Hace unos años Mauricio San- ders invitaba a notar seme- janzas entre San Francisco de Asís y los cátaros.1 En todos ellos se aprecia un deseo apasionado de pure- za. Para no verlos como quien está de vuelta, pensemos en la sociedad que nos gustaría para nosotros y para nues- tros seres queridos, en contraste con el crimen que asola a México, agravado por la corrupción que infecta los po- deres del Estado, con sorpresas de vez en cuando capaces de descorazonar a cualquiera. Quien aspira a una socie- dad libre de esas plagas, está animado por un deseo de pureza. Le podrá pa-
recer más o menos viable, un progra- ma realista o el sueño de un iluso, pero está anhelando pureza.
Dos modos muy diversos de pro- pugnarla son el de exigir cosas puras en sí mismas y el de concentrar la aten- ción en la pureza interior. Es una dife- rencia semejante a la que corre entre el pacifista, que exige de otros la paz, y quien goza de una paz dentro de sí mismo (una ardua conquista, según enseña la experiencia).
No vamos a negar la posibilidad de cosas puras en sí mismas y de una paz objetiva, pero sin la dimensión interior de la paz y de la pureza no se obtiene la
Hace unos años Mauricio Sanders invitaba a notar semejanzas entre San Francisco de Asís y los cátaros (Era un artículo, “La historia es un pesebre”, que se encontraba en la red, pero ya se retiró de ahí). En todos ellos se aprecia un deseo apasionado de pureza. Para no verlos como quien está de vuelta, pensemos en la sociedad que nos gustaría para nosotros y para nuestros seres queridos, en contraste con el crimen que asola a México, agravado por la corrupción que infecta los poderes del Estado, con sorpresas de vez en cuando capaces de descorazonar a cualquiera. Quien aspira a una sociedad libre de esas plagas, está animado por un deseo de pureza. Le podrá parecer más o menos viable, un programa realista o el sueño de un iluso, pero está anhelando pureza.
Dos modos muy diversos de propugnarla son el de exigir cosas puras en sí mismas y el de concentrar la atención en la pureza interior. Es una diferencia semejante a la que corre entre el pacifista, que exige de otros la paz, y quien goza de una paz dentro de sí mismo (una ardua conquista, según enseña la experiencia).
No vamos a negar la posibilidad de cosas puras en sí mismas y de una paz objetiva, pero sin la dimensión interior de la paz y de la pureza no se obtiene la versión objetiva de ninguna de las dos.
La distinción entre el ámbito objetivo y el interior queda bien formulada en el pasaje ya citado de San Pablo, omnia munda mundis: “Todo es limpio para los limpios; en cambio, para los contaminados e incrédulos no exis- te nada limpio, porque su mente y su conciencia están contaminadas” (Tito, 1,15.). Es un principio que ensancha el corazón, que abre horizontes de vida y de comunión: con los demás, con la creación. Claro, también es muy fácil de- clararse puro y convertir eso en punto de partida.
Es verdad que, donde uno ve sólo malicia, retorcimiento y búsqueda de poder, otro advierte buena voluntad, delicadeza con los demás y deseo de servir. El segundo puede ser un ingenuo, pero pongamos por caso que no lo sea. Si él lo advierte, es porque eso está allí, y lo ve porque ha conservado una pureza que podríamos denomi- nar bautismal, o porque es el fruto de una ascesis, que es la mayor parte de las veces.
Santa Teresita le escribió una carta a su hermana Celina en mayo de 1890, con una especie de desarrollo del texto de San Pablo: “¡La pureza es algo tan bello, tan blanco! Bienaventurados los corazones puros porque ellos verán a Dios. ¡Sí, ellos lo verán incluso en la tierra, donde nada es puro, pero donde todas las creaturas se tornan límpidas cuando son vistas a través del Rostro del más bello y del más blanco de los lirios!” una visión superficial de la vi- da de Santa Teresita la puede hacer aparecer como ingenua. Esta carta no permite tal percepción. Es de una audacia colosal. Habla de ver a Dios, y no porque uno se haya liberado y desen- tendido de esta tierra impura, sino precisamente allí. Y se afirma que las co- sas de la tierra en efecto no son puras, pero se vuelven tales gracias a la mirada del puro, el cual lo será porque participa de la mirada de Dios.
