“El pórtico del misterio de la segunda virtud” de Charles Péguy
Por Juan Manuel Escamilla
Péguy ha unido y encuadrado cuidadosamente todas las piedras de su teología para poder finalmente colocar, como clave de bóveda, su último pensamiento[…] En el “principio esperanza” desemboca todo. Ha penetrado en una teología total de la esperanza que hoy se hace visible, discreta pero inconteniblemente, en un camino estructural de la construcción teológica.
Hans Urs Von Balthasar
Una llama traspasará las tinieblas eternas.
Charles Péguy
Charles Péguy (1873-1914) es uno de esos hombres difíciles de definir porque siempre se mantuvo al margen de las categorías –y la confianza que otorgan sus definiciones unívocas–. Es uno de esos raros y geniales personajes de umbral, un alma libre que hizo su propio camino despreciando las trilladas avenidas de la comodidad.
Bien elocuente resulta, por eso, la trayectoria que lo condujo hasta el seno del catolicismo romano la vigilia del día de su muerte y que lo mantuvo en el pórtico de la iglesia y de la Iglesia durante unos buenos cuantos años, muy literalmente. Pronto en su infancia se apartó de la fe y vino a profesar el socialismo hasta que fue reencontrándose con el cristianismo de la mano del filósofo Jacques Maritain.
Sin embargo, su peculiar situación familiar (los escrúpulos que le impedían acercarse a la reunión de los bautizados por vivir con la mujer que amaba, pero con quien no podía casarse a causa de su ateísmo) y otras varias razones, como la suspicacia que siempre le tuvo al clericalismo, lo mantuvieron en el pórtico de la Iglesia.
A pesar de permanecer en el pórtico, situación que da nombre a su libro Pórtico del misterio de la segunda virtud, su corazón habitaba la nave misma del Templo: andaba por sus pasillos con la seguridad del campesino que camina de vuelta al hogar una vez concluida la labor del día.
Así como los medievales, esos buenos muchachos, insistieron en la trascendencia de Dios (¿acaso porque para ellos era un personaje familiar?), Péguy vuelve una y otra vez con sus versos monótonos –oleaje de un mar eterno– a su presencia, insistiendo en su Encarnación, que lo hace prójimo de los hombres, y en su Providencia.
Es Pórtico uno de sus libros más hermosos. Hace hablar en él a Dios de la manera más bella concebible, y la más acogedora. Presenta su vivencia personal (hija de la inquietud y no de los libros) de un Dios digno de Fe. Pero, aún más, digno de Esperanza. Y es que “La fe que más me gusta, dice Dios, es la Esperanza”, escribe Péguy. Se refiere a una de las tres virtudes teologales –esas piedras sobre las que se cimenta la catedral que es el alma humana, que dan cohesión y sentido a todo el conjunto; que manan de Dios y a Él se refieren directamente–. No está hablando del pálido optimismo, ese producto crédulo e irracional de nuestro tiempo, hijo bastardo del mucho más elegante y cristiano salto de fe protestante; no, sino de la Esperanza. De la confianza en que, a pesar de todo, las cosas irán mejor. No sólo porque sí, sino porque quien lo garantiza es digno de crédito y su actuación en nuestro beneficio es patente.
Virtud que, como las virtudes, cuesta todo y todo lo anima, que reconforta sólo después de escocer. Contra lo que podría parecer al mundo ateo, no consuela mediante el falaz mecanismo de cerrar los ojos a la realidad, sino que abre la percepción a su totalidad. A esta virtud no se le escapa lo mucho que se sufre, ni se le escapa en un ápice la herida honda que es la vida. Pero sabe que eso no es todo, que hay más, y que ese más no está más allá sino tan aquí como la tierra. Como escribe J. L. Martín Descalzo, Péguy “supo descubrirnos que lo sobrenatural ‘es’ nuestra casa.” Connatural al Misterio, Péguy da carne a las virtudes en sus versos: “La Fe es una Esposa fiel. La Caridad es una Madre. Una madre ardiente, toda corazón. O una hermana mayor que es como una madre. La Esperanza es una niñita de nada”. Una niña recién nacida que, no obstante, anima a las otras dos más grandes, la Fe y la Caridad, a quienes ésta mueve. Y es que ya se sabe que no se trabaja si no por y para los niños. Virtud sorprendente y desconcertante, que sorprende y desconcierta al mismo Dios, la Esperanza (¡qué insidiosa debe ser su Gracia!) conduce a los hombres, de nuevo cada vez, a un lugar del que, incluso antes de ponernos en marcha, sabemos que es decepcionante. No importa, para esa niña lo que vale es el recorrido. Por ella no desesperamos –tentación a que nos enfrentamos más de lo que querríamos, porque lo fácil, lo obvio, es desesperar –. No tiene ningún mérito saber que estamos en un mundo más bien triste–. Ella, en cambio, regalada por la Gracia, mira hacia adelante, hacia ese desconocido y ambiguo “mañana”, y logra que el hombre, tan confiado en sus pobres empresas, lo acepte. Es una humilde llama que alumbra la oscuridad que habitamos y que “vacilante al soplo del pecado, temblorosa a todos los vientos” es “inextinguible al soplo de la muerte” que atravesará los mundos y los tiempos.
