Conversación de Conspiratio con Enrique Krauze
Enrique Krauze es un escritor que, enclavado en la mejor tradición liberal, ha mantenido una crítica sistemática a todos los totalitarismos. Un número dedicado a analizar los posibles elementos totalitarios que podría haber en el liberalismo, estaría incompleto sin él. La presente entrevista, a partir de una reflexión sobre la memoria que grandes escritores judíos, como Primo Levi, han hecho de los horrores totalitarios, nos ha permitido abordar con Krauze el nihilismo del Mercado, las emergencias de los integrismos como realidades no ajenas al liberalismo sino a la cultura liberal que, como lo señala el propio Krauze, “es más un método de vida, que un diseño”.
Conspiratio: En La tregua, Primo Levi hace un retrato tremendo y maravilloso de Urbinek, un niño de tres años, probablemente nacido en el campo de concentración. Según Levi, lo llamaban así porque esta palabra era lo único que podía expresar. Urbinek murió justo en el momento de la liberación. En la mirada de ese niño, que la pluma de Levi rescató, estaba concentrado todo un mundo. Según Alain Finkielkraut, sin Levi, este ser humano se habría perdido para siempre bajo la técnica nazi. Sólo porque Levi lo rescató en su libro, Urbinek, no sólo adquirió la humanidad que le habían arrancado sino que en sus ojos, en el retrato que Levi hizo de él, hemos podido ver todo un mundo de humanidad y de inhumanidad que podía haber quedado en el olvido, como tantos.
Enrique Krauze: La obra de Primo Levi es, de toda la literatura del holocausto, la instancia más alta, porque dio testimonio de ese horror sin un solo elemento de sentimentalismo. El químico, el científico que había en él, se planteó, en un acto de heroísmo casi inconcebible, narrar con precisión lo que veía. Esto lo distingue de muchos otros testimonios que introducen algún aspecto de sentimentalismo, lo que puede ser comprensible e incluso conmovedor. Pero frente a experiencias como las del paso por un campo de concentración, el sentimentalismo puede convertirse en una cortina de humo que nos impide ver de frente la realidad. Con un esfuerzo sobrehumano, que probablemente pagó con su propia vida años después, Levi consiguió narrar esta experiencia con una objetividad sin igual.
Conspiratio: ¿Podríamos decir entonces que es una mirada que está más allá de la literatura?
Enrique Krauze: No, es más bien una instancia altísima de la literatura. Puedo dar un ejemplo. Hay en mi familia una sobreviviente del holocausto. Se trata de una tía de 94 años, enormemente dotada para el arte y la literatura, que vivió año y medio en Auschwitz. Aunque ha narrado su vida, objetivamente heroica, antes del internamiento, siempre ha sido imposible extraerle una palabra sobre el campo de concentración. Frente a esta experiencia o es el estupor y el silencio, o es el sentimentalismo, al que el cine nos tiene ya francamente acostumbrados. Al fenómeno del genocidio nazi, único en la historia, hay que mirarlo de manera indirecta, como por un espejo, a la manera en que Claude Lanzmann lo hace en Shoa, su documental sobre los campos de exterminio. El sentimentalismo es una música de fondo que distrae. En Primo Levi, en cambio, no hay música de fondo.
Conspiratio: Sea sentimentalista o no, esta capacidad de narrar, de recordar, de preservar la memoria, es algo muy particular del pueblo judío. Me parece maravilloso que, tanto en el mundo del totalitarismo soviético como en el del totalitarismo nazi, muchos de los más grandes memoristas hayan pertenecido a ese pueblo. Pienso no sólo en Levi, sino en Vasili Grossman o en Arthur Koestler, que lo hicieron para el totlitarismo soviético. Siento que el pueblo hebreo es el gran pueblo de la memoria, el pueblo que en la carencia de un territorio determinado, se ha sostenido en la palabra.
