Charles Péguy
La “gente bien”* es impermeable a la gracia.
Es éste un problema de física molecular y globular. Eso que llamamos moral es un unto que hace al hombre impermeable a la gracia. De ahí que la gracia obre en los peores criminales y levante a los miserables pecadores. Lo consigue porque empezó penetrándolos, pudo penetrarlos. De ahí también que, si nuestros seres más queridos están, por desgracia, untados de moral, son, para la gracia, inatacables, impermeables. Empieza por no poder penetrarlos. Desde la epidermis. Son impenetrables absolutamente, en su totalidad, porque están untados, porque son impenetrables en el punto sensible a la mojadura, en la superficie de mojadura, que constituye el origen y la superficie de pentración. (…)
Por eso nada es tan contrario a lo que se llama (con un vocablo algo averonzado) religión, como lo que se llama moral. La moral recubre al hombre contra la gracia. (…) La moral es una propiedad, un régimen y, con seguridad, un gusto por la propiedad. La moral nos hace propietarios de nuestras pobres virtudes. La gracia nos da una familia y una raza. La gracia nos hace hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.
*Péguy venía hablando de la gente virtuosa, los nuevos fariseos, quienes asumen la religión como moral y viven vidas sin tacha: no “tienen una herida” siempre abierta, como los pecadores, la herida del pecado, precisamente. Una herida que es como un resquicio abierto por donde puede entrar la gracia siempre.
(Tomado de Charles Péguy: Nota conjunta sobre Descartes y la filosofía cartesiana).



11 Comments
Wow. Péguy sin duda es grande. Ch. Taylor dice que es Péguy de donde nacieron todos los cambios del Concilico Vaticano II. Habría que aclarar que, entonces, el Concilio Vaticano II no ha sido totalmente llevado a cabo con radicalidad…
Realmente no tengo mucho qué comentar. Solamente preguntar ¿eso significa, entonces, que el anarquismo es la postura más razonable para un cristiano? ¿Qué papel juega el derecho en el establecimiento de una comunidad? ¿No sería el derecho un intento por regular la vida y con ello quedaría fuera el espíritu? Lo digo porque toda legislación implica siempre una moral: autorizar o no autorizar, legalizar o no legalizar: en todos los casos hay una moral.
Juan y Diego: yo no sé mucho de este asunto, no me considero ni siquiera un aficionado a la teología (tristemente). Pero hay varias cosas que no entiendo y que me causan un poco de ruido (no solamente a propósito de esta entrada, también de la discusión de Twitter del otro día).
Primero: esto que dice Péguy no me parece un gran descubrimiento… lo que quiero decir es que el discurso de Cristo contra los fariseos es muy claro. Para cualquiera que se diga cristiano y haya leído aunque sea superficialmente el Evangelio (como yo), la religión no puede ser una ley, ni un Derecho, ni una moral. Y el que reduzca lo religioso a la moral o ponga la moral en primer lugar, traiciona el espíritu del cristianismo. Hasta ahí voy bien (supongo).
Segundo: el cristianismo es una religión de y para pecadores. El fariseo cree estar en el Reino de Dios porque piensa que de alguna manera ha superado su condición de pecador, se asemeja a Él por mérito propio. Pero Cristo no se interesa por el justo, sino por el pecador: es al pecador a quien ha venido a salvar (sobre todo), por él es capaz de sacrificar al becerro gordo, la carne asada es para él y no para el hermano (numerario). Ok. Todo va bien.
Lo que no me suena es que de eso se pase a lo siguiente:
1) el pecado es muuuuuuuuy chido.
2) la virtud es una estupidez (o bueno, sutilmente, es una cosa de gente traumada, farisaica, del OD, etc.).
A Cristo y a san Pablo, creo, la virtud no les parece ninguna estupidez y el pecado les resulta abominable. En Mt. 5:48, encontramos “sed santos como vuestro Padre es Santo” o algo así. Algunos traducen “sed perfectos”. Ojo: no quiero decir ni que la santidad o la perfección sean lo mismo que la virtud, ni que lo opuesto a la virtud sea el pecado. Más bien: el pecado (por sí mismo) no es deseable y la virtud quizá tenga algo que ver con la santidad o la perfección que Cristo exige.
