La esperanza y el crimen

Conversación con Juan José Pedraza
Eduardo Garza y Javier Sicilia

 

Uno de los universos más duros son las cárceles, donde el interno, lejos de ser llevado a la readaptación social, es castigado en condiciones a veces inhumanas. A lo largo del 2008 asistimos a motines y protestas sangrientas en algunos penales del país y, debido a los altos índices delictivos que vive México, no sólo al endurecimiento de las penas sino al espantoso clamor por el establecimiento de la pena de muerte. ¿Hay una esperanza en estos infiernos? Entrar en los Ceresos de Querétaro es encontrar esa esperanza. La presente conversación con el ingeniero Pedraza es una luz para el sistema penitenciario.

 

Eduardo Garza: Algo que te hace sui generis entre los directores de los penales es la confianza en el interno, la confianza en su readaptación social. De esa confianza hay cientos de historias maravillosas.

 

Javier Sicilia: Me encantaría que habláramos de ellas, pero me gustaría antes que nos refiriéramos a algo que tú, Eduardo, y yo veníamos conversando cuando nos dirigíamos aquí. Hablábamos de Víctor Frankl, de ese hombre que en Auschwitz, el sitio de la desesperanza absoluta, vivió no sólo de la esperanza, sino que creó una obra esperanzadora. Las cárceles, en México, ciertamente no son Auschwitz, pero son sitios de castigo, sitios donde seres, en sí mismos desesperanzados, son sumidos en una desesperanza mayor.

Sin embargo, como bien dice Eduardo, al hablar de ti y de la confianza, de la fe que tienes en el interno –la fe que acompaña, junto con la caridad, a la esperanza–, tú has creado en ellos, y en los Ceresos de Querétaro, una zona de esperanza.

¿Cómo llegaste ahí; cómo descubres la esperanza y la confianza en ellos, en esos seres para los que, en sus casos extremos, algunos sectores de la sociedad piden la pena de muerte?

 

Juan José Pedraza: Este encuentro en mi vida –porque en todo hay un inicio– empieza –como a veces empieza lo maravilloso– con una confusión. Cuando llegó al poder este gobierno, el que ahora es mi jefe me dice: “La dirección del Colegio de Policía.” “¿Qué te pasa? –le respondo–, sé llegar, pero no conozco la dirección.” “No seas menso, Te estoy ofreciendo la dirección del Colegio de Policía”. Estaba a punto de jubilarme y la acepté porque sentía que es un lugar donde se puede hacer algo y porque mi formación académica y militar en el Pentatlón me lo permitía. Sin embargo, otras autoridades no fueron de la misma opinión y la cosa quedó ahí. Dos o tres meses después, mi amigo volvió a buscarme y me ofreció la Dirección de los Ceresos.

La acepté con cierto resquemor. Tenía miedo, porque no conocía ese mundo y, como muchos en nuestra sociedad, pensaba que era un mundo donde el asesino está al acecho.

 

Eduardo Garza: Hay, sin embargo, como una bendición en esa inocencia. Te permitió mirar distinto, enfocar, cuando rompiste el prejuicio, de manera nueva.

 

Juan José Pedraza: Sí. Recuerdo en este sentido la primera rueda de prensa que tuve. Me preguntaron que si tenía miedo. Les dije que sí, lo que me costó un buen regaño; luego, frente a la pregunta sobre mi proyecto, les respondí que tenía una idea que me venía del Pentatlón y que se resumía en el punto número 32 que dice: “Nunca te avergüences de haber creído en la dignidad de alguien desprovisto de ella, pues el perverso, que hoy es el irredento absoluto, sólo existe en la patología”. Yo –se los dije a los periodistas y se los reitero a ustedes– creo en el Pentatlón –viví ahí 32 años– y creo en esa frase.

Cuando poco a poco fui conociendo el sistema penitenciario, me di cuenta que los  presos eran como islas, cinco islas que jalaban por su lado. Había incluso penales, como el de Jalpan, que atiende cinco municipios de la sierra y que, por una razón absurda, se consideraban y se siguen considerando zonas de castigo para el personal que labora en ellos. Un absurdo, como les digo, porque Jalpan es una belleza. Su penal sólo tiene 60 internos.