Enrique Krauze: El historiador Yosef Hayim Yerusalmi escribió un libro muy hermoso llamado Zachor, que quiere decir “Recordarás”. El nombre de la plegaria de los muertos en el Día del Perdón es Izchor, que viene de la misma raíz: recordar. En la esencia de la historia judía está el recordar, el ver hacia atrás, el rememorar el origen, así como la diáspora, que es también un ejercicio de memoria sobre el origen. Luis González decía que el único pueblo en el que la gravitación del pasado era similar a la del mexicano era el judío. Estoy de acuerdo con la percepción de esa convergencia. Personalmente, yo pasé de manera natural de esa biografía del poder que es la Biblia a la biografía del poder en México, y de la obsesión por el pasado y la fascinación judía por la historia, a la mexicana. En México, todo –los monumentos, los mitos, la religión, las presencias indígena y española– ha tendido a gravitar hacia el pasado. Por dos mil años, y aun antes, entre los judíos ha pasado lo mismo. En los colegios judíos, por ejemplo, conmemorábamos acontecimientos terribles, siempre recordados, como el día nueve del mes de Av, el aniversario de la destrucción del Templo.
¿Quién iba a decir que además de conmemorar acontecimientos traumáticos como la destrucción del Templo o la diáspora o la expulsión de España, la historia depararía al pueblo judío un acontecimiento todavía más traumático, como el holocausto? Yo pertenezco apenas a la primera generación posterior al holocausto, y creo que el pueblo judío tardará mucho tiempo en asimilar lo que pasó, o quizás nunca ocurrirá. Si como consecuencia de la expulsión de España se desarrollaron por siglos la Cábala y el misticismo jasídico –según lo explica Gershom Scholem, para asimilar esta experiencia hubo que leerla como un cierto plan divino que había que interpretar–, del mismo modo creo que generaciones y generaciones van a tratar de asimilar el holocausto, eso que en esencia es un misterio inasimilable. Pero gracias a testimonios como el de Primo Levi –un testimonio quirúrgico, que con una objetividad casi inhumana tiene la valentía de rescatar los resquicios de humanidad hasta en los mismos celadores nazis–, nos podemos aferrar todavía a esos elementos de memoria sin los cuales probablemente la barbarie en el siglo XXI sería mucho mayor.
Conspiratio: Esta memoria ha sido fundamental no sólo para el mundo judío sino para la humanidad. La memoria del pueblo hebrero, su fidelidad a la palabra, ha permitido rescatar lo que no se podía haber rescatado. Como decía el propio Levi: “Salvar a un solo hombre es salvar a toda la humanidad”.
Enrique Krauze: Yo conozco muy mal mi teología judía, pero creo que esa frase es mucho más antigua, quizás talmúdica. Los testimonios no han sido solamente judíos, sino también rusos, polacos y de otros pueblos que han sido masacrados. Estos testimonios, sin embargo, no han sido suficientes, como lo muestra el hecho de que la pesadilla de deshumanizar a un ser humano para odiarlo más fácilmente y luego masacrarlo se repita en África, o que hayamos entrado en esta espantosa primera década del siglo XXI con reincidencias de barbarie terribles. Las pasiones ideológicas siguen vivas, por ejemplo en el resurgimiento de corrientes negacionistas del holocausto, del antisemitismo –ese resurgimiento, debe señalarse, es claramente distinto de la crítica al Estado de Israel–. Ahora bien, a pesar de su número limitado, hay que agradecer enormemente a las figuras heroicas que fueron testigos del horror. Si la situación actual es extrema, ¿cómo sería si no tuviéramos esos testimonios? La humanidad contaría con menos armas para enfrentar esta resurgencia de la barbarie. Hace algunos años, una portada de The New Republic anunciaba: Hitler ha muerto. La mala noticia es que no es cierto. El impulso central del totalitarismo –el odio genérico a un grupo humano para degradarlo en su humanidad y entonces perseguirlo, humillarlo, discriminarlo y finalmente masacrarlo– sigue ahí.
