Hacia una ontología del embrión humano

Por Rodrigo Guerra López

Durante los largos y arduos debates sobre la despenalización del aborto, el filósofo Rodrigo Guerra López, en el Coloquio Internacional “Vida y Derecho a la Vida”, que se llevó a cabo en la Universidad Panamericana, presentó la siguiente ponencia. En ella, Guerra, retomando el lenguaje científico y los últimos descubrimientos que se han hecho en este terreno, no sólo formula una ontología sobre lo que la asepsia científica ha dado en llamar “el embrión humano”, sino que a partir de allí establece elementos fundamentales en el orden de la ciencia y de la filosofía para repensar no tanto el aborto como lo que la vida en su sentido de misterio significa.

Elaborar una ontología del embrión humano puede resultar extraño al profesional de la filosofía. Dentro del amplio universo de cuestiones filosóficas, las motivadas por la biología, y más aún por la biología del desarrollo, no suelen ser las más socorridas. Es más fácil encontrar en la actualidad filósofos dedicados a explorar el pensamiento de algún autor importante que dedicados a indagar un objeto que de entrada parece ser tema y problema primario de la biología del desarrollo.

El hecho de que cada ciencia se especifique por su objeto parece acentuar esta situación. Si bien el ser humano ha sido tema de reflexión filosófica desde la más remota antigüedad, cuando hablamos de “embrión humano” nos referimos a un estado de cosas que involucra un proceso de desarrollo biológico que para ser entendido reclama por parte del observador una competencia en saberes como la anatomía, la fisiología, la genómica, la bioquímica molecular, la bioinformática, etc. Dicho de otro modo, la expresión “embrión humano” se refiere a un momento particular de un largo proceso de desarrollo que principalmente pareciera explicarse por el crecimiento y el aumento de complejidad de las estructuras y funciones propias del cuerpo humano. La filosofía al autopresentarse como un saber abstracto y fundamental desde el punto de vista metaempírico, parecería encontrarse muy lejos de estos asuntos.

Sin embargo, si recordamos los orígenes de la filosofía no debe resultar extraño que los filósofos nos dediquemos a este tipo de cuestiones. Al contrario, es significativo que para un filósofo como Aristóteles la ontología como teoría de la sustancia se construye a partir de la base de un conjunto de observaciones sobre los vivientes.1 Estas observaciones serán sumamente amplias y diversificadas si eventualmente se incluyen algunas de las primeras investigaciones embriológicas que se conocen en la historia de la humanidad.2

Asimismo, desde el punto de vista de la realidad considerada en sí misma, es importante cobrar conciencia respecto a que las ciencias de hechos, si bien exploran ciertas dimensiones de la dinámica causal y explicativa de las cosas, reclaman siempre una comprensión ulterior que busque, más allá de la descripción de fenómenos frecuentes y de la enunciación de leyes generales, principios auténticamente universales y hasta necesarios. Esto, que es válido respecto de toda ciencia particular, es especialmente importante para la biología del desarrollo humano: no basta mostrar cómo sucede la embriogénesis, es preciso indagar por qué sucede así, cuáles son las razones más profundas que explican la generación del ser humano y, en el fondo, cuál es el estatuto ontológico de la vida humana naciente y de las diversas etapas que recorre.

Descalificaciones, prejuicios y sobresimplificaciones

Un primer asunto que es imposible obviar al comienzo de una indagación como la que realizamos es reconocer que existen numerosas descalificaciones y prejuicios en quienes participamos en el debate actual sobre el estatuto ontológico del embrión humano. No es extraño observar que muchos de quienes defienden la condición personal del embrión humano en momentos posteriores a la concepción suelen sostener que sus detractores, a veces aglutinados dentro de alguna postura de bioética personalista o al menos iusnaturalista, fundamentan la sacralidad de la vida humana únicamente desde creencias religiosas, sólo válidas como convicciones para la vida privada. En algunas otras ocasiones se irá aún más lejos y se descalificará la defensa de la dignidad de la vida desde la concepción por la utilización de argumentos de corte metafísico. Una teoría sobre el inicio de la vida humana que apelara a realidades suprasensibles como el alma infundida por Dios, queda desde esta posición fuera de juego ya que este tipo de entidades no pueden ser verificadas de acuerdo con el rigor propio de las ciencias empíricas. En esta línea Margarita Valdés, una de las más importantes filósofas mexicanas, ha escrito recientemente que “la razón que el conservador suele esgrimir para defender su interpretación es […] una razón religiosa o, si se prefiere, una razón teológico-moral: la idea de que cada nueva vida humana es creada directamente por Dios ‘a su imagen y semejanza’ y que, por lo tanto, es intrínsecamente malo destruirla, o la idea de que Dios nos impone, a través del Papa, la obligación moral de respetar la vida de los fetos. Sin embargo, por respetable que puedan parecernos este tipo de razones, cabe señalar que dependen de la aceptación de una creencia religiosa o de una manera religiosa de ver el mundo y, dada la libertad de creencias consagrada en las constituciones políticas contemporáneas de los Estados democráticos, no es el tipo de razón que pueda servir para justificar ninguna legislación pública al respecto”.3