Esto mostraba algo: el poco entrenamiento y la falta de valores entre los custodios. Incluso, es algo que les recalqué, la falta de orgullo, de pertenencia. Después de varias acciones en que –al mostrarles mi interés en los penales, mi disciplina militar y el respeto que algunos comandantes de la policía que estuvieron en el Pentatlón conmigo, y algunos magistrados, a quienes invité al penal, me tenían– me gané su confianza –cuando uno llega a una institución nada es más difícil que ganarse la confianza de quienes laboran en ella–, comenzamos a inculcarles un espíritu de pertenencia y de sentido humano hacia los internos.

El paso siguiente fue con los internos. Lo primero que hicimos fue –porque yo entré en diciembre de 2004– hacer que todos los internos de los cinco penales montaran pastorelas –hasta entonces sólo lo hacían los de San Juan del Río–. Nos fue muy bien, ganamos varios premios. Descubrimos a dos talentos espléndidos: Paulo y Marcelo. De ahí surgió otro, Pedro Javier, que representa a un rabino de una manera magistral.

 

Javier Sicilia: Hay algo interesante en esto: una preocupación por las personas y no por su administración como reos, una relación con las personas y no con un trabajo. Esto, desde mi punto de vista, es fundamental.

 

Juan José Pedraza: Sí, me viene de treinta años de profesor. Ahí siempre me preocupé por aprenderme desde el inicio de clases los nombres de cada uno de mis alumnos. Me importaban ellos, cada uno de ellos. Si uno no hace eso es que no sólo no nos importan sino que no los queremos. Conocer a las personas, crear una relación con cada una de ellas en particular es crear un mundo, una identidad, un sentido de amistad, de pertenencia humana.

Aquí en el penal, procuro aprenderme los nombres de todos e interesarme en sus vidas. Aunque no lo he logrado del todo: la población es muy grande y hay muchas rotaciones, lo hago, no como una disciplina, sino como un acto espontáneo, de sentido de mi propia humanidad.

 

Eduardo Garza: Yo, que te conozco y que conozco también a algunos de los internos, quisiera resaltar el caso de Pedro Jorge, en el que esta relación ha sido fundamental para crear una confianza y una esperanza. Recordarlo es de alguna forma encontrarnos con las historias a las que hacías mención al inicio de nuestra plática. En ellas se ejemplifica, mejor que en las teorizaciones, el sentido de la esperanza que has sabido crear en el centro de aquellos seres humanos en los que ya nadie confía.

 

Juan José Pedraza: Voy a llegar a ellas, pero hay que seguir un poco con la génesis. Después de las pastorelas, conocí a Arturo Morel, que trabaja en teatro y que fue uno de los que evaluó nuestras pastorelas. A él le gustaba cantar “El sueño imposible”, del musical sobre el Quijote. Se me hizo curioso, porque a mi madre le gustaba, porque a mí me llenaba la vida de sentido. Encuentro en esa canción una pertenencia y un sentido: el ideal de lo humano que siempre me ha acompañado. Le pregunté, entonces, por qué le gustaba cantarla. “Es que tengo una obra de teatro” en Atlacholoaya, el penal de Morelos. Fui entonces con mis cinco directores a verlo a los Estudios Churubusco y le dijimos que nos interesaba montar esa obra con internos y custodios en Querétaro. Empezamos entonces por cantar “El sueño imposible” en todos los penales. La cantamos durante tres meses con la intención de que se quedara como un himno del sistema penitencial de Querétaro, como una manera de construir una pertenencia de orden humano y un sentido de vida. Paralelamente a esto, compusimos con un custodio, Daniel, un himno, “el himno del custodio”, en el que se exaltan los valores de la justicia y el compromiso, un himno conmovedor, que ha sido fundamental para ir creando ese sentido de pertenencia y de misión. Costó trabajo –para estas personas construidas en un modelo machista, cantar algo así era una niñería–, pero después de dos años de trabajo se logró.

