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La diferencia entre opinar y pensar

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Publicado por edjus. octubre - 19 - 2011.     Categoria: Conspiratio 12, Ríos al norte del futuro
¿Cómo evitar la reproducción de la miseria y la violencia en las que estamos sumidos? En respuesta a esta pregunta, Roberto Ochoa propone un camino que, a la luz de pensadores como Leopold Khor, Iván Illich, William T. -Cavanaugh y Gandhi, conduza a la diferenciación y la desuniformización de los pueblos y las culturas. Esto en contraposición a la idea de un hombre universal, situado en un espacio homogéneo e indiferenciado, consumista de bienes administrados por un Estado leviatánico que ostenta el monopolio de la fuerza para hacerse valer. Así, el paso a la acción consiste en la construcción de una paz comunitaria y local basada en las múltiples relaciones de solidaridad y autonomía de los individuos, cuya incipiente realidad puede encontrarse actualmente en el grito de “¡ya basta!” de las multitudes..

El camino de regreso es la paz

El 6 de abril de 2011, el mismo día en que la marcha cívica más multitudinaria en la historia del estado de Morelos demandaba paz y justicia, el gobierno del estado presentó ante el Congreso local su iniciativa de ley para la creación de la llamada “policía única”. Dos semanas más tarde, el 20 de abril, el pan y el pri presentaron una iniciativa de reforma a la Ley Federal de Seguridad con el propósito principal de defender al Estado, y que da más facultades al ejército en cuestiones de seguridad pública. Con estas reacciones frente a la expresión ciudadana, nuestros gobernantes mostraron, como lo dijo Javier Sicilia, que no tienen imaginación más que para la violencia.

Muchos podrán morder el anzuelo que en modo invertido el Leviatán tiende a cada instante sobre nosotros, ciudadanos mexicanos agobiados por el exhibicionismo de la tortura y la masacre. Pero una reflexión profunda desde la Cuernavaca del cidoc, la ciudad en que Iván Illich dejó escuela, pone inmediatamente al desnudo el artilugio por el que se nos quiere consagrar para siempre a la esclavitud de la violencia.

En un conocido texto, escrito para separar la paz del desarrollo1, Illich argumenta que la paz sólo puede florecer en una sociedad armoniosa, una en la que cada pueblo, cada comunidad, cada ethnos, reforzado simbólicamente por el espejo de su propio ethos (mitos, leyes, dioses), cuente con una noción propia de lo que vivir en paz significa. Derivada de la música, la noción de armonía se refiere a una relación proporcional entre dos o más elementos con identidad propia. Dos instrumentos musicales logran la armonía cuando, afinados, responden cada uno fielmente a su naturaleza sonora. No debe confundirse, por lo tanto, armonía con uniformación y con la pretensión de globalidad que rige en estos tiempos y que se expresa, concretamente, en los proyectos de ley encaminados a ejercer todavía mayor control y fuerza sobre la multiplicidad natural y hermosa de este “mundo donde caben muchos mundos”.

Sólo Leopold Kohr, amigo y maestro de Iván Illich, se atrevió a exclamar a mediados del siglo xx, en los tiempos de la incipiente onu: “¡Desunión ahora!”;2 argumentó ampliamente que la miseria humana, donde la violencia y las guerras juegan un papel central, se reproduce geométricamente según el tamaño de enormes entidades sociales conformadas por la aglomeración y unificación de un montón de pequeñas comunidades anteriormente saludables. Toda unificación instrumental del poder de masa –cuyo modelo más acabado son los ejércitos modernos– conduce al abuso, pues tal volumen de poder, dice Kohr, “asegura inmunidad frente a posibles represalias”,3 lo que nosotros llamamos fiscalización. La concentración de poder en gran escala siempre acompaña a la concentración social de gran escala. “¡Desunámonos ahora!”, clamaba el filósofo en medio de un desierto intelectual que ha permitido que nos extraviemos entre luminarias, espejos y anuncios espectaculares.