Más adelante ella misma insistirá en que “habría que señalar que cuando se conceptúa al feto desde el momento de la concepción como persona, a pesar de no tener ninguna de las propiedades distintivas de las personas, o bien se usa la palabra equívocamente o bien se comete un franco error categorial. Sospecho que efectivamente quienes impugnan el aborto desde el momento de la concepción usan el término ‘persona’ equívocamente, con un sentido diferente del normal que pone de manifiesto sus orígenes en ciertas creencias religiosas. Es decir, entienden por persona no algo que tiene características corpóreas y psicológicas, sino, tal vez, algo así como ‘organismo humano con alma’. Dejando a un lado las dificultades con la noción religiosa de ‘alma’, darle este sentido a la palabra y aplicarla al óvulo fecundado, depende, como hemos señalado, de aceptar una visión religiosa del mundo que no necesariamente tenemos que compartir todos bajo pena de caer en la irracionalidad”.4

En estos textos no es difícil advertir que existe una caricaturización excesiva de las cosas. La noción “normal” de persona que se utiliza como referencia parece ignorar la historia más elemental de este término y la larga controversia sobre el constitutivum personae. Algo similar se puede decir respecto del modo como la profesora Valdés se refiere a la noción de ‘alma’. Es ampliamente conocido que filósofos tan diversos como Aristóteles, Tomás de Aquino y Descartes han desarrollado sus respectivas teorías sobe el alma en clave filosófica y no teológica.5 Sin embargo, lo que es sumamente curioso es que de manera simétrica también encontramos importantes imprecisiones en algunas personas que buscan defender la dignidad de la vida humana desde la concepción. La sobresimplificación de los argumentos genera en ocasiones que el diálogo que entablan algunos exponentes de posturas aparentemente “pro-vida” se torne en un conjunto de alegatos que, en nombre de la verdad, distorsionan la verdad sobre el hombre y el necesario diálogo científico riguroso. Por ejemplo, una importante y brillante bioeticista mexicana de la que no dudamos sobre su interés y dedicación sincera en la defensa de la vida, Pilar Calva, nos dice en uno de sus textos: “El conocimiento moderno de la biología molecular nos permite constatar que todo ser vivo tiene un genoma propio de su especie; esto es precisamente lo que le define como miembro de esa especie y no de otra […] Refiriéndonos concretamente al genoma humano, éste nos hace ser personas y no pertenecer o dudar a qué especie pertenecemos; de igual forma, la individualidad del mismo nos hace únicos e irrepetibles.”6

Considerar que el genoma nos hace ser personas e individuos no resiste un análisis biológico o filosófico riguroso. Baste mencionar que: a) muchas de las células de nuestro cuerpo aún separadas de él poseen carga genética completa y no son personas, y b) es absolutamente imposible sostener que la condición personal en cuanto personal se identifique unívocamente con un sistema material complejo determinado, aunque como es evidente en el caso de la persona humana, éste se encuentre incluido. Nuevamente se prescinde de toda la historia sobre la noción de persona, su carácter trascendental (no predicamental) y su constitutivo real. También se prescinde de las teorías personalistas contemporáneas que han avanzado más allá de las teorías medievales y modernas sobre este tema. No podemos proseguir en este momento con estas consideraciones.7

Lo importante aquí es constatar que existe una turbulencia indeseable en las discusiones sobre el estatuto del embrión humano que nos invita a reconsiderar las cosas buscando siempre dialogar y aprender del otro, buscando hacer ciencia con rigor bajo la confianza de que la verdad, aunque sea compleja, está ahí esperando a ser develada.