Esto es lo que se llama mirada con- templativa. Ver a Dios en el mundo no significa mirar el mundo y después le- vantar la mirada a Dios, sino, precisa- mente, verlo al ver el mundo, sin nece- sidad de volver los ojos a otra parte. Por eso un contemplativo nunca dirá que hoy en día todo es un asco. No negará la existencia del mal, incluso de abun- dancia de mal en el mundo, y quizá sufrirá por eso lo que otros ni se imaginan, pero la conciencia de su Creador, del juicio que Él emitió tras haberlo creado, y no digamos de todo lo que sabe que Él ha hecho después por el hombre, no lo llevarán a un balance final infausto.
Otro texto, muy diverso del anterior –el autor no era creyente–, muestra igual conocimiento del principio enunciado por San Pablo, y deja en- tender que el demonio también lo co- noce y lo retuerce para engañar. Es un cuento de Dino Buzzati donde don Antonio, un cura rural, durante el catecismo ve a lo lejos unos nubarrones que asumen formas definidas, impropias de una nube, y lo van poniendo a prueba siguiendo los capítulos de un tratado de moral. Cuando le toca su turno a la castidad, don Antonio, con la más clásica de las estrategias, desvía la mirada, pero una voz se insinúa en su interior: “¿De qué tienes miedo, re- verendo? ¿De una inocente nubecilla? Si no la miraras, entonces sí que sería para ti una mala señal, querría decir que estás sucio por dentro. una nube, piensa, ¿cómo podría ser culpable? ¡Mírala, reverendo, qué bonita!” (Buzzati, Dino, “Le tentazioni di Sant’Antonio”, en, Sessanta racconti (1958), Oscar Mondadori, Milán, 1994, p.303).
Hay una gran sintonía entre esa voz y la mente de quien se quiere arrogar la pureza interior con sólo declararse puro. El extremo opuesto es querer las co- sas puras en sí mismas. “El temor a la impureza –escribe Sanders–, el sano temor a la impureza, pierde en los cátaros toda medida y proporción. Temen contaminarse del mundo, de materia, descreyendo de manera implícita que Dios también creó el comercio, creó el mundo y la materia. Se hicieron peligrosos, como un caballo desbocado presa del pánico ante una tormenta de rayos”.
Es significativo que San Francisco, que apuesta por la pureza interior, sea el creador del nacimiento y su pesebre, que es “el lugar mezquino, sucio, tene- broso, el lugar de las vacas flacas y los caballos cansados”, y el lugar donde unoencuentra aDios.
Aporías de la búsqueda de lo puro
Por Rafael Jiménez Cataño
Hace unos años Mauricio Sanders invitaba a notar semejanzas entre San Francisco de Asís y los cátaros (Era un artículo, “La historia es un pesebre”, que se encontraba en la red, pero ya se retiró de ahí). En todos ellos se aprecia un deseo apasionado de pureza. Para no verlos como quien está de vuelta, pensemos en la sociedad que nos gustaría para nosotros y para nuestros seres queridos, en contraste con el crimen que asola a México, agravado por la corrupción que infecta los poderes del Estado, con sorpresas de vez en cuando capaces de descorazonar a cualquiera. Quien aspira a una sociedad libre de esas plagas, está animado por un deseo de pureza. Le podrá parecer más o menos viable, un programa realista o el sueño de un iluso, pero está anhelando pureza.
Dos modos muy diversos de propugnarla son el de exigir cosas puras en sí mismas y el de concentrar la atención en la pureza interior. Es una diferencia semejante a la que corre entre el pacifista, que exige de otros la paz, y quien goza de una paz dentro de sí mismo (una ardua conquista, según enseña la experiencia).
No vamos a negar la posibilidad de cosas puras en sí mismas y de una paz objetiva, pero sin la dimensión interior de la paz y de la pureza no se obtiene la versión objetiva de ninguna de las dos.
