Sigo a Steiner

Por Pablo Soler Frost

 

En este cuento lleno de una profunda y fina ironía, el escritor Pablo Soler Frost nos enfrenta con el misterio de la Esperanza en medio de la más heteróclita, absurda, inane y obscura de todas las civilizaciones de la historia: la nuestra.

 

En Morelos se dan muchas cosas. Desde placeres hasta obispos comprometidos: Zapata aún cabalga, dicen los viejos; el Rey Tepozteco anda cerca. En balnearios y rastrojos hay desazón y hay esperanza, y cuando se acabe la esperanza, queda el trabajo, como decía el heredero de Isildur. Y llegó a haber varios lugares de silencio y devoción. Esa casa de retiros quaunahuacense tenía un jardín muy cuidado, donde florecían, a su hora, framboyanes, tabachines y árboles-orquídea. Y esa hora daba casi siempre, menos en los meses de aguas; no en balde cursimente llamaban a esa ciudad “la de la eterna primavera”; rudamente era otro su nombre, habiéndose convertido, bajo la égida de los asesinos de Carranza y sus sucesores, en un inmenso burdel tropical.

La casa en sí (el ser en sí siempre lleva acento) era fea, con anexos y remiendos.

Pero el jardín eximía a la casa de ser bella, ese jardín inmenso con su capilla abierta bajo los fresnos, cubierto el camino de musgo; sus cafetos en la ladera oriental y en el terreno grande, al sur, los poderosos encinos sustentantes (porque es árbol caliente y deja crecer otras creaturas: bromelias, orquídeas, musgo, helechos, líquenes; sus frutos sostienen ardillas y carpinteros).

Alrededor todo, menos una casa vecina, en el abandono, había cambiado, y no para mejor. Había un outlet de comida llamado “El pollo feliz”, una convenience store, un garage, un banco anzuelista y desesperado, un gym pobretón y ruidoso, una tienda de ropa pirata, y un paradero de la ruta. Casi todo el día se oía “la ke buena, la estación que soñé” (habrá sido una pesadilla). Pero los árboles aún estaban en pie.

La casa había servido para un solo propósito al ser fundada; ser un lugar de silencio: pero, tras la muerte del fundador, se había devaluado y ahora servía para diversas cosas: algunas inteligentes, otras inútiles, otras públicas, como las misas de renovación, algunas privadas, como la penitencia; había sopa para pobres los viernes, un dispensario abierto también en viernes, una capilla, pequeñas salas de conferencias y muchísimos dormitorios, para sacerdotes o peregrinos; también una caldera, y una covacha, donde guardaba sus cosas el jardinero y una biblioteca cerrada con candados. El dinero había venido de las arcas de un empresario del lugar, quien, durante su larguísimo secuestro, se volvió a Dios; por muchos años esa casa de retiros realmente floreció; ahora vegetaba; el sucesor tenía otras cosas que hacer, que él creía utilísimas, pero que eran, por así decir, actividades inanes. Signo de los tiempos.

Uno de los propósitos de la casa (no el más importante, pero uno de ellos) era dar hospitalidad a la reunión mensual de un grupo de artistas, creyentes, católicos para más señas. Cada tercer viernes de mes llegaban a las doce del día. A veces eran once, otras veces se re unían catorce o quince. Tenían varias edades, pero todos profesaban un apego increíble por la poesía, esa desbancada.

Los poetas nos miran a todos con aire de hambrientos leones enjaulados en un circo desierto, solía decir uno de los contertulios, Julián.

Y también los unía el ser todos creyentes (como Bresson o como Tarkovski). No todos eran poetas; había un músico, dos cineastas, un guarda forestal. Tres filósofos hubo, aunque uno de ellos, la única mujer del grupo, ya hubiese fallecido. Había habido un sacerdote, también difunto. Los once de siempre eran: Miguel, el animador del diálogo, quien vivía por el Casino de la Selva; Julián, sobrino del doctor Patrocinio Greene y Cuauhtémoc, los filósofos; Persiles y Pedro, los cineastas (los cuatro venían de México); Cristian, que era un músico afamado (que dirigió muchos años una filarmónica en Japón) y era el único nacido en Cuernavaca, propiamente en Acapantzingo; un joven pálido de Tlayacapan llamado Alberto que vivía en la Inde; José Guadalupe, un exagregado cultural foxista (era de una familia mexiquense muy de derecha); Mateo, el guarda forestal, quien venía desde Huitzilac; Martín, un poeta extraordinario (era muy humilde) y Francisco José, un joven platero, de Taxco. Tomaban café y agua, galletas y cacahuates.