Ahora se canta con gran orgullo. Esto ha permitido ir construyendo valores morales en ellos, valores que no tenían, y hacerlos mirar a los internos de otra manera. Ya no como basura, sino como seres humanos, como personas –es una insistencia constante de nuestra parte– que pueden ser rehabilitadas. Han ido entendiendo que no son cuerpos lo que nos entregan para que los custodiemos, sino personas que debemos tratar adecuadamente para que cuando salgan de aquí no vuelvan al crimen.

Para ello, a diferencia de lo que siempre se cree y es un sino de los penales, lo que se necesita es disciplina y no control. La disciplina permite que el hombre se construya. El control sólo asusta, disminuye, humilla y termina por hacer de la persona un ser sin dirección. Es la diferencia entre disposición y sumisión. Yo no permito en ninguno de mis penales que los custodios hagan que los internos caminen con las manos atrás y la cabeza agachada. Eso somete, controla, humilla. Pero volvamos a los internos, al Quijote y a “El sueño imposible”.

Después de hacer que esa canción se convirtiera casi en un himno comenzamos a montar la obra con los internos. Creo que el momento mágico fue aquí en el penal de San José. Juntamos a todos y Arturo les pasa un video de Atlacholoaya. Le digo entonces a uno de mis directores, montémosla. Pero quiero que en ella participen los delincuentes más peligrosos. Le pareció un absurdo. “No –le dije–, la medicina no es para la gente sana, sino para los enfermos. Si vamos a trabajar sólo con gente que se porta bien, qué sentido tiene”. Me traigo a Arturo de México al penal de San Juan y empezamos la audición en San Juan con “El sueño imposible”. De ahí nos fuimos al penal de Jalpan para lo mismo y luego aquí, a San José. Llevábamos ya como 50 internos auditados, cuando, a las 12 de la noche pregunto: “¿Quién es aquí el interno más peligroso, el más cabrón?”. Me dice el director, “El Chino”, un tipo que se había intentado fugar. Había hecho un hoyo en la celda, brincado de un módulo de seguridad y, por la azotea, brincado la reja. Ahí desarmó al guardia, se baleó con los de las torretas y lanzó su escala. Pero le falló. La escala dio de sí y nunca pudo alcanzar la calle. Esto le había ganado ser una leyenda entre presos y custodios. “Vamos por él”, les digo. Llegamos a su celda y salió en chanclas, despeinado, con pants y camiseta –hacía un frío de la chingada–. “Oiga, Chino –le digo–, vengo a invitarlo a participar en una obra de teatro”. “No –me dice asustado–, yo no soy actor”. Al final, después de darle todas las explicaciones, aceptó a regañadientes.

Lo mandamos a ponerse una sudadera y unos tenis. y nos fuimos con él. Cuando llegamos, los pre sos, admirados, le abrieron paso. “El Chino” estaba asombrado y le entró.

Seis meses después, conversando con él, me confesó: “Sabe, aquella noche en que me invitó a participar, yo estaba asustado. Creí que me llevaban para madrearme. Le agradezco lo que hizo”. Cuando terminó la audición, pedí también que me auditaran y que auditaran al director. Al principio el director se sacó de onda –él pertenecía a la anterior administración y pensaba que los delincuentes eran irreformables–, pero no tuvo más remedio que entrarle. También lo hicimos con el Subdirector, que es como el jefe máximo de la seguridad, que es durísimo y muy renuente a esas cosas. Todo eso creó mayor confianza entre todos. Al grado de que todos, los ochenta que estábamos ahí, terminamos cantando “El sueño imposible”.

Hoy “El Chino” –lo viste la otra vez Eduardo poniéndose sus mayas y pintándose para entrar en escena–, le entra duro al teatro y a la talla en madera –es un espléndido artesano–.