Sobre el pecado: el pecado no se puede trivializar: la Redención cobra sentido únicamente desde el pecado. Cristo se encarnó y fue igual a cualquier otro hombre en todo menos el pecado. Si Cristo fuera un superhéroe, su archienemigo no sería el Diablo, sino el pecado.
Sobre la virtud: si entendemos la virtud o la moralidad al estilo de los fariseos, ya ni siquiera es virtud, sino vicio. Si la entendemos según el modelo estoico, resulta diabólica. Porque nada de eso es virtud. Creo que la noción cristiana de virtud es en gran medida aristotélica (aunque, claro, está completamente reformulada por la intervención de la gracia, porque su finalidad no es inmanente, sino trascendente, etc.). Aristóteles no propone una ética de las virtudes aplastante, exigente, puritana, quisquillosa, rigurosa, escrupulosa, estricta ni mojigata. Es una ética de las virtudes sensata, mesurada, verosímil, etc.
Lo que me causa ruido es que ciertos cristianos reaccionarios alaben el pecado, como regodeándose, como diciendo: “al fin que ese güey lo paga”, “al fin que ese güey me lo perdona”, “al fin que me va a seguir amando haga lo que haga”. Es una actitud estilo: “¿En serio eres tan buenacopa? Pues ¡toma! Así me vas a amar más, ¿no?”.
No sé, me hace ruido, hay algo que no me checa. Creer que la virtud es deseable, que es una cosa buena, no implica necesariamente ser fariseo, ni hipócrita, ni soberbio, ni moralista, ni legalista… No implica ponerla al principio de todo. No implica creer que la virtud es mérito propio. Es una disposición (humilde) a amar con las pocas fuerzas que se tengan, a dejar que Dios actúe a través de ti para hacer el bien… Creo que en el fondo hay una noción de virtud muy pobre y quizá, la envidia de Caín a Abel. Resulta muy fácil decirle a alguien que se esfuerza por llevar una vida cristiana “¡Eres un fariseo!”. Resulta muy fácil decirle a alguien piadoso “¡Eres un mocho!”. A alguien que no perdona la misa dominical “¡Eres un legalista!”. A un tipo casto (si es que los hay) “¡Eres un dañado!”.
@diegoirosales escribía: “Yo creo en un Dios que diga: ‘aunque no me ames, serás salvado’”. Y sí, yo también quiero creer en ese Dios. Pero pensemos que fuera una esposa del siguiente estilo:primero, te ama incondicionalmente. Hagas lo que hagas, te va a seguir amando. Segundo: mientras más la dañes, más se interesará por ti. Si después de dos meses de no dormir en casa, llegas un día borracho y oliendo a sexo a dormir, te recibe con una fiesta, te da de cenar, te perdona, te consuela, te apapacha. Cualquier cosa que hagas, puedes tener la seguridad de que te la va a perdonar. Bueno, pues yo me imagino a ese esposo jactándose con sus amigos de que tiene una esposa de ese estilo y diciendo: qué bueno es tener una esposa así, ya quisieran ustedes tenerla. Pues sí: tenemos un Dios así. Pero qué jodida actitud la del esposo que dice: “es que mientras más le pego, más me quiere”. Y que además se burla de otro esposo que trata de serle fiel a la suya y que ahí va echándole ganitas. Yo le diría a ese cabrón: puta, pues si de verdad tienes una esposa así, haz lo mínimo para merecértela. “Pero es que, mientras más le pego, más me quiere, neta; se compadece de mí, me ama desde las heridas que le ocasiono; el día que deje de pegarle, el amor se va a acabar, ya no me va a recibir con esa sonrisa, se va a acostumbrar a mi presencia, la voy a aburrir”. Yo no soy virtuoso, pero admiro la virtud de muchos que tienen más huevos que yo y ahí van tratando de amar a su manera.
En fin, creo que lo dicho no está a la altura de sus conocimientos teológicos y les parecerá un discurso de instructor de Catecismo o de autor de libros de autoayuda, pero es lo que hay.
José María,
Creo que, con lo peligroso que eso puede ser, Jesús es primero que nada una experiencia. En ese sentido, creo que se aplica mejor que nunca el dicho ‘cada quién habla según le va en la feria’. No quiero negar el gran valor de la teología y de la ciencia sobre Dios, o del mismo Magisterio. Lo que quiero decir es que nuestras opiniones en estos temas están mucho más cargadas de nuestra experiencia que en otros asuntos.