El desafío filosófico de la totipotencialidad de las células embrionarias

Manuales de bioética como el de Elio Sgreccia atendieron en su momento con sumo tino las cuestiones fundamentales en torno a la vida humana y a los nuevos desafíos biotecnológicos que se presentaban a finales de la década de los ochenta y principios de la década de los noventa.8 Estos manuales trataban de elaborar un discurso culto, principalmente orientado a la formación de profesionales de la salud y agentes de pastoral que requerían tener una cierta iluminación para el momento de tomar decisiones concretas, ya sea en hospitales y centros de salud o en la consejería espiritual o institucional.

Sin embargo, conforme pasó el tiempo, los argumentos ofrecidos comenzaron a mostrar, desde mi punto de vista, una doble debilidad: por una parte, el fundamento filosófico que justificaba los puntos más álgidos resultaba débil cuando aparecía un interlocutor bien formado en alguna filosofía contemporánea. Los manuales daban por resuelta una gran cantidad de problemas filosóficos sobre la relación entre sustancia y accidentes, sobre la relación entre la naturaleza como esencia y la naturaleza como conjunto de características físicobiológicas, sobre el origen y fundamento de la dignidad humana y, en algunas ocasiones, se llegaban a apreciar exposiciones sumamente esquemáticas de la ley natural que fácilmente caían en falacia naturalista.

Por otra parte, algunos manuales católicos ofrecían (y a veces continúan ofreciendo) exposiciones sumamente compendiadas de embriología y de genética (que no de genómica y de proteómica) que reproducían más o menos las ideas estándar sobre el genoma divulgadas hacia los años sesenta.

En efecto, el descubrimiento de los genes y del ADN que los constituye permitió durante algunas décadas contemplar cierto resurgimiento de una versión modificada de “preformacionismo”, es decir, de la teoría que sostiene que las características fenotípicas del individuo humano adulto se encuentran de alguna manera precontenidas en su genotipo originario. Así, hace 40 años, como fruto de la eclosión de la biología molecular, muchos textos sobre estas materias presentaban de manera más o menos explícita una relación directa y determinista entre los genes y la realidad biológica resultante luego de su desarrollo. Parecía claro que la información genética era no sólo necesaria, sino también suficiente para constituir a un organismo vivo maduro y por lo tanto que podría considerarse completo desde el punto de vista de su plan básico de desarrollo configurado precisamente desde el momento de la fecundación.

La manualística católica inspirada en una filosofía de raíz tomista, pareció descubrir un fuerte respaldo empírico en este terreno para afirmar que la persona está ya en acto desde el momento de la fusión de los gametos. Todos los argumentos sobre la supuesta existencia de una “persona en potencia” o de un “preembrión” antes de la implantación caían con facilidad debido a la afirmación simultánea de: a) el papel conductor del desarrollo que realizaba el genoma de acuerdo con un modelo más o menos determinista, y b) la teoría filosófica que parecía explicarlo: el cambio que sucede en el viviente humano a partir de la fecundación es de orden accidental y está direccionado teleológicamente. El sujeto del cambio está ya en acto y por ello en potencia activa para desplegar las virtualidades orgánicas y eventualmente operativas de las persona humana adulta.

Sin embargo, conforme se fue acercando el final del siglo XX se descubrieron gradualmente los mecanismos de activación y represión de los genes y el proceso detallado que va desde la información genotípica hasta la aparición de las características fenotípicas. En este proceso de gran complejidad, evidentemente intervienen las informaciones genéticas, pero también, en gran dosis, las de procedencia extragenética al grado de que cuando estas últimas no hacen acto de presencia el fenotipo se altera o resulta inviable. Un ejemplo que en la actualidad se suele poner a este respecto es la función de la hormona T4 materna. Esta hormona se comunica de la madre al embrión en cierto momento de su desarrollo antes de que éste pueda expresar su propia T4. La hormona regula la expresión de los genes del embrión que son esenciales para el desarrollo del sistema nervioso.

De esta manera comenzó a argumentarse lo que hoy constituye un problema filosófico importante: pareciera que los seres vivos, y entre ellos el ser humano, necesitan de un periodo constituyente en el que la información genética y epigenética concurren. Mientras ese período de constitución no culmina, el ser humano adulto es una mera posibilidad entre varias. De aquí que para muchos científicos actualmente no pueda decirse con seguridad que existe una persona en acto desde el momento mismo de la concepción. El número de días en el que se reconoce un auténtico sujeto individual variará dependiendo de los criterios de sustancialidad elegidos.

