La esperanza

Por Patricia Gutiérrez-Otero

En su poema “La esperanza”, el poeta francés Charles Péguy, puso el dedo en la llaga de nuestro tiempo:

La fe que más amo, dice Dios, es la esperanza.
La fe, no me asombra, no es asombrosa.
Brillo tanto en mi creación.
Pero, la esperanza, dice Dios, es lo que me asombra.
Es asombroso, que esos pobres niños vean todo lo que sucede
y que crean que mañana irá mejor, que vean cómo sucede todo
hoy y que crean que mañana por la mañana todo irá mejor.

En esta columna, titulada con el nombre que mejor me va: servidor inútil, en griego doulos oukon, extraído del Nuevo Testamento, quiero cuestionarme ahora más a mí que a nadie, y para ello, sin querer dar respuesta, quiero iniciar con este difícil tema, el de la esperanza en un mundo que me desespera y me vuelve ansiosa porque parece no tener futuro. Lo que hemos creado nos mueve el tapete de tal manera que no sabemos si lo que el hombre está logrando es un bien o un mal. Desde la manipulación genética, hasta la vida en otro planeta para una minoría selecta (cuando hayamos echado a perder por completo la hermosura de la Tierra), pasando por la crionización y otras “maravillas”, las posibilidades tecnológicas son tan inmensas como babélicas Al mismo tiempo, se acerca el fin de los productos petroleros, se avecina la lucha por el agua, se espera un embate grave por el cambio climá tico… El hambre en el mundo no disminuye, por el contrario, se agrava por los errores del libre mercado. Las guerras continúan. ¿Qué les espera a nuestros niños cibernéticos que viven pegados a todo tipo de pantallas, desde el celular y la televisión hasta la computadora, la laptop…?

¿Cómo mantener la esperanza frente a una civilización que se hunde para dar paso a otra cosa, quizás peor, porque menos humana? Nos encontramos frente al fin de una era que apostó por el hombre como un ser trascendente, capaz de ir más allá de sí mismo y de amar, incluso pagando con su propia vida, y como tal, capaz de poner límites a los avances de la ciencia y la tecnología, a los sistemas económicos, y a todo aquello que en vez de construir destruye. Nos encontramos frente al fin de una era en la que el hombre que tendía a la sabiduría, se convirtió en un ser de eficacias que nada detiene.

En francés existen dos términos para la palabra española esperanza: espoir y espérance. El primero, que se refiere a la esperanza humana, a lo que podemos esperar que suceda en nuestro mundo, por nuestras fuerzas, por lo que los otros hacen, porque sabemos que mañana brillará el sol y seguiremos vivos, tiene que ver con la confianza. El segundo, espérance, se refiere a aquello que sólo puede venir de Dios; a la afirmación de que, a pe sar de todas las adversidades, de alguna manera “todo es gracia”, que al final del camino, por obscuro que sea, se mostrará la luz y todo estará, finalmente, bien. Mientras ésta –la Esperanza, con mayúsculas– es una virtud que en teología llaman “teologal”, como la Fe y la Caridad, la primera es una virtud (palabra que viene del latín vir, fuerza, de ahí, viril) muy humana.

Aquí, regreso a mi pregunta, ¿qué puede ahora hacernos tener esperanza en este mundo? Me refiero a la esperanza mundana. Por una parte, si nuestra Fe es fuerte, la esperanza se sostiene en ella, pero a veces, cuando la esperanza decae, hasta la Fe se tambalea. No podemos evitar pertenecer a un mundo escéptico: hay escepticismo hasta en el meollo de la fe (para aquellos que no quieren cerrar los ojos y usarla como escudo para protegerse contra todo).

En el plano más humano, aunque la fe sea también humana, quizás nuestra esperanza pueda vivir de la apertura a los actos sencillos: la bondad de alguien o de muchos, la fuerza de otro para servir a la justicia, la amistad de aquellos que te aman, y quizás de manera especial, la apertura a la dicha de las sensaciones. Atrevernos a sentir con todos los sentidos: escuchar los múltiples ruidos que dan profundidad de campo a la existencia; ver con paciencia, sin pasar por encima de ellas, las cosas y su belleza, tocar las superficies rugosas, planas, aterciopeladas, duras, blandas; oler cada aroma que nos trae el viento y dejarlo entrar en nosotros.

Atrevernos también a entrar en nuestro corazón y reconocer lo que da sentido a estar haciendo lo que hacemos. La esperanza no puede desligarse del sentido de nuestros actos. Ya lo descubrió, de manera brutal y única, Víctor Frankl. Sin sentido, no hay esperanza. Por mínimo que sea el sentido es sentido de vida: desde alimentar a nuestros hijos. Si no hay sentido, deberíamos cambiar de actividad, de horizonte.

Quizás, si la humanidad es algo sabia y valiente, todavía sería tiempo de hacerlo y cambiar el rumbo. Es increíble, como dice Péguy, que creamos “que mañana por la mañana todo irá mejor”. Y, sin embargo, lo creemos. En otro lugar, el poeta intuye que la esperanza es “Esta jovencita que atravesará los mundos. Esta jovencita de poca monta. Sólo ella, llevando a las otras, atravesará los mundos convulsionados.”

La esperanza nos está amarrada al alma y al cuerpo. Hay que entrar en el alma y en el cuerpo para encontrarla esperando contra toda esperanza.


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