He pasado este año acompañado por la lectura de libros magníficos, de esos que no vienen a traer la paz sino la guerra. Uno de ellos es el de George Steiner, Los libros que nunca he escrito. En esta obra de sabiduría, Steiner dedica un capítulo a Sión, es decir, al pueblo judío del que forma parte. Nació en París de una familia cuyos orígenes menos remotos se encuentran en esa parte de Prusia que también sería polaca, que es hoy polaca y, educado en el sistema escolar francés, hizo de Inglaterra su país de residencia. Es un ciudadano británico que ha pasado no pocos años de su vida en territorio norteamericano y, por lo mismo, tiene las cartas credenciales para entender, amar, odiar, acoger y rechazar a Sión como ha sucedido con tantos judíos.
En plena guerra en Gaza, la lectura de Steiner me llegó en el mejor momento: llevaba ya muchos días solicitado, en mi correo electrónico, por demandas de unirme a condenas a Israel y por otras que me solicitaban la denuncia de no pocas calumnias malintencionadas que han venido apareciendo en periódicos, revistas, emisiones radiofónicas. Si condenar al Estado de Israel por los actos terroristas de Bombay fue un acto de mala fe –murieron muchos judíos y no fue objetivo mirarlos como una especie de monobloque, como si todos los judíos, los que viven en Israel y los que están en otras partes del mundo, hubiesen actuado juntos– hacerlo por las matanzas en la zona de Gaza fue, cuando menos, discutible. Es verdad que los palestinos de Hamas han agredido con misiles a los israelíes. Es verdad también que esos proyectiles y la tecnología real de la maquinaria de guerra de los palestinos ha producido pocas muertes, nada si las comparamos con el daño causado por los judíos a la población de Gaza.
Pero también es verdad, y no es posible olvidarlo, que los hombres y las mujeres de Hamas pretenden y procuran el fin del Estado de Israel y que esa pretensión hace que los judíos reaccionen de manera desmedida. Para ellos, perder una batalla en el Medio Oriente significa perder la guerra, perder su tierra, perder Sión. La razón es compleja en su aparente simplicidad. Hace demasiados años que muchas personas viven en tierra de Israel, personas que no han conocido otra y que hablan hebreo como lengua ordinaria, incluso como su única lengua. El propio Steiner lo reconoce al escribir: “…Israel está reduciendo a los judíos a la común condición del hombre nacionalista. Ha reducido esa singularidad moral y esa aristocracia de la no-violencia hacia los otros que han constituido la trágica gloria de los judíos. Sé el costo inhumano que esta impotencia omnipresente ha acarreado. Sé lo fácil, lo barato que es criticar a Israel si uno no está dispuesto a compartir sus cargas y su constante peligro. Pero es esta sensación de reducción lo que me ha impedido ser un sionista, hacer mi vida y la de mis hijos en Israel. Los sionistas de salón son tan despreciables como los compañeros de viaje que alababan a la Unión Soviética pero tenían mucho cuidado de no poner jamás un pie dentro de sus fronteras”.
Creo que en la gesta de creación del Estado de Israel en tierra palestina, Occidente pecó por partida doble. En primer lugar por un sentido cristiano o por lo que quedaba de él y que buscaba compensar a los hombres y mujeres victimados en la Shoa, darles un refugio seguro, un lugar donde no se reencontrasen con todos aquellos que les habían dado la espalda en sus países de origen con el advenimiento del nacional socialismo. Con ello, Occidente pasó por encima de la inmensa mayoría que poblaba aquellos territorios y que no quería ni necesitaba conformar un Estado moderno, una mayoría constituida por nómadas cuya patria eran una tierra, un sistema de ideas y de creencias, nunca un cuerpo burocrático. En segundo lugar, Occidente pecó también por su herencia racionalista, por su apuesta al progreso per se, por su absoluta seguridad que hacía que no pocos europeos se preguntasen, como burlonamente se preguntó
Montequieu: “¿Cómo es posible ser persa?”, y por la conveniencia estratégica de tener un enclave occidental en zona petrolera. A esto se aunaron también las guerrillas israelíes y el constante desplazamiento en barcos piratas de refugiados de Europa. El hecho, sin embargo, es que el Estado de Israel existe ahora y que los judíos, por un designio de crecimiento, se han apropiado de territorios que no les fueron dados y no les pertenecen.