No me concentraré en esta cuestión, sino más bien en otro punto esencial de dilucidar: ¿es concluyente que un óvulo recién fecundado se encuentra en un estado de indiferenciación fundamental que sólo se orienta hacia una determinada dirección gracias al contexto que le brinda el útero de la madre? ¿Es el cigoto, sobre todo antes de la primera división celular, un tejido totipotencial humano al que aún no se le puede afirmar la condición personal?, o en lenguaje más filosófico: ¿el telos del cigoto se encuentra abierto hacia diversos destinos que se irán gradualmente especificando con el paso de los días? ¿Qué tipo de cambio se da cuando el cigoto pasa a convertirse en un embrión de dos células? ¿Es un cambio sustancial o es un cambio accidental?

Antes de responder a estas preguntas conviene tener presente que las células embrionarias en los primeros estadios de su desarrollo tienen la potencialidad de dar de sí todos los tejidos de un nuevo individuo incluidas las membranas extraembrionarias que forman la placenta; más aún, pueden dar lugar a un ser vivo entero. Por esto se les denomina “totipotentes”. La totipotencialidad revela un importante grado de indiferenciación respecto del fenotipo final, lo cual parece refutar a la teoría que propone que las formas de los órganos, aparatos y sistemas se encuentran de alguna manera desde la fecundación. Al contrario, las formas parecieran adquirirse poco a poco. Esto no significa que el genotipo sea irrelevante. Lo que significa para muchos científicos es que si bien existe un programa básico en la información contenida en el genoma, este programa no contiene toda la información necesaria y suficiente para generar un nuevo ser vivo. El cigoto no es amorfo, pertenece a la misma especie que sus progenitores, pero requiere diferenciarse gradualmente luego de la concepción. Los factores epigenéticos, según algunos, son tan esenciales como los genéticos para el desarrollo de un ser humano completo. De este modo podríamos decir entonces que la cuestión filosófica en este tema se puede formular así: pareciera que el cigoto está vivo en acto, pero aún requiere de información que él no porta para direccionar su desarrollo hacia un organismo humano completo.9 El telos de un embrión humano se cofiguraría, al menos de manera parcial, de modo contextual.

Lo esencial biológico y lo esencial óntico

En la anterior explicación me parece que es fácil traslapar planos y lenguajes propios de la biología a los de la filosofía y viceversa. Soy de la opinión de que estos planos no son totalmente heterogéneos. Sin embargo, es preciso hacer algunas puntualizaciones para no caer en errores graves.

Una primera cuestión que es preciso tratar es el papel “esencial” que poseen ciertos elementos del contexto en la configuración de la información básica necesaria para dar lugar a un ser humano completo. Es cierto que existen distintos elementos del exterior que colaboran a que la expresión de los genes pueda darse de manera tal que se facilite el desarrollo de una persona. Sin embargo, lo que producen estos elementos es justamente la activación de la capacidad de un gen que posee por sí una cierta función al interior de la célula. Dicho de otro modo: en el caso de la hormona materna T4 antes señalada, existen de parte del embrión receptores proteicos de la hormona. Una vez comenzado el proceso de interacción de la T4 materna con receptores embrionarios, el propio embrión produce esta hormona. De esta manera podemos ver que el tipo de interacción realizada en este ejemplo activa a un gen para que deje de estar silente, no para darle toda su capacidad génica. La ‘esencialidad’ de la hormona T4 materna resulta entonces relativa o accidental desde un punto de vista filosófico. La hormona es una condición necesaria para que una potencia activa pueda desplegarse. Sin embargo, no constituye a esta potencia como tal en el sentido radical del término.

Asimismo, es preciso notar que los genes no son los sujetos responsables de conducir todo el desarrollo, sino la célula o el organismo pluricelular que los posee el que como un todo actúa y se desarrolla. Esto es verdadero no sólo por la relación que se establece entre parte (genoma) y todo (por ejemplo, el cigoto). Sino porque, además, existen elementos celulares citoplasmáticos que poseen información capaz de hacer que el núcleo se reprograme y se direccione hacia cierto estado. Que en ellos existan materiales procedentes, por ejemplo, de la madre, no significa que no exista un destino anterior y originario que los conduzca hacia una dirección precisa. Lo que significa es que el contexto enriquece la información y si éste varía dramáticamente puede llegar a violentar el telos originario.