Bajo un régimen uniforme –argumentaron Kohr e Illich–, la paz es imposible. Implica la idea de un hombre universal, consumidor estándar de bienes globales, que clama por el acceso universal a bienes limitados o escasos. Sobre la entelequia de un espacio sin contornos, las partículas individuales, atómicas, se disputan el derecho a gozar de un bien o un servicio que no alcanza para satisfacer el imaginario infinito de cada uno. Entran inevitablemente, como bien lo describió Hobbes, en un estado de guerra de todos contra todos. En lugar de buscar lo justo, lo que es apropiado según cada cultura o ethos, el individuo-hombre universal busca extender su zona de dominio a costa de otros que, como él, buscan lo mismo.

En este sentido, y en contraste con la lógica leviatánica de imponer “la” violencia mayor por encima de la multiplicidad de violencias menores, la re-generación4 social sólo es posible en nuestro tiempo a condición de reconocer, primero, que nadie puede estar por encima de la sociedad como para pretender administrarla y, segundo, que la regeneración sólo puede realizarse al interior de una cultura cargada de género, que, en los términos de Illich, se se refiere a un lugar en donde todavía se distinguen linderos intra y extracomunitarios, y donde la abstracción del espacio neutro no ha arrasado todavía con las identidades y las maneras propias de trabajar, de comer y de vivir de la población. Linderos de todo tipo son los que dan contenido y forma a los cuerpos en relación. Según Illich, en los términos de la gran tradición de pensamiento sobre la proporcionalidad, que se extendió desde el mundo presocrático hasta bien entrado el siglo xvii, nada existe si no es dentro de una relación de complementariedad disimétrica constitutiva de todos los existentes. El mismo Génesis lo atestigua cuando revela que lo primero que hizo Dios fue separar el cielo de la tierra, el día de la noche y los mares de la tierra firme. “Macho y hembra” creó a quien porta su imagen y semejanza. Por lo tanto los lazos, las alianzas, la relación justa, implican necesariamente la existencia de elementos diferenciados y, en principio, distantes. Lo primero que hizo Dios en su creación fue separar. Sólo a partir de ello cobra coherencia la armonía del cosmos.

La sociedad económica moderna, sin embargo, ha roto esa polaridad social, así como la reciprocidad como principio de subsistencia, para arrojarnos a una existencia sin sentido. La hipertrofia de una sociedad que en su carrera al desarrollo y la expansión ha negado sus propios límites, corresponde a la pérdida interior de todo punto de referencia y de contraste como principios de orientación social. Cuando la homogeneidad reina, los límites se vuelven arbitrarios y, por lo mismo, ya no queda lugar para la moderación y la suficiencia.

Por eso, la re-generación social sólo puede venir de un camino político como el propuesto por Gandhi, en el que el pueblo y el barrio, frente al Estado, recuperen su carácter de unidad política fundamental. Para ello debemos tener en mente la crucial distinción que hace Illich entre “La” paz y “las paces de la gente”, entre la aspiración universal de la paz y los diferentes acuerdos concretos con los que la gente hace las paces.

La regeneración del tejido social pasa necesariamente por la aceptación de que “la” paz en su sentido singular y “la” unidad sólo pueden ser aspiración última de la fe religiosa, mas nunca de la estructura política, sujeta a la materialidad, la fricción y complejidad de un tiempo que no es todavía el tiempo de Dios.

En contraste, la doctrina de salvación del Estado moderno busca hipnotizarnos con el ofrecimiento de “la” paz y “la” unidad definitivas, propuesta tentadora que nadie en su sano juicio rechazaría. Pero lo que habría que cuestionar, en todo caso, no es lo que el Estado ofrece sino lo que realmente da. Es en esta distancia infinita entre lo que promete y lo que da que caemos al abismo propio de este fin de “civilización”.