Lo que duele, sin embargo, a Steiner es percatarse de que a pesar de todo siempre habrá más palestinos que israelíes –esos premodernos se reproducen y crecen en progresión geométrica, mientras ellos, los judíos, disminuyen–. También le duele que el Estado de Israel eche tierra sobre esas páginas de las Escrituras donde se dice que es necesario amar al extranjero como a uno mismos; donde se recuerda que ellos también fueron extranjeros en el país de Egipto, que hay que construir esa confraternidad porque “Yo soy el Eterno”, el Padre de los judíos, pero también de los egipcios. Un sabio judío, nos recuerda Steiner, un sabio del hasidismo, escribió: “La verdad siempre está en el exilio […] Me doy cuenta perfectamente de que un Estado peregrino no es para todo el mundo. Que los riesgos que corre son extremos. La Shoa es quizá una mofa de lo que pienso. Sin embargo, lo repito: sobrevivamos, si es que lo hacemos, como invitados entre los hombres, como invitados de la propia existencia. En su mesa de fiesta, la familia judía siempre guarda un sitio vacío para el extraño que tal vez llame a su puerta. Puede ser un mendigo o un oculto mensajero de Dios. Nunca debe ser rechazado. Ser un anfitrión es ser también un invitado. Este es el propósito definidor, la justificación de la Diáspora”.
Me rehúso a condenar a Israel. Imagino que yo fuera judío, hijo o nieto de un húngaro, de un polaco, de un austriaco, acaso, que sobrevivió al campo de concentración, que dejó la vida haciendo fértil el desierto, contribuyendo a crear un mundo distinto y mejor para sus descendientes…He visto los frutos multiplicarse. ¿Se me puede pedir que sea pacifista? Sé que nadie me defenderá si los míos y yo no lo hacemos, si no movilizamos todos los recursos posibles de la Diáspora para mantener viva a Sión. En el fondo de mí mismo, si tuviera el valor de enfrentar la realidad, como lo ha hecho el judío Steiner, sospecharía que tarde o temprano sería expulsado de nuevo, que la promesa de sobrevivencia de mi pueblo se habría cumplido en más de dos milenios de exilio, que no sólo, como todos los seres humanos, mi destino sería ser un desterrado de Dios sino, además, un expulsado. Que Dios no habría faltado a su palabra, que después de Auschwitz, de Dachau, de Buchenwald… seguiría habiendo judíos.
Me rehúso a condenar a Israel por defenderse a “dentelladas secas y calientes” y no puedo evitar soñar en la conversión de los judíos a Jesús, en que un día encontrarán en él al Mesías que siguen esperando en vano. Sueño en la salvación de todos por la conversión de los judíos. Jesús, después de todo, era un judío.
Una lectura sobre Sión
Por Francisco Prieto
He pasado este año acompañado por la lectura de libros magníficos, de esos que no vienen a traer la paz sino la guerra. Uno de ellos es el de George Steiner, Los libros que nunca he escrito. En esta obra de sabiduría, Steiner dedica un capítulo a Sión, es decir, al pueblo judío del que forma parte. Nació en París de una familia cuyos orígenes menos remotos se encuentran en esa parte de Prusia que también sería polaca, que es hoy polaca y, educado en el sistema escolar francés, hizo de Inglaterra su país de residencia. Es un ciudadano británico que ha pasado no pocos años de su vida en territorio norteamericano y, por lo mismo, tiene las cartas credenciales para entender, amar, odiar, acoger y rechazar a Sión como ha sucedido con tantos judíos.
En plena guerra en Gaza, la lectura de Steiner me llegó en el mejor momento: llevaba ya muchos días solicitado, en mi correo electrónico, por demandas de unirme a condenas a Israel y por otras que me solicitaban la denuncia de no pocas calumnias malintencionadas que han venido apareciendo en periódicos, revistas, emisiones radiofónicas. Si condenar al Estado de Israel por los actos terroristas de Bombay fue un acto de mala fe –murieron muchos judíos y no fue objetivo mirarlos como una especie de monobloque, como si todos los judíos, los que viven en Israel y los que están en otras partes del mundo, hubiesen actuado juntos– hacerlo por las matanzas en la zona de Gaza fue, cuando menos, discutible. Es verdad que los palestinos de Hamas han agredido con misiles a los israelíes. Es verdad también que esos proyectiles y la tecnología real de la maquinaria de guerra de los palestinos ha producido pocas muertes, nada si las comparamos con el daño causado por los judíos a la población de Gaza.
