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La diferencia entre opinar y pensar

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Publicado por edjus. noviembre - 27 - 2010.     Categoria: Conspiratio 02, El lugar de la utopía

Los obreros no lleganLos obreros no llegan. Una vez llegó una obrera con vestido de novia y las maletas hechas para irse a casar a la costa. Era Kenya. Kenya se quedó unos días separando botellas azules hasta que el velo se rasgó y el vestido se puso negro. El novio no pasó a recogerla como había quedado. Entonces la obrera se enfermó de los pulmones, dijo, pero en verdad fue tristeza. Entregó de mano una carta de renuncia escrita en letra de molde redonda. Su vocabulario era pomposo, como de epistolario impreso en papel revolución. Los obreros me cuentan que Kenya anda por la colonia. No se fue a la costa. No ha deshecho las maletas.

Un día llegó un obrero que se llamaba Disraelí, como el primer ministro de Inglaterra en tiempos de la reina Victoria. Disraelí era alto, fuerte y fino de rostro. Su solicitud de empleo decía que tenía dos pasatiempos: leer y jugar ajedrez. Cuando lo contraté me preguntó si yo sabía quién había sido Benjamín Disraelí. Se indignó cuando le contesté que sí. Disraelí me enseñó los colmillos. Sólo él tenía derecho a leer biografías. Me dijo que no tenía padre. Que su tío le enseñó la defensa siciliana.

Disraelí trabajaba con ira. Empujaba a los obreros. Estaba impaciente por acabarse él solo el trabajo. Los obreros le estorbaban y era tan ancho de espaldas, tan alto y fino de rostro que los obreros se hacían a un lado. Había algo casi troyano en Disraelí, y los obreros le abrían espacio a su ira, para que en lugar de pasear el cadáver de su enemigo, arrastrándolo de un carro, Disraelí cargara barzinas llenas de botellas de plástico vacías.

Un lunes Disraelí ya no llegó. Los obreros me contaron que estaba tirado a la vuelta, bebiendo mezcal a las ocho de la mañana con los teporochos que viven en la estación de tren abandonada. Balbuceaba que leía demasiado para ser un obrero, que sabía la defensa siciliana. Ebrio de aguardiente y de ira fue a preguntar por mí. Los obreros me dijeron que me mandó decir si lo extrañaba.

Los obreros no llegan. Me cuentan que, un año después, Disraelí se sigue bebiendo con mezcal, con charanda, con alcohol de caña su ira troyana. Está flaco y cenizo y parece que tiene cien años. Disraelí se arrastra a sí mismo por el suelo, como si fuera el cadáver de su enemigo.

Un día llegó una obrera que se llamaba Chabela Pío. Chabela era gorda y blanca, como si la hubieran hecho de masa y manteca y se hubiera incubado en una vaporera, envuelta en hojas de maíz. Así como los tamales tienen poquita carne, Chabela tenía poquito cerebro en su cuerpo masudo. Chabela Pío tenía que escoger las botellas verdes.

Un día, en una pausa, Chabela se quedó hipnotizada mirando girar, girar y girar un engrane de acero. Se sintió fascinada, como los bebés con los rehiletes. Metió el dedo pulgar en el engrane y perdió mucha sangre, la uña y la primera falange.

Chabela Pío hizo algo proverbial. Ahora, cuando parece que un obrero está a punto de cometer una estupidez, por ejemplo, meter la mano entre el suelo y la base de un molino de a tonelada que estamos moviendo, como egipcios, centímetro a centímetro con palancas, rodillos y malacates, y sus semejantes le advierten a gritos que tenga cuidado, el obrero mira a su alrededor y dice un proverbio: “Ora. Pos si no soy Chabela.”

Ángel el Idiota llegó un día de la mano de su maestra. Los obreros se lo llevaron a la bodega de las máquinas. Parado frente a la banda transportadora, seleccionaba botellas azules y verdes como si estuviera estudiando un manojo de flores. Los obreros adoptaron a Ángel como amuleto. Los pigmeos y los marinos tienen su idiota para atraer la buena suerte. También los obreros.

