El giro luciferiano

Por Patricia Gutiérrez Otero

Lo que el hombre está haciendo con el desarrollo de la biotecnología ya no es sólo un giro adámico ni prometeico, es un giro luciferiano. Lucifer, no en los escritos bíblicos, pero sí en la tradición judía, fue Luzbel: el más hermoso e inteligente de los ángeles.

En la tradición cristiana se dice que Luzbel se transformó en Lucifer cuando pronunció el conocido: Non serviam (“No serviré”). Esta pequeña frase se interpreta de dos maneras: la primera, como una afrenta directa a Dios: “No te serviré porque soy tan grande como tú” o, la segunda: al saber que Dios mismo se haría hombre –Ieshúa– no quiso someterse a un ser humano, por más Dios que fuera. El mito de Lucifer (“El portador de la luz”) se ha equiparado con el de Prometeo. Es un rebelde. Incluso en el yezidismo, religión de Kurdistán (200 mil adeptos) se da homenaje al “Ángel Pavorreal”, supuestamente Lucifer, porque, aunque se rebeló contra Dios para dar a los hombres la sabiduría, fue perdonado por Dios quien lo restauró como su primer ángel.

Sin embargo, lo que resalta en la tradición cristiana es su voluntad de no querer servir, de no abajarse, de querer estar al nivel de Dios: el pecado de soberbia, quizás el único que no se perdona porque el soberbio no quiere ser perdonado.

El término “ángel”, bíblicamente, significa enviado, mensajero, el que Dios envía para algo. En términos más tomistas es una inteligencia pura, un espíritu. Por eso sus decisiones absolutas lo marcan de una vez por todas, porque no están opacadas por el cuerpo material y sus pasiones. Es la inteligencia que ve con absoluta claridad y que, a partir de ahí, toma decisiones. Hemos visto, es cierto, que los seres humanos tomamos decisiones sin saber las consecuencias a largo plazo: utilizamos el petróleo, por ejemplo, sin medir las consecuencias: la inteligencia humana no es angélica, no ve las últimas consecuencias. Sin embargo, una tendencia de la razón científica es creer que puede prever el futuro y manipularlo: aprendices de brujos que juegan con fuego, pues ponen en peligro la existencia misma del planeta y la del ser humano como ser de libertad.

En el Génesis todo le fue dado al hombre y todo era bueno; sólo se le puso un límite simbólico: no comer de cierto árbol del jardín: el del conocimiento del bien y del mal. El hombre tenía que ver con un límite relacionado con lo que es propio de Dios. Según el gran teólogo Urs Von Balthasar, el primer pecado humano no es la lujuria, sino la impaciencia humana de apropiarse por sí mismo aquello que Dios mismo quería darle, su divinización. Según el teólogo y filósofo, también jesuita, Albert Chapelle, en ese maravilloso mito creacional del Génesis, Dios y el hombre eran amigos, se encontraban cara a cara; Dios se paseaba en la brisa de la tarde y conversaba con él. Por ello, el pecado del hombre y la mujer fue desconfiar del “amigo” que les había dado todo y dejarse seducir por una voz ajena, simbolizada por la serpiente que acusa a Dios de ser un mentiroso y que muestra lo apetitoso de la fruta prohibida (aquí sí entran los sentidos no reglados por la amistad). Para Chapelle, sin embargo, Dios no dejó que el hombre comiera del otro árbol que estaba en medio del jardín, el de la vida y la muerte, para poder proseguir una historia con él y, así, salvarlo: colocó a un ángel en la puerta del Edén, no para castigar al ser humano, sino para evitar su perdición total.

La diferencia significativa entre ambos mitos, el de Lucifer y el del Hombre, es que el acto del ángel, Luzbel, no tiene vuelta atrás, porque su inteligencia pura le impide equivocarse en su juicio: actuará viendo todas las consecuencias de su acto, nítida y claramente –algo que le habría fascinado a Descartes y a los Ilustrados–. El ángel no podía decir “no sabía”, porque, espíritu puro, no tenía en su inteligencia la opacidad y el apetito de la materia. Por ello, la Iglesia nunca aceptó la doctrina de Orígenes (siglo II) sobre el Apocatastasis, según la cual, al final de los tiempos, todos, incluido Luzbel, se salvarían. Hay actos imperdonables porque quien los cometió no acepta rebajarse para recibir el perdón.

Sin embargo, digo que estamos en un giro luciferiano porque creemos ver con toda claridad y rompemos todos los límites. Los más luciferianos son particularmente los científicos que, pese a no ver ni sentir más allá de una inteligencia operativa, pretenden ver con claridad absoluta y dominar la vida mediante la biología molecular, la genética, la criogénesis, las clonaciones… Es decir, mediante la negación de todo límite con, según ellos, plena conciencia. Construimos una torre de Babel científica para derrocar el cielo que nos limita y nos hace sentirnos en nuestra justa medida, la de seres imperfectos. Los grandes científicos nos hacen creer que somos luzbeles que podremos clonar, desarrollar in vitro embriones, usar células madres, congelar individuos, incluso, previendo lo peor, armar en otro planeta un mundo al que podrán ir algunos selectos personajes, y continuar la historia. No aceptamos nuestro ser creacional, aceptación adámica y évica, queremos ir más allá de ella. No queremos estar al servicio de nada ni de nadie, sin darnos cuenta de que aquel que niega al Totalmente Otro, que también está aquí, va, finalmente contra su propio ser de creatura y se convertirá en un monstruo. Pero como lo dice la sabiduría popular de los franceses: Qui veut faire l’ange, fait la bête.

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