La historia real del Estado es la historia de una gradual absorción de asociaciones complejas, de relaciones múltiples de solidaridad y autonomía, por el ejercicio de una fuerza centrípeta que obliga a una relación directa, cada vez más exclusiva, entre el ciudadano individual y el poder soberano del Estado. Se trata de una historia en la que la instauración de un poder supremo y secular va de la mano con la igualación y homogenización de cada individuo frente a la ley, desincrustándolo de costumbres y lealtades locales y comunitarias. En otras palabras, como sostiene William T. Cavanaugh, “el Estado central e impersonal acompañó la invención del individuo, liberado de los confines del grupo tradicional y ahora relacionado con otros individuos sobre la base del contrato”.5 Así, la política moderna no es más un equilibrio de relaciones interpersonales directas, cara a cara, por las que nos vamos conformando como cuerpo político, sino un mecanismo que nos sujeta y nos pone en relación obligatoria entre nosotros, a través de un instrumento formal denominado contrato.

El Estado promete paz, pero opera la violencia para forzar a la unidad y el orden. La detenta y la enarbola como su privilegio.

A su vez los individuos modernos, a falta de historia y horizontes comunes, de tradición y visión de futuro compartidos, se relacionan entre sí, de cara al Estado, a través de un contrato que se garantiza por el uso de la fuerza. El individuo, desincrustado del tejido de las relaciones múltiples que antiguamente le daban no sólo contexto cultural, sino también protección, se halla ahora completamente a merced de la fuerza omnímoda del Estado, ese Estado que se constituye en ejército y utiliza la violencia de la guerra para “soldar” a sus ciudadanos-súbditos como soporte de su voluntad única, y proveer así de unidad –sin importar lo artificiosa que ésta sea– a una sociedad que ha quedado carente de todo proceso social verdadero y que, en completa oscuridad, clama por ella. Como lo sostiene Raymond Williams, “la guerra es para el Estado liberal un simulacro de proceso social, el mecanismo primario para alcanzar la integración social en una sociedad que no comparte fines”.6 La violencia, concluye a su vez Cavanaugh, se constituye en la religión propia del Estado, en la disciplina habitual para unificarnos.

El mito fundacional del Estado, el Leviatán, se basa en una antropología teológica que impide cualquier proceso social verdadero. Hobbes describe un estado de naturaleza primigenio sujeto a un derecho natural ordenado por Dios. Pero, como lo argumenta John Milbank,7 se trata de un replanteamiento voluntarista, del remplazo de una teología que estuvo fundada en la idea de participación en el Cuerpo de Cristo, por una teología fundada en la fuerza de la voluntad. La obediencia debida a Dios, sostiene Hobbes, no deriva de la simbólica gratitud a Él por el hecho de habernos creado, ni de la confianza en que Él sabe lo que es bueno para nosotros, sino de su irresistible poder. Dios dirige las voluntades de los hombres porque tiene el poder y la fuerza para obligarlos. El mito no establece el gobierno humano sobre la base de una unidad primaria que apele a las conciencias, sino sobre el presupuesto esencial de la individualidad voluntarista de la raza humana que sólo se acopla con otras por medio de la negociación racional, según los intereses individuales, y que culminan en la firma del contrato. El reconocimiento de nuestra participación común por el hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios es remplazado por el reconocimiento del otro como portador de derechos individuales, que separan lo que es suyo de lo que es mío, y ante quien tengo que imponerme en defensa de mis intereses y de mi vida. Rousseau y Locke siguen prácticamente el mismo esquema, lo que hace del Leviatán el verdadero fundamento de la teoría moderna del Estado.

El contrato, finalmente, no es más que un instrumento, un mecanismo formal que supone que no existe una relación intrínseca entre los contrayentes, ni una finalidad común, y que ambos operan en función de sus beneficios individuales. Mientras que el contrato sirve para mitigar los efectos conflictivos del individualismo, no se puede esperar de él que represente un proceso social verdadero, en el sentido de una participación común en el cuerpo político. El contrato deviene en todo momento el instrumento predilecto de un Estado que se ha erigido como soberano, gracias a la disolución de comunidades naturales y tradicionales que, en el transcurso de su historia, ofrecieron resistencia a la instauración de ese poder omnímodo.

