marcha y concluye la aventura.
Dos años después del rompimiento, el odio y el amor de Bendrix no han cedido un punto y, celoso aún, hace seguir a Sarah por un detective, el buenazo de Parkis –contrapunto cómico de la historia, que la hace, en contraste, aún más deprimente.
La de Sarah y Bendrix es una relación enfermiza de catálogo: inestable, pasional, explosiva. Dos soledades intentando por todos los medios eludir el desierto interior: “¡Nos sentimos a veces tan felices! Y, sin embargo, nunca hemos sido más desgraciados. Es como si estuviéramos trabajando juntos en la misma estatua, cada uno tallando el sufrimiento del otro”.
Esta clase de descripciones, dolorosamente sinceras y flemáticas, inglesamente puntuales, pueblan la novela. El ambiente sórdido, depresivo, que la domina, descansa sobre ellas. Llena de confesiones domésticas incómodas, de acciones ramplonas y ordinarias, El fin de la aventura hace un catálogo de las pequeñas trampas que nos tendemos para dominar, de nuestras mezquindades mediocres, de las mil y una estratagemas ordinarias, no heroicas, de las que está llena nuestra vida, que ni exaltan lo humano ni dan otro afeite al mito inmaculado del amor. Terrenos baldíos de Dios. Escenas tan sórdidas como ir al baño.
Todos estos detalles consiguen que el retrato anímico de los personajes, que surgen frente a nosotros por obra de la acción, sea de una proximidad sorprendente. Se tiene la sensación de que somos descritos en este o aquel trazo de un personaje, de que allí, el hombre contemporáneo –el buen burgués que lleva a cabo sus pequeños proyectos– aparece con sus modestas alegrías, sus amorcillos y sus mediocres paseos.
Sin embargo, en algún punto de la novela hay un giro inesperado –con el que Greene hace gala de su dominio del género policíaco–, que hace que toda la historia exija ser reinterpretada. En la conclusión abrupta del amorío está involucrado, como sospechara Bendrix, un tercer amante –aún más celoso que él–, uno del que no se podría sospechar, porque es increíble su existencia: Dios.
Greene consigue narrar, para explicar su entrada en la narración, el milagro más inverosímil que habita la Literatura, el de la gracia que cambia todo el curso de la historia (como otro, hace tiempo, cambió el de la Historia). Con ello, Greene no sólo encuentra en el drama de la fe el pretexto para escribir sus mejores novelas, sino que reconoce que la gracia de la santidad, a estas alturas de la Historia, sólo puede surgir de lo ordinario, de las vidas comunes y grises de los hombres. Así, el verdadero tema de esta novela es el carácter insidioso de la gracia, que Greene presenta como un perro enconado que atrapa a su presa entre los dientes y no le da tregua. Lo mismo que Bendrix, Dios resulta un amante celoso, incapaz de ceder la posesión exclusiva de su amada a quien orilla, a regañadientes y casi a su pesar, a amarlo.
Bajo esa óptica, Greene captura muy bien el carácter ambiguo de la bendición divina: los elegidos son, a la vez y por virtud de su elección, malditos. La santidad no es envidiable. ¿O alguien quiere el lugar de Abraham al costo del sacrificio del propio hijo? Todo aquel que responde a la gracia o se abre a su llamado lo pierde todo para recuperarlo transformado por la vía del sufrimiento. Sarah salva a Bendrix de morir en un bombardeo que destruye el departamento en donde han hecho el amor, con el costo de dejarlo de ver, es decir, de perderlo. Su renuncia, que la abre al amor divino, es también la aceptación de una existencia desértica. De ahí su grito tan humano, su reclamo: “Necesito a Maurice. Necesito el amor humano corriente y corrompido”, y la profundidad de su aceptación: “[…] nada quedó cuando terminamos que no fueras Tú. Para uno y otro”.
Si Dios persigue insidiosamente a Sarah, a Bendrix y, a final de cuentas, al marido, es porque quiere salvarlos. La lucha, como lo muestra la novela, es terrible, una lucha semejante a la de Jacobo con el ángel, una lucha en la que –porque en ella se juega el misterio del amor– ganar es siempre perder. En el amor, y al precio de la salvación o de la condena eterna, nadie se libra de apostar.