En la columna que escribía para la revista Ixtus, “La Bendición de Babel”, mencioné una vez1 una experiencia italiana que me llevó a preguntarme por las probabilidades de vivir algo semejante en México. Esa experiencia se ha ido prolongando y me parece digna de ser referida aquí. El encuentro tuvo lugar en el Centro para la Reforma del Estado, nacido como centro de estudios del Partido Comunista Italiano. Cuando el PCI se transformó en PDS (Partito Democratico della Sinistra), el centro continuó de manera autónoma. El actual presidente es Mario Tronti, filósofo que las enciclopedias sitúan en los orígenes del operaísmo y es una voz relevante en el campo de la filosofía política.
La reunión aquella tenía como propósito analizar la recién promulgada encíclica Deus caritas est, de Benedicto XVI, análisis que se reveló riquísimo e inspiró la idea de seguir reuniéndonos, a modo de seminario permanente, para afrontar otros temas de común interés. Lo primero que se quiso examinar fue el proceso de secularización, y pronto fue posible advertir frutos de los coloquios en las memorias del CRS. En una asamblea trienal, Tronti explicaba, después de mencionar las relaciones de la Iglesia Católica con la modernidad: “Nótenlo bien, ese problema es también nuestro: los tiempos de la Escritura, tiempos humanos, que entran en conflicto con los tiempos históricos, cada vez más inhumanos.
Por aquí pasa, hoy, la línea del sutil encuentro entre lo político y lo religioso. No entre política y religión. Bonhoeffer nos ha enseñado la distinción entre la religión y lo religioso. La política, que quiere cambiar el mundo, está más cerca de lo sacro que del siglo. La secularización es este grandioso proceso de mundanización burguesa, es la misma suerte histórica de la razón instrumental, la racionalización para la producción. No ha habido en la historia proceso más laico, más antirreligioso que éste. He aquí por qué, en mi opinión, es un error darle a la laicidad un sesgo antirreligioso. La laicidad que necesitamos es más una interpretación de lo sacro que una asunción del siglo. Sobre esto podemos entablar una verdadera escucha recíproca con otras sensibilidades alternativas.
Créanme, hay más variedad de posiciones y libertad de pensamiento en esa complexio oppositorum que es la Iglesia Católica que la que pueden ustedes encontrar en el pensamiento único del Fondo Monetario Internacional. No estamos equivocando la mira. El enemigo –el enemigo, no el adversario– es éste, no aquélla. Más en general, sobre la denuncia de los males del mundo y sobre el destino del ser humano, entre la dimensión de lo político y la dimensión de lo religioso hoy en día yo cultivaría antes la posibilidad de un encuentro estratégico que la ocasión de un conflicto cotidiano”.2
El pasado mes de octubre se decidió dedicar tres años a la teología política, tomando como primer punto de referencia a Carl Schmitt. Elección audaz, máxime en esa sede, ya que a Schmitt se le asocia con el totalitarismo, pero la etiqueta es infundada, según mostró quien luego se encargó de exponerlo. Tronti precisó la observación apuntando que Schmitt no es susceptible de una lectura liberal pero sí de una democrática, y que es una tontería considerarlo totalitario. Un año del seminario se dedicará a los dos últimos siglos (Agamben, Foucault, De Maistre, Marx, Hegel), el siguiente al período moderno (Hobbes, por ejemplo) y el último a “las fuentes, es decir, la época patrística” (San Agustín, por ejemplo), y pongo comillas porque me parece relevante que se haya consignado así en el acta de la reunión, que refleja muy bien el tono con que se habló.
El acta concluye: “Esperamos que los debates sean fecundos y ofrezcan materia a nuestro pensamiento, para dar nuestra aportación a estas dos disciplinas [teología y política] que hemos decidido analizar en su entrelazamiento teórico, uniendo la trascendencia con la inmanencia tras los pasos del mejor pensamiento laico y de la más alta teología”. En esa reunión organizativa Mario Tronti hizo hincapié en el fracaso de las filosofías de la inmanencia del siglo XX: el pensamiento inmanente muere de inanición si le falta la luz y la retroalimentación de la trascendencia.
Luego le pidió a un colaborador que nos informara de un congreso que el CRS , con el apoyo de la Región Lacio, está organizando para la primavera de 2009 sobre San Pablo, pues el año paulino ofrece un rico platillo de reflexión. Ese anuncio me recordó un episodio del Congreso Internacional de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia en 1937. En el tren que desde París llevaba a algunos participantes, entre los cuales se hallaban Pablo Neruda, Octavio Paz y Carlos Pellicer, se creó una cierta tensión cuando el escritor ruso estalinista Ilya Ehrenburg preguntó por Trotsky, figura incómoda. Pellicer encomió sus dotes como crítico literario, pero Ehrenburg porfiaba en obtener una observación política, y Pellicer añadió: “Trotsky es, sin duda, el mayor agitador político que ha conocido la humanidad… claro, a excepción del apóstol San Pablo”.3
Visiones de la secularización 1
Por Rafael Jiménez Cataño
En la columna que escribía para la revista Ixtus, “La Bendición de Babel”, mencioné una vez1 una experiencia italiana que me llevó a preguntarme por las probabilidades de vivir algo semejante en México. Esa experiencia se ha ido prolongando y me parece digna de ser referida aquí. El encuentro tuvo lugar en el Centro para la Reforma del Estado, nacido como centro de estudios del Partido Comunista Italiano. Cuando el PCI se transformó en PDS (Partito Democratico della Sinistra), el centro continuó de manera autónoma. El actual presidente es Mario Tronti, filósofo que las enciclopedias sitúan en los orígenes del operaísmo y es una voz relevante en el campo de la filosofía política.