Conspiratio: El siglo XX tiene una gran lista de claudicaciones intelectuales ante el totalitarismo. Para George Steiner, el gran conflicto que el humanismo tendrá que resolver para reconciliarse consigo mismo es explicarse por qué un movimiento como el nacionalsocialismo pudo gestarse en medio de la cultura alemana. Casos como el de Heidegger parecen romper la idea convencional de que entre más cultura tiene un pueblo será más avanzado su desarrollo civilizatorio. En este sentido, ¿cuál crees que es el saldo del siglo XX con respecto a las relaciones entre la cultura y el totalitarismo?
Enrique Krauze: Aunque lo que diré puede parecer anacrónico, voy a contestar como alguna vez me contestó Isaiah Berlin. Al preguntarle cuál había sido la clave del éxito de la revolución rusa, me respondió: “La personalidad de Lenin. Va a decir que estoy olvidando los conflictos sociales y las contradicciones económicas, pero puedo decirle que sin ese liderazgo como catalizador es imposible explicar el triunfo de la Revolución”. En The Pity of It All, un libro formidable sobre la historia de los judíos en Alemania, el historiador israelí Amos Elon señala que el gran sueño de la Ilustración encarnado en Moisés Mendelssohn era que, cobijados por la razón y conciliados con la fe, los judíos podían ser religiosos en lo privado y ciudadanos alemanes en lo público. Este sueño comenzó a frustrarse tan pronto como sobrevino la reacción romántica contra la Ilustración. Marcado por esta reacción, el poeta Heinrich Heine vivió hasta el final de su vida desgarrado entre sus ideales ilustrados y su amor por Alemania. Este era el amor por Alemania de un judío y de uno de los máximos poetas alemanes que, sin embargo, estuvo incapacitado para llevar esta identificación a una situación de normalidad. Varias generaciones de judíos alemanes pensaron que esa asimilación era posible, pero la fuerza del romanticismo en sus vertientes menos nobles –las vinculadas con la raza, la sangre, el suelo, la historia, los mitos– finalmente triunfaron. Fue justamente Heine quien afirmó: “Ahí donde se empieza por quemar libros, se termina por quemar hombres”. Fue también él quien profetizó que la civilizada Alemania –la de la música, la filosofía y la literatura– tenía corrientes subterráneas que de florecer conducirían a un cataclismo universal. Esa profecía –además de mirar hacia atrás, los judíos también tienen la tentación de la profecía– se convirtió en realidad. Eran muchas las corrientes subterráneas alemanas que venían de muy atrás y que conspiraban contra la otredad, hasta que a raíz de la primera guerra mundial encarnaron en un hombre y sus obsesiones. Justamente al revés de Carlyle, yo lamento ese poder. Si bien han existido liderazgos luminosos en la historia, como los de Roosevelt o Churchill, en general conducen al desastre. La profecía de Heine y la profecía de Carlyle acerca del hombre poderoso cuya biografía es la síntesis de la historia de un pueblo, se cumplieron. La obsesión de Hitler desencadenó esa especie de increíble alucinación colectiva que se propuso borrar la cultura, volverla una sierva, intoxicarla con la promesa del dominio de la historia.
Ahora bien, esto fue lo que pasó en Alemania. Quiero acotarlo porque no estoy de acuerdo con la idea de que la experiencia del siglo XX puso en entredicho a la cultura humanística universal. La gran perplejidad de Steiner es Alemania, pero había otros polos de la cultura occidental, como Inglaterra, que no sucumbió o como el modesto polo latinoamericano, nuestra modesta Latinoamérica, caótica, enloquecida, pobre, injusta, desigual, caudillista, pero ajena a la experiencia totalitaria, con la excepción de los capítulos fascistas de Chile y Argentina o la opresión sobre la cultura que ocurre en Cuba y ahora embrionariamente en Venezuela. Creo que el misterio va a seguir allí por siempre. ¿Por qué el país de Brahms y Beethoven, el país de Goethe, de la Ilustración y de Kant, se precipitó en el nazismo? Sigo creyendo que fue una excepción debida a la particular historia alemana, a la tremenda fuerza interna de sus mitos, a las corrientes irracionalistas que venían de muy atrás. Por eso, Carlyle se enamoró de Alemania y Alemania se enamoró de Carlyle. Y por eso Hitler leía la vida de Federico II en su búnker y Goebbels decía: a Hitler le encanta ese libro, lo tranquiliza mucho.