Era raro pensar que en el mundo del beat-lab, aún entre zetas y decapitados en youtube, raves y grafiti; hormonas en la carne y en los ríos, realities y porno en la tv, manga, hackers, gamers, twisters, trashers, sitters, dealers, djs, clones de corderos, modelos, malos sacerdotes, abortistas, nudistas, tatuados, hubiera creyentes.

Claro, eran muy distintos unos de otros; uno no sabía manejar; otro traía un roadster BMW Z3; uno era más que liberal, otro más bien conservador, uno casi teólogo de la liberación; Cristian, el músico, era un católico-zen, si eso existe; y había cat-people y dogpeople entre ellos; y a José Guadalupe no le gustaban los animales. Unos eran de “doble a”; otro, marihuano. Alguno era ocurrente, como Cristian o Julián, alguno un poco pesado; otros los había serios y reconcentrados; también uno, por lo menos, Mateo, tenía un humor admirable.

A uno le interesaba más Popper, el del cisne negro y Bloom, el del canon; a otro Hamann, el mago del Norte; a otros dos, Illich; a otro ,el padre Plasencia y el padre Von Balthasar; a otro, en fin, Steiner, los Cohen y Tarkovski; a casi todos, Newman, Manley Hopkins, y Ruskin y Tolstoi y Tolkien. Para ellos era una especie de milagro. En casi cada reunión se debatía un tema. Digo casi porque a veces los cofrades venían un poco distraídos, a veces venían aún impresionados por el “retiemble sus centros la tierra” leído en yahoo! o por las cuitas o hallazgos de su diario quehacer y el tema se quedaba en el aire, o se disolvía bajo las ráfagas de la ironía, o se disipaba en chismes no tan provincianos.

A las tres se dispersaban: unos iban tradicionalmente a comer tacos acorazados o carnitas, por las vías de tren cercanas a la fábrica de Coca-Cola; otros regresaban a sus casas; Julián, Pedro y a veces Persiles o Cuauhtémoc, se iban a comer a “Las Mañanitas” (tal vez porque eran ricos; tal vez porque venían de México; tal vez porque a los cuatro les fascinaba beber tequila).

Fue Cuauhtémoc, un jovenzuelo almibarado y bien pensante, quien dijo esa mañana fría (el tema del día era la esperanza):

–Nunca, a pesar de mi interés por la historia bizantina, había leído la Historia secreta de Procopio. Esta historia secreta es, como su nombre lo indica, un recuento de las oscuras cosas que pasaban en los laberintos del poder reinando Justiniano.

Regnabat 527-565 Anno Domini –dijo José Guadalupe, siempre tan mamón–.

A Cuauhtémoc la interrupción no lo inmutó; Julián iba a decir algo, pero se contuvo y prendió un cigarro; también Pedro prendió un “delicado”.

–…y es también secreta por ser una narración que su autor no habría ni podido ni deseado publicar en su día, a menos que hubiera querido que lo cegaran primero y lo decapitaran luego. Procopio, consejero del difamado Belisario, vivió, un poco como nosotros, sucesos tremendos y quiso dejar constancia de los crímenes que había presenciado.

–Sí, pero si dejaras constancia de lo de hoy, ¿cuánto durarías?, dijo Mateo, quien, cuando contaba historias de gente, eran de talamontes, narcotraficantes y soldados.

Historia secreta, la tituló Procopio.