 

Eduardo Garza: Algo que me impresiona es tu paciencia para ese trabajo, una paciencia que te permite un conocimiento pleno de cada uno de los presos. Recuerdo cuando me contabas que un día tus superiores te llamaron para decirte que en la escena de los espejos de la obra del Quijote le había llegado el pitazo de que unos presos iban a fugarse y que tenías que suspender la obra. Pero no la suspendiste porque habías participado en cada uno de los ensayos y sabías que cada uno de los internos no iba a defraudarte.

 

Juan José Pedraza: Sí, la confianza, una confianza que se ha vuelto cada vez más fuerte entre ellos y yo. Un día, mi esposa, me dice que quería participar en esta aventura conmigo. Yo le dije, “mira, cuando entré aquí me dijeron que nadie aquí debía saber que era casado ni que tenía hijos; que nadie debía saber la dirección de mi casa ni mi teléfono. ¿Sabes a lo que te arriesgas?”. Ella me respondió que sí y me la traje a los ensayos. Todos los días a las

siete de la noche me venía con ella a los ensayos y salíamos como a las tres o cuatro de la mañana –un régimen duro, no sólo para mí, sino para los internos que libremente participan en los montajes de las obras y que deben levantarse a las 6 AM. Ese es el trabajo en la disciplina–.

Una noche, Arturo, después de los ensayos, antes de cantar con todos “El sueño imposible”, me dice: “Voy a presentar a tu señora” –aunque los internos ya sabían desde  el inicio quién era. Ellos, a través de sus redes, saben quién entra a la prisión–. Después de presentarla, Arturo le dice a mi esposa: “Rocío, ¿quieres decir algo?”. Ella es tímida, pero esa vez aceptó. Les dijo algo muy maternal que los conmovió. Al final, uno de ellos, un hombre muy alto y fornido, se acercó a ella. Se quitó del cuello su rosario de plata y poniéndoselo a Rocío le dijo: “Señora, le agradecemos mucho que tenga la confianza de venir aquí con nosotros. Tenga la seguridad de que aquí como afuera siempre estará segura”. Nunca hemos usado guardias, ni yo, ni ella ni mis hijos, que también participan en esta aventura. Mi hija canta con el coro de la prisión. Siempre he creído que una seguridad basada en la fuerza nunca es seguridad. La verdadera seguridad nace de la confianza.

Recuerdo, a propósito, una reunión nacional de directores que tuvimos aquí. Los invité a ver la obra que –ustedes lo han vivido– se desarrolla en el patio de la prisión, sin rejas, con público de afuera. Esa vez presentábamos la adaptación que Arturo hizo de tu novela El reflejo de lo oscuro. Llegó el intermedio. Los presos ponen sus tianguis y todos pueden comer en alguno de los puestos. Yo estaba reunido con los cinco directores, y uno de ellos me pregunta refiriéndose a los actores: “¿De dónde traen a toda esta gente?”.

“Son los internos”, le respondo y se queda asombrado. “¿Cómo es posible –me dice–, yo nunca le doy la espalda a un interno y estos están aquí mezclados con la gente de afuera y con nosotros?”.

¡Así tendrá la conciencia ese hombre que tiene que cuidarse de un prójimo! Miren, aquí, dentro de la prisión, mi cartera se me ha caído no menos de cinco veces y los internos siempre me la han regresado intacta.

 

Javier Sicilia: ¿Cómo defines, entonces, la confianza?

 

Juan José Pedraza: Creer en el otro, creer que todos tenemos derecho a ser mejores y que se puede lograr, como en “El sueño imposible”.

 

Eduardo Garza: ¿Eso tiene que ver con tu fe? ¿Cómo se conecta eso con la esperanza teologal?

 

Javier Sicilia: Sí, ¿cómo puedes creer contra toda esperanza? ¿Cómo puedes creer en aquellos que la sociedad marcó como malditos? ¿Cómo puedes creer contra toda la expectativa de una sociedad que considera al interno como un ser no susceptible de credibilidad?