Yo coincido contigo en que la virtud es algo muy bueno. Creo que Péguy no lo niega. El problema es cuando nos damos cuenta de que la moral es muy peligrosa y entonces nos radicalizamos hacia el otro lado. Tu ejemplo de la esposa me ha parecido muy bueno. Pero entonces, ¿la virtud sería un acto de reciprocidad hacia el Amor de Dios? ¿amar a Dios significa ser virtuoso?
Yo tampoco tengo muchos conocimientos teológicos, pero yo diría que sí. Aunque, como tú dices, sin entender la virtud como algo farisáico, sino como el esfuerzo por amar, por ‘seguir la ley de Dios’, recordando que la ‘ley de Dios’ es el amor.
Diego, me arriesgo a responder a las preguntas que dejas abiertas, desde mi punto de vista.
El anarquismo sería la opción que más se correspondería con el cristianismo; no me arriesgaría a decir razonable, y utilizo anarquismo con todas las dudas sobre el término y lo que estemos pensando ambos sobre él. Un modelo en el que la propiedad no es como la entendemos hoy, la seguridad no se basa en cosas sino en personas (en tener sino en ser), y las estructuras son móviles y mucho más parecidas a una red que una pirámide. Péguy usaba reiteradamente tapiz, y me gusta como metáfora mejor que red, ya que lo que mide su importancia es la densidad, no es bidimensional, sino algo más parecido a lo cuatridimensional (las euclidianas más el tiempo).
En cuanto al derecho; no sé si habrás leído algo de Derecho Social, de Gurvitch. Tenemos un Derecho que es el garante del sistema. Evidentemente hay que cambiarlo de arriba a abajo para poder pensar en otro modelo de vida. Nada se puede hacer en una sociedad que vive bajo un código basado en Roma y las modificaciones napoleónicas, y que son el sustento de la defensa de la propiedad privada. La legitimación no hace la moral; es esta la que en todo caso legitima.
Y en cuanto al uso de moral y virtud en Péguy. Siempre hay que contextualizar cuando se habla de algún autor, y el mundo de Péguy no era el nuestro; su imaginario era muy distinto. Por ejemplo, se le ha tachado de antigermánico y nacionalista francés. En Péguy “ser francés” y lo que hoy podríamos decir “defensor de la libertad” es lo mismo; de igual manera todo lo relacionado con el imperio alemán era un equivalente a cuando hoy nos referimos al imperio norteamericano o a USA cuando criticamos su imperialismo. La virtud en Péguy es fortaleza, y moral es utilizado en sentido negativo, como producto de la burguesía.
Seguimos hablando….
Los fariseos
Los fariseos quieren que los demás sean perfectos,
lo exigen.
No saben hablar de otra cosa.
Pero Yo soy menos exigente, dice Dios.
Porque yo sé bien lo que es la perfección y no exijo
tanto a los hombres.
Precisamente porque Yo soy perfecto y no hay en Mí más
que perfección, no soy tan difícil como los fariseos.
Soy menos exigente. Soy el Santo de los santos y sé lo
que es ser santo, lo que cuesta, lo que vale.
Son los fariseos los que quieren la perfección.
Pero para los demás.
Encuentran siempre indignos a los demás, encuentran
indigno a todo el mundo.
Pero Yo, dice Dios, Yo soy menos difícil,
y encuentro que un buen cristiano, un buen pecador de
la común especie es digno de ser mi hijo
y de reclinar su cabeza sobre mi hombro.
Charles Péguy
Si yo fuera cristiano, opinaría como J. M. Llovet.
Pero además de los que se sienten poseedores de sus virtudes, existe el otro gremio: quienes se sienten en la gracia que su dios les otorga y les confiere una especie de superioridad ética para amonestar a esos calculadores de virtudes, es decir, a esos burgueses.
