Hay belleza que no es bonita, belleza con mugre y costras. Hay belleza que escurre, chorrea y deja manchas que fueron rojas, frescas, brillantes, pero pasan las horas, pasan los siglos y se secan las manchas, se hacen cafés y, aunque dejan marca en la carne, se las lleva un trapo con detergente y cloro.
No tendría por qué haber habido belleza en esta tierra de sombras. El aire pudo haberse hecho veneno. El suelo pudo haberse abierto para tragarnos. Pero no. En cambio hubo belleza y nos visita, como el sol que viene de lo alto para iluminar las tinieblas.
Estábamos en Santa Cruz Meyehualco. Todo es nuevo en Santa Cruz. Las banquetas de cemento, las casas de uno y dos pisos de ladrillo o tabicón, las cortinas de acero y los barrotes salvavidas de las tienditas misceláneas no tienen ni 20 años. Sin embargo, todo parece muy viejo, pero no antiguo, no augusto, sólo más viejo, quebradizo, decolorado. En Santa Cruz no tendría por qué haber habido belleza. Las calzadas Ermita-Iztapalapa e Ignacio Zaragoza confluyen en la autopista México- Puebla, como ríos que conservaran el cuerpo pero a los que se les hubiera muerto el alma de río. Se oye algo continuo como cuando corre el agua, pero es algo menos lo que está corriendo.
Hay un zumbido pero no de abejas, un ronroneo pero no de gatos. No hay silencio ni hay sonido.
En una esquina había… (Leer más en el Blog de Publicación)
Mauricio Sanders
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