La reunión aquella tenía como propósito analizar la recién promulgada encíclica Deus caritas est, de Benedicto XVI, análisis que se reveló riquísimo e inspiró la idea de seguir reuniéndonos, a modo de seminario permanente, para afrontar otros temas de común interés. Lo primero que se quiso examinar fue el proceso de secularización, y pronto fue posible advertir frutos de los coloquios en las memorias del CRS. En una asamblea trienal, Tronti explicaba, después de mencionar las relaciones de la Iglesia Católica con la modernidad: “Nótenlo bien, ese problema es también nuestro: los tiempos de la Escritura, tiempos humanos, que entran en conflicto con los tiempos históricos, cada vez más inhumanos.
Por aquí pasa, hoy, la línea del sutil encuentro entre lo político y lo religioso. No entre política y religión. Bonhoeffer nos ha enseñado la distinción entre la religión y lo religioso. La política, que quiere cambiar el mundo, está más cerca de lo sacro que del siglo. La secularización es este grandioso proceso de mundanización burguesa, es la misma suerte histórica de la razón instrumental, la racionalización para la producción. No ha habido en la historia proceso más laico, más antirreligioso que éste. He aquí por qué, en mi opinión, es un error darle a la laicidad un sesgo antirreligioso. La laicidad que necesitamos es más una interpretación de lo sacro que una asunción del siglo. Sobre esto podemos entablar una verdadera escucha recíproca con otras sensibilidades alternativas.
Créanme, hay más variedad de posiciones y libertad de pensamiento en esa complexio oppositorum que es la Iglesia Católica que la que pueden ustedes encontrar en el pensamiento único del Fondo Monetario Internacional. No estamos equivocando la mira. El enemigo –el enemigo, no el adversario– es éste, no aquélla. Más en general, sobre la denuncia de los males del mundo y sobre el destino del ser humano, entre la dimensión de lo político y la dimensión de lo religioso hoy en día yo cultivaría antes la posibilidad de un encuentro estratégico que la ocasión de un conflicto cotidiano”.2
El pasado mes de octubre se decidió dedicar tres años a la teología política, tomando como primer punto de referencia a Carl Schmitt. Elección audaz, máxime en esa sede, ya que a Schmitt se le asocia con el totalitarismo, pero la etiqueta es infundada, según mostró quien luego se encargó de exponerlo. Tronti precisó la observación apuntando que Schmitt no es susceptible de una lectura liberal pero sí de una democrática, y que es una tontería considerarlo totalitario. Un año del seminario se dedicará a los dos últimos siglos (Agamben, Foucault, De Maistre, Marx, Hegel), el siguiente al período moderno (Hobbes, por ejemplo) y el último a “las fuentes, es decir, la época patrística” (San Agustín, por ejemplo), y pongo comillas porque me parece relevante que se haya consignado así en el acta de la reunión, que refleja muy bien el tono con que se habló.
El acta concluye: “Esperamos que los debates sean fecundos y ofrezcan materia a nuestro pensamiento, para dar nuestra aportación a estas dos disciplinas [teología y política] que hemos decidido analizar en su entrelazamiento teórico, uniendo la trascendencia con la inmanencia tras los pasos del mejor pensamiento laico y de la más alta teología”. En esa reunión organizativa Mario Tronti hizo hincapié en el fracaso de las filosofías de la inmanencia del siglo XX: el pensamiento inmanente muere de inanición si le falta la luz y la retroalimentación de la trascendencia.
Luego le pidió a un colaborador que nos informara de un congreso que el CRS , con el apoyo de la Región Lacio, está organizando para la primavera de 2009 sobre San Pablo, pues el año paulino ofrece un rico platillo de reflexión. Ese anuncio me recordó un episodio del Congreso Internacional de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia en 1937. En el tren que desde París llevaba a algunos participantes, entre los cuales se hallaban Pablo Neruda, Octavio Paz y Carlos Pellicer, se creó una cierta tensión cuando el escritor ruso estalinista Ilya Ehrenburg preguntó por Trotsky, figura incómoda. Pellicer encomió sus dotes como crítico literario, pero Ehrenburg porfiaba en obtener una observación política, y Pellicer añadió: “Trotsky es, sin duda, el mayor agitador político que ha conocido la humanidad… claro, a excepción del apóstol San Pablo”.3