¿Cuántos de esos amonestadores son burgueses hasta el tuétano? Y aún así, reclaman una “autenticidad” que ellos no pueden tener. Dicen asumirse pecadores y buscadores de la gracia, pero en su vida cotidiana no tienen ningún arresto para reclamar un estilo de vida de gran señor que los distinga de los “nacos”, de la “plebe”, de ese “pueblo” que Péguy defendía tanto. El burgués no defiende al pueblo: simplemente lo detesta.
Son estos individuos los que encajan en la descripción de Llovet: “no puedes amonestarme, tú fariseo. No puedes hacerlo porque yo sí me asumo pecador y eso me hace mejor frente a ti que no lo ves y buscas una vida esforzada…”
La moral inicia con aquellos que creen que no pueden ser amonestados, aún cuando acepten su indigencia…
Estimado Sergio:
Como he publicado en mi blog http://cuadernosdesdeelescaque.blogspot.com reiteradamente, ya no me considero católico, simplemente un cristiano sin iglesia, con un cierto paralelismo en el término que no en las circunstancias con Péguy. Pero desde luego no me siento en superioridad de nada ni de nadie por serlo. La gracia de Dios es un tema suficientemente complejo como para dedicarle horas, pero cada vez más creo que no es decisión de Dios ni nuestra contar con ella; es algo que conseguimos sentir con nosotros, pero que como la dignidad, es connatural a nuestro existir.
Y yo no quiero amonestar a los burgueses, pretendo que nuestra sociedad, en la que me incluyo, asuma sus errores y cambie de rumbo; se de cuenta de que la seguridad que buscamos enloquecidamente en las cosas, sólo se encuentra en los otros, y nunca jamás en la “libreta de ahorros”.
En cualquier caso, fariseo es el que se reclama superior y además fiel a Dios. Me da igual el Dios en el que ponga su fe. Nadie es mejor o más cercano a Dios, y de serlo, lo serían aquellos que ni siquiera se reconocen pecadores o en falta, pero que son aplastados o ninguneados por los que se reclaman los primeros.
Y la corrección (no me gusta eso de amonestación) es factible, pero sólo si es fraterna.
Con esperanza.
Amigos, quiero intentar limitarme a comentar el texto que publiqué. Tiene que ver, me parece, con el énfasis que Péguy siempre hace en la primacía de la gracia. En que el balón siempre está de su lado de la cancha, del de Dios. El tema es que sí que lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Y a este grado hay que reconocer que, como afirma Bernanos, “Todo es gracia ya” y, como Pablo afirma, si no fuera por el Espíritu Santo ni siquiera podríamos pronunciar el nombre de Dios.
Seamos rigurosos en el razonamiento y atentos a lo que hemos leído en el Evangelio: sólo hay un pecado que no se puede perdonar: el pecado contra el Espíritu. La tradición ha interpretado que tal pecado es, precisamente, el que consiste en rechazar la salvación. Además está el encono perpetuo de Jesús contra los fariseos. Si somos consecuentes, nos escandalizaremos de semejante comportamiento del Señor: hay que decir que tiene algo en su contra, que los maltrata hasta injustamente. Son precisamente ellos quienes “se portan bien”. Soy ellos “la gente bien” de la que habla aquí Péguy. Y, en última instancia, José María, son ellos quienes representan el cristianismo que expones en tu participación: los que “le devuelven” a Dios el amor que les ha dado.
Es fuerte, ya lo sé, identificar el pecado contra el Espíritu Santo no con la desesperación plena, como suele hacerse, sino con ¡la moral! Pero además, y sobre todo, parece que es cristiano. Que es lo más propiamente cristiano, incluso. Que es, si me buscan, lo único cristiano.
Detrás del antifariseísmo de Péguy, creo, está la ira que guardaba Cristo para los fariseos. Es, pues, un antifariseísmo teológico. ¿Y cómo nos lo explicaremos?
Nunca lo he hecho, pero estoy seguro de que podríamos buscar en vano la palabra “areté” en el Evangelio. No lo encontraríamos jamás. La virtud es un concepto que pertenece a otro sistema de ideas. Y, sobre todo, a otra lógica distinta. Es, exactamente, la lógica inversa y opuesta de la lógica de la gracia. Hace inútil el trabajo de Dios. En apariencia lo hace inútil. Porque el trabajo de Dios es amar. Y al ser bueno, el hombre se olvida de amar. O lo hace por deber. Y eso no es amor. Así, exilia a Dios de su vida, el virtuoso. Lo hace innecesario. Porque él puede solo. Dios, que es como un padre enternecido, ve al pobre hombre que se cree virtuoso y se conmueve muchísimo. Es como un niño que intenta subir a un banco que no alcanza. Él está ahí, el padre, para subirlo al banco. Él podría hacerlo. Pero el niño, tozudo, se enfrenta al padre y le dice que puede solo. Pero no puede.