Pero también es verdad, y no es posible olvidarlo, que los hombres y las mujeres de Hamas pretenden y procuran el fin del Estado de Israel y que esa pretensión hace que los judíos reaccionen de manera desmedida. Para ellos, perder una batalla en el Medio Oriente significa perder la guerra, perder su tierra, perder Sión. La razón es compleja en su aparente simplicidad. Hace demasiados años que muchas personas viven en tierra de Israel, personas que no han conocido otra y que hablan hebreo como lengua ordinaria, incluso como su única lengua. El propio Steiner lo reconoce al escribir: “…Israel está reduciendo a los judíos a la común condición del hombre nacionalista. Ha reducido esa singularidad moral y esa aristocracia de la no-violencia hacia los otros que han constituido la trágica gloria de los judíos. Sé el costo inhumano que esta impotencia omnipresente ha acarreado. Sé lo fácil, lo barato que es criticar a Israel si uno no está dispuesto a compartir sus cargas y su constante peligro. Pero es esta sensación de reducción lo que me ha impedido ser un sionista, hacer mi vida y la de mis hijos en Israel. Los sionistas de salón son tan despreciables como los compañeros de viaje que alababan a la Unión Soviética pero tenían mucho cuidado de no poner jamás un pie dentro de sus fronteras”.
Creo que en la gesta de creación del Estado de Israel en tierra palestina, Occidente pecó por partida doble. En primer lugar por un sentido cristiano o por lo que quedaba de él y que buscaba compensar a los hombres y mujeres victimados en la Shoa, darles un refugio seguro, un lugar donde no se reencontrasen con todos aquellos que les habían dado la espalda en sus países de origen con el advenimiento del nacional socialismo. Con ello, Occidente pasó por encima de la inmensa mayoría que poblaba aquellos territorios y que no quería ni necesitaba conformar un Estado moderno, una mayoría constituida por nómadas cuya patria eran una tierra, un sistema de ideas y de creencias, nunca un cuerpo burocrático. En segundo lugar, Occidente pecó también por su herencia racionalista, por su apuesta al progreso per se, por su absoluta seguridad que hacía que no pocos europeos se preguntasen, como burlonamente se preguntó
Montequieu: “¿Cómo es posible ser persa?”, y por la conveniencia estratégica de tener un enclave occidental en zona petrolera. A esto se aunaron también las guerrillas israelíes y el constante desplazamiento en barcos piratas de refugiados de Europa. El hecho, sin embargo, es que el Estado de Israel existe ahora y que los judíos, por un designio de crecimiento, se han apropiado de territorios que no les fueron dados y no les pertenecen.
Lo que duele, sin embargo, a Steiner es percatarse de que a pesar de todo siempre habrá más palestinos que israelíes –esos premodernos se reproducen y crecen en progresión geométrica, mientras ellos, los judíos, disminuyen–. También le duele que el Estado de Israel eche tierra sobre esas páginas de las Escrituras donde se dice que es necesario amar al extranjero como a uno mismos; donde se recuerda que ellos también fueron extranjeros en el país de Egipto, que hay que construir esa confraternidad porque “Yo soy el Eterno”, el Padre de los judíos, pero también de los egipcios. Un sabio judío, nos recuerda Steiner, un sabio del hasidismo, escribió: “La verdad siempre está en el exilio […] Me doy cuenta perfectamente de que un Estado peregrino no es para todo el mundo. Que los riesgos que corre son extremos. La Shoa es quizá una mofa de lo que pienso. Sin embargo, lo repito: sobrevivamos, si es que lo hacemos, como invitados entre los hombres, como invitados de la propia existencia. En su mesa de fiesta, la familia judía siempre guarda un sitio vacío para el extraño que tal vez llame a su puerta. Puede ser un mendigo o un oculto mensajero de Dios. Nunca debe ser rechazado. Ser un anfitrión es ser también un invitado. Este es el propósito definidor, la justificación de la Diáspora”.
Me rehúso a condenar a Israel. Imagino que yo fuera judío, hijo o nieto de un húngaro, de un polaco, de un austriaco, acaso, que sobrevivió al campo de concentración, que dejó la vida haciendo fértil el desierto, contribuyendo a crear un mundo distinto y mejor para sus descendientes…He visto los frutos multiplicarse. ¿Se me puede pedir que sea pacifista? Sé que nadie me defenderá si los míos y yo no lo hacemos, si no movilizamos todos los recursos posibles de la Diáspora para mantener viva a Sión. En el fondo de mí mismo, si tuviera el valor de enfrentar la realidad, como lo ha hecho el judío Steiner, sospecharía que tarde o temprano sería expulsado de nuevo, que la promesa de sobrevivencia de mi pueblo se habría cumplido en más de dos milenios de exilio, que no sólo, como todos los seres humanos, mi destino sería ser un desterrado de Dios sino, además, un expulsado. Que Dios no habría faltado a su palabra, que después de Auschwitz, de Dachau, de Buchenwald… seguiría habiendo judíos.
Me rehúso a condenar a Israel por defenderse a “dentelladas secas y calientes” y no puedo evitar soñar en la conversión de los judíos a Jesús, en que un día encontrarán en él al Mesías que siguen esperando en vano. Sueño en la salvación de todos por la conversión de los judíos. Jesús, después de todo, era un judío.