Por una urbicultura comunitaria

A primera vista, la propuesta de cultivar verduras en la ciudad podría parecer utópica. Muchos conciben la gran ciudad como un lugar “naturalmente” dependiente de un hinterland agrario o de un mercado mundial desterritorializado. Creen que la dependencia alimenticia o “tele-alimenta-ción” de los habitantes de las grandes urbes es un hecho universal. Los historiadores saben que no es así. A fines del siglo XIX, la ciudad de París, por ejemplo, tenía todavía el mayor viñedo de toda Francia. La sexta parte de su superficie era aun cultivable y todos 1os campesinos de la isla de Francia llegaban a París a vender sus granos o su leña, pero también, y con frecuencia, a comprar sus verduras, porque el cultivo urbano parisino (el Marais) era tan intensivo que, después de alimentar a la población de la ciudad, dejaba excedentes. En México, todavía a principios del siglo XX, las chinampas de Xochimilco alimentaban de verduras a la mayor parte de la población capitalina.

El que los habitantes de una ciudad dependan para su alimentación de terrenos de cultivo muy lejanos es, históricamente, un fenómeno reciente. Antes de 1850, imaginar tal dependencia habría sido un sueño loco. Se empezó a hacer posible alrededor de 1850, cuando Liebig sintetizó el primer fertilizante artificial, la urea, mientras aparecían los primeros ferrocarriles y Thomas Crapper fabricaba un excusado cuyo tanque de agua era provisto de una válvula inoxidable que hizo posible la generalización del crapper, pronto llamado W.C.