La virtud consiste en elaborar mecanismos que a uno lo suban al banco, por su propio medio. Y eso, entre los cristianos, es una herejía. Que niega a Dios. Que niega el Redención. Es espantoso, ese pensamiento.
Los cristianos elaboraron la vida de la gracia desde las categorías griegas para explicarse de qué iba aquello de ser hijo de Dios, “domestici Dei”, de la familia, de la familia del mismísimo Dios. Pero siempre está claro que se trata de un pegote: que usan un idioma artificial. Y cuando ya van a hablar en serio, cuando llegan a los límites de sus formulaciones, rechazan todo lo que han dicho en un plumazo: reculan y resulta que nada, que todo estaba muy bien, aquello de medirse al pedir, pero al final no importa porque quien paga la cena –del que pidió vino, lo mismo que del que pidió agua-, es Cristo. Más aún: que ya la pagó.
Ahí está el sistema de las virtudes en Tomás de Aquino, por ejemplo. De un valor incalculable. De un valor antropológico incalculable. Hila muy fino, el gordo sabio. Lo hace muy bien, sin duda. Es sutil. Todo menos tonto. Toma a Aristóteles (a él sí le viene hablar de virtudes: y es que él no se ha enterado, no sabe nada de Buena Nueva, no sabe de qué va la Buena Nueva: que ya está hecho, por nosotros, lo que había que hacer: que no hace falta afanarse, que María eligió la mejor parte y no se ocupa sino en gozar, que ni Salomón se vistió con tanta gracia como la más pequeña flor del campo, ¡y no trabajaba!, ¡no se afanaba, como un mercenario!). Y entonces aquello del “mesotés” que no está mal, y los extremos viciosos y el medio virtuoso, y no basta: hay que llamar a doña Prudencia. Pero tampoco Prudencia basta. Está bien, de nuevo, para andar por ahí, para entendernos y ser buenos. Pero no se trata de ser buenos sino de ser santos. De salvarse, en resumen. De que Dios nos ha salvado, pues. Y de que tenemos que llegar todos, unos con otros. Y, nada. Ahí está el truco, la tramoya: que ni la prudencia nos salva, por muy auriga que sea. Y que hay que echar mano de un híbrido extraño, de una virtud malhecha. Hay que decirlo bien: de algo que ya no es virtud. La virtud teologal. Que no es virtud. Que consiste, sobre todo, en no ser una virtud. Ya no se sabe muy bien para qué se llama virtud (para que entendamos, claro). Y recita el niño del catecismo, sin saber muy bien qué dice, y el filósofo que se deja las dioptrías sobre el tratado acerca de la gracia, que las virtudes teologales son “infusas”: es decir: dones: es decir: gratuitos: es decir, ya no son virtudes.
Porque las virtudes consisten en el hábito, repasan el niño y el filósofo. En el hábito: una cierta posesión, una, que le dicen, “segunda naturaleza”: un artificio tan incorporado que es como si fuera natural, pues. Como los lentes de Woody Allen (¿quién es ese sujeto, sin sus lentes?). Tiene que ponérselos –aunque puede quitárselos. Así las virtudes: generan disposiciones. Buenas. Paganamente buenas, ¡no digo que no! Y buenas en un sentido bueno: literal y realmente buenas. A uno lo vuelven bueno, sin duda. Y se vuelve un hábito. Y entonces está todo muy bien. Pero no importa: se trata de un niño jugando a que puede alcanzar el banco solo. Tontos, los virtuosos: se atribuyen el mérito. No saben (algunos sí) que si son buenos es porque antes de su mérito, lógica y temporalmente, providencialmente, ya habían sido guardados para el bien. ¡Y eso está muy bien! Pero hay que tener cuidado, que a uno le da por creer que todo es mérito y, ¡qué peligro, cuidado!, que todos deberían actuar así. Y es cuando todo se va al traste. Y eso se llama moral.