Al llegar a este punto es necesario preguntarse: ¿en realidad existe un telos originario? ¿No es precisamente la ausencia de este telos lo que nos permite hablar de la relativa indeterminación de las células totipotenciales?


Recuperando un telos originario direccionado hacia un destino específico e individual

Hasta hace no mucho, la caída de cualquier forma de preformacionismo, vía el descubrimiento de la totipotencialidad de las células embrionarias, parecía definitivo. Se pensaba que la indistinción de las células totipotenciales terminaba en la gastrulación, hacia el día 14, fecha en la que gracias a la implantación se disparaba un proceso direccionado de diferenciación que no puede más que conducir a un ser humano completo.

Sin embargo, me parece que hoy es posible detectar un indicador empírico de un telos específico e individual anterior a la fusión de las cadenas de ADN. Dicho de otra manera: si bien existe cierta indistinción a nivel del genoma en las células embrionarias totipotenciales, ésta no es más que un momento dentro del proceso de un todo que se encuentra desarrollándose al modo de un continuo, cuyo orden fundamental está determinado con anterioridad a la constitución del propio genoma. ¿A qué nos referimos?

El 8 de julio de 2002, la revista Nature publicó una nota científica en la que de manera abreviada se reportaba un conjunto de resultados que Helen Pearson, la autora, reconocía como “un cambio sorprendente en el pensamiento embriológico”.10 Al parecer, la determinación más originaria del cigoto no procede del genoma sino de algo anterior a él.

El primer hallazgo que ayudó a determinar que el blastocisto no es una célula sin destino determinado apareció hacia 1980. Jean Smith, del Queen´s College, mostró que el blastocisto de ratón no era una esfera simétrica, sino que poseía una ligera distorsión con ejes geométricos reconocibles que preconizaban los ejes del fenotipo final.11 Posteriormente, Richard Gardner, de la Universidad de Oxford descubrió, en 1997, que el segundo cuerpo polar, es decir, un par de cromosomas sobrantes, se adhería a la pared del embrión marcándolo y permitiendo observar que este cuerpo definía una línea de latitud dividiendo el hemisferio superior –que contiene la masa celular interna– del hemisferio inferior. Esto sugería que la parte superior e inferior del óvulo se alinea y determina los lados izquierdo y derecho del blastocisto.12

Sin embargo, sería Magdalena Zernicka-Goetz la que descubriría algo más: el patrón espacial o topológico de organización del cigoto es conservado en el embrión aún después de la implantación. Simultáneamente, ella sospechó otra cosa igualmente importante: que el acto de fertilización podía ser parte de los factores determinantes de esta estructuración primigenia. Así, inyectó marcas fluorescentes bajo la cubierta de óvulos de ratón en el punto en el que había penetrado el espermatozoide descubriendo que la posición de la incisión en la pared del óvulo coincide aproximadamente con el ecuador de la primera división celular, es decir, el punto de ingreso del espermatozoide determina dónde se divide primero la célula.13 En experimentos subsecuentes, Zernicka-Goetz pintó las dos primeras células, una con rojo y la otra con azul. Luego rastreó sus descendientes en el blastocisto. Así pudo comprobar que una célula da origen a la masa celular interna y, la otra, a la placenta y los demás tejidos de apoyo. En conclusión: la primera división celular influye en el destino de cada célula y por último en todos los tejidos del cuerpo.14 El estudio definitivo sobre esta cuestión se publicó el 17 de marzo de 2005 en la revista Nature.15

Desde mi punto de vista, estos hallazgos empíricos poseen un significado filosófico particular: la fecundación no es un hecho instantáneo. Tiene cierta duración. Sin embargo, todo lo que sucede en este breve proceso se encuentra conducido desde su inicio por un plan que apunta hacia un estado de cosas unificado, cualificado y configurado. El plan no es ni la pura estructura topológica básica que se determina con el punto de entrada del espermatozoide dentro del óvulo, ni el genoma por separado, ni la información más originaria que se encuentra en el citoplasma. El plan a realizar está construido con todos estos factores, pero posee un factor esencial y originante. Así como en biología teorética se denomina “determinación” al estado que adquiere una célula o población celular en desarrollo, por medio del cual ha elegido un determinado destino, y así como todos reconocen que la determinación ocurre con anterioridad a las manifestaciones estructurales y fisiológicas características de una población celular,16 de la misma manera, me parece, es posible afirmar que el genoma, aún antes de expresarse de una manera tal que posea un destino asegurado y dirigido hacia la constitución de un ser humano completo, posee ya una dirección no sólo específica, es decir, no sólo determinante de la pertenencia a una cierta especie biológica, sino individualizante, es decir, constructora de la singularidad irrepetible del ser vivo en cuestión.

