Diálogos en la esperanza, frente a la crisis de la razón

Por Jorge Traslosheros

¿Cómo reconocer la esperanza en medio de un mundo que ha reducido todo al puro ámbito económico? Jorge Traslosheros, investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la unam, haciéndose eco de tres grandes pensadores contemporáneos, Víctor Frankl, Eirich Fromm y Luigi Giussani, y de la revelación evangélica, nos coloca de cara a una fuente fundamental de la esperanza en Occidente que la corrupción del cristianismo nos ha velado.

 

En su última alocución como cardenal, Joseph Ratzinger hizo una denuncia clara contra la dictadura del relativismo. Sus palabras, lo recuerdo bien, causaron escozor, torceduras de boca, escándalo, pero también alivio y esperanza. Su homilía no pasó indiferente porque tocó un punto neural que produce gran malestar en nuestra cultura. Hemos perdido la fe en la razón y con ello la confianza en la posibilidad de conocer ya no digamos la Verdad con mayúscula, sino algunos elementos verdaderos en nuestra vida. El relativismo radical se ha apropiado de nuestra existencia. Ante la imposibilidad de conocimiento cierto hemos reducido todo a discursos subjetivos. Nada es real, tan sólo apariencia y discurso. Si todo es subjetivo, alternativo, si la vida es la sucesión anárquica de momentos, entonces no existe un pasado auténtico, tampoco un presente en el cual asentarse, ni mucho menos un futuro que construir. Sin pasado, presente, ni futuro la esperanza se vuelve un absurdo, simple ilusión y fantasía. La pérdida de la fe en la razón y por ende en la verdad está en el fondo de nuestra crisis cultural. No obstante, es en la crisis de la esperanza donde esta realidad cobra todo su dramatismo y, cuando nos damos cuenta de que las principales víctimas de este vaciamiento existencial son los jóvenes, entonces toma tintes trágicos.

Asociar la crisis de nuestra cultura con la falta de esperanza puede resultar por lo menos incómodo para algunos, por lo que al hacerlo corremos el riesgo de ser insultados con epítetos tales como “ilusos”, “soñadores” o, el peor de todos según quien lo emite, de “creyentes”. El nihilismo está de moda y, obvio es decirlo, no cree en nadie. Sin embargo, la denuncia de la crisis de nuestra civilización como un problema radical de desesperanza, no es un fenómeno nuevo. Fue analizada por diversos pensadores que a lo largo del siglo XX crearon distintas escuelas, entre otras, la de Frankfurt, la psicoterapia humanista, el personalismo-comunitario ( así se le llama en español a falta de un concepto más preciso) y su compañera de viaje que la teología de la esperanza ,de la que el actual Papa es dilecto representante, si no es que uno de sus más importantes forjadores. Todas estas escuelas tienen en común la reivindicación de la razón, su fe en el ser humano, en sus capacidades para construir un mundo bello, bueno, justo, fundado en la verdad, así como la denuncia sin concesiones de la estulticia que domina nuestro tiempo.

Para darnos gusto reflexionando sobre la razón y la esperanza acudiremos al encuentro de tres pensadores que hicieron de sus ideas una forma de vida: Víctor Frankl, Eirich Fromm y Luigi Giussani. El primero fue un sobreviviente de los campos de concentración y creador de la tercera escuela psicológica de Viena conocida como Logoterapia, a mi entender la expresión más acabada de la psicoterapia humanista. El segundo fue psicoanalista, sociólogo, filósofo y uno de los principales exponentes de escuela de Frankfurt, y el tercero, un filósofo y sacerdote italiano dedicado a la juventud por vocación y que, ante la crisis derivada de los años sesentas, fundó un movimiento que hoy se conoce bajo el nombre de Comunión y Liberación. El primero, judío practicante con vocación al diálogo; el segundo, también de estirpe judía, se declaró “ateo místico” y su búsqueda intelectual lo llevó al estudio de las grandes tradiciones religiosas, entre ellas la judía, la budista y la cristiana. El tercero, reivindicó el diálogo entre fe y razón como componente esencial de la experiencia cristiana. Frankl, Fromm y Giussani, cada uno desde su trinchera, se reconocieron explícitamente como portadores y herederos de la milenaria tradición judeocristiana. Tres hombres que, sin ellos saberlo pues no se trataron, se encontraron dialogando en la esperanza.