–Es curioso que sus otros libros gocen de crédito, mientras que la Historia secreta está… patinada con la apariencia de ser obra de muy poco crédito, en especial entre los autores anglosajones quienes (de Gibbon a Norwich) han considerado el libro de Procopio mórbido, falaz, alucinado, escandalizándolos por demás la descripción de los salaces actos y deseos de Teodora, una prostituta, y de Justiniano, su infame marido, emperadores de Bizancio…

– …y citó fragmentos traduciéndolos, no al inglés, sino al latín…

–Gibbon llega a decir que tal vez sólo los franceses tengan estómago para leer acerca de los desmanes de Teodora… Grandes risas de varios, en especial de Mateo, el guardabosques, que es medio francés.

–Bueno, el usar el latín para prevenir a sus lectores –como era costumbre en su época–, contra ciertos pasajes de tono muy subido era… Sonó la campana. Mateo fue a abrir.

–…pero bueno, el asunto es que Procopio creía (de ahí tal vez la prevención de Gibbon), Procopio creía que vivía bajo el rey de los demonios… Justiniano… por aquí tengo la cita…, dijo Cuauhtémoc.

–De hecho los cristianos, católicos y ortodoxos, deberíamos saber que vivimos bajo el dominio del rey de los demonios… Eso no es una novedad…, dijo el recién llegado, Martín, quien vivía arriba, en la carretera federal, cerca de Guayacahuala.

–No… está en San Pablo; y en San Ignacio de Antioquía, y hay ecos en todos; Orígenes, Lactancio…, dijo Miguel

Y Martín:

–Nerón, Domiciano, Caracalla, Heliogábalo, Cómodo, Diocleciano, y, más acá, Felipe II, Isabel I, Cromwell, los jacobinos, Napoleón, el Káiser, Hitler… en ellos muchos cristianos vieron la faz del Anticristo… y sabían que…

–…como Procopio: que en el trono está sentado el Enemigo.

Hubo un silencio. Todos pensaban. Pedro escribía en su cuaderno; también José Guadalupe.

–Yo lo que hubiera querido…, dijo Cuauhtémoc, pero Julián lo interrumpió, lanzando un buscapiés:

–Leí el otro día una inscripción católica en un libro del padre Coloma. La inscripción decía: “Si este libro turba tu alma, no lo leas”.

Ostrakou. Hacerse concha… –terció Francisco José, ávido siempre de mostrar su griego–. Ostraka, de ostrakos, jarro; ostrakion, concha, testáceo.

–¿De dónde sacaste esa palabra? –dijo Pedro–. Hacía años que no la oía.

–Mi amigo Salvador Elizondo escribió unos aforismos… y así les puso… –dijo Cristian, quien había conocido al maestro en casa de Lavista.

–Yo lo que hubiera querido es ser menos frágil, más entero– dijo Pedro, que era (no tan secretamente) gay.

–Y…¿acerca de la esperanza? –preguntó Miguel.

Persiles, que no había hablado, a pesar de ser una de sus ocupaciones favoritas, narró lo siguiente:

–Era octubre, un año y dos meses después del Katrina. Iban por la principal avenida de Nueva Orleáns, Luisa, Lupita, Malena, Szuszanna, Alba, Juan Carlos, Andrés, Héctor, Miguel, Cristian, Miguel, el “School”, el “Droopy”, Alejandro, Salvador, Johanzen, Hugo y Pablo, mis cuates, cast y el crew de una película. En la avenida aún se ve el daño causado hace catorce meses por el Katrina; se nota en los juzgados, en el hotel Marriott, en los comercios, en el pavimento. Están poniendo palmeras nuevas, rieles nuevos, cables nuevos, luminarias (como dicen ahora). Querían filmar algo en una tienda de cámaras; se negocia; pasa el tiempo, y una poca de gente. Unos obreros comenzaron a taladrar; la filmación se detiene. Los obreros se detienen. Ha empezado a lloviznar un agua tibia. De pronto un afroamericano inmenso, vestido con ropa de obrero y cubierto por un casco reluciente les preguntó: “What’s the name of the movie?” Oh; it’s Hope, sir”. El símbolo de la victoria en su gran mano. Una sonrisota. “Yeah, man”. Sus compañeros obreros ríen, echan un poquito de relajo, alguno aplaude.