Conspiratio: Ese también es el pasmo de Paul Celan en su gran poema “Fuga de la muerte”: ¿cómo fue posible que esta lengua, esta tradición, esta grandeza hayan conducido al horror?
Enrique Krauze: Mi amigo Alejandro Rossi solía decir: “Acuérdate de distinguir”. El nazismo fue un fenómeno absolutamente terrible, pero acotado. Estuvo vinculado a las corrientes profundas del romanticismo y el irracionalismo. En Alemania se consolidó como en ninguna otra parte porque existió un hombre que catalizó esas influencias. Pero hay aún otro elemento para matizar a Steiner: la reacción de las generaciones siguientes en Alemania. La asunción de la culpabilidad y la responsabilidad por parte de Alemania, a diferencia del Japón, a diferencia de Austria, ha sido en sí misma una luz de esperanza para el siglo XXI, y una luz de esperanza en la humanidad. No se puede decir que todo es oscuro cuando Alemania ha tenido un acto de contrición perfecto. Ya quisieran los japoneses tener una actitud así frente a los horrores que cometieron en Manchuria. Ya quisieran los franceses aceptar una cosa así con respecto a su actitud durante la segunda guerra mundial, que fue en general mucho menos heroica de lo que quieren contar. Los alemanes han encarado su responsabilidad histórica, y eso me da esperanzas. La construcción paulatina del futuro de alguna forma modifica el pasado.
Conspiratio: En ese sentido, para volver al tema de la literatura, ¿podríamos decir que los relatos sobre el mal están encaminados a producir un bien?
Enrique Krauze: Sí, cuando los relatos sobre el mal tienen esa dignidad, esa contención. Cuando saben que entre más lúcida es la mirada, mayor su eficacia como relatos. El mal es un pozo negro que nunca podremos ver de frente. Nos acercamos a él en la medida
en que conservamos, hasta donde cabe, una mirada fría. Uno entra a los libros de Primo Levi, y sale de ellos transfigurado. Las trivializaciones pueden provocar el llanto, pero no son experiencias que cambien la vida. Hace poco mi hijo Daniel escribió en su blog: estoy empezando a odiar las películas sobre el holocausto, porque en vez de darnos esa experiencia que nos toque y nos cambie, alimentan el sentimentalismo fácil, y de ese modo están trivializando el horror.
Conspiratio: En el siglo XX el liberalismo triunfó sobre los totalitarismos, pero el liberalismo se ha convertido en una especie de totalitarismo sutil, encarnado en el mercado.
Enrique Krauze: Primero quiero decir, sin falsa modestia, que sólo soy historiador, y no puedo ni remotamente pretender tener los vuelos intelectuales, poéticos y aun filosóficos que tenía Octavio Paz. Y aunque puedo reflexionar sobre estos temas con gusto y con interés, lo hago con humildad porque reconozco que hay cosas que me rebasan.
Yo no creo que haya triunfado el liberalismo. El liberalismo es una ideología blanda. Esa es su fuerza y su debilidad. No tiene grandes verdades ni grandes revelaciones. No promete grandes utopías ni cambios fundamentales. Es más un método de vida que un gran diseño. En ese sentido no ha triunfado. ¿Ha avanzado sobre los momentos totalitarios del siglo XX? Probablemente sí y, sin embargo, hoy una parte inmensa del mundo, que es una parte considerable del Islam, es todo menos liberal; esa parte del mundo está incorporada al escenario mundial de un modo en que no estaba en el siglo pasado. El Islam, además, está presente en Europa, y Europa tiene que decidir cómo hacer convivir una actitud no liberal en medio de valores liberales. Esa convivencia es algo nuevo y, todavía, una gran interrogación. Además, existen todavía remanentes de tentaciones totalitarias. Aunque se trata de fenómenos muy complejos, yo creo, repito, que tanto la forma de organización política cubana como el plan de Chávez para Venezuela contienen elementos totalitarios. De modo que no puede decirse que el liberalismo ha triunfado.
