Por Jesús Antonio de la Torre Rangel
El 28 de enero de 1979, el Papa Juan Pablo II inauguró, en Puebla, la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que produjo un documento pastoral de enorme importancia para la
Iglesia latinoamericana. El documento recuerda que todos participamos de la misión profética de la Iglesia, y que una de las actitudes que revela la autenticidad de la evangelización es “El amor preferencial y la solicitud por los pobres y necesitados” (No. 382). Esta Conferencia, sin embargo, no habría podido ser sin aquella que en Medellín la precedió, esto es, sin el aporte de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en esa ciudad en 1968. Podría decirse incluso que así como 1968 trajo la “Primavera” de París y de Praga, la Conferencia de Medellín trajo una Primavera a la Iglesia latinoamericana.
Tuve noticia de esa Conferencia en los últimos meses de 1968 o primeros de 1969. Cursaba entonces mi último año de bachillerato en la preparatoria del Instituto Autónomo de Ciencias y Tecnología (IACT ), hoy Universidad Autónoma de Aguascalientes, y participaba en un grupo católico de apostolado estudiantil, la Corporación de Estudiantes Mexicanos (CEM). Recuerdo que en una de las pláticas de formación cristiana al interior del grupo se trataron los Documentos de Medellín. Nuestro asesor, el P. Javier Castañeda, sintetizó en una frase el contenido de esas conclusiones episcopales; la cito de memoria: “La salvación no está sólo en el cielo, sino que comienza en la tierra, logrando la justicia en la sociedad”.
Esa idea compendia, por sí sola, la visión eclesial que propuso la reunión de Medellín: no sólo importan las almas, sino también los cuerpos; el Reino de Dios no es sólo el cielo al que llegaremos, bajo ciertas condiciones, después de la muerte, sino que ese Reino se construye e implica justicia y paz, y los cristianos tenemos que ver en su producción; a los cristianos, por lo tanto, no sólo nos interesa el templo y la sacristía, sino la sociedad, el mundo.
Esta vivencia eclesial impulsó una evangelización integral que comprometía no sólo la proclamación de la Palabra, sino el testimonio de amor y la búsqueda de una sociedad más justa que lleve a una verdadera paz. Pues: “La paz –afirma el Documento– es, ante todo, obra de la justicia. Supone la instauración de un orden justo en el que los hombres pueden realizarse como
hombres, en donde su dignidad sea respetada, sus legitimas aspiraciones satisfechas, su acceso a la verdad reconocido, su libertad personal garantizada” (Paz, II, 14).
Con ello, la Conferencia de Medellín retomó la tradición defensora de la justicia y los derechos de los empobrecidos que hicieron los obispos latinoamericanos en el siglo XVI y puso de manifiesto para los cristianos de hoy, habitantes de este continente, su responsabilidad por la justicia.
Estoy convencido de que la Iglesia latinoamericana –pese a la restauración de la vieja pastoral espiritualista, desencarnada y sin compromiso social que surgió a partir de mediados de los años ochenta– ha sido profundamente marcada por Medellín y por Puebla, que reafirma su línea pastoral.
A pesar de la restauración, el trabajo eclesial de aproximadamente 25 años no se ha borrado. Esta absolutamente vigente. Basta, para saberlo, la denuncia que el Documento de Puebla hace de “el más devastador y humillante flagelo, la situación de inhumana pobreza en que viven millones de latinoamericanos” (No. 29), que no es casual “sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas…” (No. 30), y de los rostros sufrientes de Cristo que, desgraciadamente, agregando el de los migrantes, siguen siendo los mismos a treinta y un años de distancia:
“32– rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables; los niños vagos y muchas veces explotados de nuestras ciudades, fruto de la pobreza y de la desorganización moral familiar;
“33– rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados sobre todo en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación;
“34– rostros de indígenas y con frecuencia de afroamericanos, que viviendo marginados y en situaciones inhumanas, pueden ser considerados los más pobres entre los pobres;
“35– rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a veces privados de tierra, en situación de dependencia interna y externa, sometidos a sistemas de comercialización que los explotan;
“36– rostros de obreros frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos;
“37– rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos;
“38– rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes materiales, frente a la ostentación de la riqueza de otros sectores sociales;
“39– rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados
de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen.”
Ojalá, como lo proponen los Documentos a los que me he referido, seamos capaces de responder a la provocación ética del rostro sufriente de Cristo.



4 Comments
Yo también formé parte de la Corporación, lástima que los Jesuitas se desligaron de ella y se avocaron al 100% a la teología de la liberación.
Recientemente, escuché, se volvieron a reunir. Según escuché, estaban empezando a volver de la teología de la liberación… ¿Sabes algo de eso?
-Juan Manuel
eres el famoso “mono” carrillo, de merida, yuc. aqui los profesionistas tenemos reuniones. saludos a todos. “por cristo la universidad”.
Es cierto que el impulso de Puebla ha perdurado, pero ahora es más referencia que vivencia. Aparecida ha retomado algunos de esos puntos para re-proponerlos ahora con la perspectiva de la misión y el discipulado. El problema que yo veo es comenzar. Sin embargo hay algo que no me gusta, no sé por qué América no se ha reformado y re-formulado como cristiana.