 

Juan José Pedraza: Te lo voy a decir de manera muy simple, pero muy profunda: porque también son hijos de Dios. No es posible la fraternidad sin la paternidad divina. Si yo no creo que todos somos hijos de Dios cómo voy a poder verte como un hermano y creer en ti, cómo voy a poder esperar. Lo que el preso vive es falta de amor, que es el otro rostro de la confianza y de la esperanza. Hay un libro, Mujeres que se atreven a contar su historia. En el están las historias de seis mujeres queretanas que tenemos aquí. Cuando uno las lee, como la de esa muchacha prostituta y drogadicta desde muy temprana edad, se da cuenta que el comienzo está en la falta de amor. Por ello, cada cumpleaños de un preso –aún, por desgracia, no hemos podido hacerlo con todos– les llevamos un pastel. Recuerdo el día en que festejamos a Marcelo, un hombre muy duro, preso por violación. Después de que le cantamos las mañanitas se soltó llorando. “Nunca –dijo– me habían festejado un cumpleaños”.

Hay personas que no toleran esta manera que tenemos de tratar a los internos. Un día en que festejábamos al Chino, me entra una llamada al celular del Jefe de la Policía de Querétaro, quien después de saludarme me dice: “Te voy a decir algo que no va a gustarte. En este momento hay una tremenda balacera en el penal de San José el Alto. Estás en una bronca tremenda”. “No me digas –le respondo–. Yo estoy aquí, festejando a un interno, y no hay nada”. ¿Qué había sido? Uno de esos tantos intentos de desestabilizarnos por nuestra manera de creer en la readaptación social y de tratar a los muchachos y a las muchachas.

Otro de ellos fue ese telefonazo, al que Eduardo se refirió hace rato, para advertirme que algunos presos iban a fugarse durante la escena de los espejos del Quijote. Para esa gente, el interno debe ser castigado y buscarán siempre sembrarnos la duda –una duda que, por desgracia, tiene aterrado al gobernador que jamás ha querido visitarnos–.

Para nosotros, en cambio, el interno debe ser apoyado en su humanidad, debe ser susceptible de una fe y una esperanza que debemos mantener en contra incluso de esos intentos desestabilizadores que buscan sembrarnos la duda y el temor. Así hemos trabajado. No sólo con la adaptación de obras de teatro, sino también en otras áreas. Hace tiempo formé, en este sentido, un Pentatlón de presos. Eso escandalizó a la gente del Pentatlón, que ya había implantado como norma para el nuevo ingreso una carta de antecedentes no penales. Cuando lo supe les dije: “Con todo respeto, díganme: ¿qué pendejada es esa? El Pentatlón no es sólo para los sanos. Es para todos y si a él llega una gente que necesita formarse para ser mejor y enmendar su vida no la pueden rechazar”. A  pesar del escándalo lo formé apoyado por amigos del ejército que vienen a trabajar con los internos de manera altruista y con espléndidos resultados. ¿Vieron a los uniformados de azul que estaban en la obra; bien disciplinados y marciales? No son gente del ejército. Son ellos. Nunca hemos tenido el menor incidente. Lo único que hemos tenido es un penal donde los hombres, las mujeres y los niños que delinquieron caminan, a través de la confianza en ellos y la disciplina en diversas prácticas de la cultura, hacia la readaptación social.

Ahora sí voy a contarles las historias sobre las que tanto ha insistido Eduardo. Cuando tuvimos la representación número veinticinco de la obra sobre el Quijote, le dije a mi jefe: “Oye, ya llegamos a la vigésimo quinta representación y quiero celebrarla con una cena”. “Sí, como no –me respondió–. ¿Qué te parecen unos tacos al pastor?”. “No –volví a insistir–; vamos a hacerles un banquete con manteles, sillas vestidas, loza y toda la parafernalia de un verdadero banquete”. Mi jefe, que jala bien parejo, dijo: “Órale”, y lo hicimos. Contratamos a los Correa y pusimos treinta mesas en la cancha de básquet. Aquí se come con cubiertos y vasos de plástico porque los otros cubiertos, dice el reglamento de seguridad, pueden utilizarse como armas. En ese banquete, sin embargo, y porque se trataba de un banquete, pusimos cubiertos de metal y copas de cristal para trescientos presos; es decir, pusimos en sus manos cinco potenciales armas: el cuchillo, la cuchara, el tenedor, la cucharita y el vidrio de las copas. Al terminar, no se perdió un solo cubierto ni una sola copa. Algunos presos quisieron hablar. Uno de ellos, Eric, que todos ustedes conocen, que ya se rehabilitó y trabaja con nosotros, tomó la palabra: “Quiero agradecer este regalo porque hace diez años no tocaba un cubierto real. Tocarlos y sentir el placer de una copa de cristal fue una inmensa alegría”. Este agradecimiento fue la coronación del comentario de uno de los presos, que lleva treinta años de cárcel, y que al sentarse a la mesa exclamó: “Esto es libertad”. Después de aquel festejo, uno de aquellos presos, Pedro, condenado por ladrón, terminó su sentencia y salió libre.

