Visiones de la secularización II

Por Rafael Jiménez Cataño

En el seminario que fue tema de la primera entrega de esta columna, una sesión particularmente reveladora fue la que abordó de modo sistemático el concepto de “teología política”. Su fuerza derivó del enfoque histórico y casi autobiográfico de la exposición. El ponente era colectivo, el grupo Epimeteo, cuyos cuatro integrantes provienen del Movimiento Proletario y reflexionan juntos desde hace unos 10 años –vísperas de la caída de la URSS –, aunque para todos hubo un período de incubación en los años setenta y ochenta con una búsqueda –de Mario Tronti– de la autonomía de lo político y del proletariado, que entonces entraba en crisis como sujeto social. El colectivo acaba de publicar un libro, Finis Europae,1 en el que no aparecen los nombres de los componentes y, en cambio, se da relevancia al significado de “Epimeteo”: “El que aprende tarde”. Esta posición vulnerable en la que ellos mismos se ponen da a su exposición un doloroso realismo. No podía ser de otro modo, para quien vivió los ideales del Movimiento Proletario, tener que abandonar la hipótesis de un sujeto político que, surgido de la base de las relaciones sociales, ejerciera hegemonía sobre la sociedad entera.

Esfumada tal esperanza, se fueron a indagar en los orígenes de la cultura occidental: los Padres de la Iglesia, los pensadores medievales. Se encontraron, dicen, ante “otra tradición, de una potencia descomunal; qué tiempos oscuros ni qué ocho cuartos”. A lo que Tronti apostilló: “El siglo oscuro es el nuestro”. En ese estadio de la investigación, la obra de Carl Schmitt les dio el paradigma adecuado para afrontar sus hallazgos gracias a la noción de “eón cristiano”. Eón no es simplemente “siglo”, “época”, “era”, sino una determinación espacio-temporal que exige ser leída con categorías teológico-políticas. Había que reconocer una trascendencia, autónoma con respecto al mundo y, tratándose del eón cristiano, dotada de índole personal. Tal autonomía es una condición de posibilidad de lo político. Al asumir esto dejaron de ser feuerbachianos.Uno del grupo, en un momento en el que exponía la relevancia social de la doctrina cristiana de la Trinidad y de la Encarnación, hizo hincapié en que él no es cristiano, y que no era la descontada declaración que había que hacer en el Partido Comunista para no ser mal visto, sino que él sencillamente no respondía a la definición de cristiano: “Yo no creo que Dios se haya encarnado”. La Trinidad y la Cristología son dos pilares del eón cristiano. La noción de persona es inconcebible sin ese Dios que no es solitario sino que consiste en una comunión. La relación entre los hombres –entre personas– no se da completa en la pura dimensión horizontal, porque la persona es imagen de Dios en esa relacionalidad que las tres Personas despliegan. Y la Cristología ofrece muchos otros elementos, como la dignidad del cuerpo, o la posibilidad de estar en el mundo sin pertenecer a él.

El eón cristiano, por otra parte, lo declaran concluido. (El “fin de Europa” del título del libro alude a la misma muerte, pues Europa y eón cristiano son inseparables.) Ahora bien, lo que hace que el cristianismo constituya un eón está en el realizarse en la concreción del papado y el imperio en interacción. Ése es el orden cristiano que declaran difunto, quizá desde 1848. Y yo personalmente confieso que me produce íntimo gozo saber que está bien muerto y sepultado, pues eso abre la posibilidad –¡la libertad!– de vivir una vida más plenamente cristiana.

Entre los presentes estaba Walter Tocci, que fuera colaborador estrecho de dos alcaldes de Roma. A mayor abundamiento expresó su convicción de que la izquierda puede y debe obtener mucho fruto de la tradición católica, y no de las vertientes heréticas –así se expresó– sino del corazón del dogma, como bien muestra cuanto se acaba de decir sobre Trinidad y Encarnación. Para ejemplificar la otra vertiente mencionó a Leonardo Boff.

En un texto que se leyó durante la sesión hay un pasaje que puede muy bien ilustrar los hallazgos de Epimeteo. “Al encontrarnos con el cuerpo milenario del pensamiento cristiano, lo que nos impresionó, a nosotros que volvíamos derrotados de otra tradición, fue la profundidad y fecundidad política que ha demostrado tener la experiencia de un Dios-ágape, es decir, de un Dios cuya identidad y unidad es una ‘relación sustancial’, de un Dios a cuya imagen se constituye la persona creatural. Imagen analógica, porque, mientras en la identidad de Dios la relación personal no puede ser decidida, en el nivel creatural tal relación se traduce en decisión sobre el amigo/enemigo. Por eso nos parece que, partiendo de la concepción cristiana de la persona, se puede recobrar la politicidad del ser humano no simplemente en su sociabilidad sino en la posibilidad, intrínseca en él, de decidir sobre la relación con el otro. Sin embargo, esta posibilidad puede esquivar el nihilismo que comporta toda concepción que hace del ser humano algo radicalmente contingente –con el resultado de trasmutar la posibilidad de decisión en la necesidad de procedimientos impersonales–, sólo a condición de que la persona creatural sea imagen de un ser que constituya una ‘relación sustancial’, es decir, una relación que no sea de ninguna manera reducible a función. Sólo sobre la base de un fundamento trascendente de ese tipo la contingencia de lo humano puede esperar […] no ser fagocitada por la potencia de la tecnificación”.

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