Por otro lado, yo no llamaría totalitario al mercado o a los extremos o excesos del mercado; los llamaría de otro modo: nihilistas. La vacuidad de la idolatría del mercado nos ha vaciado de contenido, de humanidad. Durante tres generaciones después del fin de la guerra –tres generaciones de lo que Ortega llamaría “señoritos satisfechos”– Europa y Estados Unidos se dedicaron a la borrachera del mercado y del bienestar. Pero en realidad, bajo diversas formas, toda la humanidad ha sido víctima de diferentes aspectos de ese esquema. Ahora que el mundo capitalista ha sufrido una tremenda implosión, prefiero atribuírsela a la falta de autocrítica, a la vacuidad, que llamarle totalitarismo.
Conspiratio: Esta vacuidad es el terreno propicio para los fundamentalismos religiosos.
Enrique Krauze: Sí, hay un hambre brutal de identidad. He notado, en el ámbito judío, un renacimiento del fanatismo de la identidad, de la creencia de que nos bastamos a nosotros mismos y no necesitamos más que cribar en lo nuestro, en nuestras costumbres. Puede deberse a un malestar de nuestro tiempo, a una especie de tremenda anomia, de soledad del hombre, que finalmente descubrió que no puede vivir sin creencias religiosas. El propio Bertrand Russell dice que el hombre, ayuno de toda creencia de trascendencia, es insostenible. Tiene que creer en algo, aunque sea de manera tácita. Se debe propiciar que la práctica de la religión conviva con la práctica de la civilidad, de conversaciones como la que estamos teniendo ahora mismo. Esta convivencia y esta civilidad son perfectamente rescatables para el judaísmo y para el cristianismo. Pero cuando se construye una persona abstracta por encima de las personas concretas, empieza lo que nuestro admirado Gabriel Zaid ha llamado el fanatismo del “nosotros”, el de la gente aterrada por el ejercicio del yo que va corriendo a refugiarse en el gran seno, exclusivo y excluyente, de los “nosotros” tribales o de la identidad.
Conspiratio: Sin embargo, Enrique, estamos viendo unas polaridades terribles, por un lado el yo solipsista de los individualismos que nacieron en las sociedades liberales, y por otro, el colectivismo fanático de los fundamentalismos y los integrismos.
Enrique Krauze: Quisiera hablar, ya que están tocándome la fibra judía, de esos ejemplos en la historia judía que son ejemplares: las historias de los judíos que salieron del cauce central del judaísmo, pero sin buscar otra identidad, y que habitaron esas márgenes, constituyendo algo así como la diáspora de la diáspora, esos judíos que en su momento fueron vistos como marginales y hasta como apóstatas. Spinoza, el más alto de todos, que representa emblemáticamente a estos judíos, tuvo muchas reverberaciones, como Heine o el propio Isaiah Berlin. La vida y el pensamiento de estos personajes es el compromiso de impregnar la relación humana de todo lo bueno de la religión, cuidando a la persona de los embates del poder, tanto del político como del religioso. Nunca hubo un hombre más enamorado e intoxicado de Dios que Spinoza y, sin embargo, él fue el verdadero precursor del mejor liberalismo, que no es el inglés, porque Spinoza escribió antes que Locke, quien lo leyó. En la obra de Spinoza está ya la separación de la Iglesia y el Estado, el cuidado de la persona, la libertad entendida como el dominio inteligente de las pasiones. Mendelssohn es otro ejemplo menos conocido. Pero también están Freud y el propio Marx, porque yo disiento de mi admiradísimo Kolakowski en la idea de que el leninismo ya estaba in nuce en el marxismo. Prefiero quedarme con el Marx profético y humanista, con su nobleza utópica. Creo, entonces, que sí existe la posibilidad de encontrar una síntesis que supere el solipsismo individual y la completa supresión del individuo en el nosotros anónimo. La religión puede contribuir a ello.
Conspiratio: ¿Habría una lección de la historia del totalitarismo que se pudiera aplicar a México?