Los días de raya pasaba la abuela de Ángel a cobrar el salario de su nieto. Tal vez era el solazo, pero mientras estaba formada hacía los ojitos chiquitos, como de bruja. Los obreros murmuraban de indignación: la abuela de su amuleto recogía lo que no había sembrado.

“Es que no sabe contar”, decía la abuela.

Los obreros le enseñaron a Ángel el Idiota a contar billetes verdes, anaranjados, guindas y azules.

Un día, los obreros se encontraron unos guantes de box entre los cerros de botellas de plástico. Se los calzaron para darse de golpes. Tal vez todos o tal vez nadie, porque nadie es el nombre del monstruo de mil cabezas que somos uno más uno más uno hasta que somos todos, le puso los guantes a Ángel el Idiota. Ángel colgó los brazos. Alguien lo empezó a provocar con fintas. Tal vez todos o tal vez nadie, los obreros empezaron a aplaudir y a chiflar.

“¡Ángel, Ángel, Ángel!”

Alguien se puso gallo. Le tiró a Ángel el Idiota más cerca y más fuerte. Los obreros hacían círculo. Ángel no tenía a dónde correr. Así que pegó con todas sus fuerzas. Alguien cayó sangrando por la nariz. Los obreros cargaron en hombros a su amuleto. Le invitaron tantas cocas que Ángel se quedó empanzonado, echando luz por la sonrisa. Al día siguiente llegó la abuela a reclamarme que los obreros habían amenazado de muerte a su nieto. Dijo que Ángel renunciaba. Ángel era un amuleto. Era un obrero. Se puso los guantes y empezó a ser obrero entre los obreros. Pero los obreros no llegan. Su abuela se lo llevó a un lugar donde iba a ser solamente un idiota.

Los obreros no llegan. Un día llegó Benigno, el único viejo entre los obreros. Lo contraté para trabajar en el patio, donde se hace el trabajo de descargar las rejas y jaulas que llegan repletas del basurero. Ahí, los obreros traspalean las botellas bajo un sol iracundo. Benigno y un obrero de veinte años eran pareja en el patio. Se alternaban para juntar las botellas y abrir la boca de las barzinas. Salí al patio. Vi a Benigno abrir la boca de una barzina. El joven traspaleaba. Volví a salir al patio. Volví a ver al viejo abriendo y al joven con la pala. Volví a salir. Ya no podía ser coincidencia y lo llamé un abuso.

“A ver, Benigno, póngase usté a paliar solito un rato”, le dije. “Aquí no se me viene a hacer tarugo namás.”

Por unos segundos, la pareja de Benigno se me quedó viendo con ojos dulces y enormes, como los ojos de un burro. Después se fue a buscar sombra. Benigno cogió la pala.

“Ándele, Benigno, que lo quiero pa’ hoy”, le dije.

Benigno dio una palada. El obrero de los ojos de burro salió de la sombra. “No puede”, me dijo. “¿Cómo que no puede?”, le dije. “Pos si tiene dos piernas y dos brazos, igual que tú. A ver si no puede.”

“No puede paliar, pues. Se rompió la espalda”, me explicó el obrero de los ojos dulces. No hubiera hablado, pero quiso hablar como un hombre cuando vio que yo remediaba un abuso.

“A ver, Benigno, cuénteme.”

Entonces Benigno me contó la historia de su accidente y lo cambié a abrir la puerta. Al lunes siguiente, Benigno ya no llegó. A veces lo veo en cuclillas al lado del obrero joven de los ojos dulces. Comen ilama. Comen nanches. Comen mango.

Los obreros no llegan. Llegan un rato y luego se van. Dejan su nombre escrito en las listas de raya. Imprimen una huella digital. Reviso las listas y pienso en la playa, en la madera muerta, en los peces hinchados, en nata, aguasamalas y todas las cosas que no son ni agua ni arena, y se quedan tiradas a la orilla del mar, a la espera de un Cordero que se agache y nos recoja.

Por Mauricio Sanders


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Conspiratio 02
Artículo obtenido de Conspiratio 02 (click para ir al número 01)

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