Víctor Fralkl, a partir de su experiencia en los campos de concentración, se dedicó a explorar las profundidades del corazón humano y, sustentado por su larga experiencia clínica, llegó a dos conclusiones: que el dotar de sentido a la vida es la necesidad más apremiante de toda persona y que, el problema más acuciante del hombre de nuestro tiempo es precisamente el vacío existencial. Dicho en mexicano, que el hambre se ha juntado con las ganas de comer; pero no se encuentra el pan de la vida. La crisis de sentido sólo es posible superarla si se logra orientar la vida a los valores trascendentes y actuar en consecuencia. Tarea que cada persona, por su propio esfuerzo tiene que realizar. Frankl viaja al subconsciente del ser humano, a lo profundo de sus estructuras psíquicas y, lejos de encontrar un atado de irracionales impulsos, encuentra la presencia ignorada de Dios. Como psicólogo clínico, y sobre la base de su experiencia personal y científica, afirma que la religiosidad constituye la manifestación más profunda de la personalidad humana, fenómeno que no es exclusivo del creyente. Para Frankl, la necesidad de sentido constituye la antropología básica de la persona y el sentido de trascendencia, o autotrascendencia, la potencia más profunda del carácter. La crisis de nuestra cultura encuentra una de sus principales raíces en la pérdida de sentido en la vida y en la existencia. La falta de sentido es la crisis de la esperanza y éste es el problema más acuciante de nuestro tiempo.

Por su parte Erich Fromm se dedicó a estudiar las potencias creativas y destructivas del ser humano, cuestionado por el ascenso del nazismo y el legado de destrucción que dejó a su paso en especial contra las minorías entre las que se encontraban los judíos, los gitanos, los enfermos crónicos, los minusválidos y otros más. Fromm encontró  que el Hombre posee un enorme potencial para el amor que define una orientación constructiva de su carácter a la cual llamó “biofilia”. Sin embargo, también posee gran capacidad para la destrucción y la muerte, orientación del carácter que él denominó “necrofilia”. Ambas tendencias se encuentran insertas en el corazón del hombre y favorecer una u otra depende en mucho de decisiones personales, pero también de orientaciones culturales.

A lo largo de su obra, Fromm realiza un diagnóstico demoledor de nuestra cultura hasta llegar a la conclusión de que se encuentra en profunda crisis, que está dominada por tendencias necrófilas visibles  en la falta de confianza en la razón y en el pasado, presente y futuro del ser humano. Afirma que es la renuncia a la razón lo que nos conduce a la falta de fe y de esperanza y abre el camino a la construcción de una sociedad caracterizada por la enajenación y la cosificación del hombre (la idolatría y el pecado según la tradición judeocristiana).  Ambos fenómenos llevan al ser humano a perder contacto con sus potencias creativas y a   reducir al Otro –Dios, ser humano, naturaleza– a simple objeto de uso, a cosa desechable. Es decir, nos conducen a la entronización de las tendencias necrófilas de nuestro carácter, a la afirmación de una cultura que cambia la vida y la persona, por la cosa y la muerte. Para Fromm sólo será posible salir de esta postración cultural y existencial por la práctica de la fe y el amor racionalmente orientados, movidos por la esperanza, que nos abra a una convivencia solidaria.