Es en los pueblos, en los barrios, donde los acuerdos fundamentales del vivir juntos tienen que materializarse. Nada nos garantiza, nada puede garantizarnos, que un pacto a escala nacional pueda servir para reconstruir los tejidos sociales y darnos la paz.

Es frente a la historia de nuestra civilización, pero sobre todo frente a un presente implacable que nos impone la disyuntiva de cambiar o morir, que tenemos que actuar. Decir que el Estado se funda en la violencia es casi una perogrullada. De lo que se trata ahora es de reconstruir, en serio, una sociedad sin él. Nos urge construir una sociedad que excluya a la violencia como su matriz estructural. En México –lo sabemos bien, lo sentimos cada vez más cerca de nuestra piel– no habrá mañana si no sabemos salir de la lógica de guerra del Estado, de la lógica de un presidente de la República que piensa que de lo que se trata es de materializar el “monopolio de la fuerza”.

¡Se acabó! Aceptémoslo. ¡Ya no hay Estado!

Me tacharán de idealista. Me dirán que no hay camino de vuelta para un Estado-Ejército que intenta recuperar su monopolio en las calles frente a un montón de violencias irracionales. Les concedo que cuando uno está en medio de un combate, bajar la guardia es atenerse a recibir el golpe fatal de su adversario. Sin embargo, me parece que no hay otro camino, que sólo nos queda asumir ese riesgo si es que nuestro corazón busca sinceramente la paz.

Lo que nos queda es reconstruir la sociedad con lo que somos y con quienes tenemos al lado. En México podríamos aventurarnos a partir de ahora, cuando frente a la violencia los ciudadanos hemos salido a las calles, a la reconstrucción creativa de una sociedad sin Estado. Si somos capaces de desmontar de nuestra propia cabeza la fe en el mito leviatánico, al mismo tiempo que acordamos acciones para salir de la violencia, estaremos en vías de construir esa sociedad nueva en la que la explotación, rivalidad y muerte violenta serán cosa del pasado. En este sentido, las revoluciones del Magreb y Medio Oriente podrían acompañarse con una versión mexicana de la juventud que toma las plazas para gritar ¡ya basta! En México, la lucha puede ser tan originaria que se vuelva en punta de lanza para otros pueblos que buscan también liberarse de los dominios por la fuerza. Finalmente, el Estado dejará de aterrorizarnos y ejercer su centenario dominio sobre nosotros cuando aceptemos la responsabilidad y el dominio de nuestros propios actos. Seamos dignos de construir una sociedad sin él. Regresemos a nosotros mismos, a nuestras historias, a nuestros pueblos, a nuestros sueños y, cuando menos lo pensemos, una mañana, descubriremos que el sueño hobbesiano que duró más de 350 años fue sólo una pesadilla para la civilización que incluso parece capaz de poner al mundo al borde de la destrucción.

Por Roberto Ochoa

1 Incluido en esta publicación, ver p. 20 [N. del E].

2 Ver mi libro Muerte al Leviatán. Principios para una política desde la gente, Jus, Conspiratio, México, 2009.

3 Leopold Kohr, The Breakdown of Nations, Routledge and Kegan Paul , Londres y Nueva York, 1957, p. 26.

4 Que conste que la ponencia que llevó por título Morfología social y re-generación política, que presenté en mayo de 2010 en el Instituto de Urbanismo de París, en un coloquio de homenaje a Iván Illich organizado por Jean Robert y Thierry Paquot, la trabajé durante el mes de enero del mismo año, mucho antes de que amlo utilizara el término de “regeneración” para su movimiento en busca de la presidencia de México.

5 William T. Cavanaugh, “The City, Beyond Secular Parodies”, en John Milbank (ed.), Radical Orthodoxy, A new Theology, Routledge, 1999, p. 192.

6 Raymond Williams, Towards 2000, Harmondsworth, Penguin Books, 1985, pp. 218-40.

7 John Milbank, Theology and Social Theory, Blackwell Publishers, Oxford, 1990.


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