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La diferencia entre opinar y pensar

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Publicado por edjus. noviembre - 27 - 2010.     Categoria: Conspiratio 02, El lugar de la utopía

José Vasconcelos

José Vasconcelos

En 2009 se están cumpliendo cincuenta años de la muerte de José Vasconcelos, llamado “Maestro de América”: nació en Oaxaca el 27 de febrero de 1882 y murió en la Ciudad de México el 30 de junio de 1959.

Tarea difícil es sintetizar en unas cuantas líneas su vida, su personalidad y su pensamiento, brillantes y llenos de matices sólo comparables a los que él mismo vio en la figura del héroe homérico Ulises. Escribir sobre él y su obra entraña, por lo tanto, una tarea análoga a la que el propio Vasconcelos se propuso con su sistema filosófico: reducir todo, siguiendo a Plotino con su teoría del Uno Absoluto, a la unidad. Así, Vasconcelos vendría a ser la unidad de la cual emanan el revolucionario, el político, el educador, el escritor, el místico, el profeta y el filósofo.

En este espacio sólo me referiré a lo que podría denominarse la utopía vasconceliana, que expresa en buena parte de su obra, pero que se concentra sobre todo en su libro La raza cósmica.

Lo utópico se ha usado como sinónimo de algo irrealizable, como un ente ideal que tiene existencia en la mente de alguien o de algunos, pero históricamente imposible. Utopía, en este sentido, es sinónimo de sueños color de rosa; algo propio de ilusos o fantasiosos.

Sin embargo, la palabra Utopía, construida con dos raíces griegas por Tomás Moro, recupera hoy su sentido original: un lugar que no existe, pero que es un proyecto histórico a realizarse, portador de una sociedad cualitativamente distinta que busca una relación diversa entre los seres humanos, una manera distinta de relacionarse y de crear una nueva comunicación social.

En este sentido entendemos el desarrollo utópico que hace Vasconcelos acerca de la raza cósmica. En este mismo sentido José Carlos Mariátegui la vio en relación con América Latina: “Nadie se ha imaginado el destino de América con tan grande ambición ni tan vehemente esperanza, como José Vasconcelos. [Su obra] desborda así los límites de una ‘interpretación de la cultura iberoamericana’, que es como nos la presentan, para tocar la de una utopía en la más pura acepción de vocablo”.1

Vasconcelos sostiene que en América Latina nacerá una raza que será síntesis de todas las otras. Aquí se dará lo que llamó la “raza cósmica”, es decir, la fusión de todas las razas existentes para formar una sola. “Y es en esta fusión de estirpes donde debemos buscar el rasgo fundamental de la idiosincrasia iberoamericana”.2

Esa raza síntesis tendrá, según nuestro filósofo, como dogma fundamental el amor cristiano y será portadora de una nueva civilización y de un hombre nuevo. Vasconcelos considera que el amor cristiano será el fundamento de la sociedad latinoamericana que vendrá. “Este amor será uno de los dogmas fundamentales de la quinta raza que ha de producirse en América. El cristianismo liberta y engendra vida […] América es la patria de la genitalidad, la verdadera tierra de la promisión cristiana […] tenemos todos los pueblos y todas las aptitudes, y sólo hace falta que el amor verdadero organice y ponga en marcha la Ley de la Historia.”3

Al proponer el amor cristiano como la base de la sociedad latinoamericana, Vasconcelos tiene como implícito el hecho de que implica comunión y no dispersión, ni exilio y, por ende, justicia y libertad.

El amor cristiano al que se refiere Vasconcelos no es, pues, la caricatura del amor que nos profesamos los cristianos –es verdaderamente terrible constatar que en este continente, con vocación de comunión según el filósofo, en el que nos decimos cristianos, existan tantas injusticias–. La verdadera unión, aquella que deriva del amor, implica no sólo una actitud psicológica de amor sino también el compartir lo material, es decir, los bienes de la tierra.

El cristianismo que “liberta y engendra vida”, del que habla Vasconcelos, es el de Jesús de los Evangelios que busca el Reino de su Padre. Ese cristianismo tiene un misticismo, no espiritualista, sino íntegramente humano, que pasa por la propia fe en el sacramento de la Eucaristía y que Arturo Paoli nos muestra al decir que “la Eucaristía es una reconciliación con Dios que se realiza mediante una reconciliación entre nosotros y con las cosas.    El pan y el vino son ‘símbolo de los bienes de la tierra y del trabajo de los hombres’ […] todos aquellos bienes que son la principal causa de nuestra separación, de la profunda desigualdad entre los pueblos, las naciones y los hombres, símbolos de la no fraternidad y de la exclusión”.4

La utopía de Vasconcelos no es, entonces, una fusión racial –signo incuestionable de comunión– sino que, al tener como base al amor cristiano, es la de una sociedad justa y libre, sin excluidos, sin explotados, sin oprimidos: en comunión.

Quiero terminar estas líneas con lo que podría llamar “manifiesto vasconceliano”, el cual resulta de actualidad y en eso reside su valor: “No hay nada más desconsolador que contemplar la América Latina, el continente predestinado a la abundancia y la dicha fraternal, convertido todavía en colonia, ayer de un poderío distante, hoy del capital que oprime por interpósitos sistemas de instituciones y de personas, explotada siempre sin piedad en tanto sitio y ocasión por aventureros codiciosos y por gobernantes sin honor. Iluminar a las gentes para que todos estos males vayan siendo corregidos y vencidos; tal es la misión de todo patriota y de todo el que algo sabe a favor del que no sabe”.5

1 José Carlos Mariátegui, Temas de Nuestra América, Ed. Amauta, Lima, 1960, p. 78.
2 José Vasconcelos, “La raza cósmica”,en Obras completas, Tomo II, Ed. Limusa, México, 1961, p. 920.
3 Ibid., pp. 936 y 941.
4 Paoli, Arturo, Pan y vino: tierra. (Del exilio a la comunión). Ed. Sal Terras, Santander, 1980, p. 19.
5 José Vasconcelos, “Indología”, en Obras Completas, op. cit. p. 1166.

Por Jesús Antonio de la Torre Rangel


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Conspiratio 02
Artículo obtenido de Conspiratio 02 (click para ir al número 01)

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