Esto no quiere decir que un hecho particular, ya sea la penetración del espermatozoide en el óvulo, ya sea la combinación de las cadenas de ADN procedentes del gameto masculino y femenino, sean el fundamento de la individuación de un ente vivo como el ser humano. Lo que deseamos decir es que ambos momentos son signos expresivos a nivel empírico del orden inteligible que puede ser detectado tanto en el todo sincrónico como en el proceso total del desarrollo diacrónico del embrión humano.

En efecto, el orden de las partes que integran el todo del cigoto, desde el momento en que éste comienza a ordenarse espacialmente a partir de ejes, muestra una unidad en la que la innovación de propiedades emergentes en diversas etapas no rompe su continuidad básica, sino que muestra una cierta autoafirmación de este orden inteligible que desde el origen estructura tanto la configuración genética como la manera en la que ésta se enriquece epigenéticamente. Soy de la opinión de que el óvulo recién fecundado tiene fenotipo de cigoto por que éste se encuentra como ser-en-acto y esta condición permite que en cada instante sucesivo –y con el concurso del contexto– el plan estructurante y originario del embrión humano conduzca el proceso de desarrollo. El plan estructurante, desde mi punto de vista, es el factor determinante, es decir, activante de lo que se manifiesta en el orden empírico. El plan es sin duda en parte un fenómeno informacional complejo. Sin embargo, la información es información en la medida en que el puro dato se encuentra organizado. Dicho de otro modo, el soporte químico de la información genética, o el soporte químico del mismísimo proceso de construcción de ejes embrionarios, requiere de un elemento en acto que le dé unidad, cualificación y configuración.

De manera análoga a como una pieza musical no es sólo el conjunto de sonidos que la integran, sino también el orden sincrónico y diacrónico de estos sonidos que la hace ser no sólo un caso de la especie “música” sino “esta pieza musical concreta”, así el desarrollo embrionario parece estar conducido por una forma o perfección inteligible e individual en acto que organiza las partes y las integra en un todo unitario. Este plan en acto posee de un modo virtual o incoado el telos del ser humano completo y maduro. Este plan en acto no se encuentra separado del organismo viviente humano, sino inmerso en él haciéndolo ser lo que es. Es un plan interconstruido con el cuerpo viviente humano (Leib), sin el cual las partes que lo integran operarían de manera no sinérgica y complementaria en orden a mantener la unidad, sino cada una por su cuenta y de acuerdo con sus características intrínsecas aisladas. Precisamente por todo esto, me parece que el plan estructurante y el proceso complejo y enriquecible epigenéticamente que gobierna, puede ser definido como un acto que posee como función principal sostener en su destino individual al embrión humanoUn acto que sostiene en su dirección teleológica a un ente se denomina desde la Antigüedad enteléjeia,17 esto es, ser-en-el-telos. Sin embargo, conviene reconocer que, más allá de lo que Aristóteles pensaba sobre este término, es posible entender que, en el caso del embrión humano, justamente la enteléjeia hace a este tipo de ente un ente no instanciable en máximo grado.

Por estas razones tengo la impresión de que aún en su momento unicelular, el embrión humano no es en sentido estricto totipotencial, sino que posee un destino individual irrenunciable e irrepetible. Que pueda ser utilizado como célula totipotencial es otra cuestión que muestra que el telos originario puede ser violentado. Lo mismo puede decirse de sus primeras células cuando éstas han aparecido en cierto número. Sólo separadas del todo podrán ser consideradas totipotenciales. Sin embargo, el todo es un ente individual que desde su primera división posee células cooperantes de manera sinérgica. Luego, la fuente de su unidad procesual coincide con la fuente de su unidad sincrónica originaria. Así las cosas, me parece que podemos concluir esta reflexión diciendo que, en efecto, el embrión humano posee coordinación, continuidad y gradualidad18 en su desarrollo gracias a una regulación intrínseca que lo mantiene orientado hacia su telos específico e individual. Esta regulación intrínseca lo hace ser tal ser, lo hace ser este ser, es decir, le confiere su haecceitas, su singularidad e irrepetibilidad características. Por ello, no vemos inconveniente en reconocerlo como persona, es decir, como sujeto no-instanciable, cuyo factor de unidad sincrónica coincide con su factor de unidad diacrónica que le hará capaz eventualmente de actuar y vivir de manera inteligente y libre.

