Pese a la intención del liberalismo de devolverle al hombre su espacio plural y democrático en la vida de la polis –ese espacio que, como lo ha mostrado Hannah Arendt, nació y murió con el mundo griego–, en el seno del liberalismo no sólo se contradijeron los ideales que movieron a la revolución francesa –Hegel vio muy bien que esa época, que coincidió con la de mayor libertad, fue también la época del más implacable terror– sino también se desarrollaron los totalitarismos históricos y sus variantes más aterradoras –el nazismo, el estalinismo y las dictaduras militares de los regímenes latinoamericanos–. Vencerlos fue –como si se combatiera un cáncer, una excrecencia que se gestó en sus propios tejidos– una labor en la que el mundo liberal se empeñó durante la segunda mitad del siglo XX. Sin embrago y pese a esa larga y dura batalla, dos hechos no pueden negarse: 1) fue, como hemos dicho, en el seno de las filosofías nacidas de la Ilustración donde los totalitarismos históricos se engendraron; 2) pese al triunfo del mundo liberal, no podemos decir que hayamos escapado de ellos y que los ideales más puros del liberalismo se hayan, como lo esperaba Hegel en su visión de la historia, encarnado en el seno de las sociedades: la estructura sistémica en la que vivimos y el imperio del mercado en su fase globalizadora –ambos también nacidos de la entraña del liberalismo– tienen, como lo muestra el artículo de Michel Freitag, “Del terror nazi al mejor de los mundos cibernéticos”, que publicamos en esta entrega, la misma dinámica que la que dio nacimiento a las formas totalitarias que azotaron al siglo XX. ¿Cuál es la razón de ese hecho? ¿Hay en el liberalismo un germen totalitario que los propios liberales no han visto y, empeñados en hacer coincidir en el discurso sus principios con las democracias modernas, continúan sin ver? Debajo de la aparente libertad, del juego del libre mercado, del Estado y sus instituciones como garantes de la vida civil y democrática, de los desarrollos tecnológicos –imposibles de concebir sin la libertad y el capital–, del arrasamiento de culturas y naturaleza en nombre de los principios del liberalismo económico y de las libertades civiles ¿no existe un rostro totalitario de un cuño mucho más sutil y terrible que el de los totalitarismos históricos? En la crisis traída por la posmodernidad, ¿es acaso el liberalismo el último rostro del totalitarismo o la única alternativa para escapar de él? A estas preguntas intentamos, con esta entrega, aproximar una respuesta.
Editorial
Pese a la intención del liberalismo de devolverle al hombre su espacio plural y democrático en la vida de la polis –ese espacio que, como lo ha mostrado Hannah Arendt, nació y murió con el mundo griego–, en el seno del liberalismo no sólo se contradijeron los ideales que movieron a la revolución francesa –Hegel vio muy bien que esa época, que coincidió con la de mayor libertad, fue también la época del más implacable terror– sino también se desarrollaron los totalitarismos históricos y sus variantes más aterradoras –el nazismo, el estalinismo y las dictaduras militares de los regímenes latinoamericanos–. Vencerlos fue –como si se combatiera un cáncer, una excrecencia que se gestó en sus propios tejidos– una labor en la que el mundo liberal se empeñó durante la segunda mitad del siglo XX. Sin embrago y pese a esa larga y dura batalla, dos hechos no pueden negarse: 1) fue, como hemos dicho, en el seno de las filosofías nacidas de la Ilustración donde los totalitarismos históricos se engendraron; 2) pese al triunfo del mundo liberal, no podemos decir que hayamos escapado de ellos y que los ideales más puros del liberalismo se hayan, como lo esperaba Hegel en su visión de la historia, encarnado en el seno de las sociedades: la estructura sistémica en la que vivimos y el imperio del mercado en su fase globalizadora –ambos también nacidos de la entraña del liberalismo– tienen, como lo muestra el artículo de Michel Freitag, “Del terror nazi al mejor de los mundos cibernéticos”, que publicamos en esta entrega, la misma dinámica que la que dio nacimiento a las formas totalitarias que azotaron al siglo XX. ¿Cuál es la razón de ese hecho? ¿Hay en el liberalismo un germen totalitario que los propios liberales no han visto y, empeñados en hacer coincidir en el discurso sus principios con las democracias modernas, continúan sin ver? Debajo de la aparente libertad, del juego del libre mercado, del Estado y sus instituciones como garantes de la vida civil y democrática, de los desarrollos tecnológicos –imposibles de concebir sin la libertad y el capital–, del arrasamiento de culturas y naturaleza en nombre de los principios del liberalismo económico y de las libertades civiles ¿no existe un rostro totalitario de un cuño mucho más sutil y terrible que el de los totalitarismos históricos? En la crisis traída por la posmodernidad, ¿es acaso el liberalismo el último rostro del totalitarismo o la única alternativa para escapar de él? A estas preguntas intentamos, con esta entrega, aproximar una respuesta.