Pedro de cuando en cuando viene a visitarnos. Un día en que nos visitaba, yo tenía que ir a la ciudad de México a una fundación que trabaja con niños de la calle y con exconvictos, y mi chofer no llegaba. Pedro vio mi apuro y me dijo: “Yo lo llevo, jefe. Yo fui taxista en el DF”. “Órale”, le dije. Le pedí prestado el carro a la doctora que trabaja con nosotros –un carro último modelo–, pasamos por la persona que nos iba a acompañar, y nos fuimos. Cuando no manejo, la verdad, me da mucho sueño. Así es que llegando a Tepeji del Río me dormí. Cuando estábamos a punto de llegar me desperté y comenzó a operar en mí la mala conciencia: “Ay –me dije–, ¿cómo voy a hacerle? No hay estacionamiento a donde vamos. Así es que Pedro va tener que esperarnos afuera. Si le pido las llaves y le digo que nos avise si lo mueve la policía, me va a decir: ‘¿Entonces todo lo que hablaste de la confianza en la cárcel era puro discurso?’, y si no se las pido y se lleva el carro me voy a meter en un lío”. Me tragué el miedo, como muchas veces he hecho, y me la jugué. Cuando salimos, después de cinco horas, ahí estaba Pedro, aguardándonos.

¿Saben? Siempre he creído que cuando se pierde un sentido, se aguza otro. Aquí aprendí que cuando se pierde la libertad se aguza el sentido de la justicia. Si trato bien a los internos y les doy confianza esa justicia se va arraigando en ellos y, como han podido ver, ha funcionado.

Esto, sin embargo, no quiere decir que todo sea miel sobre hojuelas. Hay aquí también gente muy canija que no entiende y mete droga. Cuando esto sucede, los junto y les digo: “Miren, a mí no me interesa saber quién la metió. Pero si esto sigue, nos van a echar atrás el proyecto. Así es que ustedes tienen que hacer su trabajo con ellos, y convencerlos de que no sigan haciendo tonterías”. Y lentamente ha funcionado. A los reincidentes, los mandamos a un programa muy duro en cuestiones de disciplina, lejos de sus familias, para que de alguna forma terminen por reencontrar su libertad.

 

Javier Sicilia: Nos has hablado del teatro, que es lo más espectacular en el proceso que has realizado para construir la confianza y la esperanza en los internos; nos has hablado también del Pentatlón. ¿En qué otros espacios están trabajando?

 

