Francisco Hernández y los demonios interiores

Ibán de León

Me he preguntado a veces qué hay tras el dolor de la poesía de Francisco Hernández, uno de mis autores más amados por la riqueza de su voz. Los suyos –salvo en contadas excepciones– no son versos para celebrar la alegría de la vida, sino hijos de la visión de un hombre atormentado por el choque con un mundo que diariamente se corrompe. No puedo, sin embargo, una vez que tomo alguno de sus libros, dejar de abrir la ventana y observar la ciudad, su belleza contaminada, su aire envenenado y la miseria que puebla sus esquinas.

Un libro dolorosamente bello como De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (Verdehalago-CONACULTA, México, 2001) me deja en el total desamparo, me arroja al rincón de la tristeza y la soledad. Allí, tras un largo silencio, repito los versos que me asfixian y al mismo tiempo me alimentan: “Estoy harto de todo, Robert Schumann,/ de esta urbe pesarosa de torrentes plomizos/ de este bello país de pordioseros y ladrones/ donde el amor es mierda de perros policías/ y la piedad un tiro en parietal de niño”. Y vuelvo a la pregunta que sus poemas me provocan. ¿De dónde viene la angustia que sacude una zona que sé, pero que desconozco de mí mismo? ¿Por qué comparto ese sitio desolado y la tristeza de alguien que escribe con sus propios demonios? ¿Cómo es posible que lo bello pueda nacer de una zona de desdicha?

A Hernández lo apacigua la música de Schumann. Yo voy a ella pero descubro que mi sensibilidad es pobre en esos territorios. Vuelvo entonces al libro a buscar como un menesteroso un poco de pan que me consuele, pues he sentido que el poeta quiere decirme algo más que el dolor, la soledad o el hartazgo. Entonces, después de algunos intentos por encontrar una respuesta, afirmo que el origen de esa belleza es el amor de la niña Clara. Y he aquí que cada quien encuentra entre los restos del naufragio un madero  al cual asirse. Me gusta la idea del amor como respuesta: el amor de Schumann hacia la niña Clara (convertida en música), el amor de Hernández por la música de Schumann (convertida en poesía), amor que de algún modo transmite a sus hijos: “Hoy converso contigo, Robert Schumann,/ te cuento de tu sombra en la pared rugosa/ y hago que mis hijos te oigan en sus sueños/ como quien escucha pasar un trineo/ tirado por caballos enfermos”.

Y no obstante lo dicho, el músico sucumbe ante sus demonios: “Pero también hicieron su entrada los demonios./ Sus oratorios te llenaron el pulso de basiliscos/ y los bolsillos de táleros, relojes y papel pautado./ Te ordenaron huir y saliste con el pecho desnudo a la tormenta./ Sin saber cómo llegaste a la mitad de un puente/y las voces que roían tu cerebro hicieron posible la caída”. Estos demonios están ahí, por donde quiera que se lea el poema. Hablamos, según entiendo, de una lucha, la lucha entre ese amor, precisamente, y los demonios no sólo de Robert Schumann, sino del mismo Francisco Hernández, los demonios también de quien se atreve a sumergirse entre los versos de este último.

Ahí está la respuesta que buscaba líneas atrás: lo importante no es lo que sentimos al leer esta poesía dolorosa; lo importante es que también nosotros entablamos nuestra propia lucha. ¿Quién vence?, ¿quién es vencido? Creo que no hay respuesta para tales preguntas. Si bien el título del libro indica claramente que Schumann fue derrotado, al final, con la llegada de la muerte –insondable aún para cualquier ser humano–, la paz invade su semblante.  Esta paz indica que de algún modo el músico triunfa o, tal vez, que dejarse vencer es una forma de ganar: “Antes de traspasar las puertas de marfil o de cuerno,/ pronunciaste tus últimas palabras: mi y conozco./ Querías decir mi Clara y que ya conocías el rostro de Dios, que es el rostro de la nada”. Schumann se enfrasca en una lucha a muerte contra sus demonios, el amor de la niña Clara es la fuerza que lo impulsa; Francisco Hernández, harto de todo, decide ir también a la disputa –apoyado en la música de Schumann– contra esos demonios que son suyos y que, al parecer, tienen que ver con la urbe corrompida en la que habita. Ante esto, nosotros los lectores, ¿contra qué demonios luchamos y cuál es nuestro punto de apoyo? Yo creo, ahora, que los versos de Hernández son un apoyo fundamental para ir a mi propia lucha interior, contra unos demonios que son míos pero que aún desconozco.

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