Para Fernanda y Julián
de Nys, compañeros y padres de una visión diferente
Los relatos comprometidos en primera persona nos recuerdan que el arte es, fundamentalmente, una ventana: en la medida en que su quicio es limitado y específico, nos permite descubrir mejor el mundo. Además, cuando logra verdaderamente ser ventana, se convierte también en un espejo, dispuesto a sorprendernos con un nuevo ángulo y una perspectiva diferente de nuestro propio misterio. Esto se vuelve especialmente cierto en obras como El curioso incidente del perro a medianoche, primera novela de Mark Haddon, una profunda experiencia pedagógica que nos permite ver y vernos desde los ojos de un quinceañero inglés, superdotado en algunas de sus posibilidades, privado de otras consideradas esenciales.
La consistencia de cada párrafo con la condición del protagonista es fascinante y cautivadora. Son sus ojos los que ven y su lenguaje el que describe. Christopher nunca miente, odia las metáforas, detesta el contacto físico con otras personas, ama las matemáticas y los alimentos de color rojo, odia el amarillo y el café. Capta sin discriminar el total de la información que se le presenta.
Si nos imagináramos capturando, sin jerarquizar ni discernir, el mar de datos que nos avienta una estación de metro, una cuadra al ser recorrida o una tienda repleta, si imagináramos, además, que la cercanía física de propios y extraños arremete contra nosotros y nos agrede, comprenderíamos a quien en ocasiones grita para proteger su mente de la saturación o del agotamiento. Entenderíamos también a quien, como Christopher, decide ocasionalmente no hablar con nadie, procurar la repetición, amar lo tangible y sufrir tanto las sorpresas como los viajes.
Sólo cuando su poderoso instinto de supervivencia y su inquebrantable sentido moral se lo exigen, emprende el viaje que le regala la trama a la novela. No estamos, sin embargo (en verdad cuesta trabajo reconocerlo), frente a una historia excepcional, sino frente a un punto de vista capaz de transformar en extraordinario lo cotidiano. Al igual que Saint-Exupéry, Haddon (quien en su juventud trabajó con niños con autismo) enjuicia el mundo de los adultos sin proponérselo: nuestra sociedad económica, la singular manera en que asumimos la pareja, la profesión y la familia: un momento histórico perdido del encuentro y del sentido.
La determinación y la visión del protagonista, como la de toda persona que sufre alguna discapacidad, cuestionan el nivel de humanización de nuestro tiempo. En el mundo animal la selección natural se encarga de los discapacitados. Sólo en el mundo humano caben los débiles y los distintos. Sólo en la medida en que caben los débiles y los distintos podemos adjetivar al mundo de humano. La perspectiva de Christopher enmarca un mundo en el que el propio adolescente parece sobrar. No cabe en una familia nuclear volcada a la economía, sin lazos comunitarios ni familia extensa. Rebasa a unos padres con una dosis alta, pero no heroica, de madurez e inteligencia emocional. Sólo parece encontrar en la relación con su maestra y con los animales (la rata que tiene como mascota, el perro que le regala su padre) oportunidades para crecer y desarrollarse.
Para sus padres, comunicarse con Christopher es un reto inmenso, en ocasiones, incluso, un imposible. Viven como si su hijo perteneciera literalmente a otra especie en lo que se refiere a sus canales, sentidos y medios comunicativos. Su visión, como la de muchos niños con discapacidad, nos interpela en realidad a todos los padres. Nos reta a descubrir los códigos, la sensibilidad, los canales y el tipo de moneda en que podemos intercambiar comunicación con nuestros hijos.
Encontramos así, al igual que en la experiencia de la entrañable doctora Kübler- Ross, de Chinchachoma, de Carmelina Ortiz Monasterio o de Juan José Pedraza1, en situaciones extremas, una ocasión única para descubrir y desarrollar en nosotros lo humano. Quienes han dicho lo mejor en desarrollo humano, como los científicos que descubren nuevos antibióticos, son exploradores que han visitado los polos de la experiencia humana para traernos desde allí, desde los extremos, los hallazgos que hacen mejor nuestra existencia.
Pero si Christopher nos refleja como educadores y como padres, antes es el espejo en que vemos nuestras capacidades y discapacidades. En él nos reconocernos irrepetibles, menesterosos e interdependientes: una condición en la que, por cierto, podemos ser inmensamente felices a condición de no competir, de interactuar sanamente y de asumir la vida de manera comunitaria.
Quizás por ello, el universo afectivo de Christopher Boone, aparentemente nulo, termine conmoviéndonos de manera tan increíblemente poderosa. Quizás por ello una historia tan cargada de inmanencia, haya trascendido.
1 Sus labores se centraron en compartir la experiencia de pacientes terminales (EKR), niños de la calle (Chinchachoma), personas con discapacidad (C. Ortiz Monasterio) e internos en los penales queretanos (Juan José Pedraza).