Juan José Pedraza: Acabamos de empezar con el ajedrez. Tenemos ya veinticinco ajedrecistas que recientemente compitieron con quince de afuera. Todo lo enfocamos en trabajos de alta disciplina. Una virtud, junto con la fe y la esperanza, que, como les dije, es fundamental, porque la gente que está aquí ha funcionado con lo que nosotros llamamos la “energía móvil”, que es esa energía que se orienta a la obtención rápida de placer y a la disminución del dolor, una energía sin disciplina. Hay entonces que trabajar con lo que nosotros llamamos la “energía ligada”, que está relacionada con el orden, no el orden del control, sino el de una disciplina orientada a la “energía autónoma”. Esa que a través de una práctica permite el encuentro con un valor. Por ello elegimos el teatro, el Pentatlón, el ajedrez y el deporte, que, por ser más fácil en cuanto a gratificaciones de valor, antecedió a nuestras experiencias con el teatro. En el pasado, aquí, en los penales, todo mundo jugaba. Pero nadie hacía deporte, en el sentido de la disciplina: trabajo en equipo, orgullo por la camiseta. Creamos entonces tres selecciones: una de fútbol, otra de básquet y otra más de béisbol. La mejor ha sido la de fut, que llegó a una final que se jugó en el estadio La Corregidora. Eran veinte seleccionados. Cuando iban a salir a la cancha los junté en los vestidores y les dije: “Muchachos, esto es histórico. Ninguna selección de internos había salido a jugar y mucho menos a jugar una final en el más grande estadio de Querétaro, en un estadio mundialista. De ustedes depende que esto sea realmente el principio. Les pido que no se intenten fugar y que como deportistas jueguen con todo lo que tienen, que sean unos perros en la cancha, pero absolutamente respetuosos del árbitro”. Salieron a jugar. En el minuto veintiséis –no se me puede olvidar–, Gerardo Dávila recibe un centro, lo mata con el pecho y con una bolea de izquierda magistral mete un golazo. Pero el pinche árbitro le marca mano y lo anula. Cualquier futbolista hubiera encarado al árbitro y estaba en su derecho. Gerardo no lo hizo. Sin chistar, sin pronunciar una queja, regresó a su sitio. Perdimos 2-1. Pero todos los periodistas estuvieron con nosotros y no con el equipo ganador. Gerardo ya obtuvo su libertad y está trabajando muy bien.

También hemos ampliado la biblioteca, de 4,000 ahora andamos muy cerca de los 30,000 volúmenes. Cuando montamos la adaptación que Sergio Rod hizo de El reflejo de lo oscuro, volvimos tu libro un best seller de las prisiones. Ahora que montamos una obra sobre Víctor Frankl, 14 de los presos habían leído El hombre en busca de sentido, que está en la biblioteca. Los internos leen. Tenemos también un área de servicio espiritual, que llamamos de desarrollo humano. Yo vengo aquí siempre a misa. Hay un carmelita que viene todos los viernes primero y ahora que montamos la obra de Frankl –una obra tremenda, muy violenta y descarnada–, tenemos una misa antes de la función.

 

Eduardo Garza: Vivimos en una sociedad que cada vez tiene más miedo y se resguarda con rejas, bardas, privatizaciones del espacio público. ¿Qué sigue cuando los internos alcanzan su libertad después de todo el trabajo que ellos y ustedes hacen por la rehabilitación? ¿Qué tenemos que hacer para ofrecerles una oportunidad? Pedir una carta de no antecedentes penales, como nos mencionabas cuando te referiste al Pentatlón, es un absurdo.  Esa es para mí la otra parte de este trabajo titánico: no sirve lo que ustedes están haciendo si afuera no hay quien los acoja, quien confíe en ellos. Esa parte es a la que me siento llamado, gracias a que tú nos lo has abierto –no sólo a nosotros, sino a miles de personas– con tus obras de teatro y tu trabajo.

 

Juan José Pedraza: Es un esfuerzo que hemos empezado a hacer con las autoridades con un programa que se llama Comité Pro Labora para colocar gente salida de la cárcel en algún trabajo mediante becas que duran de tres a cuatro meses al cabo de los cuales, si ha dado el ancho, la compañía lo contrata. Hay una Señora que hace bolsas y tiene como empleados a 53 de ellos. Cinco que formaron parte de equipo de béisbol los han contratado equipos de afuera. Les pagan $1,000.00 a la semana. Es un área a la que todavía le falta mucho, pero encabezados por Lorena, que la tiene a su cargo, vamos avanzando…

 

Las historias y las reflexiones habrían podido, por estar vivas, multiplicarse mucho más. Nosotros, ya de regreso en la carretera, nos fuimos con la certeza de haber sido contagiados de una esperanza encarnada allí, tal vez en el lugar en el que menos la esperábamos.

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