Hay que ver “Bajo el sol de Satán” (Pialat) o leer la novela de Bernanos, para aprender cómo se esconde, bajo la virtud del santo, el propio Satán, cazando al pecador (que cree que es santo) por donde es más débil: por donde es más fuerte.
Creo que era en “Trópico de Cáncer”, que Henrry Miller denunciaba a los justos como los auténticos criminales. Y es que, acá abajo, en los barrios bajos del pecado, descubrimos los hombres el secreto de la cofraternidad humana: que hemos sido pecadores, que somos culpables de todo frente a todos (Dostoiewski), que no estamos libres de pecado. Que no podemos arrojar la primera piedra. Pero el fariseo es quien está libre de pecado (¡el tonto, eso cree!). Es quien condena y apedrea al pecador. Es quien cava su propia condena (“¡Con la medida que usen para medir serán medidos!”). Son los que se vuelven, por la operación de su bondad, impermeables a la gracia.
El pecador está herido, es una herida: consiste en su herida (y “el justo peca siete veces”, es decir: siempre). Los fariseos (no se lo digan a los fariseos, se ofenderían), no existen. Quienes pueden representarse a sí mismos en el Juicio Final, no existen. Esos que llegan a la puerta del Cielo con las manos llenas, que pueden alegar sus milagros a su favor, no existen. Sólo uno es justo: Cristo. Dios sólo tiene un hijo: Jesús, el hombre. Que volvió a casa con un montón de amigos vagabundos. Y le pidió a su padre que les diera alojamiento. Pero los fariseos no quisieron entrar. Creían que tenían una casa (¡los tontos!) y se resguardaban, tiritando, en el cierzo, bajo el Cielo. ¡En la banqueta! Tan lejos del Cielo…
No hay forma, querido José María, es ridículo pretenderlo, de pagarle a Dios lo que ha hecho por nosotros. Sabes, también, que semejante pensamiento es una fea herejía. Acaso la más fea. Que nos asemeja a Dios no por el abajamiento de Él sino por nuestra superhombría. Y el superhombre, como el fariseo, gracias a Dios, son personajes míticos.
¿Por qué el odio de Cristo a los fariseos de oficio (ya quedamos que no existen, pero sólo desde la mirada mística, que los hay que desempeñan, y con fervor, tal oficio)? ¿Por qué? Porque cargan a los hombres (a los demás hombres) con cargas que ni el propio Dios les impone. ¿Él qué iba a andarles imponiendo diezmos al comino y prohibiciones a los métodos anticonceptivos?
Dios, por cierto, aborrece el pecado. Pero el pecado mayor es la autosuficiencia. Para salvarse. La impiedad de creer que uno se puede salvar siguiendo tontos métodos (humanos). Creyendo que una sumatoria determinada de pequeñas acciones (naturales, humanas), arroja, detrás del igual, un resultado infinito (sobrenatural, divino). Con que, usted dirá… No salen las cuentas.
Dice Péguy en otro sitio (en “El pórtico del misterio de la segunda virtud”, que cito “in extenso”): “Los fariseos quieren que los demás sean perfectos, lo exigen. / No saben hablar de otra cosa. /Pero Yo soy menos exigente, dice Dios. / Porque Yo sé bien lo que es la perfección y no exijo / tanto a los hombres. / Precisamente porque Yo soy perfecto y no hay en Mí / más que perfección, no soy tan difícil como los fariseos. / Soy menos exigente. Soy el Santo de los santos y sé lo que es ser santo, lo que cuesta, lo que vale. / Son los fariseos los que quieren la perfección pero, para los demás. / Encuentran siempre indignos a los demás, encuentran indigno a todo el mundo. / Pero Yo, dice Dios, Yo soy menos difícil, / y encuentro que un buen cristiano, un buen pecador de la común especie es digno de ser mi hijo / y de reclinar su cabeza sobre mi hombro”.
