Vuelvo a leer en el diario Reforma la entrevista que Silvia IsabelGámez le hizo al padreEnrique Maza. Maza, que ha sido un periodista notable, especialmente en sus análisis de política internacional, aborda demasiados temas, todos complejosy delicados, en un espacio reducido.No es posible hablar de la dimensionhistórica de la moral, de la legitimidaddel Vaticano, de la homosexualidady el aborto, del sentido del pecado,de la validez del propósito de salvarel alma en una entrevista de diario necesariamentecorta. Sobre todo cuandose dice lo que la mayoría quiere oír,esa mayoría lectora del Reforma, o sea,una clase media más o menos ilustradaa la que escandalizaría que se le dijeranotras cosas: que es necesario entrarpor la puerta estrecha, que el abortoes un mal en sí mismo, que esperarde Dios todo es un acto de humildadque parte del reconocimiento de nuestrapequeñez esencial o, dicho de otraforma, la mejor manera de abatir la soberbiaque es la vía real para la negacióndel otro. Maza afirma que un fetono empieza a ser un ser humano antesdel sexto mes, a saber, hasta la formaciónde las células cerebrales. Al releerlo,recordé a mis amigos X y Y que tuvieronun hijo enfermo. Desde el puntode vista de la inteligencia no se valíasiquiera mínimamente tener otro. Sinembargo, ellos venciendo sus temores,repitieron la historia. Valió la pena: enla mirada de esas criaturas, en su agradecimientopor las caricias y los cuidadosque ellos les prodigaron, encontraron la luz del Amor. Así los tuvieroncon ellos hasta la muerte del uno yhasta la muerte del otro, que se habíaquedado solo y necesitaba por lo mismouna dosis mayor de acompañamiento.Ahora saben que no deben tenerhijos. Lo aceptan y lo lamentan.Pero han reencontrado en ellos mismosel sentido de la vida porque, desdela fe por la esperanza en la caridad,viven en la presencia de Dios.Estoy seguro que Enrique Maza nopiensa que si X y Y hubieran conocidode antemano la condición de sus hijosdeberían haberlos abortado. ¿Por qué Unentonces ser tan complaciente con el hedonismo de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Por qué un periodista tan experimentado como Maza no hace el elogio del sacrificio por amor al otro y así matiza y crea un problema moral a los lectores? Ese Jesús, al que nos remite Enrique Maza una y otra vez, ofrendó su existencia no por la justicia social, sino para que tuviéramos acceso al amor infinito del Padre del que deriva todo. Hacer el camino del Calvario es, también, practicar la imitación de Cristo: tanto amar los bienes de este mundo como hablar a pobres y a ricos, y luchar y comprometerse por hacer el Reino en esta baja Tierra sabiendo que se está construyendo la salvación eterna porque su Reino, como debiera ser el nuestro, no era, no es de este mundo.
Una relectura
Por Francisco Prieto
Vuelvo a leer en el diario Reforma la entrevista que Silvia Isabel Gámez le hizo al padre Enrique Maza. Maza, que ha sido un periodista notable, especialmente en sus análisis de política internacional, aborda demasiados temas, todos complejos y delicados, en un espacio reducido. No es posible hablar de la dimension histórica de la moral, de la legitimidad del Vaticano, de la homosexualidad y el aborto, del sentido del pecado, de la validez del propósito de salvar el alma en una entrevista de diario necesariamente corta. Sobre todo cuando se dice lo que la mayoría quiere oír, esa mayoría lectora del Reforma, o sea, una clase media más o menos ilustrada a la que escandalizaría que se le dijeran otras cosas: que es necesario entrar por la puerta estrecha, que el aborto es un mal en sí mismo, que esperar de Dios todo es un acto de humildad que parte del reconocimiento de nuestra pequeñez esencial o, dicho de otra forma, la mejor manera de abatir la soberbia que es la vía real para la negación del otro. Maza afirma que un feto no empieza a ser un ser humano antes del sexto mes, a saber, hasta la formación de las células cerebrales. Al releerlo, recordé a mis amigos X y Y que tuvieron un hijo enfermo. Desde el punto de vista de la inteligencia no se valía siquiera mínimamente tener otro. Sin embargo, ellos venciendo sus temores, repitieron la historia. Valió la pena: en la mirada de esas criaturas, en su agradecimiento por las caricias y los cuidados que ellos les prodigaron, encontraron la luz del Amor. Así los tuvieron con ellos hasta la muerte del uno y hasta la muerte del otro, que se había quedado solo y necesitaba por lo mismo una dosis mayor de acompañamiento. Ahora saben que no deben tener hijos. Lo aceptan y lo lamentan. Pero han reencontrado en ellos mismos el sentido de la vida porque, desde la fe por la esperanza en la caridad, viven en la presencia de Dios. Estoy seguro que Enrique Maza no piensa que si X y Y hubieran conocido de antemano la condición de sus hijos deberían haberlos abortado. ¿Por qué Unentonces ser tan complaciente con el hedonismo de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Por qué un periodista tan experimentado como Maza no hace el elogio del sacrificio por amor al otro y así matiza y crea un problema moral a los lectores? Ese Jesús, al que nos remite Enrique Maza una y otra vez, ofrendó su existencia no por la justicia social, sino para que tuviéramos acceso al amor infinito del Padre del que deriva todo. Hacer el camino del Calvario es, también, practicar la imitación de Cristo: tanto amar los bienes de este mundo como hablar a pobres y a ricos, y luchar y comprometerse por hacer el Reino en esta baja Tierra sabiendo que se está construyendo la salvación eterna porque su Reino, como debiera ser el nuestro, no era, no es de este mundo.