Enrique Krauze: Creo que sí. Yo solamente viví un momento totalitario en México, un instante: el 68. Fue el momento en que sentimos que desde arriba, con el control del ejército, realmente podían espiarte o agarrarte y matarte, pero en realidad lo que ha vivido México es la experiencia de un régimen autoritario, esa “dictadura perfecta” como la llamó Vargas Llosa. Ese autoritarismo era sutil pero castrante. No se podía decir lo que se pensaba. Todo era una farsa y una mentira: la votación no era votación y el sucesor no era verdad electo sino nombrado. Algunas críticas a la actual situación mexicana, y el modo en que nos rasgamos las vestiduras, son un poco irresponsables, porque se resisten a ver de dónde venimos y suponen que se puede construir algo rápidamente sin una participación cívica sólida y constante, muchísimo mayor de la que tenemos. Esa ausencia de participación cívica es peligrosa, porque en el fondo es una pasividad. En las sociedades políticamente desarrolladas se edifica un tejido desde abajo, y ese no es el caso mexicano. Hay muchas reflexiones de nuestro propio pasado autoritario que parece que no hemos asimilado por completo, y entonces quisiéramos que los cambios fueran mágicos.
Por otro lado, hay una especie de totalitarismo en la intolerancia ideológica de la izquierda y de la derecha en México. Hay artículos periodísticos, opiniones y líneas editoriales, sitios de Internet, lo mismo en la izquierda que en la derecha, que son perfectamente gemelos y completamente intolerantes. Ahí está el germen totalitario, y puede reaparecer en cualquier momento, sobre todo en una sociedad que no termina por vertebrarse cívicamente. No quiero exagerarlo, porque no creo que estas actitudes sean mayoritarias. Venezuela está viviendo un tránsito hacia el totalitarismo. La deshumanización del adversario para volverlo un enemigo y odiarlo mejor, cómodamente, es algo presente todos los días en la sociedad venezolana. Para Carl Schmitt, uno de los teóricos del nazismo, la distinción esencial en política es la del amigo/enemigo. Esta es la esencia de la Venezuela actual. Tenemos que aprender a qué extremos puede llegar el discurso del odio. Ahí está el huevo de la serpiente. Pero no soy un fatalista. Yo creo que el talante mexicano no tiende al odio. Los mexicanos pueden tener resentimientos, complejos, tristezas, pero también tienen una naturalidad de convivencia, quizás atribuible a la impronta particular del cristianismo en este país. A los que me dicen que México es un país racista, les respondo que no han estudiado bien la historia europea. No creo que haya odio racial en México, pero sí fuertes odios ideológicos.
Hay que reivindicar la cultura liberal, más que el liberalismo. Si uno lee la historia del siglo XIX en México, se advierte que quienes hicieron la Constitución del 57 eran todos católicos –con excepción de Ignacio Ramírez, un ateo confeso–, en su enorme mayoría liberales moderados, con sólo una pequeña minoría de liberales radicales. ¿Por qué ese liberalismo moderado no ganó en México? El liberalismo moderado era un liberalismo de personas creyentes –Vallarta era de misa diaria– pero que creían en las libertades del siglo, que pensaban que eran importante la separación de la Iglesia y el Estado, las instituciones civiles, las libertades cívicas y la libertad de conciencia. El pensamiento liberal ganó en México en la medida en que estamos aquí hablando, y hay una tolerancia y una variedad religiosa. Pero los liberales moderados no ganaron porque la Iglesia los excomulgó, y sobrevino una guerra civil, que lo único que hizo fue enconar los ánimos y volver a los jacobinos mucho más jacobinos de lo que eran y podían haber sido. Esa guerra tuvo una reverberación costosísima en la Cristiada, cuando unos liberales jacobinos completamente anacrónicos como Bassols y Calles buscaron la supresión de la Iglesia católica, otro instante totalitario, por cierto. Desde entonces, “los jacobinos de la época terciaria y los católicos de Pedro el Ermitaño”, para rememorar a López Velarde, siguen luchando adentro del alma mexicana, cuando el país tiene una vocación liberal moderada.