No está mal, que cada cual se cargue de sus angustias. Hasta es normal. Sólo hay que ver lo angustiante que puede resultar el amor: el deseo de no ofender a quien se ama. Es hasta normal. Dios sonríe. Pero eso de andar por ahí queriendo enseñar, dando cátedra de lo que está bien y mal, sacando cuentas complejas, haciendo abstrusas distinciones aritm(éticas)… Si sólo tenemos una vida, como veinte minutos, que mejor haríamos en ocupar para amar a los demás que en andar sacando cuentas (escrupulosas, mercenarias) sobre cuánto le debemos a Dios (igual las haremos, no nos engañemos; y le debemos todo, seamos sensatos).
Está, sin embargo, el traspatio del moralismo: el moralismo-anti-moralista. Sobre aviso nos pone Sergio aquí. Dice verdad y hay que poner atención. Y, sin embargo, hay que hacerlo todo por los hombres. Y nunca está de más librarlos de fardos absurdos… Aunque, claro, aquello bien puede ser la trampa de jurarse mejor a quien no está “iniciado” en la gracia… Pero ¿no será válido que un hermano le diga a su hermano que no hace falta que cargue con tanto levítico peso en sus espaldas? Y es que duele ver cómo gimen la humanidad esperando a Dios y que lleguen, en cambio, los curas a imponerles una religión!
Queridos todos:
Gracias por participar en la conversación.
Gabo (¿Leal, no?): El poema que compartes es fantástico.
Juan Carlos: Bienvenido abordo de “Conspiratio” y muchas gracias por tus comentarios.
Diego, José María, Sergio: seguimos conversando.
-Juan Manuel
Como no sé de teología, sólo quiero decir algo que me llamó mucho la atención. Me dijo un sacerdote que en los pueblos casi nadie comulga, en las ciudades todos.
Eso habla de a quién vino a salvar Cristo.
Gracias por la discusión, me gustó.
Copio una cita de Ilich. A favor de la moral y la virtud, y que ayudará a matizar.
“Cayley: So how can one live gratuitously in a world like this? [Cayley is referring to the critique that Ilich makes to what he calles 'Age of Systems']
“Illich: Friends, friends… gratuity, just so, for the fun of it, for your sake…
“Cayley: Does this requiere a certain ascetism?
“Illich: Well, ‘ascesis’ is the old word for training, for repetition. I would say what is required is a word which is difficult to pronunce today -virtue- repeated acts of faith, hope, and love which slowly create in you, psycho-physically, an ease in performing them; and, in order to sustain yourself in a disciplined way, ‘ascesis’, self-training, is of a certain importance, although it has to be said again that training for our contemporaries always implies instrumental purposes, which is not what I’m talking about.”
Ivan Illich (with David Cayley), “The Rivers North of the Future”, p.228.
Me parece que aquí está la clave de todo, Juan, Sergio, José María, todos: la virtud en un sentido implica instrumentalización, control, querer ser dueño de nuestro destino, querer dominarlo y afirmar neustra propia voluntad por encima de una heterodeterminación.
Sin embargo, esto no necesariamente es así. La virtud puede entenderse como ascesis, como la práctica de los místicos. Como aquello que Sicilia describe en su novela “El Bautista”: aprender a ‘dominar’ nuestros deseos para educar a la persona y así permitir que la gracias penetre mejor. Recuerdo un pasaje de la novela, en la que se describe cómo al Bautista le daba pena comer, pues el acto de comer es engullir, es atraer para uno lo que es otro, lo que por principio el ‘alteridad’. La mística del Bautista (de Sicilia) le permite ver que hasta el acto de comer es una cto de dominio. Pero, amigos, para no comer, se necesita virtud. Y es la virtud lo que prmite no ser instumental, no ser soberbio, no querer dominar, no querer controlar. Para eso, se necesita virtud. Esto no es exactamente lo mismo que ‘ataraxia’, que consiste en dejar de sentir y en bloquear todo deseo veleidoso, sino en ir lentamente modificando a la propia persona para hacerla un mejor depositario y receptor de la gracia.
Pero, claro, hoy es difícil hablar de virtud porque suena a modernidad, porque suena a Pelagio, a Kempis, a Camino-Forja-Surco.
Pero, reitero, eso no es necesariamente así. De hecho, incluo, no es así. La virtud es algo mucho más místico de lo que podría parecer. Y es Ilich quien lo dice, no yo, para quienes necesiten autoridades. (Por supuesto, podría citar a Jesús, pero ya sería muy llevado)
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