“La nueva historia de Mouchette” de Georges Bernanos

Por Juan Manuel Escamilla

El dolor de los hombres es la gran maravilla del universo. Georges Bernanos
Mouchette aspira a suprimirse. Dostoyevski había descubierto ya que hay en el hombre el apetito de naufragar. Satán, después de habernos tentado y habernos hecho caer, nos abandona en el descubri- miento de la nada que somos y que no nos queda más remedio que amar, tratando de identificarnos con ella. En una palabra, el único pecado es contra el amor; todos los lazos se anudan aquí: el espíritu de las Bienaventuranzas es amor, el pecado de Satán es lo contrario del amor. Quiere que el mundo y el hombre no sean. Charles Möeller
La obra de georges Bernanos (1888-1948), ahora lamentable- mente olvidada, pero reciente- mente publicada por Jus, ha recibido alabanzas y elogios de los críticos más escrupulosos, y su espiritualidad ha si- do sencillamente suscrita por los teólo- gos más rigurosos. Lo que no deja de ser llamativo, a causa de la avidez casi orgiástica con que Bernanos elogia el dolor y la pobreza. Tanto en su obra li- teraria, como en sus escritos políticos aborda el problema del mal (o del do- lor, que es casi lo mismo) sin ambages. Sus personajes son de una humanidad tan honda que resultan inaccesibles a las meras categorías del psicoanálisis o

El dolor de los hombres es la gran maravilla del universo.
Georges Bernanos

Mouchette aspira a suprimirse. Dostoyevski había descubierto ya que hay en el hombre el apetito de naufragar. Satán, después de habernos tentado y habernos hecho caer, nos abandona en el descubrimiento de la nada que somos y que no nos queda más remedio que amar, tratando de identificarnos con ella. En una palabra, el único pecado es contra el amor; todos los lazos se anudan aquí: el espíritu de las Bienaventuranzas es amor, el pecado de Satán es lo contrario del amor. Quiere que el mundo y el hombre no sean.
Charles Möeller

La obra de georges Bernanos (1888-1948), ahora lamentablemente olvidada, pero recientemente publicada por Jus, ha recibido alabanzas y elogios de los críticos más escrupulosos, y su espiritualidad ha sido sencillamente suscrita por los teólogos más rigurosos. Lo que no deja de ser llamativo, a causa de la avidez casi orgiástica con que Bernanos elogia el dolor y la pobreza. Tanto en su obra literaria, como en sus escritos políticos aborda el problema del mal (o del dolor, que es casi lo mismo) sin ambages. Sus personajes son de una humanidad tan honda que resultan inaccesibles a las meras categorías del psicoanálisis o de la antropología, porque son moldeados en el misterio sobrenatural de la habitación de Dios en el hombre.

Para Bernanos Dios puso como último bastión en su lucha cósmica contra el demonio al hombre. Por eso a cualquier lector extraño a la angustia, su literatura le resultará de pésimo gusto, y a un ateo hecho a las angustias nihilistas de un Sartre o a las transgresiones calculadas de un Bataille le provocará espanto. Y es que el escándalo que provoca la obra bernanosiana es del mismo cuño –literalmente idéntico– que el de la muerte que cierto judío provocara hace un par de milenios, porque el mal es la causa de la cruz. De ahí que la novela bernanosiana que plantea con más radicalidad el problema del mal sea la Nueva historia de Mouchette –nueva respecto de Bajo el sol de Satán, que lleva por subtítulo Historia de Mouchette; personajes homónimos, sólo semejantes en el sufrimiento–. Si Péguy nos había regalado páginas donde la presencia casi física de Dios se hace tangible al lector, para Bernanos, en Mouchette, lo patente es su ausencia. El protagonista aquí no es Dios detrás de los avatares de los hombres, sino su silencio frente a la cruz, es decir, frente al mal.

Mouchette es una niña arisca, rebelde, arrojada a la soledad y pobre. Una creatura, como tantas y tantas, condenada a la vida. El relato, espantosamente sencillo, tan desnudo como la experiencia del dolor, cuenta un solo día en la vida de esta niña. Se pierde en el bosque bajo una tormenta y es hallada por el borracho cazador Arsène, quien le ofrece un refugio donde guarecerse de la lluvia y secarse. El cazador la viola. Ella escapa. Llega a casa para atender al mamoncillo chillón y a la madre enferma. Cuando quiere confiarle a su madre la pena que la habita, se encuentra con que ha muerto. Al punto llegan el hermano y el padre, ebrios, como siempre. Se va a la ciudad, a dar parte, y termina confirmando la coartada de su victimario, Arsène, por lo demás un criminal, frente al guardabosques. Hay, luego, un misterioso encuentro de la niña con una mujer extraña que vive velando a los muertos. Le confiesa todo. Al fin, Mouchette se suicida arrojándose en un arroyo.

La nueva historia de Mouchette no es, por lo tanto, una crítica a la sociedad que arroja a la miseria espiritual y material su tesoro más precioso, la infancia. Aunque estos elementos están como los restos podridos de un mundo que perdió el fermento del cristianismo, el meollo de la novela es, como dije, el mal en su sentido más radical, porque la muerte de la niña no es simbólica sino absolutamente concreta, y porque esa muerte no es la de cualquiera sino la de una niña humillada. En el conjunto de su obra, habitada por muertes indignas, ambiguas, y martirios vacilantes, la muerte de Mouchtte –en un autor tan familiar al espíritu de infancia de santa Teresita– encarna el mal radical: el pecado contra la inocencia y la esperanza.

Sin embargo, y pese al planteamiento, en el que el silencio de Dios rodea todo, Bernanos se resiste a condenar a esa pobre criatura y con ella a esos millones de sufrientes anónimos que son los pobres del Evangelio –esos que están en el sufrimiento más concreto, completamente alejado del imbécil lirismo burgués–. También el lector se niega a hacerlo. Al final de la novela siente la esperanza incierta de que el “Dios voraz” no dará tregua en su enfrentamiento al demonio y le peleará la presa, aún cuando se trate de tan poquita cosa como Mouchette. En este sentido, La nueva historia de Mouchette no es sólo la novela bernanosiana más profunda sobre el mal, sino también, y pese a la soledad de su trama, una novela sobre la esperanza. Esto sólo se llega a comprender si se entiende que Bernanos –como lo definió alguna vez Charles Möeller– es un “profeta de la alegría”. Su esperanza –esa de la que, decía el propio Bernanos, “sólo surge cuando hemos aprendido a desesperar de todo”– nace de la fe, de la confianza en saber que a pesar de todo, a pesar de su silencio, Dios está allí. La esperanza es así un esperar contra toda esperanza, esperar, como en la cruz, en el martirio. De ahí que la esperanza, como lo dirá el propio Bernanos, “termine por consumirnos”. Desde el momento en que el misterio de la fe se encarna, desde ese momento también la esperanza se encarna en el sufrimiento de los hombres.

Mouchette es, por lo tanto, la imagen del Cristo orillado al suplicio espantoso de la cruz. Dios, en la novela de Bernanos, está tan espantosamente lejos de la pequeña Mouchette como lo estuvo de su hijo el día fatal. Pero no hay que temer. La niña Muchette, que llevaba “en las aletas de su nariz el propio olor de la muerte”, entra en el agua con “la frente en el sitio más hondo del Cielo”, lo mismo que en el colmo de su abajamiento Cristo entró en los infiernos para dirigirse al día magnífico del domingo de Pascua.

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