Lo que lamento es que la cultura mexicana, y en parte la academia y el periodismo mexicano que cuenta, que es el de izquierda, tiene pulsiones antiliberales, no tolerantes, descalificatorias del pensamiento distinto, y eso nos empobrece muchísimo. La modesta trascendencia cultural, cotidiana, es ésta, la de la conversación. Eso es el liberalismo, ese es el talante liberal que a mí me gustaría ver más en México.



5 Comments
Excelente entrevista que lo mete a uno en el diálogo, en las preocupaciaones del entrevistador, en la cosmovisión del entrevistado, que nos lleva a una inmersión en uno de los temas de nuestro tiempo, que le deja a uno preguntas pero, también, los referentes para responderlas, que no se cierra, en fin, al llegar al punto final.
La entrevista me pareció bastante buena. Negar lo que plantea Krauze a partir de la experiencia del holocausto judío es irrebatible, la lectura de Primo Levi me sigue dejando sin aliento. Sin embargo lo que siempre me ha sorprendido de Krauze es su indulgencia para con el liberalismo y creo que esta condescendencia viene de que en el liberalismo efectivamente no hay líderes o cabezas visibles, a las cuales Krauze atribuye el origen totalitarismo. Esta idea del poder centralizado en una sola persona y su oligarquía, ya fue deconstruída formidablemente por Michel Foucault: el poder se genera horizontalmente, aunque posteriormente tome una apariencia vertical, es por esto que un movimiento totalitario siempre es posible, ya que es un movimiento ana-lógico como Babel.
Es, sin duda alguna, un duelo de inteligencias memoriosas; loora la cultura. Y un rasgo marginal de homenaje a Octavio Paz de quien ambos, entrevistado y entrevistador, son herederos.
Gracias por sus comentarios. Pronto publicaremos una entrevista comentando esta entrevista que es, sin duda, todo un acontecimiento. ¡Saludos!
-Juan Manuel
Con una articulación elegante del lenguaje, que le conocemos bastante bien a Enrique Krauze, podemos fácilmente perdernos dentro de la espesura de un bosque lleno de encantos. No dejemos engañarnos con el discurso siempre seductor de un sistema de poder. Digo esto, porque es precisamente un sistema de poder lo que el discurso liberal sostiene hoy. No es la conversación entre Enrique Krauze y Javier Sicilia lo que el discurso liberal permite. Lo que permite y ha permitido en las últimas décadas es la instauración y expansión de un régimen que se estructura bajo una ley de hierro, la ley de la oferta y la demanda, que no por aparentar una relación de intercambio, deja de ser una ley que se impone con la fuerza.
Habría que preguntar a los presos políticos de Atenco si ellos también consideran al liberalismo como una ideología blanda. Si los golpes, las vejaciones y la sentencia de más de 100 años de prisión no muestran la dureza y el aspecto totalitario de la ideología dominante. Habría que preguntar sobre todo a los millones de campesinos mexicanos que han visto devastados sus pueblos por la concepción liberal de la tierra como mercancía y que son empujados todos los días a dejar atrás a su familia y arriesgar la vida para cruzar el muro. Desde un sillón, sentados cómodamente, es fácil juzgar los totalitarismos de la historia o los de otros países y cegarnos al que tenemos cerca.
Me pregunto en qué país vive Enrique Krauze si niega el racismo en México. Si sabe que todos los días se utiliza la palabra indio para insultar, que un rostro moreno, por el simple hecho de ser moreno, atrae el calificativo de naco y alienta la exclusión, ¿cómo puede esto no ser racismo?
“La Iglesia fue tan dura con los herejes –escribió Albert Camus en El mito de Sísifo– porque consideraba que no hay peor enemigo que un hijo descarriado”. A final de cuentas, el liberalismo no es más que uno de esos hijos descarriados de una cristiandad ya de por sí corrompida. Por ellos hemos perdido el sentido del misterio. Pero por ellos también, al usurpar el papel otrora soberano de la Iglesia, el totalitarismo se ha quedado tan presente que ya nos acostumbramos a él y ni siquiera sabemos cómo denunciarlo.
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