Vernos desde allí
Por Eduardo Garza
Para Fernanda y Julián
de Nys, compañeros y padres
de una visión diferente
Los relatos comprometidos en primera persona nos recuerdan que el arte es, fundamentalmente, una ventana: en la medida en que su quicio es limitado y específico, nos permite descubrir mejor el mundo. Además, cuando logra verdaderamente ser ventana, se convierte también en un espejo, dispuesto a sorprendernos con un nuevo ángulo y una perspectiva diferente de nuestro propio misterio. Esto se vuelve especialmente cierto en obras como El curioso incidente del perro a medianoche, primera novela de Mark Haddon, una profunda experiencia pedagógica que nos permite ver y vernos desde los ojos de un quinceañero inglés, superdotado en algunas de sus posibilidades, privado de otras consideradas esenciales.
La consistencia de cada párrafo con la condición del protagonista es fascinante y cautivadora. Son sus ojos los que ven y su lenguaje el que describe. Christopher nunca miente, odia las metáforas, detesta el contacto físico con otras personas, ama las matemáticas y los alimentos de color rojo, odia el amarillo y el café. Capta sin discriminar el total de la información que se le presenta.
Si nos imagináramos capturando, sin jerarquizar ni discernir, el mar de datos que nos avienta una estación de metro, una cuadra al ser recorrida o una tienda repleta, si imagináramos, además, que la cercanía física de propios y extraños arremete contra nosotros y nos agrede, comprenderíamos a quien en ocasiones grita para proteger su mente de la saturación o del agotamiento. Entenderíamos también a quien, como Christopher, decide ocasionalmente no hablar con nadie, procurar la repetición, amar lo tangible y sufrir tanto las sorpresas como los viajes.
Sólo cuando su poderoso instinto de supervivencia y su inquebrantable sentido moral se lo exigen, emprende el viaje que le regala la trama a la novela. No estamos, sin embargo (en verdad cuesta trabajo reconocerlo), frente a una historia excepcional, sino frente a un punto de vista capaz de transformar en extraordinario lo cotidiano. Al igual que Saint-Exupéry, Haddon (quien en su juventud trabajó con niños con autismo) enjuicia el mundo de los adultos sin proponérselo: nuestra sociedad económica, la singular manera en que asumimos la pareja, la profesión y la familia: un momento histórico perdido del encuentro y del sentido.
La determinación y la visión del protagonista, como la de toda persona que sufre alguna discapacidad, cuestionan el nivel de humanización de nuestro tiempo. En el mundo animal la selección natural se encarga de los discapacitados. Sólo en el mundo humano caben los débiles y los distintos. Sólo en la medida en que caben los débiles y los distintos podemos adjetivar al mundo de humano. La perspectiva de Christopher enmarca un mundo en el que el propio adolescente parece sobrar. No cabe en una familia nuclear volcada a la economía, sin lazos comunitarios ni familia extensa. Rebasa a unos padres con una dosis alta, pero no heroica, de madurez e inteligencia emocional. Sólo parece encontrar en la relación con su maestra y con los animales (la rata que tiene como mascota, el perro que le regala su padre) oportunidades para crecer y desarrollarse.
Para sus padres, comunicarse con Christopher es un reto inmenso, en ocasiones, incluso, un imposible. Viven como si su hijo perteneciera literalmente a otra especie en lo que se refiere a sus canales, sentidos y medios comunicativos. Su visión, como la de muchos niños con discapacidad, nos interpela en realidad a todos los padres. Nos reta a descubrir los códigos, la sensibilidad, los canales y el tipo de moneda en que podemos intercambiar comunicación con nuestros hijos.
Encontramos así, al igual que en la experiencia de la entrañable doctora Kübler- Ross, de Chinchachoma, de Carmelina Ortiz Monasterio o de Juan José Pedraza1, en situaciones extremas, una ocasión única para descubrir y desarrollar en nosotros lo humano. Quienes han dicho lo mejor en desarrollo humano, como los científicos que descubren nuevos antibióticos, son exploradores que han visitado los polos de la experiencia humana para traernos desde allí, desde los extremos, los hallazgos que hacen mejor nuestra existencia.
Pero si Christopher nos refleja como educadores y como padres, antes es el espejo en que vemos nuestras capacidades y discapacidades. En él nos reconocernos irrepetibles, menesterosos e interdependientes: una condición en la que, por cierto, podemos ser inmensamente felices a condición de no competir, de interactuar sanamente y de asumir la vida de manera comunitaria.
Quizás por ello, el universo afectivo de Christopher Boone, aparentemente nulo, termine conmoviéndonos de manera tan increíblemente poderosa. Quizás por ello una historia tan cargada de inmanencia, haya trascendido.
1 Sus labores se centraron en compartir la experiencia de pacientes terminales (EKR), niños de la calle (Chinchachoma), personas con discapacidad (C. Ortiz Monasterio) e internos en los penales queretanos (Juan José Pedraza).