Después de muchos años de práctica clínica, Erich Fromm llega a la conclusión de que la cualidad dominante del carácter humano es su religiosidad. Necesidad existencial que se expresa en la permanente construcción de marcos de referencia y en la elección de objetos devocionales correspondientes, sin los cuales sería imposible ubicarse en el mundo. En la religiosidad se manifiestan también la orientación básica del carácter, por lo que éste puede ser irracional y destructivo o bien racional y creativo. Según este diagnóstico, nuestro tiempo –moderno o posmoderno, da igual– ha creado una religión que tiene a Mammón como su único Dios y al consumismo ilimitado y al hedonismo militante como sus marcos de referencia. Esto, no es casualidad, enajena al ser humano, le impide su experiencia de ser  creativo, vivo, capaz de amar, de trascender en el Otro y, en consecuencia, activa los mecanismos de la destructividad reduciendo a ese Otro –Dios, ser humano, naturaleza– a una cosa, a un objeto de uso y desecho según los intereses del momento. Para Fromm, sólo la práctica de una religiosidad racionalmente orientada, fundada en la esperanza, amante de la vida por su experiencia de don y apertura al ser humano será capaz de sacar a nuestra cultura de su profunda crisis. En síntesis, en su libro La revolución de la esperanza, afirma: “En su búsqueda de la verdad científica, el hombre dio con el conocimiento que podía utilizar para dominar a la naturaleza y tuvo en esto un éxito formidable. Pero el hincapié unilateral que el hombre puso en la técnica y en el consumo material hizo que perdiera el contacto con él mismo y con la vida. Al perder la fe religiosa y los valores humanistas ligados a ella, se concentró en los valores técnicos y materiales y dejó de tener la capacidad de tener experiencias emocionales profundas y de sentir la alegría o la tristeza que suelen acompañarlas. Las máquinas que construyó llegaron a ser tan poderosas que desarrollaron su propio programa, el cual determina ahora el pensamiento mismo del hombre”.1

Por su parte, Luigi Giussani llega al mismo diagnóstico sobre nuestra cultura. El ser humano vive enajenado, cosificado y en tales circunstancias la experiencia religiosa parece vaciarse de contenido, parece no ser vivificante sino un ritualismo casi intrascendente. No sólo la religión, toda una cultura está en crisis y para trascenderla, que es mucho más que salir de ella, propone vivir desde la esperanza en clave cristiana. Dice Giussani:“En el planteamiento cristiano, que comienza con la palabra fe, brota inmediatamente un futuro, nace como consecuencia esta nueva flor que se llama esperanza, cuyo contenido es la gloria de Dios. Es la esperanza de que todo el mundo reconozca a Dios, de que Dios se dé a conocer a todos y diga: Yo soy, es decir, he vencido”.2

El referir la esperanza a la gloria de Dios podría parecernos una fuga al más allá, un huir del mundo para evadir problemas y caer en la inacción, lo que sería francamente irracional. Una renuncia al compromiso de lo cual ha sido acusado el cristianismo en más de una ocasión, a mi entender de manera injusta. Pero la esperanza cristiana está muy lejos de ser un escaparse del mundo evadiendo responsabilidades. Todo lo contrario. El orientar la existencia a la gloria de Dios no es propuesta nueva, sino esencial al cristianismo. Al hacerlo, Giussani se pone en sintonía con los grandes místicos de la historia de la Iglesia. Tal fue la divisa que adoptara san Ignacio de Loyola para la Compañía de Jesús, tal el principio que inspirara a santa Teresa de Ávila, a san Juan de la Cruz y, más reciente, a la beata Teresa de Calcuta por poner cuatro ejemplos conocidos. ¿Alguien podría acusar a estos hombres y mujeres de haber vivido fugados de la realidad, de no haberse comprometido con su tiempo, con los problemas de su sociedad? ¿Alguien podría acusarlos de evasión y omisión? Tal acusación sería un despropósito, un acto de ignorancia.

La esperanza así entendida, como bien señala Giussani, sólo se comprende a cabalidad a partir de la paradoja cristiana y es que, para que sea plenamente humana, para que sea razonable, es necesario que se ordene hacia Dios y se sustente en Él. Para no caer en evasiones o en ilusiones debe hundirse en lo más profundo de la experiencia humana que es Dios hecho hombre, Jesús de Nazaret, el Cristo. Así, Giussani nos pone de frente a uno de los grandes escándalos que ha suscitado la fe en el Nazareno desde hace dos mil años. En el cristianismo referirse a Dios es siempre y por necesidad acudir al encuentro del ser humano. Jesús es Dios y es Hombre verdadero, es el Verbo encarnado, es el Logos. En Cristo Dios se hizo hombre para que el ser humano pudiera alcanzar a Dios y hacerlo de manera definitiva. Por lo mismo, la esperanza en la gloria de Dios conduce a la acción comprometida para que el hombre tenga vida en abundancia. La esperanza es el cristianismo en movimiento. Es, como dirían también los grandes místicos, contemplación en la acción.