“El pórtico del misterio de la segunda virtud” de Charles Péguy
Por Juan Manuel Escamilla
Péguy ha unido y encuadrado cuidadosamente todas las piedras de su teología para poder finalmente colocar, como clave de bóveda, su último pensamiento[…] En el “principio esperanza” desemboca todo. Ha penetrado en una teología total de la esperanza que hoy se hace visible, discreta pero inconteniblemente, en un camino estructural de la construcción teológica.
Hans Urs Von Balthasar
Una llama traspasará las
tinieblas eternas.
Charles Péguy
Charles Péguy (1873-1914) es uno de esos hombres difíciles de definir porque siempre se mantuvo al margen de las categorías –y la confianza que otorgan sus definiciones unívocas–. Es uno de esos raros y geniales personajes de umbral, un alma libre que hizo su propio camino despreciando las trilladas avenidas de la comodidad.
Bien elocuente resulta, por eso, la trayectoria que lo condujo hasta el seno del catolicismo romano la vigilia del día de su muerte y que lo mantuvo en el pórtico de la iglesia y de la Iglesia durante unos buenos cuantos años, muy literalmente. Pronto en su infancia se apartó de la fe y vino a profesar el socialismo hasta que fue reencontrándose con el cristianismo de la mano del filósofo Jacques Maritain.
Sin embargo, su peculiar situación familiar (los escrúpulos que le impedían acercarse a la reunión de los bautizados por vivir con la mujer que amaba, pero con quien no podía casarse a causa de su ateísmo) y otras varias razones, como la suspicacia que siempre le tuvo al clericalismo, lo mantuvieron en el pórtico de la Iglesia.
A pesar de permanecer en el pórtico, situación que da nombre a su libro Pórtico del misterio de la segunda virtud, su corazón habitaba la nave misma del Templo: andaba por sus pasillos con la seguridad del campesino que camina de vuelta al hogar una vez concluida la labor del día.
Así como los medievales, esos buenos muchachos, insistieron en la trascendencia de Dios (¿acaso porque para ellos era un personaje familiar?), Péguy vuelve una y otra vez con sus versos monótonos –oleaje de un mar eterno– a su presencia, insistiendo en su Encarnación, que lo hace prójimo de los hombres, y en su Providencia.
Es Pórtico uno de sus libros más hermosos. Hace hablar en él a Dios de la manera más bella concebible, y la más acogedora. Presenta su vivencia personal (hija de la inquietud y no de los libros) de un Dios digno de Fe. Pero, aún más, digno de Esperanza. Y es que “La fe que más me gusta, dice Dios, es la Esperanza”, escribe Péguy. Se refiere a una de las tres virtudes teologales –esas piedras sobre las que se cimenta la catedral que es el alma humana, que dan cohesión y sentido a todo el conjunto; que manan de Dios y a Él se refieren directamente–. No está hablando del pálido optimismo, ese producto crédulo e irracional de nuestro tiempo, hijo bastardo del mucho más elegante y cristiano salto de fe protestante; no, sino de la Esperanza. De la confianza en que, a pesar de todo, las cosas irán mejor. No sólo porque sí, sino porque quien lo garantiza es digno de crédito y su actuación en nuestro beneficio es patente.
Virtud que, como las virtudes, cuesta todo y todo lo anima, que reconforta sólo después de escocer. Contra lo que podría parecer al mundo ateo, no consuela mediante el falaz mecanismo de cerrar los ojos a la realidad, sino que abre la percepción a su totalidad. A esta virtud no se le escapa lo mucho que se sufre, ni se le escapa en un ápice la herida honda que es la vida. Pero sabe que eso no es todo, que hay más, y que ese más no está más allá sino tan aquí como la tierra. Como escribe J. L. Martín Descalzo, Péguy “supo descubrirnos que lo sobrenatural ‘es’ nuestra casa.” Connatural al Misterio, Péguy da carne a las virtudes en sus versos: “La Fe es una Esposa fiel. La Caridad es una Madre. Una madre ardiente, toda corazón. O una hermana mayor que es como una madre. La Esperanza es una niñita de nada”. Una niña recién nacida que, no obstante, anima a las otras dos más grandes, la Fe y la Caridad, a quienes ésta mueve. Y es que ya se sabe que no se trabaja si no por y para los niños. Virtud sorprendente y desconcertante, que sorprende y desconcierta al mismo Dios, la Esperanza (¡qué insidiosa debe ser su Gracia!) conduce a los hombres, de nuevo cada vez, a un lugar del que, incluso antes de ponernos en marcha, sabemos que es decepcionante. No importa, para esa niña lo que vale es el recorrido. Por ella no desesperamos –tentación a que nos enfrentamos más de lo que querríamos, porque lo fácil, lo obvio, es desesperar –. No tiene ningún mérito saber que estamos en un mundo más bien triste–. Ella, en cambio, regalada por la Gracia, mira hacia adelante, hacia ese desconocido y ambiguo “mañana”, y logra que el hombre, tan confiado en sus pobres empresas, lo acepte. Es una humilde llama que alumbra la oscuridad que habitamos y que “vacilante al soplo del pecado, temblorosa a todos los vientos” es “inextinguible al soplo de la muerte” que atravesará los mundos y los tiempos.