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La diferencia entre opinar y pensar

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Publicado por edjus. diciembre - 28 - 2010.     Categoria: Conspiratio 09, El lugar de la utopía

En defensa del microfundamentalismo El décimo aniversario de la encíclica Fides et ratio –de septiembre de 1998– trajo consigo abundancia de publicaciones y eventos conmemorativos entre 2008 y 2009. Haciendo cuentas de lo que el documento ha significado para mí, lo primero que me viene a la mente es el nuevo clima con que puedo exponer algunos temas en la universidad. La acusación de relativismo, antes ineluctable, se ha reducido de manera neta desde que cuento con esa encíclica entre mis textos de apoyo.

Los recursos dialécticos que debo al documento los expuse en buena parte en mi columna de Ixtus.1 Entre las reflexiones suscitadas por el aniversario, una se refiere precisamente al relativismo desde su otro extremo, el fundamentalismo. En “Márgenes del diálogo” hablaba yo de esquemas mentales que, si bien presentan la misma estructura del fundamentalismo, no nos introducen en ese vicio del pensamiento en toda su entidad reduccionista. Con el paso del tiempo y por la evidente actualidad del relativismo, me parece cada vez más urgente subrayar la salud de tales esquemas.

Dicho de manera sintética, el fundamentalismo consiste en un modo rígido –por defecto de interpretación– de enfrentarse con realidades que admiten una pluralidad de presentaciones (versiones, formulaciones). A veces se trata de realidades tan ricas que sólo una pluralidad de versiones puede expresar su riqueza. Es fundamentalista quien toma una de esas presentaciones como si fuera la realidad plena, con exclusión de todas las demás.

Ése es el caso de quien, como se lee en la encíclica (que no usa la palabra “fundamentalismo”), toma una filosofía como si representara todo el pensamiento filosófico. Ya se trate del marxismo-leninismo, de la filosofía analítica o del tomismo, “ninguna forma histórica de la filosofía puede legítimamente pretender abarcar toda la verdad, ni ser la explicación plena del ser humano, del mundo y de la relación del hombre con dios” (núm. 51). El problema no está en seguir un pensamiento sino en declarar inválidos todos los demás.

Ahora bien, hay un amplio campo de aplicación de ese esquema que sería injusto llamar “fundamentalismo” con todo lo que el término comporta.

Se trata de un mecanismo de simplificación que nos facilita la vida. Por un principio de economía mental y lingüística, no siempre tomamos en consideración todas las virtualidades de una realidad sino sólo las que resultan pertinentes en un contexto dado. Esto tiene una explicación en la psicología cognitiva, pero desde un punto de vista dialéctico (o sea en el diálogo, en la argumentación) propongo llamarlo “microfundamentalismo”.

Estoy convencido de que es muy difícil, si no imposible, eliminar todo microfundamentalismo de nuestra vida. Más aún: es sano y útil tenerlos, con tal de que no nos falte conciencia de ello.

Hay por ejemplo muchos tipos de familias: las hay más patriarcales o más matriarcales; en unas es impensable que ciertas decisiones se tomen sin la participación de todo el clan y en otras decide cada quien; en unas es normal que los hijos se independicen en cuanto lleguen a la mayoría de edad y en otras ellos son capaces de llegar a los 40 años con sus padres sin sentirse incómodos. Y hay infinidad de matices más. Con todo, cuando hablamos de lo que hay que hacer en la propia familia tenemos presentes todas las posibilidades de vida familiar, porque el diálogo se vuelve pesadísimo y el matiz no suele ser relevante. Se puede volver insoportable –una pedantería– explicitar constantemente el tipo de familia al que nos referimos. Pero eso sí, el día que nos toque hablar de familia en un ámbito fronterizo, es decir, ante la probabilidad real de que no todos los presentes identifiquen como familia en primer lugar la versión desde la que hablamos, es importante explicitar la conciencia de que se trata de una versión entre varias posibles, so pena de que nos tomen por fundamentalistas.

En 2008 expuse estas ideas en un congreso sobre controversia y poco después leí una nota periodística que hablaba, al referirse a mi ponencia, de “el pequeño Bin Laden que todos llevamos dentro”. Hay que reconocerle eficacia expresiva (trabajar en una facultad de comunicación me ha dotado de mangas muy anchas sobre la “verdad periodística”), pero si quiero ser riguroso me parece un fracaso expositivo de mi parte, pues no todo fundamentalismo es violento. Pasar del microfundamentalismo al microterrorismo es como pensar que los hombres de dimensiones reducidas viven en países de dimensiones reducidas (inferencia que sí tiene sentido cuando se habla de ropa).

Puede ser que haya algún mecanismo psicológico por el que sea natural que uno trate de hacer valer las propias convicciones, que sea frecuente hacerlo con firmeza y que en casos extremos se recurra a la fuerza. No es ése mi tema. El mecanismo del que hablo es sólo un modo de organizar los conocimientos y de comunicarlos, es una cuestión de economía y de claridad. Según la entidad de la materia y su relevancia, cuando se corrompe se puede convertir en una simple idea fija, en una manía o de plano en un declarado fundamentalismo. la simplificación tiene una finalidad práctica que no anula la riqueza del asunto en sí mismo. Si eso se pierde de vista, se cae en una vil pobreza, cognitiva y lingüística; de lo contrario, sea bienvenido el microfundamentalismo.

1 “Márgenes del diálogo” en Ixtus, núm. 42, 2003; “Lo personal de lo interpersonal”, en Ixtus, núm. 53, 2003; “Mi verdad, tu verdad”, en Ixtus, núm. 56, 2006.

Por Rafael Jiménez Cataño


Información del Artículo
Conspiratio 09
Artículo obtenido de Conspiratio 09 (click para ir al número 09)

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