La esperanza, que se comprende a partir de la paradoja, se desenvuelve en la vida cotidiana de la misma manera. Por eso el cristianismo es el escándalo de nuestro tiempo, por eso es profundamente contracultural, por eso se le ataca. Cuatro elementos me parecen sustanciales dentro del planteamiento de Giussani para comprender la novedad de la esperanza cristiana: la certeza, el deseo, la pobreza y el perdón. La certeza, que es la conciencia de que la acción de hoy dará fruto mañana, se nutre de dos fuentes. La primera es la tradición milenaria, la memoria del cristianismo, de la  tradición apostólica. Como historiador que soy no puedo menos que entusiasmarme con el rescate de la memoria. La segunda fuente siempre está en el aquí y ahora; se trata de la presencia del Resucitado que ha movido esos dos mil años de historia y que nos mueve cada día. Entonces, la esperanza es certeza del pasado, del presente y también del futuro. No se trata de un futuro nebuloso, sino de la presencia de Dios que nos abraza pues él mismo decidió quedarse entre nosotros. Podemos decir que la esperanza cristiana no es el nostálgico recuerdo de los peregrinos de Emaús, sino su profunda alegría al saberse acompañados del Resucitado.

Sin embargo, la certeza no implica que el futuro llegará fatalmente. Tal creencia llevaría a la inacción. Dios nos invita, pero no suple nuestra voluntad. La gracia perfecciona la naturaleza, no la sustituye. Sin una convicción razonable no hay elección ni futuro. Pero la pura convicción alcanzada por la razón tampoco nos mueve. No basta con darnos cuenta de que algo es conveniente, hace falta algo más para entrar en acción. Es necesario el deseo. Acostumbrados como estamos al lugar común según el cual la religión es la represión del deseo, resulta por lo menos escandaloso afirmar que su motivación se encuentra en el mismo deseo. Giussani afirma, como lo haría Benedicto XVI en su segunda encíclica, que la esperanza se alimenta del deseo de que lo anhelado se cumpla. El deseo que habita en el fondo de todo corazón humano de vivir una vida auténtica, de que la belleza sea más que una ilusión, de ser feliz. Un deseo que, por nacer del corazón humano, se pueda apasionadamente desear hasta decir con santa Teresa: “vivo sin vivir en mí, / y de tal manera espero, / que muero porque no muero”.

La esperanza es la negación de la ilusión y del utopismo. La esperanza se mueve por el deseo de una vida de entrega que ponga en juego lo mejor de nuestra humanidad, eso que solemos llamar caridad. La esperanza nos conduce irremediablemente al compromiso con el Otro, con ese otro que es divino y es humano. La fe de la cual se nutre la esperanza y la esperanza que confirma nuestra fe, constituyen el camino propiamente humano, un método de vida a todas luces razonable.

Sin embargo, este método de vida no nos exenta del error. Equivocar el camino es propio de la condición humana. En el camino de la fe y de la esperanza erramos, nos equivocamos y, en su expresión más dramática, cometemos pecado. Entonces, la esperanza resulta que tampoco es mágica componenda, ni un pasaje gratis al mundo de la fantasía. Es, como todo camino humano, un fatigoso trajinar, con sus momentos de entusiasmo, de duda, de paz, de consolación, de abundancia y de sequedad y, en ocasiones, de desolación hasta alcanzar densas noches oscuras. Por esto mismo, el camino del cristiano no puede prescindir de la razón, del conocimiento, de la reflexión constante, de la revisión. Puesto que el error es parte del camino de la esperanza, todos, sin excepción, estamos necesitados de perdón.

Puesto que fallamos, es necesario enmendar el camino. Así, el cristiano se mueve por la certeza de que Dios no le abandona jamás, que siempre nos da la oportunidad de seguir adelante, de que su fidelidad es permanente. No solamente estamos necesitados del perdón de Dios, también del de nuestros hermanos y del que nos procuramos a nosotros mismos. Y es que el perdón es la posibilidad de la resurrección cotidiana de la muerte a la que no lleva el pecado.

