El papa Juan Pablo II ha sido alcanzado por un meteorito. El vicario de Cristo en la Tierra rueda por el suelo. Su rostro se contrae en una mueca de dolor. Tras él, una estela de cristales rotos señala el trayecto de la roca espacial.
La escultura se llama La novena hora,1 su autor, el artista italiano Maurizio Cattelan, famoso por su ingenio, su humor negro y su gusto por el escándalo, explica: “Me gusta la idea de que alguien está tratando de salvar al Papa, como un milagro al revés que no viene del cielo sino de la Tierra”. Los enunciados de Cattelan suelen ser crípticos y desconcertantes porque en el fondo, como muchos artistas, piensa que las obras deben hablar por sí mismas. En su caso, sus piezas ciertamente lo hacen. De hecho, sí hubo alguien que trató de salvar al Papa –al menos a este Papa–. Cuando la escultura se exhibió en Polonia algunos visitantes indignados se apresuraron a quitar el falso meteorito para enseguida tratar de poner en pie la figura sufriente de Juan Pablo II. Divertido, Cattelan comentó más tarde: “En el fondo se trata tan sólo de un pedazo de cera”. Otro comentario del que debemos desconfiar.
Para Simone Weil son dos los principios fundamentales que actúan sobre el alma de los hombres: la gravedad y la gracia: “Todos los movimientos naturales del alma están regidos por leyes análogas a las de la gravedad material. La única excepción es la gracia”. Así, se puede pensar la gravedad como resultado de la necesidad que gobierna al universo. Se trata del producto de la causalidad ciega, del orden mecánico que rige los ciclos de generación y muerte en el cosmos y frente a los cuales la sabiduría estoica consistía en la aceptación de la fatalidad trágica del destino humano y en la pura contemplación de lo dado en el mundo. La gracia, a su vez, es una fuerza que actúa en dirección opuesta a la gravedad. Se trata de la misericordia misma de Dios que se presenta en situaciones extremas y que es imposible determinar: “Hay que esperar siempre que las cosas ocurran conforme a la gravedad, salvo intervención sobrenatural”.
Según la cosmogonía mística de Simone Weil, para que la creación haya sido posible, Dios, que es el Ser, debió retirarse voluntariamente en un acto de amor para dejar un lugar vacío en el que pudiéramos aparecer. Dios abdicó de su necesidad, que se confunde con el bien, y en este movimiento permitió que quedara en su sitio otra necesidad extraña e indiferente al bien, la gravedad. Como explica Gustave Thibon, existimos pero no somos, la etimología de la palabra “existir”, estar fuera, así lo indica. Estamos fuera de Dios, sometidos al imperio de la gravedad por la facticidad que genera el mero hecho de existir. Si a un nivel físico los procesos nacidos de la gravedad se desarrollan al margen de los deseos humanos y con una indiferencia total frente a su existencia, a nivel psicológico la gravedad se identifica con todos los movimientos mediante los cuales el yo se afirma a sí mismo en un vano intento por consolidar su existencia amenazada. Es importante señalar que para Simone Weil el yo junto con la sociedad forman los dos grandes ídolos de los cuales sólo la gracia nos salva. Precisamente, ¿cómo escapar de lo que en nosotros se asemeja a la gravedad? Sólo mediante la gracia. Si la gravedad es la ley de la creación, el trabajo de la gracia consiste en “descrearnos”. Dios consintió en no ser todo para que pudiéramos ser algo, es necesario consentir ahora en no ser más nada para que Dios vuelva a ser todo.
El papa Juan Pablo II ha sido alcanzado por un meteorito. La escultura se vendió en tres millones de dólares. Difícilmente podremos encontrar un mejor ejemplo de lo que Simone Weil llama “la gravedad”.
Ahora quedamos en espera de una manifestación de la gracia.
Por Pedro Bonnin
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