La distinción entre el ámbito objetivo y el interior queda bien formulada en el pasaje ya citado de San Pablo, omnia munda mundis: “Todo es limpio para los limpios; en cambio, para los contaminados e incrédulos no exis- te nada limpio, porque su mente y su conciencia están contaminadas” (Tito, 1,15.). Es un principio que ensancha el corazón, que abre horizontes de vida y de comunión: con los demás, con la creación. Claro, también es muy fácil de- clararse puro y convertir eso en punto de partida.
Es verdad que, donde uno ve sólo malicia, retorcimiento y búsqueda de poder, otro advierte buena voluntad, delicadeza con los demás y deseo de servir. El segundo puede ser un ingenuo, pero pongamos por caso que no lo sea. Si él lo advierte, es porque eso está allí, y lo ve porque ha conservado una pureza que podríamos denomi- nar bautismal, o porque es el fruto de una ascesis, que es la mayor parte de las veces.
Santa Teresita le escribió una carta a su hermana Celina en mayo de 1890, con una especie de desarrollo del texto de San Pablo: “¡La pureza es algo tan bello, tan blanco! Bienaventurados los corazones puros porque ellos verán a Dios. ¡Sí, ellos lo verán incluso en la tierra, donde nada es puro, pero donde todas las creaturas se tornan límpidas cuando son vistas a través del Rostro del más bello y del más blanco de los lirios!” una visión superficial de la vi- da de Santa Teresita la puede hacer aparecer como ingenua. Esta carta no permite tal percepción. Es de una audacia colosal. Habla de ver a Dios, y no porque uno se haya liberado y desen- tendido de esta tierra impura, sino precisamente allí. Y se afirma que las co- sas de la tierra en efecto no son puras, pero se vuelven tales gracias a la mirada del puro, el cual lo será porque participa de la mirada de Dios.
Esto es lo que se llama mirada con- templativa. Ver a Dios en el mundo no significa mirar el mundo y después le- vantar la mirada a Dios, sino, precisa- mente, verlo al ver el mundo, sin nece- sidad de volver los ojos a otra parte. Por eso un contemplativo nunca dirá que hoy en día todo es un asco. No negará la existencia del mal, incluso de abun- dancia de mal en el mundo, y quizá sufrirá por eso lo que otros ni se imaginan, pero la conciencia de su Creador, del juicio que Él emitió tras haberlo creado, y no digamos de todo lo que sabe que Él ha hecho después por el hombre, no lo llevarán a un balance final infausto.
Otro texto, muy diverso del anterior –el autor no era creyente–, muestra igual conocimiento del principio enunciado por San Pablo, y deja en- tender que el demonio también lo co- noce y lo retuerce para engañar. Es un cuento de Dino Buzzati donde don Antonio, un cura rural, durante el catecismo ve a lo lejos unos nubarrones que asumen formas definidas, impropias de una nube, y lo van poniendo a prueba siguiendo los capítulos de un tratado de moral. Cuando le toca su turno a la castidad, don Antonio, con la más clásica de las estrategias, desvía la mirada, pero una voz se insinúa en su interior: “¿De qué tienes miedo, re- verendo? ¿De una inocente nubecilla? Si no la miraras, entonces sí que sería para ti una mala señal, querría decir que estás sucio por dentro. una nube, piensa, ¿cómo podría ser culpable? ¡Mírala, reverendo, qué bonita!” (Buzzati, Dino, “Le tentazioni di Sant’Antonio”, en, Sessanta racconti (1958), Oscar Mondadori, Milán, 1994, p.303).
Hay una gran sintonía entre esa voz y la mente de quien se quiere arrogar la pureza interior con sólo declararse puro. El extremo opuesto es querer las co- sas puras en sí mismas. “El temor a la impureza –escribe Sanders–, el sano temor a la impureza, pierde en los cátaros toda medida y proporción. Temen contaminarse del mundo, de materia, descreyendo de manera implícita que Dios también creó el comercio, creó el mundo y la materia. Se hicieron peligrosos, como un caballo desbocado presa del pánico ante una tormenta de rayos”.
Es significativo que San Francisco, que apuesta por la pureza interior, sea el creador del nacimiento y su pesebre, que es “el lugar mezquino, sucio, tene- broso, el lugar de las vacas flacas y los caballos cansados”, y el lugar donde uno encuentra a Dios.