Notas

1. La noción de sustancia parece cumplirse principalmente en los vivientes: Aristóteles, Metafísica, trd. García Yebra, Gredos, Madrid, 1990, Z, 17, 1041b 28-30. Cf. Kosman, L.A., “Animals and Other Beings in Aristotle”, en Gotthelf, A. y Lennox, J. (eds.), Philosophical Issues in Aristotle´s Biology, Cambridge University Press, Cambridge, 1987, p. 360.

2. Aristóteles, Historia de los animales, trd. esp. J. Vara, Akal, Madrid ,1990.

3. M. Valdés., “El problema del aborto: tres enfoques”, en O. Guariglia. Cuestiones morales, Trotta-CSIC, Madrid, 1996, p. 250.

4. Ibid., p. 256.

5. Véase: E. Berti, G. Cottier., et al., Persona e personalismo, Fondazione Lanza, Padova, 1992; J. Seifert., J. Searle, et al. L´Anima, Mondadori, Milán, 2004; E. Forment , Ser y persona, Edicions de la Universitat de Barcelona, 1982.

6. P. Calva, “Genoma humano”, en J. M. Septién, (coord.), El aborto. Ética, verdad y justicia, Diana, México, 2003, p. 34. El subrayado es nuestro.

7. Véanse: M. Crespo, Menschenwürde: Metaphysik und Ethik, Universitätsverlag C. Winter, Heidelberg, 1998; J.F. Crosby, The Selfhood of the Human Person, The Catholic University of America Press, Washington, 1996; R. Guerra, Afirmar a la persona por sí misma, cndh, México, 2003; Ibid., Volver a la persona, Caparrós, Madrid, 2002; J. Seifert, Essere e Persona, Vita e Pensiero, Milán, 1983; M. Serreti, Conoscenza di sé e trascendenza, ISTRA-CSEO Saggi, Boloña, 1984; R. Spaemann, Personas, Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”, Eunsa, Pamplona, 2000; K. Wojtyla, Persona e Atto, Testo polacco a fronte, Bompiani, Milán, 2001.

8. E. Sgreccia, Manual de bioética, Diana, México, 1996; A. Polaino Llorente, Manual de bioética general, Rialp, Madrid, 1994; G. Tomás (coord.), Manual de bioética, Ariel, Barcelona, 2001.

9. Son de esta opinión, con algunos matices diferenciales: C. Alonso Bedate, “El valor ontológico del embrión humano: una visión alternativa”, en J.P. Beca, El embrión humano, Mediterráneo, Santiago de Chile, 2002; J.L. Velázquez, Del homo al embrión. Ética y biología para el siglo XXI, GEDI SA, Barcelona, 2003; D. Gracia, “El estatuto de las células embrionarias”, en F. Mayor, A. Bedate, Gen-Ética, Ariel, Barcelona, 2003.

10. H. Pearson, “Your destiny, from day one”, Nature, julio 2, 2002.

11. L. J. J. Smith, Embryological Experiment Morphology 55, 1980, pp. 257-277.

12. R. L. Gardner, “Specification of embryonic axes begins before cleavage in normal mouse development”, Development 128, 2001, pp. 839-847.

13. K. Piotrowska & M. Zernicka-Goetz, “Role of sperm in spatial patterning of the early Mouse embryo”, Nature 409, pp. 517-521.

14. M. Zernicka-Goetz, et al, “Downregulation of Par3 and aPKC function directs cells towards the ICM in the preimplantation mouse embryo”, Journal of Cell Science 118, 2004, pp. 505-515.

15. M. Zernicka-Goetz, et al. “The first cleavage of the mouse zygote predicts the blastocyst axis”, Nature 434, March 17, 2005, pp. 391-395.

16.  Cf. Gómez Dumm, Embriología humana. Atlas y texto, El Ateneo, Bs. As., 2003, p. 29.

17. Cf. M. Heidegger, Introducción a la metafísica, Nova, Bs. As., 1969.

18. Cf. A. Serra, “Per un´analisi integrata dello statusdell´embrione umano”, en S. Biolo, (ed.), Nascita e morte dell´uomo, Marietti, Génova, 1993, pp. 76-78.

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