–Extraordinario, dijo Miguel.

–Tolkien menciona a cada rato la esperanza. Tengo algún ejemplo por aquí, dijo José Guadalupe, abriendo su elegante cuaderno ribeteado.

–No necesitas tu cuaderno, le reviró Pedro –quien lo detestaba cordialmente, bien cordialmente como quería Balzac (habían discutido una vez, con acritud, y no era para menos, acerca de qué tan grande era la responsabilidad de la Iglesia en la Shoah, Pedro pensando, como el sacerdote de Amén, que la nuestra era una culpa inmensa; José Guadalupe obtusamente pensando que la culpa era luterana; Pedro lo había callado diciéndole: “Caín, Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?”. José Guadalupe no se lo había, todavía, perdonado). Y dijo:

–“I do not foretell, for all foretelling is now vain. On the one hand lies darkness, and on the other only hope”,1 le dijo Galadriel a Gimli, si no estoy equivocado. Y, Gandalf, a todos, en Edoras, señalando al Este, al enemigo, a Mordor: “Verily, that way lies our hope, where sits our greatest fear. Doom hangs still on a thread. Yet hope there is still, if we can but stand unconquered for a little while”.2

–Tienes una memoria prodigiosa– le dijo Francisco José, silbando. José Guadalupe hizo un mohín de cansancio. Luego, todos tomaron la palabra a la vez y fue difícil saber qué decía cada quién.

–En cierto sentido lo mismo dice Cristo…

–…no resistir al mal…

–…porque lo que Jesús nos ofrece, se oyó la voz clara de Martín, es su paz; no seguridades terrenas, no éxitos, ni triunfos, ni exaltaciones; simplemente su paz. Y ésta es posible tenerla aún en medio del desastre absoluto, aún escondiéndose en las catacumbas de las delaciones, las torturas, los relapsos, aún en el mundo de los réprobos…

–Jünger dice, refiriéndose a un himno del siglo XVI que en las guerras mundiales ya se habrían querido cristianos así, llenos de fe y de alegría y de esperanza –dijo Cristian, sorbiendo imperceptiblemente su café frío y con la diestra tomando una galleta de pueblo.

–Bueno, y von Galen…

–Bueno, y tu amiga, Mateo…

–Tiene 93 años; es uno de los “justos”; y es la mujer más esperanzada, más lanzada a futuro que conozco… “¿Qué vamos a hacer?, ¿cuándo nos vamos a ver?, ¿qué se necesita? ¿En qué ayudo?…” Esas son sus frases favoritas…

–Yo en cambio tengo una tía, mucho más joven, que podría agriar la leche…

La bruma azul de un “Delicado” subió perezosamente al cielorraso. El más joven, el pálido y cordial tlayacapanense alcanzó a decir:

–¿Qué importa la edad, ni siquiera la condición? La fe es el leño, la caridad la llama, la esperanza el soplo que enciende los rescoldos. Es la decisión la q…

Todos lo miraron con asombro, porque nunca hablaba. Dio la una de la tarde; el reloj de a pie hizo sonar su campana.

En eso una explosión sacudió la casa. El techo del salón se vino parcialmente abajo. La explosión no fue seguida por otra, lo que la hizo más irreal. Un pájaro carpintero emitió su alarma. Ayes.

Vidrio roto… Polvo… Sangre… Astillas de los verdes árboles…

¿Quién vive? ¿Quién muere? ¿Qué fue lo que pasó? ¿La caldera? ¿Estalló el gas de la anticuada cocina? ¿O una bomba? ¿Un atentado? ¿Un error? ¿Un avión cayendo? ¿O…?

Pasados unos minutos sordos, azorados los sobrevivientes escucharon la primera sirena.

 

 

1 No predigo, pues toda predicción es hoy inútil. De un lado está la oscuridad; del otro, la esperanza tan sólo.
2 Verdaderamente, allí donde radica nuestro más grande miedo, se halla nuestra esperanza. La fatalidad cuelga de un hilo. Pero habrá esperanza siempre y cuando permanezcamos sin conquistar un poco más.

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