La armonía fundamental

Por Roberto Ochoa

Una luz en medio de la noche.
Que eso sea Conspiratio

No sabemos bien a bien cómo, pero aquí estamos de nuevo tratando de pensar, de articular algunas palabras que no sean pura frivolidad o vana indiferencia. Dejar atrás lo que una vez fue Ixtus significa estar dispuestos a caminar por una nueva tierra, ¿tierra prometida? Personalmente, no me resulta fácil estar de nueva cuenta frente a una página totalmente en blanco. El espacio en blanco que aparece ante mis ojos me recuerda la terrible abstracción de la que el mundo moderno es hijo y adefesio, y eso me espanta. El título de alguno de los memorables números de Ixtus rezaba: “Con los pies en la tierra”. ¿Seguiremos siendo capaces, en esta nueva aventura, de mantener los pies en la tierra mientras pensamos, mientras hablamos o escribimos? Al tratar del espíritu en Conspiratio ¿pretendemos elevarnos?

La revolución iniciada por Copérnico a mediados del siglo XVI no sólo fue capaz de poner al mundo de cabeza, sino que llegó incluso a disolver el cosmos, ese que orientaba los pasos de hombres y mujeres aún en medio de la noche. El cosmos significó ese orden de relaciones múltiples en el que todas las cosas están originalmente posicionadas unas con respecto a otras. Kosmein, en la antigüedad griega, significaba alinear ejércitos, alinear las orillas de un río o, en el caso que nos ocupa, emparejar el cielo con la tierra1. Para todo pensamiento clásico, la múltiple relacionalidad del cosmos comienza con la relación del cielo con la tierra, se funda en la certeza de que lo que está aquí y lo que está más allá guardan relación entre sí. No son iguales, pero entre ellos hay una liga que los une. Es como si fueran una pareja de baile en la que el movimiento de uno provoca el del otro. Kosmein significa, de hecho, que cielo y tierra son un par. En un mundo así, las cosas nunca son por sí mismas, sino que lo son porque algo inevitablemente les corresponde, son en relación. El hombre es por la mujer y la mujer es mujer por el hombre.

La revolución copernicana trajo, por el contrario, la convicción de que la tierra es sólo uno más de los astros en movimiento. Se inauguraba así la era del espacio infinito y neutro sobre el que se mueven por inercia los átomos de un universo sin vida. Por eso el nombre más adecuado para la revolución científica iniciada por Copérnico es el de revolución mecanicista2. De lo que se trató a lo largo del cientificista siglo XVII fue de inventar una nueva percepción del mundo que derribara por completo la antigua diferencia esencial entre el cielo y la tierra, al disolver los linderos que distinguen lo alto de lo bajo. El resultado, fue un elaborado armatoste conceptual que nos hizo percibir el orden en el universo como el funcionamiento de una máquina. A través de un espacio indiferente a los elementos, a lo alto y a lo bajo, a lo afuera y lo adentro, materia inerte, corpúsculos, se desplazan sin finalidad propia alguna, por pura inercia, dejando tras de sí una estela de nada. El universo es una máquina, y como tal, no merece nuestras pasiones.

En los últimos años de su vida, Iván Illich se esforzó por dar nombre a una noción perdida precisamente a partir del siglo XVII y que había pervivido como tradición viva desde la antigüedad. A partir de sus acercamientos a la teoría de la música –acompañado por su amigo musicólogo Matthias Rieger– Illich retoma del latín una de las traducciones del concepto griego logos: proportio, y define el término, a partir de Boecio, como lo apropiado de una relación3. En la teoría musical, el término se identificaba con la tensión entre sonidos armónicos, la inclinación del uno hacia el otro, el tonos. “La proporción es, como insistía Platón en el ‘Timeo’, la más bella de todas las ligas o relaciones…”.4

Todo esto, la comprensión de “lo más bello” que permite la unión en armonía de los diferentes, fue lo que se perdió durante los siglos XVII , XVIII y XIX. Fue a partir de ese siglo XVII mecanicista que la proporción como noción guía, como principio de orientación en el cosmos, comenzó a perderse. La ruptura de lo que Illich llama la gran tradición de la proporcionalidad, dio pie entonces a la concepción de un cosmos achatado.

El cosmos antiguo estaba conformado por esferas simétricas, aunque proporcionales, de naturaleza diferente. La esfera interna era para los hombres y la externa para los seres celestiales. Esta idea iba a tono con lo que nos sugieren los sentidos: el cielo y la tierra están separados y son diferentes. La tierra no formaba parte del cielo, sino que era la plataforma desde la que se lo observaba. Cielo y tierra eran proporcionales, más nunca iguales.

Al igualarlos, la revolución copernicana rompió la proporción entre cielo y tierra. Si para el siglo XVI eran todavía comunes las imágenes que referían al matrimonio entre los cielos y la tierra, para el siglo XVII esas imágenes se consideran infantiles. El mundo moderno emerge bajo el régimen de esa igualdad abstracta y, a partir de entonces, todo es uno y lo mismo. Nada encuentra en la diferencia y en su relación con lo otro el fundamento de su ser. No hay lugar para correspondencias, para consonancias. No hay lugar para la armonía.

Si las proporciones musicales, cuya exposición más antigua se encuentra en la escuela pitagórica, eran sólo un reflejo del orden cósmico, se debe a que por medio de ellas podíamos llegar a conocer las correspondencias armónicas del cosmos y adecuarnos a ellas. Ordenar el mundo no consistía en cambiarlo según criterios preestablecidos, sino en interiorizar las relaciones de proporcionalidad que lo componen y colocarnos en relación de armonía con ellas.

En un cosmos pensado así, en el que el cielo y la tierra se tocan más no se absorben, en el que el orden es un baile de dualidades, podemos abrirnos sin temor porque sabemos que allá hay “otro” que me espera y me responde.

No hay necesidad de dominio, pues nada hay fuera de mí que me pertenezca. En un cosmos pensado así, pudiéramos tal vez escapar a la presuntuosa administración central que nos asfixia. Nuestros sentidos podrían abrirse, al fin, al llamado del gozo y la esperanza.

Recordemos, además, que sólo tras la usurpación del cielo la tierra puede ser vista como un globo.

1 Matthias Rieger, Music before and alter Solesmen, 1996, p. 3, en http://www.pudel.uni-bremen.de.
2 Copérnico fue sólo un viejo sabio que especulaba esotéricamente con cálculos matemáticos sobre el cielo. Nunca pretendió sustituir el sentido común de los pueblos a partir de un concepto tan abstracto como el de espacio, con el que Newton culmina la revolución. No quiso siquiera hacer publicos sus escritos.
3 Iván Illich, “The wisdom of Leopold Kohr,”texto inédito en inglés. Existe versión francesa en La perte des sense, traducción del inglés de Pierre-Emmanuel Dauzat, Fayard, 2004, pp. 233-256.
4 Matthias Rieger, Helmholtz Musicus, Bremen 2001, p. 72. La traducción es de Jean Robert.


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