El perdón no sólo nos hace humildes ante nuestra pretensión de que todo lo podemos por nuestras únicas fuerzas, también nos hace partícipes de la misericordia de Dios y del amor comunitario. Bien dice Giussani que ser perdonado, más que perdonar, es la acción más difícil en la vida, pues es la que nos revela nuestra fragilidad y, más aún, nuestra dependencia de los demás. Sin fe y sin caridad, el perdón  es ilusión. Sin esperanza, carece de sentido. La esperanza en la resurrección no es un asunto de los últimos tiempos, es cosa de todos los días. Cada día nos renovamos en la esperanza.

Ante una cultura sumida en la fatalidad y en la sinrazón, la esperanza cristiana se convierte en un acto de rebeldía, en una acción francamente contracultural. Frente a la obsesión por el bienestar que confundimos con el bien-ser, frente al afán por la autoposesión que confundimos con la autodeterminación, ante el capricho de poseerlo todo y que confundimos con una libertad en cuyo nombre se permite incluso abusar y matar al prójimo, la esperanza nos invita a renunciar a toda falsa certeza, a la dependencia que genera la posesión, a esos afectos desordenados de los cuales tanto advirtió san Ignacio de Loyola y que nos alejan del bien mayor que es Dios, de  la gloria de Dios. Así, Giussani trae a nuestra memoria al Santo de Asís para quien la pobreza cargada de deseo, de sacrificio, de certeza, de perdón y humildad, por hacernos uno con la tierra, es la perfecta alegría.

Víctor Frankl, Erich Fromm y Luigi Giussani, que representan distintas escuelas  de pensamiento, coinciden en afirmar que nuestra cultura está en crisis porque hemos perdido la fe en la razón, en la verdad, en el presente y futuro, en suma, en el ser humano. También, que esta ausencia de fe se manifiesta en la falta de amor solidario y en la pérdida de la esperanza. Se ha perdido el sentido de la trascendencia depositando nuestra energía vital en la adoración al Dios de la riqueza, con sus templos repletos de mercancías y su liturgia consumista. La vida humana se ha vaciado de contenido, ha perdido su sentido. Por eso afirman que sólo la esperanza racionalmente orientada, llena de fe y amor por el prójimo es capaz de reorientar la cultura para hacer brotar el potencial constructivo del ser humano, su amor por la vida. Frankl, Fromm y Giussani nos proponen una salida cierta al problema existencial y cultural de nuestro tiempo. También articulan un rotundo desmentido contra la idea hoy tan políticamente correcta de que la religión es fantasía, magia, fanat ismo,irraciona lidad, ideología.

En alguna ocasión san Pablo afirmó que de la fe, la esperanza y la caridad sólo la tercera perdura, pues frente a Dios sólo el amor basta. Sin embargo, esta verdad tiene una lectura complementaria que a mí me parece muy sugerente: la dimensión estrictamente humana de la relación con Dios está marcada por la fe y la esperanza. Cierto es que son un don de Dios, pero tan sólo necesarias para el camino de la vida propiamente humana. La fe y la esperanza son una forma de ser en el mundo que nos conduce a una vida plena, es decir, que constituyen un método fundado en la razón para vivir en el amor solidario, íntimo y trascendente a la vez. Razón y fe son complementarias en grado tal que una sin la otra no pueden sostenerse. Es cierto que, hoy por hoy, cuando los prejuicios se levantan contra las formas de la vida religiosa en general, y la cristiana en particular, en que se acusa a la religión de “pensamiento mágico”, afirmar que la fe y la razón brotan de la misma fuente de sabiduría es importante, es necesario y nos revela, como hace dos mil años, la permanente novedad del cristianismo. Cristo, como siempre lo ha sido, resulta ser muy incómodo y reta a la cultura, nos reta a cada uno en lo particular, es contracultural. Jesús de Nazaret, muerto en cruz y resucitado, es una paradoja y un escándalo para un mundo sumido en la pasividad, en la destructividad, para una cultura que ha hecho de la muerte su culto favorito. La mirada del Nazareno todo lo actualiza dotando de sentido la vida, haciendo de nuestra existencia algo razonable para lanzarnos a un camino de encuentro, de caridad, con destino cierto, renovando nuestra razón en la esperanza.

 

1 La revolución de la esperanza, FCE, México,1970, p. 14.
2 Luigi Giussani, ¿Se puede vivir así?, p. 135.

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